La Roca
Primera parte — ¿Qué haces? — me increpó mi marido de repente, alarmado. Estaba sentada con las piernas cruzadas sobre la toalla, preparándome para tomar el sol. Acababa de desabrocharme la parte de arriba del bikini, y estaba deslizando los tirantes por los brazos para quitármelo. Me miró como quien mira a alguien que está a punto de encender un cigarrillo mientras echa gasolina al coche.
— Tomar el sol— le dije doblando el bikini para guardarlo.
No había hecho topless ese año aún, y tenía los pechos blancos como el mármol de Carrara, lo que contrastaba aún más con el moreno mulato que había conseguido en los días de playa que llevaba ya tomando el sol. Mi marido miraba a todos lados como si estuviera robando en el supermercado.
— Isa tápate, que estás con las tetas al aire aquí en medio.
— David, no me seas carca ¿eh? — a mi marido nunca le había hecho gracia que hiciera topless.
Sólo podía hacerlo cuando iba sola o con mis amigas—. Esta es una playa apartada y hay mucha gente haciendo topless. En las playas familiares donde solíamos ir me daba vergüenza a mí también, pero esta era una playa más apartada, de unos cien metros y de difícil acceso. Estaba concurrida porque era medio famosa, pero tampoco a rebosar, y había muchas mujeres haciendo topless, por lo que me sentía cómoda haciéndolo yo también — No soy la única.
— A mí me da igual lo que hagan los demás— se me acercó y se me puso al lado como intentando taparme, sin dejar de mirar alrededor—. Ya sabes que no me gusta.
— En serio… — suspiré exasperada, e hice el amago de tumbarme boca arriba en la toalla.
— No es para tanto.
— O te tapas o me voy— zanjó mi marido—. Te lo digo en serio.
Si te vas a despelotar, conmigo no cuentes. Me voy al hotel.
— Ay, qué pesado eres de verdad— me quejé volviendo a ponerme el bikini.
Yo que me había echado crema factor 50, porque sabía que íbamos a esa playa y tenía pensado quitarme un poco las marcas. Ilusa de mí, me había echado también en el culo por si caía la breva y me lo podía quitar todo. Mi gozo en un pozo — Eres peor que un crío.
— A ver, tampoco me parece una locura ni una paranoia por mi parte no querer que todo el mundo le vea las tetas a mi mujer.
No creo que eso me convierta en un machista controlador ni nada, vamos. Yo creo que es lógico.
— Que vale, que sí— dije molesta, abrochándome el bikini en mi espalda— ¿Contento?
— Ahora sí — David miró una última vez a su alrededor, para ver si alguien estaba pendiente de la discusión.
Luego volvió a su sitio en la hamaca—. Deberías darme las gracias, hay muchos mirones por aquí Me fijé que miraba de reojo a un grupo de tres hombres jóvenes, que estaban sentados un poco más delante que nosotros, y varios metros a la izquierda. Estaban a una distancia considerable, pero vi como uno de ellos miraba en nuestra dirección. Ya me había fijado en ellos cuando llegamos, eran bastante atractivos, sobre todo el que nos miraba disimuladamente por encima del hombro.
No creía que fueran mirones, más bien la paranoia de mi marido, de que todos me miran. Más aún si los tíos son atractivos. Es bastante celoso, o sea, inseguro, aunque bueno, tampoco puedo echárselo en cara, supongo que es normal no querer que otros me vean desnuda. Tampoco es que me diga cómo vestirme o cosas así, simplemente no le gustaba que hiciera topless. Es razonable. Aun así, estaba molesta.
Estuve un rato con la cara larga, a ver si David hacía algo para compensarme, pero se había puesto con el móvil y me ignoraba. Suspiré. Yo venía con mi pensamiento de tomar el sol desnuda y lo iba a hacer.
— Me voy— dije levantándome, y cogiendo de la bolsa las gafas de bucear y el tubo para respirar bajo el agua.
— ¿A dónde?
— A bucear.
¿Puedo? ¿O tampoco me dejas? — dije de manera sarcástica. David puso los ojos en blanco y no contestó. Me fui al agua. La playa formaba una pequeña bahía, con unos cien metros de arena, como una media luna, y con acantilados a ambos lados. Nosotros nos habíamos puesto en el lado derecho, junto a la pared de roca, que se elevaba unos cincuenta metros. En el agua en esa zona rocosa era donde se acumulaban los peces, estrellas de mar, erizos y demás cosas interesantes que ver.
A mí me gustaba bucear, y siempre que vamos a una playa así, con el agua cristalina, me llevo las gafas. Entré en el agua y nadé un rato, siguiendo la línea de la costa, mirando las rocas bajo el agua y el escarpe hasta la arena del fondo, lleno de algas y demás. En la zona de la orilla había mucha gente, así me alejé todo lo que pude, hasta que sólo quedaron unos cuantos buzos como yo y dos o tres atrevidos que hacían el camino a pie por las rocas, junto a la pared del acantilado, donde no llegaba el agua.
Esa mañana estaba el agua muy en calma, así que seguí alejándome de la playa, hasta que llegué al final del cabo. Allí doble el pico, y continué a la derecha, perdiendo de vista la playa. Por aquella zona ya solo quedaba un hombre buceando. La gente de pie ya había quedado atrás, porque llegaba un punto que el camino se cortaba, y sólo se podía seguir por el agua.
Me puse de pie sobre una roca sumergida, sobre la que me llegaba el agua hasta el pecho. La playa ya no se veía desde allí. David no podía impedir lo que iba a hacer. Me llevé las manos a la espalda y me desabroché el bikini. Me lo deslicé por los brazos y me lo quité al completo, dejando mis generosas tetas talla 95C flotando en el agua. Bote un poco sobre la roca para que se menearan, y notar el roce del agua en mis pezones, duros por el frío.
La sensación era muy agradable, sensual, erótica, casi excitante… Nadar desnuda siempre me ha resultado muy morboso. Me até el biquini a la parte de abajo, para asegurarme de que no se me perdiera, y seguí nadando, siguiendo la línea de la costa. Pude ver como el hombre que buceaba por allí, miraba en mi dirección. Eso me dio morbo. Quizá fuera algo exhibicionista, después de todo. O tal vez era por el hecho de estar haciendo algo “prohibido” por mi marido.
— Cariño…
Hay un desconocido viéndole las tetas a tu mujer. ¿No vas a hacer nada? — dije para mí misma, porque el tubo me impedía hablar en voz alta. Me quedé un instante flotando en posición vertical, observando al hombre que nadaba por allí y que, aunque disimuladamente, no dejaba de mirarme las tetas. Le dejé disfrutar un instante de la vista, tomándome mi pequeña venganza personal con mi marido. Después me alejé riéndome.
Seguí nadando otro rato. La pared de roca era muy escarpada, con entrantes y salientes, dejando muchas rocas, pasadizos subacuáticos y otras maravillas que observar. Ya no quedaba ni rastro del submarinista de antes, me había alejado bastante. Supuse que, si seguía avanzando, tarde o temprano llegaría a otra playa similar a la que estábamos, pero no podía ver mucho en la distancia, porque el acantilado tenía muchos recovecos y cabos, y cada vez que sobrepasaba uno, aparecía otro que tapaba la vista.
Me estaba alejando ya demasiado, y aunque podía descansar sin problemas en las rocas de vez en cuando, me empecé a agobiar un poco. Decidí pasar el último pico y ya volver. Justo al cruzarlo, como era de esperar, vi que había otro un poco más alejado. Aquello no acababa. Sin embargo, entre el que acababa de cruzar y el siguiente, se formaba una entrada semicircular, como una ensenada, una pequeña cala sin arena, pero tenía una pequeña plataforma de piedra al fondo.
Estaba sobre el agua, aunque de vez en cuando llegaban algunas olas, que la tenían erosionada y lisa. Era un sitio bastante coqueto. Además, el sol acababa de sobrepasar el borde del acantilado, y daba de lleno en la calita, por lo que no hacía frío. Me subí a las rocas, y caminé con cuidado pegada a la pared, luego salté un pequeño entrante de agua, y avancé por una pasarela de rocas puntiagudas hasta llegar por fin a la roca lisa.
Miré a mi alrededor satisfecha. Era un sitio bastante encantador, totalmente vacío, y eso ya era difícil encontrar hoy día con tanto turismo. Lástima que a mi marido no le gustase bucear, podríamos haber estado allí los dos muy a gusto. Era bastante romántico. Pero, en fin. No se podía tener todo. Tenía que aprender a disfrutar de mi tiempo sola. Puse las gafas y el tubo al fondo, en un sobresaliente de piedra hasta donde el agua no llegaba.
Luego caminé por la roca, disfrutando de las vistas, y del airecillo que me acariciaba. Era agradable sentir el sol en las tetas, para variar. Entonces, pensé, ¿qué diablos? Miré bien a todos lados, y acto seguido, me quité la parte de abajo también. Lo arrugué todo junto en una mano, y disfruté de la sensación. La brisa me circulaba entre las piernas y acariciaba mi coño, produciendo un particular cosquilleo.
¡Qué sensación de libertad! Tenía que hacer eso más a menudo. Me tumbé sobre la roca, coloqué el bikini a poca distancia encima de mi cabeza por si lo necesitaba de repente, y me puse a tomar el sol. Me sentía hasta excitada. Me apetecía mucho tocarme y correrme allí bajo el sol. Aunque también quería aprovechar para ponerme morena y eliminar un poco las marcas blancas, y no podía estar allí mucho tiempo, llegar ya me había tomado bastante tiempo y David seguro que estaba ya poniéndose nervioso.
Cerré los ojos y disfruté.... Estuve allí ¿diez minutos? ¿veinte? No estoy segura, puede que incluso me durmiera un instante. Estaba pensando en darme la vuelta para que me diera el sol en la espalda, cuando escuché a alguien hablarme.
— Hola, no sabía que había alguien aquí— sobresaltada pegué un brinco, casi me da un infarto.
Me incorporé y me tapé como pude con los brazos—. ¡Uy! perdona, no quería asustarte. Miré al intruso. Era el tipo que estaba en la playa con dos amigos, el que estaba mirando cuando me quité el bikini. ¿Me habría seguido? Estaba caminando con dificultad por la pasarela de piedras junto a la pared de roca. Venía totalmente desnudo, con el bañador hecho una bola en la mano.
— ¿Qué haces aquí? — pregunté algo molesta.
Mira que me había alejado bastante a propósito para estar tranquila, y aun así siempre acababa viniendo gente.
— Lo mismo que tú, supongo.
Venía buscando un sitio tranquilo donde poder tumbarme y tomar el sol tranquilo. Llevo viniendo desde hace años a esta playa, y este es mi hueco favorito. A esta hora que empieza a dar el sol de lleno, es estupendo. Es la primera vez que me lo encuentro ya ocupado.
— Pues ya ves— dije con tono de indirecta para que se fuera.
— ¿Te importa que me quede?
Hay espacio suficiente para estar los dos— era cierto que la plataforma de roca era larga, como unos cuatro metros cuadrados, pero no era lo mismo que estar sola. Qué pegajosa es la gente. Supongo que vería lo que pensaba, porque en seguida dijo—. Bueno, sino no pasa nada. Nunca he ido más lejos, pero seguro que encuentro otro hueco más adelante. Perdona por molestarte. Se giró y empezó a retroceder, para poder saltar al agua y seguir avanzando por mar.
La verdad es que aquello ya estaba bastante alejado, y nadie aseguraba que más adelante hubiera algún sitio donde ponerse, o alguna playa por la que poder salir en caso de que empeorara la marea y empezaran a formarse olas violentas. No quería ser responsable de que se ahogase el pobre hombre. Aunque bueno, eso era cosa suya, nadie le mandaba que siguiera adelante. Que se volviera y punto. ¿Sería verdad que venía a ese sitio desde hace años?
Me fijé que tenía todo el cuerpo bronceado, y en la playa llevaba el bañador, así que tenía que ir con frecuencia a algún sitio a hacer nudismo. Quizá fuera cierto y era yo la intrusa.
— Espera— le dije finalmente, antes de que desapareciera tras la esquina—. Quédate si quieres, a mí no me importa.
No creo que haya un sitio tan bueno más adelante.
— Ja, ja, ja... yo tampoco lo creo.
Mejor que este no. Muchas gracias — y regresó sobre sus pasos. Yo me moví con cuidado, sin separar el culo de la roca ni dejar de taparme las tetas con las rodillas, hasta el extremo de la plataforma para dejarle hueco. Mientras se acercaba, mirando al suelo vigilando donde pisaba, pude fijarme en su cuerpo tranquilamente. Estaba bastante bueno, las cosas como son. Totalmente bronceado, y depilado por todas partes.
Abdominales marcados, pelo negro revuelto por el agua, barba cuidadosamente descuidada… Y la polla colgando descaradamente, un pedazo de pollón, no sé si era porque estaba depilado, pero parecía bastante grande. A pesar del frío y de estar flácida tenía un tamaño considerable… Caía hacia abajo por su peso hasta casi medio muslo.
— Ya estoy — por fin consiguió llegar a la plataforma de rosa lisa, sonriendo.
Como vio que me había alejado, tuvo la consideración de sentarse en el otro extremo. Yo lo miraba, aunque él ya no se fijaba en mí, miraba al horizonte. Se echó hacia atrás apoyándose sobre las palmas de las manos, y abriendo las piernas. Esta vez, su badajo caía hacia abajo y quedaba oculto detrás del muslo. Yo seguía tapada, aunque el hecho de que él estuviera también desnudo y fuera tan abierto con ello, me hizo coger confianza.
Me volví a tumbar boca arriba, dejando expuestas mis tetas, y mirando de reojo por si me miraba... seguía a su bola.
— Ya es difícil hacer nudismo hoy día— dijo de repente.
Giré la cabeza hacia él, pero seguía mirando al frente—. Las playas están muy masificadas, ¿no te parece?
— Pues no lo sé, la verdad, es la primera vez que vengo.
Yo creo que soy una de esas turistas que no te gustan, porque masifican las playas.
— Ja, ja, ja... — se río mirándome a la cara, sin bajar por debajo del cuello.
Tenía una bonita sonrisa, con unos dientes perfectos—. Pero bueno, tú vienes a hacer nudismo también, ese tipo de personas si son bienvenidas. Yo me quejo de la gente que viene con la familia, los niños, la abuela… Y te miran mal si te desnudas. A mí, que llevo viniendo aquí desde hace años, muchos antes de que ellos conocieran este sitio por Instagram.
— Eso sí que no me parece bien.
Cada uno que haga lo que quiera, ni que estuvieras haciéndote una paja delante de ellos… Todo el mundo tiene tetas, y polla, no es algo obsceno desnudarse... incluso ni siquiera hacerse una paja o follar. Es algo natural.
— Exacto.
— Al menos tú lo tienes más fácil, sólo tienes que llevar parte de abajo.
A las mujeres ni topless nos dejan hacer.
— Bueno, yo creo que ya no está tan mal visto, al menos en estas playas más apartadas.
Lo que está feo es quitarse la braguita, pero las tetas no hay problema. En esta playa de hecho había siempre muchas mujeres haciendo topless.
— Bueno, no todo el mundo lo ve bien.
— ¿Lo dices por el que estaba contigo?
Si, ya me di cuenta de que se ponía algo nervioso. Le faltó tirarte una toalla encima— me reí—. ¿Qué es, tu novio?
— No, peor... mi marido— levanté la mano y le enseñé la alianza.
— ¿Y no le hace gracia que hagas topless?
— No, la verdad es que es un poco tradicional para eso.
— ¿Y siempre le obedeces en todo? — me picó sonriendo.
Lo miré con cara de pocos amigos.
— No es que me mande, yo hago lo que quiera, está claro.
Pero en una relación a veces hay que ceder un poco. Hacer topless no es una necesidad vital, me da igual no hacerlo si le molesta. Él también deja de hacer cosas por mí, que no me hacen gracia.
— Entiendo.
Aunque bueno, al final has encontrado la manera de hacer lo que querías.
— Ya, cuando estoy sola no le importa.
No le gusta cuando hay más gente mirando.
— Como yo, por ejemplo— alcé las cejas sonriendo.
— Como tú, sí... te ha calado enseguida.
— ¿Que diría si nos viera aquí, los dos desnudos? — me reí.
Menuda escena montaría.
— No le haría mucha gracia, desde luego.
— Ja, ja, ja..., eso había pensado.
Pues si quieres que me vaya dímelo sin cortarte, ¿eh? Yo me busco otro sitio y ya está. No quisiera causarte problemas con tu marido.
— No te preocupes, no se va a enterar.
No le gusta meterse muy profundo, ni bucear. Le dan ansiedad las rocas. Además, yo soy la nueva aquí. Estaría muy feo por mi parte echarte de tu cala secreta... de tu atalaya rocosa.
— Eso es cierto.
¿Dónde soléis ir normalmente?
— Pues lo típico, las playas populares y tal, que están a una hora o dos de casa.
Pero este año me apetecía hacer algo diferente y viajar más lejos.
— ¿Y por qué aquí?
¿Te lo recomendaron?
— Algo así.
Lo vi por internet y me gustó.
— ¿En dónde? — …
En Instagram— me sonrojé.
— Ja, ja, ja..., estaba claro.
Cuánto daño ha hecho las redes sociales.
— Qué pasa, ¿no puede una visitar cosas que conoce en Instagram?
— Sí claro, cada uno puede ir donde quiera.
El problema es la masificación que provocan ciertos Influencer. Además, son los típicos que vienen, se echan una foto y se van para no volver. Al año siguiente, viene un 600% más de gente, y ellos se van a joder otra playa virgen.
— Bueno, si no fuera por ellos, yo no habría venido, y no me habrías conocido— el chico me miró con una sonrisa extraña.
Por primera vez me dio un repaso con la mirada, de arriba a abajo.
— Bueno... — dijo riendo—. Verás, me gusta hablar contigo y es cierto que eres muy simpática y atractiva…— se me encendieron las mejillas, como a una quinceañera—. Pero no merece la pena, prefiero la playa como estaba antes.
Podía conocer a gente interesante también sin necesidad de esconderme entre las rocas. No supe muy bien cómo tomarme ese comentario. Mi inseguridad siempre buscándole dobles sentidos a todo. Está claro que antes debía ser aquello una playa paradisíaca, con todas las chicas que fueran en pelotas y en la playa principal. Cualquiera preferiría eso, no había querido decir que yo no estaba buena. Pero bueno, tampoco hacía falta comentarlo ¿no?
Me reí un poco por compromiso y volví a cerrar los ojos para tomar el sol. Él hizo lo mismo, y estuvimos un rato en silencio. En una de las veces que llegó la ola hasta nosotros, giré la cabeza a un lado para evitar el salpicón en la cara, y no pude evitar ver el rabo de mi nuevo amigo. ¡Joder estaba más bien morcillón! Aparté la vista enseguida, pero la curiosidad me podía, y miré de reojo.
Como estaba mirando al cielo con los ojos cerrados, aproveché para girar la cabeza y fijarme bien. Efectivamente, estaba teniendo una erección. No estaba completamente tiesa, seguía doblada hacia un lado, pero se había inflado por lo menos al doble de su tamaño anterior. Y seguía creciendo, palpitando. Me entró la curiosidad ¿Cuánto más podría crecer? Ya flácida me sorprendió por el tamaño, y así a medio erguir ya había alcanzado el tamaño de la de mi marido o algo más.
Quería que siguiera creciendo y así salir de dudas, pero parecía que había parado, y volvía a decrecer. Aparté la mirada, no quería que pensase que era una mirona, pero entonces se me ocurrió una manera de incomodarlo, en venganza por su comentario de antes.
— Vaya, parece que alguien está contento ¿no? — ¡¿Hmm?! — dijo girando la cabeza y mirándome, usando la mano para taparse el sol.
Le señalé con la cabeza su entrepierna. Inclinó la cabeza y se miró a sí mismo—. ¡Ah! — se la agarró por la base y la meneó un poco. Así separada del cuerpo parecía aún más grande—. Sí, un poco, le gusta el calor del sol y se hincha. Espero que no te incomode...
— ¿A mí?
Para nada, ya ves tú. Lo digo más bien por ti… Con tu experiencia, creí que ya estarías acostumbrado a ver mujeres desnudas en la playa. A ver si no vas a venir tanto como dices… — tan pronto como terminé la frase me arrepentí. Mi idea era hacerle sentir incómodo, pero estaba claro que no le avergonzaba lo más mínimo el haber tenido una erección espontánea delante de mí.
Más bien al revés, él podía haberme tachado de engreía por insinuar que se empalmaba por mí. Y estaba claro que hacía nudismo a menudo, estaba bronceado de cuerpo entero y no tenía la más mínima marca de bañador. Sin embargo, obvió esos detalles y me respondió con normalidad.
— Son cosas que pasan, nunca llegas a acostumbrarte.
Yo hago nudismo desde siempre, y, aun así, a veces se me empalma un poco — ¿un poco sólo? —. Ya sabes, el calorcito, la brisa, el agua del mar… la buena compañía... la naturaleza no se puede domesticar, todos lo sabemos — y me miró picaronamente. Yo sonreí—. Bueno, voy a aprovechar para bañarme y refrescarme un poco, a ver si se me baja en el agua... Se levantó y caminó por la roca con cuidado adentrándose en el agua.
Por primera vez pude verlo de espaldas. Tenía un culo delicioso, redondo y bien puesto, liso como el de un bebé, pequeño y enjuto, unas buenas piernas, y una espalda musculosa. ¿De dónde había salido ese tío? Perfectamente podría ser modelo de revista. Me dieron ganas de pegarle un buen muerdo en ese culo tan perfecto. Justo en ese instante llegó al límite de la roca y se tiró al agua, desapareciendo de mi vista.
¿Qué me estaba pasando? Tenía unos calores por dentro que no eran normal. No era por el sol, el agua llegaba continuamente hasta mí y me refrescaba… Estaba cachonda, claramente. También era normal, menudo macho se me había plantado al lado. Mi principal preocupación desde que me puse allí era que se me acercaran los típicos niñatos, que te observan desde lejos y se pajean... o incluso algún baboso que se me acercara e hiciera algún comentario soez.
Quién me iba a decir que se me acercaría semejante tío bueno. Estábamos los dos desnudos, en un lugar apartado… era normal excitarse, ¿no? Él se había empalmado, ¿por qué yo no? Pero era más que eso, no era excitación general por la situación, de querer masturbarme tranquilamente, o volver a casa lo antes posible para hacer el amor con mi marido. Era más bien excitación por algo concreto. Por alguien.
Era atracción por ese hombre. Naturalmente, estaba buenísimo, y a cualquier mujer le gustaría, pero yo estaba allí con él en ese momento, y desde que lo había visto no podía dejar de pensar en una sola cosa. Una cosa que al principio sólo era una fantasía lejana, pero que en ese momento me lo planteaba y no me parecía imposible. La idea de… ¿tirármelo? El verbalizarlo en mi cabeza me hizo darme cuenta de la seriedad del asunto.
El hecho de estar pensándolo en serio me hizo darme cuenta de la locura que era. Cómo me iba a liar con ese tío. Si no lo conocía de nada, y además allí en medio, a la vista de todos. No tenía condones ni nada, era absurdo. Una tontería producto del calentón. ¿O no era tan absurdo? Al fin y al cabo, estábamos allí los dos solos, yo me había asegurado de alejarme bastante, dejando bien atrás al último de los buceadores más atrevidos.
Y luego por la roca había andado un rato, pasado varias esquinas y recovecos, era poco probable que nadie llegara hasta allí. ¿Pero eso qué tenía que ver? Aunque estuviéramos solos, estaba casada, y encima mi marido estaba allí, a apenas ciento cincuenta metros, en la playa… Aunque no nos veía y desde luego jamás se adentraría tanto en el agua. ¿Cuánto tiempo habría pasado? ¿Me echaría de menos ya?
Aun así, antes de nada, hasta allí, conseguiría que los guardacostas enviaran un helicóptero. Podría liarme con ese tío, desfogarme a gusto y volver como si nada, nunca nadie lo sabría. Sería un pequeño rollo de verano, esas cosas pasan continuamente. También es verdad que no estaba tan claro que mi marido no fuera a enterarse. El tío estaba al lado de nosotros en la playa, al volver podría decirle cualquier impertinencia al pasar por su lado.
Aunque no parecía el típico bocachancla, dudaba mucho que quisiera fastidiar por fastidiar. De todas formas, aunque eso se quedara entre nosotros dos, yo sí lo sabría, y pasado el calentón seguro que me sentía culpable. Nunca le había sido infiel a mi marido. Cuando éramos novios, sí que tuve un par de líos, pero bueno, el noviazgo es diferente, no lo considero tan vinculante. No le veo sentido a esas parejas que desde el primer día se comportan como si estuvieran ya casados.
¿Qué sentido tiene entonces el matrimonio? Aun así, me controlé bastante. Y bueno, en la despedida de soltera también me enrollé con el stripper, algo que para mí y mis amigas se queda. Pero joder, para eso es la despedida de soltera ¿no? Desde entonces, en los cinco años que habían pasado desde la boda, había sido totalmente fiel. El matrimonio ya era un asunto serio para mí, y seguro que me sentiría culpable después.
Por otro lado, ¿cuándo iba a tener una oportunidad con un tío así? ¿De los que sólo se ven en las películas de adolescentes? Nunca. Y menos tan a huevo, en una situación tan perfecta. Más de una amiga mía me mataría si se enteraba de que dejaba pasar una ocasión así. Estaba hecha un lío. Tenía claro que no iba a hacer nada, pero no dejaba de preguntarme cosas como ¿follaría bien?
Sería una putada cometer adulterio para que luego encima fuera decepcionante, y el tío se corriera en un minuto, o no supiera manejarse. Pero no sé por qué, tenía pinta de hacerlo bien, sería un chiste que la naturaleza hubiera creado un tío tan bien hecho y tan bien dotado para luego convertirlo en eyaculador precoz. No podía ser. De todas formas, era tontería pensar si lo hacía bien o no, porque yo no pensaba hacer nada con él.
Además, ¿quién decía que quería algo conmigo? Ya había dicho antes o había dejado ver, que yo no era para tanto, prefería tener la playa vacía. Puede que no le gustara. O que tuviera novia o incluso esposa, como yo, y ser mucho más decente de lo que estaba demostrando ser yo en ese momento. Imagínate lanzarme a besarlo y que me rechazara, eso sería demasiado humillante. Estando soltera pues mira, un tío que pasa de ti, él se lo pierde.
¿Pero qué te rechacen estando casada? Eso es de desesperada máxima, lo peor del mundo, me moriría de la vergüenza. Peor que ser infiel, porque además de que me sentiría igual de mal, me quedaría frustrada sin haber gozado de un polvo. Nada, nada, era mejor dejar de pensar en eso. Tenía un calentón y ya está, lo que se hace en estos casos es tocarse un poco, correrse y se te pasa, ya puedes volver a pensar con claridad.
¿Sería muy descarado tocarse allí? ¿Me daría tiempo antes de que volviera? Miré a mi alrededor, ya por costumbre más que porque pensara que fuera a haber alguien, y luego me senté para poder mirar el agua. No lo veía. Sin apartar la mirada de las rocas, me apoyé con una mano en el suelo a mi espalda, y me llevé la otra a la entrepierna. Dios, ¡estaba empapada! Bajé la mirada para verme bien.
Tenía los labios vaginales hinchados. Pasé los dedos a lo largo de toda la raja, y los observé. Se mancharon enseguida, de un flujo blanquecino y espeso, que me salía a veces cuando estaba especialmente cachonda. Madre mía, qué vergüenza. Miré de nuevo al mar. ¿Y si volvía y me veía así? A él no le importaba que se le pusiera dura, pero a mí sí. Aunque bueno, en él es normal, no tiene nada de qué avergonzarse, más bien al revés…
Yo tampoco estaba nada mal, no tengo ningún complejo con mi cuerpo, de hecho, me parece que estoy bastante buena, pero, aun así, hay cosas que me dan vergüenza… Lo típico, que se te marquen los pezones en la calle, darte cuenta de que se transparenta el tanga bajo la falda, o mojarte justo cuando estoy desnuda en presencia de un desconocido. Si se daba cuenta que estaba cachonda… Tenía los pezones duros, pero eso podía ser por el frío.
En cambio, el coño… Mientras estuviera tumbada y con las piernas cerradas, no iba a darse cuenta. ¿Pero cuando me levantara? Capaz que me chorreaba algo por el muslo. Además, en ese momento estaba tan paranoica que ya empezaba a darme la sensación que toda la cala olía a coño caliente. ¿Debería bañarme como él? Quizá así se me pasase. Aproveché una ola que sobrepasó la plataforma para echarme agua y limpiarme un poco la entrepierna.
Lo mejor sería irse de allí. Estaba jugando con fuego. Yo no iba a empezar nada, eso lo tenía claro. Soy bastante insegura, y el miedo al rechazo es más fuerte que cualquier excitación que pueda sentir. Sobria al menos. Pero si el tío movía ficha… no podía asegurar que fuera a ser capaz de resistirme. Y no quería engañar a mi marido. Lo mejor era irse ya, además, hacía tiempo que no me echaba crema y me iba a quemar.
Esa sería una buena excusa. Miré hacia atrás para alcanzar mi bikini. Le estaba dando la vuelta para ponérmelo, cuando escuché ruido en el agua. Alcé la vista, y vi cómo el muchacho salía del agua, trepando por la roca. Se encaramó, se puso de pie y empezó a andar hacia la orilla. Cerré las piernas inmediatamente, y pegué los muslos a la roca. Por un instante, en la distancia, como no veía ningún bulto, creí que había funcionado y se le había encogido por el frío.
Pero cuando se puso de perfil para esquivar un agujero, comprendí lo que ocurría. La tenía aún más empalmada que antes, tanto que estaba levantada y tiesa, y de frente no se veía. No pude apartar la vista hasta que se me plantó enfrente. Había vuelto a doblar su tamaño, esta vez sí que estaba completamente tiesa, majestuosa… No miraba al cielo, sino que estaba un poco inclinada a unos 30 grados sobre la horizontal, porque debía de pesar esa barra de carne se casi 20 centímetros y más de 5 de grosor.
Miraba al frente, tenía una forma perfecta, más gruesa en el centro que en la punta, la cual iba en incremento hasta una base de unos 6 centímetros. El chico de testículos también iba bien calzado, un escroto muy alargado con dos grandes bolas que estiraban la bolsa unos diez centímetros.... ese tipo de huevos que cuando te follan, sientes las pelotas rebotar en tu culo o en el clítoris sacándote todo lo puta que eres.
— Pues no ha funcionado— dijo riendo viendo cómo se la miraba—. Y eso que está fresca.
— Ya veo, ya… — esta vez se me sentó justo al lado, reclinándose sobre el brazo, que colocó justo a mi espalda, con las piernas abiertas, y la polla apuntando al mar.
Ahora podía verla bien cerca de perfil, y apreciar su longitud. No solo era tan larga, sino más bien gorda… Nunca había visto una tan grande, así de cerca, solo en las películas. Qué gusto debía dar sentarse encima y cabalgar eso… ¿Me cabría? Seguro que dolería al principio, nunca me había metido algo así, ni siquiera de plástico, los consoladores que he tenido han sido mañosos de no más de 15 centímetros y nada gruesos, para no abocardar el coño y dejar de sentir la polla de mi esposo.
— ¿Te vas ya? — me preguntó viendo que tenía el bikini en las manos.
Eso me devolvió a la realidad, y me recordó la decisión que había tomado hacía un momento, y de la que ya me arrepentía. No me apetecía nada irme, prefería quedarme allí disfrutando de la vista, de la compañía de ese macho semental.
— Sí… debería irme ya.
Me voy a acabar quemando.
— Si llevas un ratito nada más.
— Ya, pero, aun así.
Además, mi marido se preguntará que dónde estoy. Estará tenso — Mm… ¿seguro?
— ¿Cómo?
— ¿Seguro que te vas por eso?
Yo creo que en realidad estás incómoda aquí conmigo.
— ¿Por qué iba a estar incómoda?
— Bueno, ya sabes, yo aquí todo empalmado, no es lo más apropiado.
— Ja, ja, ja... no pasa nada.
— Sí que pasa, te pido disculpas.
Tienes razón, debería estar acostumbrado ya, y no ir por ahí teniendo erecciones incontroladas delante de desconocidas. Es muy maleducado por mi parte. No he sabido estar a la altura y ser una agradable compañía — No seas tonto, no me molesta.
— ¿Seguro?
— Qué sí.
Es lo que tú dices, es algo natural... — dudé un segundo. Me dio confianza que en el fondo se sintiera mal y decidí sincerarme— De hecho, a mí me pasa también, a veces… El mar, la brisa, ya sabes... nos excitamos porque es parte de nuestra naturaleza.
— ¿Tú también estás excitada?
— Bueno, no me refiero a ahora, digo en general, en situación...
— Ya, ya sé a qué te refieres.
¿Pero es esta una de esas ocasiones? — no me dejaba irme por las ramas.
— Pues… — ¿se daría cuenta si mentía?
— Sí, un poco.
Hacía tiempo que no me desnudaba al aire libre y claro… la novedad.
— Entiendo.
Bueno, al menos vosotras podéis ocultarlo. Nosotros tenemos que ir por ahí con esto apuntando... se señaló el miembro, y eso me dio ocasión para volver a mirarlo. Seguía bien tieso. Me preocupaba que en el tiempo que había pasado hablando sin mirarla, hubiera empezado a bajar. Sentía como una urgencia, una impaciencia descontrolada mientras hablaba con él, como cuando el carrito de los helados está terminando su venta, justo enfrente, y está a punto de irse.
Tenía ahí esa poderosa erección justo enfrente de mí, y tenía miedo de que en cualquier momento me distrajera, apartara la vista, y para cuando tuviera ocasión de disfrutar de su vista de nuevo, ya estuviera bajando y se perdería. Menudo desperdicio. Por mi experiencia, esas erecciones tan… vigorosas no suceden a menudo así porque así, y hay que aprovecharlas cuando vienen. Pero esa seguía ahí inmutable… A lo mejor es que no estaba totalmente tiesa, y por eso aguantaba tanto tiempo.
¿Sería posible que pudiera crecer más aún?
— ¿Seguro que no te molesta?
— No, de verdad.
— Entonces, ¿por qué no dejas de mirarla?
— ¿Qué?
¿Cómo? — levanté la vista de inmediato. ¿Me había quedado embobada mucho tiempo?
— Te has quedado un rato mirándola, como pensando en algo... como para hacer algo — Ah ¿sí?
Perdona, es que como estábamos hablado de ello y tal pues…
— No te preocupes, no me importa que me la mires.
¿En qué pensabas?
— ¿Cuándo?
— Antes, que te has quedado un rato mirando.
— Pues, si te digo la verdad... estaba pensando si estaba al máximo o si aún puede crecer más... nunca he visto una polla tan grande, la verdad.
— Ja, ja, ja....
¿De verdad? ¿Y tú qué crees?
— Pues… — le eché otro vistazo—. No estoy segura.
Está un poco caída, por la posición diría que aún puede empalmarse más… Pero también es verdad que es grande, así que por su propio peso es normal que se doble un poco.
— Oye, pues está bien pensado, sí.
¿Y por qué no sales de dudas?
— Venga, sácame de dudas.
¿Está al máximo ya?
— ¿Yo?
Yo no puedo, eso lo tienes que averiguar tú misma.
— ¿Yo?
— Claro.
Porque de mí no te vas a fiar. Lo normal sería que yo dijera que sólo está algo morcillona y que aún puede crecer mucho más, para hacerme el machote. Ya me he dado cuenta de que eres un poco escéptica…
— Ya bueno…
Pero tendré que creerte ¿no? Yo no puedo saberlo.
— Claro que sí, es muy fácil.
Si la tocas.
— ¿Que la toque?
— Claro.
Y en función de lo dura que esté, podrás saberlo.
— Ja, ja, ja..., pero como te voy a tocar la polla aquí en medio hombre.
— Ni que estuviéramos en mitad de un parque.
¿Qué más da? Si no hay nadie.
— Ya, bueno, no es por la gente.
Me refería a que… No sé, es un poco inapropiado. Mi marido está literalmente a ciento cincuenta metros en esa dirección — dije señalando a mi espalda, hacia la pared del precipicio — ¿Qué tiene eso que ver? Ni que fuéramos a follar. Es solo tocar una parte del cuerpo. Como darse la mano.
— Hombre, lo mismo no es una mano que una polla.
— En una playa nudista, es lo mismo, prácticamente.
Está al aire, le da el agua, le da el sol… como cualquier otra parte — me reí negando con la cabeza, y mirando hacia otro lado—. Bueno, como quieras. Pero te quedarás con la duda. Y se reclinó hacia atrás, apoyándose en los codos y estirando las piernas. Su polla se movió con el cambio de postura y quedó apoyada en su vientre. La verdad es que me moría de ganas por tocársela…
Ver lo dura que estaba, notar el calor… No es para tanto ¿no? ¿Un pequeño apretón? No pensaba hacerle una paja, ni mucho menos... comprobar la dureza y textura de su cipote. Así que, si era eso lo que esperaba, se iba a quedar con las ganas.
— Bueno, está bien — dije volviéndome hacia él.
Él me miró, y se quedó ahí sin decir nada, como esperando. Supongo que no necesitaba darme permiso otra vez. Miré de nuevo a su polla, que seguía en la misma posición. Dio un pequeño respingo cual pez fuera del agua, sin duda estaba vivaracha esa verga... se levantó un momento, y luego volvió a caer tras un par de segundos.
— Está esperando —me dijo riendo.
— Ya bueno.
Que no se ilusione tanto— acerqué la mano temblorosa. Miré una última vez a mi alrededor, y luego rodeé la polla con mi mano. No me tocaban los dedos al otro lado al circundarla. Di un pequeño apretón, y como si me hubiera dado un calambrazo, aparté la mano de repente.
— Mujer, parece que te has quemado.
— Chiquillo, échate agua o algo, que te va a explotar — ¡estaba durísima!
Si no hubiera tenido los ojos abiertos, bien podría haber pensado que era un trozo de madera.
— Ja, ja, ja....
¿Qué piensas entonces? ¿Está al máximo?
— Eso espero, porque como crezca un poco más, estalla.
— Entiendo.
Entonces será que pesa— me reí.
— ¿Y no te duele tenerla así tanto tiempo?
— Nah, en un rato se pasa.
Normalmente sólo se me empalma un poco, pero viéndote aquí y tal… Pues se ha animado demasiado... un poco más de lo normal.
— Pues ten cuidado, a ver si vas a tener un accidente....
Estando tan a punto, una ola puede jugarte una mala pasada.
— Ja, ja, ja..., no te preocupes por eso.
Parece que estoy a punto, pero es normal. Ya se me pasará. No es la primera vez que se me empalma, y espero que sea la última...
— Me alegro.
— Bueno, me toca a mí ahora ¿no?
— Como que te toca a ti.
— Comprobar lo excitada que estás— me sonrió, y lo miré incrédula.
— Sí claro.
No te lo crees ni tú.
— Ja, ja, ja....
¿Por qué no? No es justo, que esté yo aquí totalmente expuesto, y no sepa nada de lo que pasa ahí dentro entre tus piernas.
— ¿Qué te hace pensar que yo estoy cachonda?
— Bueno, me lo dijiste tú misma antes ¿no?
Y que de lo contrario sería frígida...
— Ya, pero eso fue antes un momento.
Ya se me pasó.
— Ahora soy yo el escéptico.
— ¿De verdad crees que estoy cachonda?
— Tengo mis sospechas.
— Por qué, ¿por tocártela?
— Entre otras cosas.
— Pues te equivocas.
Al contrario que tú, yo sé controlarme en público.
— ¡Eh!
Eso es un golpe bajo… Ya me disculpé por eso. Está bien. Apostemos algo.
— Tú no quieres apostar nada.
Lo único que quieres es que hagamos la apuesta para luego poder comprobar si lo estoy, y así tocarme el coño. ¿Me equivoco?
— Hombre, es cierto que tendría que comprobarlo por mí mismo.
Y la apuesta también me da un poco igual, era sólo por darle algo de emoción. Pero sí que es cierto que tengo interés en ver si estás mojada o no.
— Aquí sentada salpicándome el agua, seguro que estoy mojada.
— Sé distinguir entre el agua y los flujos vaginales perfectamente.
— Pues te vas a quedar con la duda.
— Vaya.
Qué cruel eres.
— Verás, es que mi coño no es como una mano, definitivamente.
— No, ahí tienes razón, es más íntimo.
Pero vamos, tampoco es para tanto, es sólo una caricia. Prometo no propasarme más de lo necesario para comprobarlo.
— Qué morro tienes…
— Seré breve, lo juro— lo eché una mirada reprobatoria.
Me miraba expectante. Si le decía que no una vez más desistiría. ¿Pero quería que desistiera? Desde luego que no. Deseaba que me tocara, pero era ése un juego peligroso… ¿Seguiría mojada? ¿O el agua me habría limpiado? Era cierto que estaba excitada, pero no tenía ni idea de cómo tendría el coño. ¿Le dejaba averiguarlo? Me daba vergüenza que me tocara y se encontrara con eso tan empapado como estaba antes.
¿Con qué cara le acusaba de estar empalmadísimo si yo estaba peor?
— Está bien.
Pero sólo un momento— desistí finalmente. Él sonrió y se me acercó, poniendo su mano de nuevo detrás de mi espalda. Yo suspiré profundamente y miré al cielo. Después, me abrí un poco de piernas para dejarle acceso. Él delicadamente acercó su mano izquierda, la mojó en el agua para asegurarse de que no tenía arena, y la puso sobre mi muslo.
— Un poquito más…— dijo mientras me separaba aún más las piernas, primero una, y luego la otra, hasta dejarme totalmente abierta de patas, expuesta al mar—. Eso es.
Veamos… Se acercó aún más a mí, poniendo su cara a escasos centímetros de la mía, y mirándome a los ojos. Yo evité el contacto visual y miré al frente. Puso su mano con suavidad sobre mi pubis y fue bajando. Apenas sentí su dedo abriéndose paso entre mis labios, cerré los ojos con fuerza asumiendo mi derrota, para esquivar la mirada y la sonrisa acusatoria que seguro me estaba lanzando.
Sus dedos se deslizaron entre mis labios como si estuviera embadurnada de aceite.
— Vaya…
— Sólo es agua— dije débilmente abriendo los ojos, pero sin atreverme a mirarlo.
— ¿Agua?
A mí no me lo parece… — siguió acariciándome en círculos, alrededor del agujero de mi vagina, sobre los labios menores, sin llegar a rozarme el clítoris—. Pero si tú lo dices, tendré que continuar con la comprobación hasta estar seguros. Y después de empaparse bien el dedo corazón con mis flujos, lo introdujo suavemente en mi coño hasta que la mano hizo de tope. Un escalofrío recorrió mi cuerpo y tuve que agarrarme a algo.
Lo primero que encontré fue su brazo musculoso, cuyo dedo estaba dentro de mí. No tiré de él para sacarlo, simplemente lo agarré con fuerza. Noté que mi vagina se contraía, pero el dedo no era lo suficientemente grueso como para poder apretarlo bien, sino fácilmente me habría corrido. Abrí los ojos intentando recuperar el control de mi cuerpo, mientras él no apartaba la mirada de mí, sacando el dedo un poco para volver a meterlo, acariciando con fuerza la pared interna de mi pubis en busca del punto “G” en esa pared rugosa interna.
— Pues si esto es agua de mar, nunca más volveré a comprar lubricante, eso seguro...
Respiré hondo para poder hablar sin que se me escapara un gemido.
— Vale, parece que estoy algo mojada.
— Eso me parecía— dijo él, y sacó el dedo.
Pero en vez de retirar la mano, con el dedo que acababa de sacar empezó a acariciarme el clítoris. En círculos y muy suave, pero de manera constante.
— ¿Qué haces? — ya me volví y lo miré a los ojos desafiante.
— Masturbarte.
— Creí que ibas sólo a comprobar si estaba mojada.
— Así era.
— Pues ya lo comprobaste.
— Sí.
— Pero ahí sigues.
— Pensé, que ya que estaba ahí abajo...
— Claro.
Pensaste— mientras hablábamos, no paraba con el dedito, y yo me estaba ya poniendo mala. A duras penas conseguía mantener la compostura—. Me mentiste. Me prometiste que estarías sólo un momento.
— Sí.
Lo siento a veces no soy de fiar.
— Lo sientes, pero no paras.
— No me da la impresión de que quieras que pare— me mordí el labio, y volví a mirar al frente.
Me tenía en sus manos.
— Con que no, ¿eh?
— No.
Puedes apartarme la mano si quieres, o cerrar las piernas. ¡Te veo muy a gusto!
— No es verdad… — no sonaba nada convincente.
No me lo creía ni yo. Si apenas podía controlar la respiración para evitar que se me escapara un gemido al hablar.
— ¿Quieres que pare? — puse los ojos en blanco.
No podía decirle que sí, no podía.
— No es cuestión de… — respiré hondo— querer o no querer— él sonrió.
— Está bien— y noté como paraba de girar el dedo, y acto seguido, apartar la mano.
Pero automáticamente le agarré con fuerza el brazo, clavándole las uñas, y lo miré con ojos asesinos.
— ¡Ya termíname! — asintió despacio, aunque sonriendo de manera triunfal.
Volvió a acercar la mano, y siguió con el dedo. Yo cerré los ojos y me rendí al placer. Si era capaz de hacerme gozar así con un solo dedo....
— ¿Te gusta?
— Mmmm…
— Contesta — paró de mover el dedo.
— No… — me quejé, dándole golpecitos en el brazo— No pares.
— Mírame — abrí los ojos y lo miré—. ¿Te gusta? — no iba a seguir a menos que le contestara.
Iba a tener que darle lo que quería.
— Sí.
— ¿Quieres que siga?
— Sí…
— Bien— y continuó moviendo el dedo en círculos.
Se me cerraron los ojos del gusto, pero entonces volvió a parar—. No dejes de mirarme. Quiero que me mires fijamente a los ojos, mientras te toco— suspiré profundamente y tragué saliva. Luego abrí los ojos y le mantuve la mirada. Sólo entonces continuó — bien, así me gusta. Ahora quiero que me digas lo cachonda que estás— como vio que me demoraba un poco en contestar, volvió a parar, así que le respondí rápido como quería para que siguiera.
— Sí que lo estoy— continuo con el dedo — Estás qué.
— Estoy... cachonda — ¿Cuánto?
— Mucho.
Estoy muy cachonda. Me tiene muy caliente.
— ¿Quieres tocarme la polla de nuevo?
¿Quiere sentir lo dura que está?
— Sí…
— Te gustaría agarrara y apretarla ¿verdad?
— Sí— dije suspirando.
Ya apenas podía contener mis gemidos.
— Adelante, agárrala... es toda tuya Tanteé con la mano libre hasta encontrar su polla, la agarré y le di un buen apretón.
Apenas cedió entre mis dedos. Seguía igual de dura que antes. La meneé un poco despacio arriba y abajo, sin dejar de apretar con todas mis fuerzas, pensando lo que sería tenerla dentro de mí y en vez de la mano usar mi vagina, para apretarla y sentir todas sus venas, músculos y tendones en mi interior. Ojalá parara con el dedo, me pusiera a cuatro patas y me la metiera.
Seguro que con lo hinchado y mojado que tenía el coño, me entraba sin problemas. Seguíamos mirándonos, a escasos centímetros, pero a mí me costaba mantener los ojos abiertos del gusto que sentía. Tenía la boca abierta para poder respirar sin que se me escapara los gemidos. Entonces, él aprovechó para acercarse y besarme, metiéndome la lengua dentro de la boca y lamiéndome por dentro los dientes, el paladar en pugna con mi lengua.
Debo confesar que ni hice el amago de apartarme, ya me había dejado llevar por completo. Cuando noté su lengua, incluso le respondí con la mía, y dejé que me lamiera, me mordisqueara los labios y literalmente bebiera de mi boca. No tardé mucho más en correrme, el movimiento suave pero continuo e imparable de su mano no me daba descanso, y tener ese manubrio entre mis dedos bien apretado fue demasiado para mí.
Sus dos dedos, corazón y anular se colaron curvados dentro de mi raja presionándome en la pared interna acariciándome el punto “G”, sin dejar de frotar mi clítoris inalterablemente con su dedo pulgar. Ese tipo sabía lo que hacía y lo hacía a las mil maravillas con esa cornuta entrando y saliendo de mi coño. No sé cómo hizo ambas maniobras a la vez con sus dedos en mi coño, pero mi cuerpo era una bomba de relojería a quien le faltaban segundos para explotar.
Corté el beso y me refugié en su cuello, gimiendo de forma incontrolable, a la vez que me daban convulsiones por toda la pelvis. Mi cuerpo se arqueó con una convulsión furiosa, estaba gozando de un orgasmo bastante intenso, aunque pequeñito en comparación a lo que hubiera sido con una buena penetración... seguro que habría sido mucho mejor, sin duda. Cuando terminó, le hice un pequeño gesto en el brazo, que él en seguida comprendió y dejó en paz mi clítoris súper sensible en ese momento, para mantenerme los dedos de nuevo dentro, dándome escalofríos de placer que intensificaron los ecos que aún quedaban del anterior orgasmo.
Pude escuchar hasta el ¡chof, chof, chof! cuando entraba y salía.
— ¿Ya terminaste? — asentí, con la cabeza aun apoyada en su hombro—. Vaya, al final has sido tú la que se corre pronto— me reí.
— A ver, en nuestro caso no importa terminar rápido, porque podemos hacerlo varias veces.
Sois vosotros los que en cuando os corréis, se desinfla todo y se acaba la fiesta.
— Bueno, no todos ¿eh?
Y algunas tías también son de correrse una vez, y ya están... no me toques, que me visto.
— No, yo soy de varias veces... aguanto bastante teniendo sexo.
— Ah bueno.
Me alegro, no querría que esto fuera todo… — me separé por fin y lo miré. Tenía una sonrisa de pillo que me encantaba, ya se sabe que a las tías nos encantan los canallas para follar, aunque luego nos quedemos con los formales para no críen a los hijos que nos hacen estos hijos de puta empotradores. Me analicé a mí misma y no era diferente a esas que han buscado y buscan a los malotes para fornicar, con la seguridad de tener a un hombre que te dé la seguridad que una mujer necesita en la vida.
Era cierto que me había corrido, pero eso sólo había servido para que me calentara aún más. Cuando me toco yo sola, al menos suelo terminar un par de veces para quedarme satisfecha. Y estando con alguien, el cuerpo me pedía penetración… Aún estaba a tiempo de irme sin haber hecho demasiado daño. Nos habíamos besado apasionadamente sí, pero aparte de eso, sólo me había metido un par de dedos.
No podían llamarse cuernos a eso. Pero cualquier cosa de las que podían pasar a continuación, seguro que sí. Podía levantarme e irme y no tendría mucho por lo que arrepentirme después. Sin embargo, me apetecía quedarme. Me atraía mucho ese tío, mi canalla particular y quería quedarme y ver todo lo tuviera que ofrecerme. En ese momento no me preocupaba mi marido, él siempre era un valor seguro que tendría ahí siempre.
— Ni yo— le respondí finalmente, sonriendo.
— Bien…
¿Entonces por qué no empiezas a mover esa mano que tienes por ahí abajo? Deja de agarrarla como si fuese una barandilla, creo que no te vas a caer. Es cierto que, salvo un par de movimientos, únicamente se la había tenido agarrada con fuerza como si fuera la barra del metro. Me gustaba sentir su dureza. Ahora empecé a deslizar la piel del prepucio arriba y abajo — Mmm… sí — gimió él, sacando por fin sus dedos y reclinándose hacia atrás, dejándome a mí el trabajo.
Me gustó verlo gemir. Apenas le estaba haciendo nada, pero demostraba que le gustaba. Siempre me ha parecido muy erótico ver a un tío gemir mientras folla, no sólo al correrse sino mientras te folla, lo cual demuestra que le gusta también el proceso de llegar a la cumbre, y si ese camino es largo, mucho mejor. Estuve unos minutos sentada a su lado meneándosela. No podía dejar de mirársela, la verdad es que impresionaba.
Podía agarrarla con las dos manos y aún sobresaldría un trozo que suponía más de lo que era el glande. Me gustaban sus gemidos, y quería darle aún más placer. Yo no soy muy de chupar, pero en ese momento me apetecía llevarme ese falo a la boca, babearlo y jugar con él, así que sin pensarlo me recliné y me lo metí en la boca.
— ¡Diooos! — exclamó indicando que le gustaba.
Que fuera tan agradecido y antes tan generoso conmigo, hacía que me apeteciese ser aún más complaciente, así que me puse cómoda delante de él, entre sus piernas, con el culo en pompa mirando al mar, y me concentré en darle la mejor mamada de su vida. Se la chupé bien al principio, para babearla bien, y luego como era suficientemente grande, la agarré con los dos manos, y el resto me lo metí en la boca.
Con las manos había movimientos arriba y abajo, a la vez que enroscaba el tronco con movimientos circulares, y con la boca lo mismo, la metía y la sacaba apretando con los labios, rozando el frenillo con la lengua al entrar, e intentando hacer movimientos circulares a la vez que dejaba salir saliva para lubricar.
— Oh dios, joder… joder… qué bien lo haces — era bastante efusivo, pero en este caso, debo decir que tenía razón.
Siempre se me ha dado bastante bien el sexo oral, de tanto ver porno de pequeña, supongo que aprendí bastante, aunque me canso pronto. Hacía tiempo que no lo hacía, desde un par de años atrás, el sexo con mi marido se había convertido en algo más convencional, producto de la costumbre y la monotonía. Sin embargo, me alegraba saber que no había perdido la práctica de la mamada y volver a practicarlo con un rabo de esas dimensiones que te agotaba la mandíbula, era como pasar de la inactividad a correr la maratón.
Seguí así un rato, pero la postura me obligaba a clavar rodillas y codos y era muy incómoda. En seguida me empezaron a doler por la roca dura y tuve que parar.
— No… — se quejó él —. No pares, por favor.
— Es que me estoy haciendo daño — le dije, señalándome los codos, que estaban rojos.
— Ven — dijo levantándose y cogiéndome de la mano.
Recogió mi bikini y su bañador y se sentó en una roca al fondo. Colocó los bañadores en el suelo para que yo apoyase las rodillas encima y no me hiciese daño— Prueba ahora. Me puse en las marcas, y la verdad es que un poco mejor. Continué con mi tarea, disfrutando de ello. Me encantaba esa polla, no me pasaba como otras veces, que enseguida me hartaba de comer carne.
Me apetecía seguir chupándosela y babeándole, de recrearme en tan excelso falo. Además, me gustaba escucharle gemir y no quería que parara. Lo que sí me preocupaba es que estaba tan emocionado, que parecía que fuera a correrse en cualquier momento. No tanto por que se corriera en mi boca, que me encanta beberme la leche de una polla, sino porque se acabara la diversión. Ya había llegado un punto en que me daba igual todo, y no pensaba irme de allí sin sentir esa polla dentro de mí.
— ¿Vas a correrte? — le dije, sacándome el glande de la boca un segundo.
— Uf, desde luego, si sigues así….
— Espérate un poco ¿no?
— ¿Por qué?
Tú sí que pudiste acabar.
— Ya, pero yo puedo seguir después para alcanzar otra vez y otra si fuera necesaria...
— Yo también puedo correrme más veces, no te preocupes — lo miré, sin sacarme la polla de la boca y sin parar, aunque pudo perfectamente notar mi escepticismo en los ojos—. De verdad, es una facultad o maldición que tengo desde siempre, mi cuerpo funciona así.
— ¿En serio lo dices? — me costaba creerlo.
Estaba tan acostumbrada a mi marido, que después de correrse se le encogía y no había manera de levantar aquello hasta el día siguiente que me costaba creerlo. Es verdad que David ya no era un chaval, pero ese tío debía tener más o menos la misma edad. Aunque bueno, como él dijo, también hay mujeres que sólo se corren una vez. Supongo que también habrá diferentes tipos de hombres y él decía algo que tal vez podría demostrarme en esa roca.
— Que sí.
— Mmm…
No sé si quiero arriesgarme. Que luego no es verdad y se acabó la diversión.
— Ja, ja, ja...
Es decir, que como tú no me crees, ¿sólo voy a poder correrme una vez?
— Básicamente.
— Pues vaya estafa.
— Al menos hasta que esté satisfecha, ¿vale?
Luego ya puedes acabar si quieres, y si lo que dices es verdad, seguimos para satisfacerte a ti... — él meditó por unos segundos.
— Está bien.
Y dime, que hace falta hacer para que estés satisfecha. Qué es eso que no quieres quedarte sin hacer hoy conmigo. Medité unos segundos, sin parar de masturbarlo, mirando fijamente esa imponente polla.
— Quiero cabalgarte.
— ¿En serio?
— Sí, qué pasa.
— No nada.
Parece más bien una petición mía que tuya.
— Ya bueno.
Pero quiero hacerlo a mi manera, y tomarme mi tiempo.
— No hay problema.
Chúpamela un poco más, y te dejaré usar mi polla a tu antojo. Sonreí. Eso sonaba bien. Me volví a concentrar en él, mamándosela despacio, durante unos minutos más, hasta que al final, me separó y se levantó.
— Está bien, me he quedado con las ganas de correrme, pero ha estado bien— se agachó para besarme, y lamerme la boca, recogiendo todas las babas que había soltado durante la felación.
A la vez, me acarició las tetas y me dio un buen apretón en cada una—. Menuda boquita tienes…— dijo acariciándome los labios. Luego se puso delante, me agarró la cabeza y me la metió de nuevo en la boca. Yo me quedé de rodillas y me dejé hacer—. Me muero de ganas de probar el resto de tus agujeros… Lámeme los huevos, vamos— se agarró la polla para apartarla hacia arriba y me mostró los huevos, para que los lamiera y me los metiera en la boca, a la vez que se pajeaba—.
Uff… si, me encanta tu boquita, sigue joder... Estuve un minuto lamiendo sus huevos, suaves y rugosos... enormes como su polla, hacían juego. Me metía un huevo a la boca y los lengüeteaba dentro, pensaba en la leche que debían tener o estarían produciendo, luego me metía el otro. Lamía los dos besándolos y atorándome de la masa escrotal tan formidable. Creo que los huevos de ese tamaño me volvían loca.
Luego se dio la vuelta, dándome la espalda y poniéndome en culo enfrente de la cara. Un culo también perfectamente depilado y duro. Entonces, sin previo aviso, levantó una pierna, apoyando el pie donde estaba sentado antes, para que se le abrieran las nalgas un poco. Después con la mano me agarró del pelo, y me metió la cara en todo su culo, apretando mis labios contra su ano. Lo hizo tan rápido que no me dio tiempo a reaccionar.
Nunca le había hecho un beso negro a nadie, ni me lo había planteado. Todo el tema anal incluso el mío me daba bastante respeto, no hablemos ya de lamerle el culo a un tío. Pero hacerlo en ese momento no me desagradó, estaba justificado en el contexto. No es que me estuviera forzando, habría podido quitar la cabeza sin dificultad, pero no me dio asco. Tenía un culo muy bonito, y además estaba depilado hasta en lo más profundo.
Me di cuenta que era mucho peor la idea de hacerlo, que hacerlo en sí mismo. De entre las nalgas descubrí un lunar muy particular de forma ovalada en dos tonos de pigmentación, una mitad oscura color café y el otro en chocolate... era un tipo lunar que nunca había visto y me llamó la atención, seguramente no se lo habría visto mucha gente, porque, aunque hiciera nudismo, se encontraba entre las nalgas en la de la derecha.
No era para nada desagradable, más bien le daba un toque decorativo y bonito.
— Vamos, lámeme el culo… eso es— dijo moviendo la pelvis para restregarse contra mi cara—. Saca la lengua y chúpamelo entero.
Si quieres cabalgar mi polla, vas a tener que currártelo ahí atrás… Miré a su botón arrugado y me centré en lo que me pidió... se lo hice, saqué la lengua lamiéndole el ano. No sabía a nada realmente, de hecho, estaba salado del agua del mar, lo cual se podría decir que estaba sabroso. Le di lametones y empujé con la lengua la entrada de su ano, mientras él gemía de gusto.
Después empezó a moverse arriba y abajo, restregando la raja de su culo de arriba a abajo por mi cara, mi lengua y mi nariz. Me envalentoné y además de lamer con la lengua extendida, se lo chupaba.
— Uf, sí señor— dijo finalmente soltándome la cabeza y dándose la vuelta de nuevo.
Se agachó y me besó—. Eres increíble. Increíble. Venga, te toca. Te lo has ganado— Se fue andando hasta mitad de la plataforma, mientras yo me levantaba. Luego se tumbó bocarriba, y se puso cómodo con las manos detrás de la cabeza—. Toda tuya. Si te gustaría saber como termina esta historia, visita gratis la web de referencia de mi perfil. Tendrás la segunda parte y otros muchos relatos que te pueden enganchar a no dejar de leer y disfrutar Sonreí y me acerqué, sin apartar la vista de esa enorme polla que me esperaba, similar al mástil mayor de un velero bergantín.
Me lo iba a pasar bien. Llevaba tiempo sin poder cabalgar una buena polla a gusto, y me iba a recrear con esos 18 centímetros de tallo por los más de 5 de grosor, que me iban a abrir el conejo como nunca me lo habían abierto. Me acerqué, pasé una pierna por al otro lado y me situé justo encima. Luego me agaché poniéndome en cuclillas. Tenía el coño ya bastante mojado, no hacía falta lubricarlo más.
Coloqué el coño justo encima del orondo glande de su polla excelsa, y lo acaricié, moviéndome hacia delante y atrás. Me restregué a lo largo de toda su polla, sintiendo el roce entre mis labios y clítoris.
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