Entrar

Cabrera, capítulo 4

Persefone Hetero: Infidelidad 15 min de lectura 970 lecturas 24 de septiembre de 2026
Lectura

Cabrera, Agosto de 1939.

—Son de los franceses de Bailén.

Arnedo pronunció esas palabras en un susurro respetuoso; en el mismo tono que se emplearía en un camposanto. La frase, como correspondía al lugar, fue dicha de forma desapasionada, meramente informativa. Pese a eso, era imposible que no estuvieran impregnadas por el sempiterno halo supersticioso de quien habla de la muerte. Rafael March paró en seco el movimiento de su pie enfundado en una bota que pedía a gritos un buen lustrado.

Bajo su suela había una media quijada humana desdentada, blanqueada por el sol y el paso de los años. El jefe de tercio se desprendió de sus Wilden ahumadas y entrecerró los ojos a causa del sol dañino situado justo encima de sus cabezas. Cuando su visión se adaptó a la luz, pudo distinguir una infinidad de fragmentos del mismo color del que pisaba. Estaban diseminados por toda la cala, mezclados con los guijarros redondeados con los que los había confundido tras el cristal de sus gafas de sol.

Los más cercanos a la orilla eran lamidos por unas pequeñas olas completamente transparentes, dejando sobre piedras y huesos una humedad que parecía barnizarlos durante los escasos segundos que tardaban en secarse a causa del inclemente calor.

—¿De Bailén?—preguntó el falangista dirigiendo una mirada molesta al estado de su calzado—¿Y que coño pintan aquí?

Santiago Arnedo se apoyó en una roca dentada mirando a March y valorando si de verdad merecía la pena gastar saliva en la historia. Mientras lo hacía, se quitó la gorra, sacó un pañuelo del bolsillo del pantalón y se lo pasó por la frente y la nuca para enjuagarse el sudor que le corría a raudales. El otro aún tenía peor pinta. Había llegado nada menos que a las once de la mañana cuando se suponía que su inspección debía empezar al despuntar el alba, cuando la isla aún es transitable sin riesgo de derretirse por el camino.

A esa hora, un sonriente March había bajado de una motoscafo de cubierta de caoba que usaban algunos ricos de la isla para sus diversiones acuáticas, pilotada por el mismo. Ataviado con su uniforme negro—para dar más empaque a su visita— y con la actitud de quien va a hacer una revista de tropas para el desfile del día de la victoria, o al estreno de su última película. Lo único que faltaba en aquella esperpéntica llegada eran los camarógrafos y las multitudes con banderines y libretas prestas para recoger su autógrafo.

Arnedo, gastando suela por el muelle del puerto, había desmadejado todo el santoral romano, cagándose en cada uno de ellos por el tiempo perdido en unas fechas en las que la premura para acabar el trabajo acuciaba sin descanso. Dos meses de trabajo a contrarreloj. Trabajando sin descanso en aquel peñasco de dieciséis kilómetros cuadrados que era un sitio de esos que no se saben si están malditos porque Dios lo ha abandonado, o si Dios lo abandonó porque ya estaba maldito de antes; rodeado de unos soldados de remplazo altaneros y enervados por las carencias que sufrían en aquel destino.

Y es que Cabrera parecía ejercer esa desestabilidad en las personas que pasaban allí más de tres días seguidos. Qué decir tras cerca de dos meses de aislamiento forzado. Los pocos lugareños que habitaban la isla antes de que la fortaleza se habilitara como prisión militar llamaban a este síndrome «es mal bizantí», en referencia a unos monjes ascetas del siglo VII que se volvieron locos, terminaron devorándose entre ellos y exigió que el propio papa de la época tuviera que tomar cartas en el asunto.

Tal vez por eso, aquejado por ese mal, impaciente por acabar el trabajo y volver a ver a Catalina—cuya última carta databa de diez días atrás—, Santiago, vestido con su astrado uniforme de campaña, viendo a aquel mequetrefe de celuloide vestido de soldadito español para su primera comunión, decidió que si quería inspeccionar las obras, lo iba a conducir por el mismo camino que Virgilio condujo a Dante en su pequeña excursión por el Hades. Una acción infantil, sí.

Pero qué coño, que se jodiera el Clark Gable fachista. La duda de Santiago se vio contestada cuando March se acomodó en otra roca cercana, contento por poder descansar un poco los pies que le dolían lo más grande. El capitán, resignado, descolgó la cantimplora de su cinturón, pegó un buen trago y se la ofreció a March, quien, agradeciéndolo con un gesto de frente, bebió con avidez. El gesto de Arnedo fue correspondido por el falangista al sacar de uno de los bolsillos de su guerrera una pitillera nacarada para ofrecerle un cigarrillo.

Arnedo negó con cortesía y empezó a hablar mientras el otro se encendía el pitillo con un Dupont de oro macizo.

—Tras la batalla de Bailén, la Junta de Defensa se vio con cerca de veinte mil prisioneros franceses.

Supongo que al verse en una situación que nadie había previsto ni en sus mejores sueños, se les atragantó tanto la cosa que se convirtió en una pesadilla. »Una vez separados los oficiales, el montante de la tropa fue encarcelada en pontones cerca de la bahía de la Cádiz, pero, aun con estas, le sobraban más de ocho mil prisioneros. Como ninguna de las cárceles con las que contaban los realistas podía acoger tal cantidad de gente, se decidió traerlos a Cabrera.

La isla no tenía muros para retenerlos, pero por su particular marea, tampoco es que pudieran escapar a nado ni ser rescatados por una flota. Así que se les abandonó aquí. Ni guardias les pusieron.

—¡Que se jodan los gabachos!—exclamó March, como si el Cholo Dindurra hubiera marcado un gol a los culés—. Suerte que el Caudillo nos ha traído de nuevo la época de la victorias épicas para España.

Santiago obvió comentar nada a la interrupción patriótica de su interlocutor, echando otro trago de agua para disimular.

—El caso—continuó, limpiándose los labios con el dorso de la mano—, es que aquellos desgraciados se quedaron aquí como únicos soberanos de esta tierra.

Pero, claro, era un reino maldito. Aquí no crecía nada. No había ni una mala construcción donde cobijarse ni materiales para hacerla. Así que se desperdigaron por las grietas y covichuelas. Por si ese fuera poco problema, eran muchos. Una vez al mes venían de Mallorca un par de llaüts con comida y algunos enseres que vendían a los prisioneros por cualquier cosa que estos pudieran cambiar: uniformes, cuero, pelo…dientes… »La cosa mejoró para ellos durante un tiempo.

Las autoridades de Mallorca recibieron órdenes de «cuidar» de los prisioneros en vista de unas negociaciones diplomáticas que estaban en marcha. Mandaron a un cura a velar por los prisioneros, se rehabilitó el castillo para almacenar víveres y distribuirlos e, incluso, venía un médico de vez en cuando. Durante ese tiempo los franceses se organizaron y construyeron en la cala del puerto un pequeño pueblo que llamaron eufemísticamente «Palais Royale».

Hasta construyeron un teatro para dar funciones donde se representaba a Móliere.

—Que idílico—dijo March, con chufla.

—Sí—contestó Santiago, cogiendo uno de los cantos del suelo y tirándolo al mar—. No duró mucho, desde luego.

Las negociaciones se fueron al carajo y, como siempre pasa en las guerras a los que no son nadie los dejaron que se pudrieran. Cuando la hambruna volvió, el espejismo de unión se rompió. Para entonces la mitad ya estaban locos y como animales, se tiraron al monte. Los que se quedaron los llamaban los «tártaros».

—¿Cómo la salsa?

—No, como los jinetes que comían carne cruda.

Santiago vio la confusión en los ojos de March y se dispuso a terminar su historia.

—Los tártaros hacían incursiones nocturnas en el «Palais Royale».

Capturaban a sus compañeros y se los comían crudos en sus cuevas. Antes y después de violarlos. La cara del falangista quedó pálida al escuchar las últimas frases, dicha por Santiago sin ninguna afectación. Por un instante, una especie de reconocimiento hacia el capitán pasó por la mente del primero; esa especie de reacción de cuando alguien piensa que se ha equivocado en una opinión. Fue fugaz, pero suficiente para dejarle una sensación lejana de mal cuerpo.

—¿Y estos son…?

Arnedo miró los huesos de la cala que March señalaba con el mentón, antes de negar en silencio.

—Según Estruch, el cura que recogió toda esta historia en sus memorias, esto fue un castigo de Dios por los pecados cometidos.

Una noche, a cosecuencia de una terrible tormenta, se produjo una riada de tal magnitud que acabó arrasando lo que quedaba del pueblo de los franceses. El torrente desbordado condujo miles de cuerpos ahogados y desmembrados hasta esta playa. »Y aquí quedaron. Al final de la guerra de Independencia, más de trece mil soldados franceses pasaron por esta isla. Cuando al fin vinieron a por ellos, solo quedaban con vida poco menos de tres mil harapientos fantasmas.

Despojos humanos que en su mayoría no sobrevivieron al viaje. Los que lo hicieron, acabaron abarrotando la Salpêtrière.

—Deduzco que eso no era local de moda—bromeó March, más para su propio cuerpo que para su interlocutor.

—Según se mire, camarada March—respondió Arnedo.

El humor negro que demostraba el capitán tenía al falangista un poco desconcertado—. Según se mire ¿Seguimos? Santiago se puso de pie y, sin esperar respuesta, comenzó a renquear por la mínima playa de cantos y huesos. Le dolía la pierna horrores. El calor no ayudaba; pero que lo aspen si tuviera que darle la satisfacción al figurín de verlo quejarse, o meramente aparentarlo. Por su lado, March se levantó con visible esfuerzo, intentado dar caza al jodido tullido que más parecía liebre moviéndose en aquel roquero de los cojones.

Pero claro, él no tenía en su cuerpo la resaca de sus excesos nocturnos y la falta de energía que le había drenado el torbellino de mujer que había dejado en su cama ya bien entrada la mañana. «Que puta diosa, o que diosa más puta» pensó March, sonriéndose para sus adentros hasta que una tos mefítica le cortó la respiración.

—X— La luna llena iluminó la aparición del bajel de poco calado que surgió en el horizonte, dándole un aspecto de espectro de plata.

Santiago, pendiente de su reloj de pulsera, hizo una señal a March, indicándole donde mirar. Éste, algo desorientado, oteó la negrura que provenía del lugar que le señalaban. De las almenas cuadradas del castillo de Cabrera partió un haz luminoso breve y muy potente. Una especie de suspiro de luz dorada, casi imperceptible para quien no estuviera esperándolo.

—Ahora—indicó el capitán.

March, como le habían aleccionado, dirigió los prismáticos hacia la isla de Mallorca. A fuerza de la lente de sus Zeiss, contó uno, dos y tres haces luminoso recorriendo la costa mallorquina visible desde su punto de vista. No habían transcurrido ni tres minutos cuando en el extremo opuesto de la isla vecina, vio el último destello. En ese momento, de la tranquilidad del mar aceitoso que los rodeaba surgió la proa estrecha de un submarino del que se adelantaban una especie de tentáculos de espuma Treinta segundos después, el barco de plata estallaba en una bola de fuego antes de ser abrazado por la negrura del mediterráneo.

—Todas las guarniciones de la isla han sido alertadas de la presencia del barco.

En silencio. Sin emitir ni una sola señal de radio—comentó Santiago, con un brillo de satisfacción en los ojos.

—X— —¡Wunderschön!—gritó Maximilian Wolffsee aún desde la torreta de su embarcación, saludando a los dos que le esperaban en el pantalán.

El grito de júbilo reverberó entre las planchas metálicas de la nave que cubría el submarino U-45. Arnedo y March lo vieron descender de la embarcación con su andar característico, interrumpido de tanto en tanto por una especie de bailecito ridículo que recordaban a las de un pirata borracho con patas de palo. Mientras el renano se acercaba a ellos, March paseó la vista por el interior de la nave.

Con cierta sorpresa se vio reconociendo para sí que aquel capitán cojo había hecho un trabajo formidable. Durante toda su visita de inspección la incredulidad le había asaltado más de una ocasión. Moverse entre estructuras huecas y vacías, hechas de materiales baratos con aspecto de grandilocuentes construcciones defensivas, le dieron la sensación de estar caminando por el plató de una película en lugar de hacerlo por una instalación militar. Por eso, tal vez, el espectáculo nocturno que había presenciado lo había emocionado tanto.

De soslayo contempló a Arnedo que agitaba el brazo en dirección al comandante alemán, cada vez más cerca. La sensación de que se había equivocado con ese hombre de pierna tiesa, volvió a calarle por dentro. Si durante la comida del día de su llegada a la isla le había parecido un tío mediocre, del montón, ahora, tras el trato de su visita, veía en él una fuerza muy poco común.

Por un lado, por el profesional, le alegraba. Volver a Madrid con el informe de un éxito operativo como aquel sin duda le iba a proporcionar más que palmaditas en la espalda. Por otro, en el personal, una incertidumbre venenosa había empezado a corroerlo ¿Y si se olía la tostada antes de tiempo?¿Y si las predicciones de Alina no salían de la forma sencilla y aséptica que ella había vaticinado?

A la luz de los nuevos acontecimientos, su parte más analítica se revolvía con la idea de que Arnedo fuera a aceptar como eran las cosas así, sin más; sin pelear. Antes de la visita esto no hubiera representado para March ni un segundo de pensamiento, ahora, tras recordar la mirada que tenía el capitán cuando contaba aquella macabra historia, o el fuego que había visto en sus ojos haciendo que el del barco hundido palideciera, ya no estaba tan seguro.

Desde luego aquel éxito facilitaría mucho sus planes en Madrid. Y el capitán Arnedo no se podría negar. Lo mirase por donde lo mirase, el ganaba. A corto plazo una pequeña, pero importante victoria. A largo…Dios diría, porque lo que March tenía claro es que ese cobarde de Franco no declararía la guerra a los enemigo del verdadero fascismo cuando hubiera que hacerlo. Pese a su apoyo no oficial al Reich y a la Italia imperial—en pago de las deudas contraídas en la Cruzada—, su gobierno no duraría mucho.

Cuando Hitler y Mussolini ganasen la próxima guerra, cuando en este país se impusiera el auténtico socialismo nacional, ese enano advenedizo pagaría por haber abandonado a José Antonio en manos de la chusma roja. Acabaría engrosando las filas de trabajadores forzados para ese mausoleo que se decía que se quería construir en la sierra de Madrid. Pero eso, ya vendría. Paciencia. Ahora sus intereses inmediatos pasaban por Arnedo. No, no le costaría mucho convencer a quien hiciera falta para que sus planes concernientes al tullido se cumplieran en el menor tiempo posible.

La miel había que cogerla fresca; cuando mana, a ser posible, para que el tiempo no la estropeé. Y él pensaba pegarse un buen atracón. Arrinconó los malos augurios en el rincón de la mente donde se almacenan los anhelos de los perdedores y se adelantó para estrechar la mano de Wolffsee que ya había alcanzado su altura.

—¡Excepcional trabajo, comandante!—aulló en el reverbero de la nave—¡Y qué soberbia puntería!

Wolffsee que claramente iba a felicitar a Arnedo con uno de sus abrazos de oso, tuvo que rectificar la dirección para ser sacudido por el falangista.

—Todo mérito de aquí el amigo Santiago—alegó con modestia—. Su sistema de alerta…

—Claro, claro—rectificó sobre la marcha March, cogiendo a Arnedo por los hombros—. Ustedes dos son la prueba fehaciente de lo que nuestras dos grandes naciones pueden llegar a conseguir trabajando juntas. »Ardo en deseos de volver a Madrid a comunicar nuestros progresos.

Max y Santiago intercambiaron una mirada de inteligencia ante el pronombre utilizado por el falangista.

—Mañana mismo saldré para Madrid—comunicó March, como si se le acabara de ocurrir la idea—. A mi vuelta, estoy seguro de poderles traer grandes noticias.

Soltando al alemán, March se giró hacia Arnedo.

—Sobre todo a usted, capitán.

Santiago sintió un leve escalofrío escalándole la nuca. Pese al tono de júbilo con que March había pronunciado las palabras, a él, no supo porqué, le sonaron como una amenaza.

—Creo que aún les queda una semana de trabajo antes del primer permiso.

Es tiempo más que suficiente. Quedan ustedes emplazados para cenar en mi palacete la primera noche que tengan libre. Allí lo celebraremos.

—En buena hora—dijo Wolffsee, contento ante la perspectiva de una cena de verdad—, ya estoy harto de comer latas y de meterla en cualquier agujero que…—¡Ach so!

Discúlpenme, caballeros. Quería expresar otra cosa pero mi español… March le rió la gracia. Arnedo sonrió el desliz que, conociendo como ya conocía al renano, nada tenía de ello. Su mente solo estaba ocupada por el pensamiento de volver a ver a su mujer. Pero March, como leyéndole la mente, le amargó su anhelo.

—Por supuesto, capitán, espero que nos acompañe su deliciosa esposa en tan señalada velada.

Max, atento al envite intentó echar un capote a su amigo: —Lástima—comentó con travieso candor—. Esperaba que pudiera ser una velada de…caballeros. March volvió a reírle la gracia.

—Nada de eso, teutón rijoso.

Será una cena oficial. De gala. Por ahí, Santiago vio una vía de escape desesperada. Lo último que quería es volver a ver a su mujer siendo babeada por el jodido Clark Gable de baratillo.

—En ese caso, no sé si Catalina…

—¡Oh!—le interrumpió March, impostando una enorme sonrisa—. Le aseguro que su mujer no querría perdérsela por nada del mundo.

Descargar EPUB

¿Qué te ha parecido?

Todavía no lo ha votado nadie.

Comentarios

Puedes comentar sin cuenta. Se publica tras pasar por revisión.

Todavía no hay comentarios. Puedes ser el primero.

Más de Hetero: Infidelidad

La Roca

Es bastante celoso, o sea, inseguro, aunque bueno, tampoco puedo echárselo en cara, supongo que es normal no querer que otros me vean desnuda. Tampoco es que me diga cómo vestirme o cosas así, simplemente no le gustaba que hiciera topless. Es razonable. Aun así, estaba molesta...