El Quirófano, capítulo 2
La paciente tenía setenta y nueve años. Estenosis aórtica severa, enfermedad coronaria de dos vasos y una fracción de eyección que hacía que cualquier anestesista frunciera el ceño al leer la historia clínica. Cuando entramos en el quirófano, Raúl estudió por última vez el ecocardiograma.
—Va a darnos guerra.
No lo dijo con pesimismo. Lo dijo como quien anuncia que va a llover. La anestesista terminó la inducción.
—Presión estable.
—Perfecto.
Intubada. El monitor comenzó a marcar aquel ritmo tranquilizador que tantas veces había escuchado. Raúl extendió la mano.
—Bisturí.
La esternotomía transcurrió sin incidentes. Después vinieron la canulación de la aorta ascendente y de la aurícula derecha.
—ACT.
—Cuatrocientos noventa segundos.
—Correcto.
Entramos en circulación extracorpórea. El perfusionista confirmó el flujo. Pocos minutos después el corazón quedó detenido tras administrar la cardioplejía. Era un corazón muy castigado. Calcificado. Pequeño. Frágil. Raúl avanzaba despacio. Mucho más despacio que de costumbre. Sabía que cualquier milímetro podía costar una vida. La sustitución valvular estaba prácticamente terminada cuando todo empezó a torcerse. La presión arterial cayó de golpe. El anestesista levantó inmediatamente la vista.
—Estoy perdiendo presión.
Al mismo tiempo el campo quirúrgico comenzó a llenarse de sangre. No era una hemorragia espectacular. Era peor. Una de esas hemorragias oscuras que aparecen donde nadie quiere verlas. Yo sentí cómo se me aceleraba el pulso. La enfermera acercó más compresas. María aspiraba el campo intentando mantener la visión. Raúl no levantó la voz. Ni una sola vez.
—Aspiración.
La recibió. Observó durante apenas dos segundos.
—Rotura en la unión de la cánula.
Silencio absoluto.
—Perfusión, baja el flujo al cincuenta por ciento.
—Bajando flujo.
—Anestesia, ¿hemoglobina?
—Siete coma ocho.
—Prepara dos concentrados de hematíes y plasma.
Ya.
—Solicitados.
Raúl extendió otra vez la mano.
—Prolene cinco cero.
La sutura apareció inmediatamente.
—Diego, tracción suave.
No más. Así.
—María, mantén el aspirador ahí.
No te muevas un milímetro. Ella obedeció. La punta del aspirador permanecía inmóvil. Yo apenas respiraba. El monitor emitió una alarma.
—Presión cincuenta.
—Lo sé.
Raúl seguía cosiendo. Puntada. Nudo. Otra puntada. Otra. Su voz continuaba siendo exactamente igual que al principio de la intervención.
—Perfusión, recupera flujo lentamente.
—Recuperando.
—Anestesia.
¿Cómo va?
—Empieza a responder.
Setenta de sistólica. Raúl terminó la sutura. Observó el campo. La hemorragia había desaparecido.
—Bien.
Vamos a calentar. Preparad salida de bomba. Nadie dijo una palabra. Poco después el corazón recuperó el ritmo con una desfibrilación suave. Un latido. Otro. Y otro más. Nunca deja de impresionarme ver un corazón volver a latir. Cada vez parece un milagro. Mientras cerrábamos el tórax comprendí una vez más por qué tantas personas hablaban de Raúl con una mezcla de respeto y devoción. En medio del caos había sido exactamente igual que un general veterano durante una batalla.
No había corrido. No había gritado. No había perdido un segundo. Simplemente había dado una orden detrás de otra. Claras. Breves. Precisas. Cuando los demás empezábamos a sentir miedo, él parecía volverse incluso más lúcido. Aquella mañana tampoco reprendió a María. No porque hubiera cambiado de carácter. Simplemente la situación había sido tan grave que no había existido espacio para ninguna otra cosa que no fuera salvar a aquella mujer.
Salimos del quirófano casi cinco horas después. María se dejó caer en un banco del vestuario mientras se soltaba el gorro. Tenía el pelo completamente aplastado y la marca de la mascarilla todavía dibujada sobre la cara. Suspiró.
—Madre mía...
Me senté a su lado. Durante unos segundos ninguno habló. Los dos necesitábamos asimilar lo que acabábamos de vivir. Fue ella quien rompió el silencio.
—Hay que reconocerlo.
Miré hacia ella.
—¿El qué?
—Lo de hoy.
Se quedó pensando unos segundos.
—Por algo es lo que es.
Asentí lentamente.
—Sí.
Cuando entré en el equipo ya tenía prestigio, pero aún no era esa especie de leyenda que es ahora. Sonrió. Me quedé mirando el suelo.
—Hace años Raúl estaba en un congreso en Berlín.
Aquí ingresó una paciente con una disección complicada. Uno de los adjuntos podía operarlo perfectamente. Hice una pausa.
—Sin embargo, le dijo al paciente una frase que nunca he olvidado.
María esperó.
—Le dijo: "Si se tratara de mi madre, yo esperaría a que volviera Raúl."
Ella permaneció callada.
—¿Eso le dijo?
—Sí.
La paciente esperó. Raúl volvió dos días después. La operó. Y salió adelante. Vice aún. María apoyó los codos sobre las rodillas.
—Entiendo por qué la gente habla así de él.
—Yo también.
Nos quedamos unos segundos en silencio. Finalmente sonrió con cansancio.
—No quita que sea un cabrón.
Solté una carcajada.
—No.
Eso tampoco ha cambiado. Ella negó con la cabeza.
—Es increíble.
Consigue que una admire profundamente al cirujano... y tenga ganas de estrangular al hombre. No pude evitar asentir. Era probablemente la mejor definición que había escuchado nunca sobre Raúl. Con él convivían dos personas distintas. El hombre al que todos temían. Y el cirujano al que, llegado el momento decisivo, casi cualquiera habría elegido para abrirle el pecho. Hicimos el amor en su pequeño apartamento esa misma noche. María me besó con urgencia nada más cerrar la puerta.
Sus manos recorrieron mi pecho mientras yo le quitaba la ropa con dedos temblorosos. Cuando le bajé el jersey y el sujetador, sus enormes pechos quedaron libres. No pude dejar de sentir cierto asombro y deslumbramiento. Eran colosales, redondos y pesados, con una consistencia carnosa y esponjosa que me dejó hipnotizado. Se movían con un peso natural, suave y denso, con areolas grandes y pezones oscuros que se endurecieron al instante.
Las agarré con ambas manos, sintiendo cómo se desbordaban entre mis dedos, suaves, calientes y perfectas. Eran mucho más grandes de lo que cualquiera hubiera imaginado, y esa carne esponjosa y firme me volvía loco. La tumbé en la cama y la penetré. Estaba muy mojada y apretada. Mientras la follaba, no podía dejar de mirar sus tetas colosales, que se balanceaban con cada embestida, rebotando pesadamente, hipnóticas.
—Te gusto mucho, ¿verdad? —dijo ella con una sonrisa pícara, jadeando.
Se incorporó, me empujó y se puso de rodillas. Me mamó la polla con ganas, metiéndosela hasta el fondo, lamiendo la cabeza y los huevos. Sus tetas enormes colgaban y se movían con cada movimiento de su cabeza. Yo estaba a punto de eyacular, me costaba controlar el ritmo. Sus labios carnosos y su lengua experta me estaban volviendo loco. La puse a cuatro patas. La curva de su espalda era perfecta, estrecha y sinuosa, bajando hasta ese culo escandaloso: redondo, grande, carnoso y firme.
Lo agarré con ambas manos, sintiendo la carne blanda pero elástica, y la penetré con fuerza. Sus nalgas rebotaban contra mi pelvis con cada embestida. Intenté meterle un dedo en el culo, pero ella me quitó la mano rápidamente.
—Por ahí no, nene… eso no… —dijo con voz ronca, pero sin enfadarse.
Sentí que era como cuando había manejado un Porsche de un amigo: ella tenía una marcha más que yo no podía controlar del todo. Era más experta, más sensual, más intensa. Me hacía sentir que estaba follando con alguien que sabía exactamente lo que quería. María se corrió masturbándose mientras yo la follaba por detrás. Se tocaba el clítoris con rapidez, gimiendo fuerte, el cuerpo convulsionando. Su coño se apretó alrededor de mi polla con fuerza.
Luego se giró, me quitó el condón y me mamó la polla otra vez, con ganas, hasta que me corrí. No tragó la lefa. Se levantó y fue al aseo. Escuché cómo escupía y el agua correr. Cuando volvió, estaba desnuda y sonriente. Parecía satisfecha. Yo, en cambio, no del todo. La contemplé desnuda en la penumbra del apartamento. Su cuerpo era una puta maravilla: las tetas colosales y esponjosas, la cintura una miniatura, las caderas anchas, las piernas largas y el culo redondo y carnoso.
Era, sin duda, la mujer más buena que me había follado nunca. Esa combinación de belleza, inteligencia y sensualidad era difícil de igualar. Bebimos café, desnudos en la cama, hablando en voz baja. Ella apoyó la cabeza en mi pecho. Al día siguiente, durante la pausa de media mañana, me encontré con Adriana en la cafetería del hospital. Estaba sentada sola en una mesa del fondo, con una taza de café con leche y el móvil en la mano.
Llevaba la bata blanca abierta, dejando ver una blusa ajustada que marcaba sus tetas operadas, grandes, redondas y altas. A sus cuarenta y dos años seguía estando muy buena: rubia con mechas, cara atractiva, labios carnosos y un cuerpo curvilíneo que sabía lucir. No era tan espectacular como María, pero tenía ese punto maduro y sexual que resultaba muy atractivo. Me senté frente a ella sin pedir permiso.
—Hola, Adriana.
—Hola, guapo —sonrió con esa picardía habitual—. ¿Qué tal?
Pedí un café y fui directo al grano, bajando la voz: —¿Es cierto lo que me dijiste de Raúl el otro día? Adriana me miró un segundo, evaluándome, y luego soltó una risita baja.
—Claro que es cierto, Diego.
Todo. Bebió un sorbo de café y se inclinó un poco hacia mí, hablando en voz baja pero clara.
—Raúl se ha ido volviendo más oscuro con el paso del tiempo.
Dentro de él conviven el Dr. Jekyll y Mr. Hyde. Como cirujano es un genio, salva miles de vidas, tiene unas manos que parecen mágicas… pero en lo personal, en el sexo, es muy oscuro. Hace más de veinte años que soy su amante. Te lo puedo asegurar. Me quedé helado.
—¿Sigues siendo su amante? —pregunté, sorprendido.
—Claro —respondió con naturalidad, casi con orgullo—. Le sigo siendo fiel… aunque él a mí no.
Yo también tengo mis rollos, quiero decir, a él no le importa. Es un hombre muy posesivo, pero no celoso. Siempre y cuando sepa que soy suya cuando él quiere.
—¿Por qué dices que es muy oscuro?
¿A qué te refieres realmente? Todo aquello me resultaba difícil de asimilar y era por mi relación con María, claramente. Adriana se pasó la lengua por los labios y continuó:— A Raúl no se le puede decir que no a nada. Siempre impone su voluntad. Ninguna se salva de que le dé por el culo si tiene ganas. Y además…….. tiene un pollón enorme………de esos que te dejan abierta varios días.
Te lo digo yo, que lo conozco demasiado bien. Hice un gesto de desagrado sin poder evitarlo. Adriana sonrió al verlo. No quería saber algo tan íntimo relacionado con el maestro.
—¿Te molesta oírlo?
Bueno tú has preguntado, encanto. Sus palabras me golpearon. Recordé la noche anterior con María: cómo me había mamado con ganas, cómo se había corrido con mi lefa en la boca y luego había escupido. … y ahora imaginaba a Raúl haciendo lo mismo con ella, pero obligándola a tragar su lefa. La idea me revolvió el estómago y, al mismo tiempo, me produjo una punzada de excitación enfermiza que no podía explicar.
Adriana se dio cuenta de mi expresión y bajó aún más la voz, casi susurrando: —Te lo digo para que estés atento, Diego. María es muy guapa, muy lista y tiene ese carácter fuerte que a él le pone. Si Raúl se encapricha, no va a parar hasta follársela. Y cuando lo haga, no será suave. Le gusta dominar, humillar un poco, hacer que supliquen. A mí me ha hecho llorar de placer y de dolor más de una vez.
Se quedó mirándome unos segundos, con una mezcla de lástima y deseo.
—Tú eres un buen chico.
No te mereces pasar por eso. Pero si quieres seguir con ella… prepárate. Porque Raúl siempre consigue lo que quiere.
—Porque puede encapricharse de ella.
—No digas tonterías.
María no soporta a Raúl. Lo admira como cirujano, sí. Pero lo detesta como persona. Ese tipo de hombre no va con ella. Adriana me observó unos segundos. Después sonrió con una mezcla de ternura y compasión.
—No estés tan seguro, encanto.
He visto a muchas mujeres caer con Raúl. No respondí. Ella continuó.
—Tiene algo muy peligroso.
Cuando sale del quirófano parece un oso malhumorado. Brusco. Maleducado. A veces hasta cruel. Pero dentro... Negó lentamente con la cabeza.
—Dentro del quirófano es otra persona.
Es un dios. Y eso deslumbra. Recordé la operación de la anciana. La calma. La autoridad. La precisión. Era difícil no admirarlo.
—Además —prosiguió Adriana—, a Raúl le gustan las mujeres inteligentes.
Y cuanto más le llevan la contraria, peor. Sentí una punzada desagradable en el estómago. Intenté quitármela de encima.
—No va a pasar.
María está conmigo. Adriana volvió a dedicarme aquella sonrisa maternal.
—Ojalá.
De verdad. Porque te tengo mucho cariño. Pero no olvides una cosa. Raúl siempre consigue lo que quiere. Guardó silencio unos instantes antes de añadir: —Aunque últimamente...No es el mismo.
—¿A qué te refieres?
Se apoyó en la mesa.
—Llevo veinte años trabajando con él.
Antes era un hombre difícil. Ahora... Ahora hay días en que parece otro. Más oscuro. Más duro. Ya te lo he dicho antes. Como el doctor Jekyll y mister Hyde. Soltó una pequeña risa.
—Curioso, Jekyll también era médico ¿verdad? — dijo ella —Sí.
Eso creo recordar. Adriana cruzó los brazos.
—No sé.
A veces pienso que el quirófano saca lo mejor de él. Y la vida de fuera... Lo peor. Nos quedamos unos segundos en silencio. Después volvió a sonreír.
—Bueno.
No quería aguarte el día. Solo abre los ojos, guapo.
—Gracias, Adriana.
—Cuida de esa chica.
Se lo merece. Terminó su café y se levantó. Antes de marcharse, me pasó la mano por el hombro con cariño.
—Cuídate, encanto.
Y si necesitas desahogarte… ya sabes dónde encontrarme. Se alejó moviendo su hermoso culo, dejando tras de sí el aroma de su perfume y un nudo enorme en mi estómago. Me quedé solo en la mesa, con el café enfriándose. La imagen de Raúl follando a María, dominándola, corriéndose en su boca… no se me iba de la cabeza. Sentía celos, rabia y algo más que me avergonzaba. Sabía que Adriana tenía razón.
Pero dentro de mí lo negaba, con horror. Mientras caminaba hacia los vestuarios no podía quitarme sus palabras de la cabeza. Hasta entonces nunca había sentido celos de Raúl. ¿Por qué iba a sentirlos? Era mucho mayor que María, tenía un carácter imposible y una apariencia que distaba mucho de ser atractiva. Y, sin embargo... Recordé cómo cambiaba cuando empuñaba un bisturí. Cómo todo el quirófano parecía girar a su alrededor.
Cómo incluso yo, después de tantos años, seguía admirándolo casi sin remedio. Tal vez Adriana tuviera razón. Había hombres cuya verdadera personalidad solo aparecía cuando hacían aquello para lo que habían nacido. Y me pregunté si toda la presión, toda la sangre, todas las decisiones imposibles y todas las vidas sostenidas durante décadas entre aquellas manos tenían que salir de algún modo cuando abandonaban el quirófano. Quizá por eso Raúl era tan brutal con el mundo.
Quizá aquella violencia que nunca se permitía durante una operación encontraba su camino una vez que se quitaba los guantes. O quizá, simplemente, siempre había sido así. Sólo que en el quirófano eso jugaba a su favor y en favor de sus pacientes. Sergio era el segundo de Raúl en el equipo. Un médico de cuarenta y seis años, grueso, gordo, con una barriga prominente que le tensaba la bata y una cara redonda y desagradable.
Tenía el pelo rapado, los ojos pequeños y una expresión permanentemente arrogante. Era ególatra, soberbio y, a pesar de todo, un cirujano muy competente. Nadie le quería, pero todos le respetaban por su habilidad en el quirófano. Había estado de viaje durante unos meses, un congreso y un pos grado. Aquella mañana coincidimos los tres en el pasillo del ala de cirugía cardiovascular. María acababa de salir de una reunión con el jefe de residentes y yo la acompañaba.
Sergio se detuvo al vernos. Sus ojos pequeños recorrieron el cuerpo de María de arriba abajo sin ningún disimulo. Se detuvo en sus pechos grandes y firmes, en su cintura estrecha y en sus caderas. La miró como quien evalúa una mercancía.
—Vaya, vaya… la nueva —dijo con una sonrisa torcida—. María, ¿no?
—María Ortega —respondió ella con frialdad.
Sergio soltó una risita.—He oído hablar de ti. Dicen que eres muy lista. María no contestó. Solo lo miró con esa expresión serena pero firme que tenía .Sergio se giró hacia mí.
—Diego, ¿qué tal?
¿Ya le has explicado cómo funciona esto?
—Intento hacerlo lo mejor posible.
Sergio se rio con sorna.—Pues buena suerte. Con Raúl no es fácil. Ese viejo cabrón es un tirano. Se cree Dios porque ha operado a cuatro presidentes. Pero en el fondo es un hijo de puta que disfruta humillando a la gente. María levantó una ceja —Vaya, no te andas con rodeos.
—Para qué.
Todos sabemos cómo es. Un genio en el quirófano, pero un cerdo fuera de él. ¿Verdad, Diego? Me limité a asentir, incómodo. María intervino, con voz calmada pero cortante: —Estoy harta de él. Lleva días tratándome como si fuera una residente de primer año. Me humilla delante de todo el equipo. No le soporto. Sergio soltó una carcajada.
—Bienvenida al club, guapa.
Aquí todos hemos pasado por eso. Algunos más que otros. Se quedó mirándola un segundo más de la cuenta, recorriéndole el cuerpo otra vez.
—Bueno, os dejo.
Tengo que preparar una intervención. Se marchó por el pasillo, contoneando su cuerpo gordo. María se quedó mirándolo con cara de asco.
—Qué tipo más desagradable.
—Sí… pero es buen cirujano —respondí.
Nos quedamos solos. Sergio había conseguido lo que quería: sembrar más inseguridad. Más tarde, cuando María se fue a una reunión, Sergio se acercó a mí en la sala de descanso.
—Joder, qué buena está la pava esta, ¿no? —dijo sin preámbulos, con una sonrisa lasciva.
—Sí… —respondí, incómodo.
—¿Tú tienes algo con ella?
Porque siempre estáis juntos…
—No, nada —mentí.
Sergio soltó una risotada.
—Joder, qué buena que está.
Tiene un culo, unas tetas… y es guapísima de cara. Yo me la follaría gustoso. Pero creo que Raúl ya la ha marcado como suya. Me puse tenso.—No digas eso. Sergio levantó las manos, riendo.—Joder, no te pongas así, macho. Es la verdad. Cuando Raúl quiere algo, lo consigue. Y esa chica tiene pinta de ser su tipo. Aquella tarde terminamos una sustitución mitral especialmente laboriosa. El paciente evolucionaba bien y como ocurría de vez en cuando si no había guardias, decidimos pasar una hora por un bar cercano al hospital.
Éramos seis. María y yo. Javier, otro de los adjuntos jóvenes. Luis, residente de cuarto año. Carlos, el perfusionista. Y Elena, la anestesista, que era prácticamente de nuestra generación. Pedimos unas raciones de tortilla, calamares y varias jarras de cerveza. Por primera vez desde que María había llegado al servicio, la conversación no giró alrededor del trabajo. Se habló de fútbol, de vacaciones, de política y hasta de recetas de cocina.
Elena sostenía que un anestesista era mejor cocinero que un cirujano porque estaba acostumbrado a calcular dosis.
—Vosotros echáis sal como hacéis las suturas.
A ojo. Todos nos reímos. En ese momento se abrió la puerta del bar. Entró Raúl. Llevaba una chaqueta de pana marrón y unos vaqueros viejos. Sin el pijama verde parecía un hombre completamente distinto. Nos vio desde la barra. Levantó una mano.
—¿Hay sitio o estáis conspirando contra mí?
Nos miramos sorprendidos.
—Claro, jefe.
Acérquese. Raúl pidió un coñac. Ni cerveza ni vino. Siempre coñac. Se sentó con nosotros. Durante casi media hora fue otra persona. Contó historias de cuando era residente. De un congreso en París donde un cirujano francés había confundido una botella de agua con una de vodka antes de una conferencia. De un paciente gallego que insistía en entrar andando al quirófano porque decía que "si me lleváis en camilla, ya parece que me voy a morir".
Hasta imitó el acento del hombre. Todos terminamos riendo. Incluso María. La observé. Lo miraba con una mezcla de sorpresa y curiosidad. Como si intentara reconciliar aquel hombre cordial con el tirano que dirigía el quirófano. Cuando Raúl terminó el coñac, consultó el reloj.
—Bueno.
Se acabó la fiesta. Mañana operamos. Nos levantamos casi al mismo tiempo. Él dejó unos billetes sobre la barra.
—Invito yo.
—No hace falta, jefe.
—He dicho que invito yo.
No discutáis. Antes de marcharse nos señaló con un dedo.
—Y vosotros...
No bebáis demasiado. Un cirujano cansado es más peligroso que un cirujano tonto. Descansad. Nos vemos mañana. Lo vimos salir. Durante unos segundos nadie habló. Fue Elena quien rompió el silencio.
—Cada vez que hace estas cosas pienso que alguien lo ha sustituido.
Las risas volvieron. María y yo regresamos caminando hasta su apartamento —No me lo esperaba.
—¿El qué?
—Eso.
Se giró hacia mí.
—Ha sido... agradable.
Buscó la palabra exacta.
—Hasta simpático.
Asentí.
—A veces le da por ahí.
—¿Es habitual?
—No mucho.
Pero tampoco es la primera vez. Tiene días. María permaneció pensativa.
—Pues ojalá fueran todos así.
Yo también lo deseaba. A la mañana siguiente comprendí lo ingenua que había sido aquella esperanza. Encontré a María en un pasillo poco transitado, junto a una ventana. Estaba sola. Cuando levantó la cabeza vi que tenía los ojos enrojecidos. Me acerqué inmediatamente.
—¿Qué ha pasado?
Intentó responder. No pudo. Respiró hondo un par de veces antes de hablar.
—No puedo más.
Le apoyé una mano en el hombro.
—¿Qué ha hecho?
—La sesión clínica.
La de primera hora. Sentí un vuelco en el estómago.
—¿Qué ocurrió?
María tragó saliva.
—Presenté el caso del bypass de ayer.
Dijo que mi análisis era superficial. Hasta ahí, vale. Acepto la crítica. Pero luego... Su voz se quebró.
—Delante de todo el mundo me dijo que era una niñata que no tenía ni idea de cirugía cardíaca.
Apreté la mandíbula.
—¿Eso dijo?
Asintió.
—Que había leído muchos libros y entendido muy poco.
Que confundía conocimientos con criterio. Que, si quería jugar a ser cirujana, me fuera a otro hospital. Noté cómo la rabia empezaba a crecer dentro de mí.
—No tenía derecho.
María soltó una risa amarga.
—¿Sabes qué es lo peor?
Ayer estaba contando chistes. Invitándonos a una copa. Y hoy... Hoy parecía que disfrutaba humillándome. Se secó las lágrimas con el dorso de la mano.
—Ya no le soporto.
Es un viejo de mierda. Un tirano. La abracé despacio. Ella apoyó la frente en mi hombro. No intenté justificar a Raúl. Aquella vez no había justificación posible. Le acaricié el pelo.
—Escúchame.
No dejes que te haga creer que no vales. Porque sí vales. Lo veo yo. Lo ven todos. Ella negó con la cabeza.
—No estoy tan segura.
—Pues yo sí.
Y no pienso repetirlo una sola vez sino las que hagan falta. Se apartó unos centímetros para mirarme.
—¿De verdad crees que algún día dejará de tratarme así?
Pensé en los seis años que llevaba trabajando con Raúl. Yo no era mujer, tenía eso a favor con él. Pensé en las broncas. En las humillaciones. En los silencios. En los pocos elogios que había repartido en toda una vida. Mentirle habría sido fácil. Pero también cruel.
—No lo sé.
La sinceridad pareció sorprenderla.
—Lo que sí sé es otra cosa.
—¿Cuál?
—Que no vas a dejar que él decida la clase de cirujana que puedes llegar a ser.
María respiró hondo. Poco a poco dejó de llorar. Pero mientras caminábamos hacia el quirófano tuve la sensación de que algo había cambiado. Hasta entonces había luchado por ganarse el respeto de Raúl. Aquella mañana, por primera vez, empezó a preguntarse si realmente merecía la pena intentarlo. Un viernes, al terminar la jornada, María cerró la taquilla del vestuario y se quedó mirándome unos segundos.
—¿Tienes planes este fin de semana?
—Ninguno.
Pareció dudar. Algo poco habitual en ella.
—¿Te apetece venir conmigo a Salamanca?
La miré sorprendido.
—¿A Salamanca?
Asintió.
—Quiero que conozcas a mis padres.
Tardé unos segundos en responder.
—¿Estás segura?
Sonrió.
—Muy segura.
Nunca llevo a nadie a casa. Pero tú eres... distinto. Sentí que el corazón me daba un vuelco. No añadimos nada más. No hacía falta. Salimos de Madrid poco después de las nueve de la mañana del sábado. María insistió en conducir ella.
—Conozco esta carretera de memoria.
Mientras avanzábamos por la A-50, el paisaje fue cambiando poco a poco. Las urbanizaciones dieron paso a grandes llanuras castellanas, campos de cereal ya segados y pueblos de piedra que parecían dormidos bajo el sol de septiembre. María hablaba mucho más de lo habitual. Me señaló el pueblo donde había ido al colegio, el restaurante donde sus padres celebraban los aniversarios y hasta una gasolinera donde, según ella, hacían el mejor café de la provincia.
Nos detuvimos allí. Mientras tomábamos un café y compartíamos una napolitana de chocolate, la observé reírse de una anécdota de su adolescencia. Era otra María. Más ligera. Más despreocupada. La cirujana desaparecía poco a poco a medida que nos acercábamos a su ciudad. Sus padres vivían en un chalet de dos plantas, en una zona tranquila de Salamanca. Con un pequeño jardín lleno de rosales perfectamente cuidados. Antes incluso de que aparcáramos, la puerta principal se abrió.
Una mujer menuda salió casi corriendo.
—¡María!
Mi novia apenas tuvo tiempo de cerrar la puerta del coche. Su madre ya la estaba abrazando. Después apareció un hombre alto, de pelo completamente blanco y gafas redondas. No era muy expresivo, pero la forma en que miraba a su hija decía mucho más que cualquier abrazo.
—Papá.
—Bienvenida a casa.
María me tomó de la mano.
—Este es Diego.
Su padre me estrechó la mano con firmeza.
—Encantado.
Pasa, hijo. Su madre fue todavía más efusiva.
—Así que tú eres Diego...
María habla muchísimo de ti. Ella protestó enseguida.
—¡Mamá!
—¿Qué?
Es verdad. No recuerdo la última vez que te oí hablar tanto de alguien. Vi cómo María bajaba la vista, ligeramente avergonzada. Aquello me enterneció. La casa era luminosa y acogedora. Había fotografías de María por todas partes. Con uniforme escolar. Montando a caballo. Disfrazada en un festival del colegio. Recibiendo el título de Medicina. En casi todas aparecía entre sus padres. Era evidente que había crecido siendo el centro de aquella familia.
Mientras tomábamos un aperitivo, su madre no dejó de sacar platos. Jamón ibérico. Lomo embuchado. Queso curado. Croquetas caseras.
—Mamá...
—¿Qué?
No hemos hecho nada. Miré la mesa.
—Si esto es nada...
Todos nos echamos a reír. La comida fue todavía mejor. Un hornazo salmantino recién hecho como entrante y, después, un asado de cordero con patatas panaderas que su padre cortaba con una destreza casi ceremonial. Acompañaron la comida con un buen vino de la Ribera del Duero. Yo apenas bebí una copa. Las guardias habían conseguido que el alcohol dejara de apetecerme. Después llegaron el café y una tarta de queso que, según su madre, era la favorita de María desde niña.
—Siempre conseguía convencerme para hacerla.
—No siempre.
—María...
Su padre intervino sonriendo por primera vez.
—No la contradigas.
Lo conseguía siempre. Todos volvimos a reír. Mientras los escuchaba comprendí algo. María había sido inmensamente querida. No solo querida. Adorada. Sus padres hablaban de ella con un orgullo difícil de disimular. Cada éxito suyo parecía haber sido celebrado como un triunfo familiar. Y, aunque nunca lo habrían reconocido, también estaba claro que la habían consentido bastante. Bastaba ver la facilidad con que ambos cedían cuando ella pedía algo. Aquello explicaba muchas cosas.
Su seguridad. Su carácter. Esa costumbre de discutir sin miedo cuando estaba convencida de tener razón. Por la tarde dimos un paseo por el centro de Salamanca. La Plaza Mayor estaba llena de gente. María caminaba despacio, saludando a antiguos profesores, vecinos y algún compañero del instituto. Parecía conocer a media ciudad. Cuando regresamos a casa, su madre ya había preparado las habitaciones.
—Diego, dormirás aquí.
Era un dormitorio de invitados impecable. María me guiñó un ojo desde el pasillo.
—Lo siento.
Mis padres son muy a la antigua. Aunque ya vivamos en otro siglo. Me acerqué sonriendo.
—No pasa nada.
Al contrario. Me parece hasta bonito. Ella me dio un beso corto.
—Gracias por entenderlo.
—Gracias a ti por traerme.
Su expresión cambió. Se volvió mucho más tierna.
—Quería que vinieras.
Ellos saben cuánto me has ayudado. No solo en el hospital. En todo. Después bajamos al salón. Mientras su madre preparaba una infusión, su padre comenzó a hacerme preguntas sobre mi familia, Ávila y mi trabajo. No eran preguntas de compromiso. Me escuchaban con un interés sincero. En un momento dado, la madre de María sonrió y dijo: —Nuestra hija siempre ha sido muy independiente. Nunca nos presenta a nadie.
María hizo un gesto de protesta.
—Mamá...
—¿Qué?
Es verdad. Su padre me miró por encima de las gafas.
—Así que debes de ser importante para ella.
Noté que me ruborizaba. María tampoco respondió. Simplemente buscó mi mano por debajo de la mesa y entrelazó sus dedos con los míos, ocultándolos bajo el mantel. Nadie pareció darse cuenta. Yo apenas pude concentrarme en el resto de la conversación. Tenía la extraña sensación de haber conocido a mis futuros suegros. Y, por primera vez en muchos años, imaginé un futuro que no giraba alrededor de un quirófano, de una guardia o de la voz áspera de Raúl.
Imaginé una casa. Una familia. Y a María riéndose como aquella tarde en la Plaza Mayor, muy lejos del hospital donde, cada mañana, tenía que ponerse una armadura para enfrentarse al hombre que más admiraba y más detestaba al mismo tiempo Aquella noche, en Salamanca, el ambiente era cálido y tradicional, cuando llegó la hora de dormir, nos asignaron habitaciones separadas como ya he contado. María me miró con una sonrisa resignada mientras nos despedíamos en el pasillo.
Nos besamos con ternura, pero con deseo contenido. Su perfume era delicioso, una mezcla suave de vainilla y flores blancas que me envolvía. Su carita angulosa, con esos pómulos marcados y altos, estaba iluminada por la luz tenue del pasillo. Sus ojos grandes y verdes me miraban con cariño y un punto de travesura.
—Gracias por lo bien que te has comportado —me dijo en voz baja—. Has sido un encanto con mis padres.
La abracé, sintiendo su cuerpo contra el mío. Mis manos bajaron por su cintura, estrecha y firme, y llegaron hasta su culo. Era redondo, carnoso y perfecto. Lo apreté con suavidad, sintiendo su carne elástica y caliente bajo la ropa. Tenía una erección fuerte, casi dolorosa. Sus pechos, grandes y esponjosos, se aplastaban contra mi pecho. Eran una maravilla: pesados, redondos, con esa consistencia carnosa y suave que me volvía loco.
—Ya está bien, guapo —susurró ella, apartándome con una sonrisa—. En casa de mis padres nada de nada.
Me dio un último beso rápido y se metió en su habitación. Me quedé solo en el cuarto de invitados, con la polla dura y la cabeza llena de ella. Me desnudé y me tumbé en la cama. No podía dormir. Empecé a masturbarme lentamente, pensando en ella. Pero entonces, sin querer, mi mente fue más lejos. Pensé en lo que Adriana me había dicho: “ A Raúl no se le puede decir que no a nada”.
Imaginé qué habría hecho Raúl en la misma situación. Él no habría aceptado dormir en habitaciones separadas. Habría encontrado la manera de follarse a María esa misma noche, en la casa de sus padres, sin importarle nada. La imagen me golpeó con fuerza. Imaginé a Raúl entrando en la habitación de María, dominándola, follándola mientras sus padres dormían al lado. Imaginé a María gimiendo bajito, intentando no hacer ruido, mientras Raúl le metía esa polla enorme por el coño y por el culo, corriéndose dentro de ella.
Me sentí culpable, asqueado de mí mismo… pero no pude parar. Mi mano subía y bajaba más rápido, imaginando la escena. Raúl follándose a María en la casa de sus padres, dominándola, humillándola, haciendo que se corriera mientras le tapaba la boca. Me corrí con un gruñido ahogado, manchándome la mano y el vientre. El orgasmo fue intenso, casi doloroso. Me quedé jadeando en la cama, mirando el techo, con una mezcla de placer y culpa profunda.
Sabía que estaba perdiendo el control.
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