Justicia por el respeto, capítulo 4
la verdad de María Cristina Cuando escribí “Justicia por Juan” (de Entrega de una mujer casada) algunos me dijeron que el final, tal como lo exponía el autor, quedaba mucho mejor, puesto que Juan no sabía nada, y ella sola cargaría con el peso de la verdad. Cuando me pidieron ajusticiar a este personaje, Sara, de la trilogía “Mis días de sexo”, y me enteré de que eran cuatro libros, no sabía si leerlo.
Al final, me llevé una grata sorpresa, puesto que descubrí a una autora de la ostia. Eso sí, la protagonista… merece que la agarren entre varios y la lapiden. Porque no solo es la reina de las hijas de puta. No. También le achaca al esposo que fue infiel. En sus dos primeros libros queda más que claro que no le importa nada. Y que eso que dice sentir por los suyos es como un costumbrismo, una pantalla ante el resto de la sociedad que la considera una señora.
Al final hay arrepentimiento, en el tercer libro. Pero a mí me sonó a poco. Demasiado daño para tan poco sangrado. Y, al final, se lleva un premio más que inmerecido. Tenía mis dudas si ponerlo como “Justicia por el respeto” o “Justicia por la pérdida del don de gente”. Al final, creo que hice bien. No es Alicia. Es una mujer que, creo, se ha equivocado de cabo a rabo.
Aun con la culpa adormilada, no se si no era realmente tan consciente de lo que pasaría si se supiera todo. Por eso he intentado una de mis vueltas de tuerca. Un poco de justicia. O no… qué sé yo… La autora firma como Silvia Zaler. Publica en varios sitios, no en Todorrelatos. Igual, pueden encontrar fácilmente. Lean sus publicaciones… escribe demasiado bien. Una última cuestión: ¿siete años siéndole infiel con muchísimos hombres?
¿Excesos por doquier? ¿Y jamás el esposo se dio cuenta de nada?... Daaaaaaleeeeeeeeee
Capítulo 1: Revelaciones
Hola, chicas. Tanto tiempo… Hoy, a cinco años de la finalización del confinamiento, allá por junio del dos mil veinte, he decidido contar toda la verdad. Toda, sin guardarme nada. La trilogía “Mis días de sexo” tuvo el objetivo de poder hacer catarsis sobre lo que me pasaba en ese momento de cada libro. Al principio, fue una especie de diario íntimo. Pero, luego, y a modo de sacar afuera lo que me sucedía interiormente, y por recomendación de Amelia (“Menchu”), que lo había leído y le pareció excitante y muy bien contado, lo publiqué bajo un seudónimo con un amigo/chongo de ella, dueño de una editorial de Madrid.
En esa época, lejos de ser exitoso, tuvo varias ventas. Las escasas regalías me las giraban a mi cuenta de Suiza. Y a mí, les confieso, me divertía bastante, además que me evitaba pagarle a un psicólogo. Hoy en día, la verdad, no sé bien por qué lo hice. O sí. Por enferma y mierda de mujer. Otra no le encuentro. También tengo otra explicación: se los escribí a María Cristina.
A ella. Me avergüenzo totalmente de esa mujer que fui. Esta cuarta entrega no es ni será para ustedes. No. De ninguna manera. Mantuve la línea de las tres anteriores, pero no está dirigida a mis lectoras. Este escrito será pura y exclusivamente para mi familia. Cuando lo termine, lo enviaré solo a cuatro destinatarios. Ni uno más. Ellos deben conocer realmente todo lo que pasó y pasa por mi mente, pero sin ningún tipo de velo ni mentira.
La pura verdad. La verdad desnuda. Necesito escribirlo así, porque no me animo a hacerlo directamente a ellos. Me carcome la culpa. Todas sabéis por lo que he pasado. Claro que me lo busqué. Como me dijo Clara, “por puta”. Como me dijo Alejo, “por zorra”. Y, como me he repetido hasta el hartazgo, por descerebrada. María Sol no me dijo nada. Pobre. Demasiado tiene ya con lo suyo. E Ignacio… salvo por temas relacionados con Sol, me evita.
Apenas me contesta mis mensajes. Para aquellas que no saben lo que pasó a partir del tercer libro de “Mis días de sexo”, o porque son despistadas, o porque no son españolas, tengo que decirles que todo estalló por los aires. El karma, el destino, la justicia del más Alto… llámenlo como quieran. Pero, al final, los que más quiero en este mundo, se enteraron, y de la peor manera, de mis… bueno… mis días de sexo.
A lo cual yo agrego “y de excesos”. Lamentablemente, en esa época, tenía la conciencia anestesiada. No tengo justificación alguna. Pero ninguna. Que eso quede bien claro. Yo misma cavé mi propia fosa. No es, para nada, culpa de mi esposo. Ni siquiera por los encontronazos y las peleas que hemos tenido antes y durante esos días de descontrol por mi parte. Nada me exime. Repito, no tengo excusas. Por supuesto, muchísimo menos culpa tienen mis hijos.
Sobre mi espalda cuelga la insoportable mochila de haber destruido esta familia. La que fue mi familia. Y que yo hice añicos. Yo. Nadie más. Ante todo, voy a poner los puntos sobre las íes. Especialmente para las que no se enteraron de nada. Mi nombre verdadero no es Sara. Me llamo María Cristina Cardona. Ni siquiera Sara era mi nombre de puta. A los que no quería que supieran mi verdadero nombre, les decía que me llamaba Ivette.
Como entenderán, cuando comencé a escribir “Mis días de sexo”, estaba en la cresta de la ola, y no pensaba, ni por asomo, detener todo esto. Así que, aunque en ese tiempo tenía la cabeza en Babia, tampoco quería que nadie se enterase de mi doble vida. Estaba muy cómoda, así, como la llevaba. Y no pensaba renunciar a ella. Eso incluía, por supuesto, mi matrimonio y mis hijos. Ilusa de mí.
Creía que podía con todo. Vuelvo. María Cristina Cardona. Abogada. La Doctora Cardona. Trabajaba en un buffet de Barcelona, ciudad donde realmente vivíamos. Nuestra casa estaba en Pedralbes. Para los que no conocen esta ciudad, Pedralbes es una de las zonas exclusivas. Me ha tocado estar en temas de editoriales, del ambiente artístico, de productoras… pero eran los menos. En general, atendíamos todo tipo de clientes. La descripción física que di de mí y la edad es la correcta.
No la de mis hijos, que son tres, no dos: Clara, la mayor, Alejo, y María Sol. Clara, para la época del primer libro, ya tenía dieciséis. Ahora ya tiene veinticuatro. Alejo tiene veintidós ahora. Y Sol tiene diecinueve ahora. Así que, para la época del confinamiento por el COVID, eran más adolescentes que niños. Me faltó agregar, en los libros, mi actitud. Soberbia, altanera, despectiva respecto a las clases sociales, de carácter muy fuerte, me creía una señora de alta sociedad.
Así trataba a los demás. Mi esposo… o exesposo… no sé cómo llamar lo que nos queda entre nosotros. Su verdadero nombre es Ignacio de la Rivera. Verán que, hasta casi el final, no le había puesto, siquiera un nombre de fantasía. No sé si era, inconscientemente, para resguardarlo de lo que, luego, sería un cañonazo al pecho, o porque, en esa época, pasaba de él. El es arquitecto, no dueño de restaurantes.
Y si viajaba, era por sus proyectos, sus obras. El resto de él es tal cual lo describí en los libros. O, mejor dicho, mil millones de veces mejor. Es que, en esa época de locura total, a medida que iba escribiendo “Mis días de sexo”, me iba involucrando más en ese mundo enfermamente adictivo. Y, seguro, no fui justa con su persona. Es el mejor padre y esposo que pude tener a mi lado.
Es más. Desde que no estamos juntos, no he tenido siquiera un roce con ningún otro hombre. Por convicción. Y por castigo. Pero más por convicción. También por falta absoluta de deseo. O es Ignacio, o no es nadie. Y esto no es palabrería superflua. No. Es la pura verdad. “Las mamis” es (era) el verdadero nombre del grupo de descerebradas. Y no éramos cuatro. Esa sociedad promiscua y libertina estaba conformada por cinco mujeres…Mujeres… no sé si corresponde atribuirnos esa condición.
Zorras malparidas sería la definición exacta. Y, creo, me quedo cortísima. Menchu, en realidad, era Amelia Vidal. Digo era porque, efectivamente, falleció por sobredosis. En eso no mentí. Y era verdad que estaba casada con José Serra, multimillonario banquero (Arturo, en mis libros). Y no usábamos una mansión para nuestras fiestas pecaminosas. Eran en su casa quinta, en las afueras de Barcelona. Así que, en los libros, cuando menciono su casa de lujo, era ahí.
Marta, la bióloga, es Juana Azurduy. Y trabajaba en el hospital universitario de Barcelona, como técnica de laboratorio. Es la única diferencia respecto a los libros. El resto… igual Gabriela… su nombre es Ofelia Roig. Fue una gran amiga y compañera de correrías. A Ofelia, realmente, la extraño. Nunca me perdonó que, por mi culpa, su esposo, Carlos, descubriera sus andanzas. Al igual que yo, hace tiempo que sus hijas no quieren saber nada de ella, y viven con su padre, quien rehízo su vida con otra mujer.
La otra gran mentira fue la relación entre “Gabriela” y mi “Fran”. No existió. Nunca. Se me ocurrió para que haya más dramatismo en el relato, y, de paso, desorientar al avezado que me relacionara con esa tal Sara. Ofelia aduce que, al escribir “Mis días de sexo”, la puse en evidencia. Aunque, en realidad, eso debió ser un atenuante, porque su esposo se iba a enterar de todas formas.
Y digo atenuante, porque ahí, en mi libro, queda claro cómo ella luchaba contra su promiscuidad. Además, su esposo siempre estuvo convencido que mi Ignacio (“mi” … ¡qué bárbaro!) y su esposa habían tenido un romance. Eso lo detallaré más adelante, cuando pormenorice cómo estalló la bomba. La última “mami”, no declarada, por razones ya mencionadas, era Alba Alberti. Ella estaba divorciada cuando la conocimos. Tan puta y enferma como nosotras.
Era doctora en el mismo hospital donde trabajaba Juana (“Marta”). Ahora, mis tres amantes “favoritos”. Arturo es, en realidad, Adalberto Mendoza. Jaime es Ernesto de la Fuente. Y Julián es Alvaro Pujol. Salvo los nombres, y un tema puntual: cuando lo conocí a Alvaro (“Julián”), todavía estaba casado. El me decía que su matrimonio estaba roto, y que su esposa, Evelyn Williams, hija única de un empresario super-ultra-multimillonario, no lo soltaba.
Y se separó, al final, de ella, poco tiempo antes de la pandemia, con la clara y seria intención de pretender que yo haga lo mismo con Ignacio. Y eso, les juro por mis hijos, que era verdad: jamás tuve la intención de separarme de Ignacio. Jamás. Claro que la realidad, muchas veces, nos supera. Y con creces. Vuelvo a la idea: salvo sus nombres y el tema de Alvaro, todo lo que escribí sobre ellos, y, especialmente, mi relación con ellos fue cien por ciento verdad.
Todo. Aunque me duela decirlo, es así. Ahora me duele aún más expresarlo, que ya estoy desintoxicada de sexo, fiestas, droga, mentiras… Antes… antes no me dolía. Sabía que estaba mal, sí. Pero no me dolía. Tenía la mente y, especialmente, el alma, adormilados. Jávea no existió. No teníamos casa de fin de semana. Sí íbamos, y mucho, a la casa de mis padres en Cadaqués. Ellos no murieron en un accidente.
Murieron de COVID, ambos. Pero lo que conté de ellos, de sus infidelidades mutuas, era verdad. Yo, realmente, los detestaba a ambos. Y ellos lo sabían perfectamente. Por eso, creo, que querían compensar, y, entonces, nos alojaban en una casa que ellos tenían, pegada al mar, que la usaban para alquiler a turistas, salvo cuando íbamos nosotros. También debo reconocer que adoraban a sus nietos. Mi hermano, Fernando, que estaba viudo, vivía en la otra punta de la bahía, y tenía hijos, por lo que mis hijos estaban mucho con ellos, en su casa, o salían a navegar con Ignacio.
Yo, y es verdad, me mareo mucho con el movimiento de los barcos, razón por la cual me quedaba en casa, ocasión que he aprovechado para las pocas escaramuzas que tuve ahí. Sí fueron reales los pocos encuentros infieles que relaté en mi primer libro. Cambien Jávea por Cadaqués. Gustavo no era argentino, era mexicano. Y se llamaba Manuel. Y no pintaba, le daba por la alfarería. Luego, sí, pintaba los jarrones que hacía.
Y el llamado Marcos, en realidad, se llamaba Joseph. Todo lo que escribí de ellos, realmente pasó así. También es verdad que Ofelia estaba mal con su matrimonio. Pero no tenía un amante fijo. Ella pudo recapacitar y cambiar antes que yo, y antes que fuera descubierta. Las conversaciones que describo con ella fueron reales. Nada más que no existía el remordimiento por estar con mi Ignacio. Jamás existió esa relación.
Conclusión: los nombres de los personajes, algunos detalles que acabo de mencionar, la cantidad y edad de hijos míos, nuestros trabajos, las “mamis”, la relación de Ignacio con Ofelia… fue todo mentira. También fue mentira que nos fuimos de nuestra casa de Pedralbes, cuando recuperé a Ignacio. El siguió en su estudio de arquitectura, y yo en el buffet donde estaba. La gran mentira fue el motivo de la primera pelea: es verdad que Ignacio vio cuando se me cayó un preservativo.
Y que me hizo seguir por un investigador privado. También es verdad que ese tipo no me agarró in fraganti. Solo encontró más preservativos en la basura. El tema fue una tarde, casi anocheciendo, que se suponía que Ignacio estaba en Roma, los dos más chicos estaban en un cumpleaños, y Clara en clase, en la facultad, y luego, me había dicho, iría con sus amigas al cine, un día antes que estallara el confinamiento del COVID.
Ignacio entró a la casa, en el preciso momento que tenía la polla de Alvaro hasta la garganta, en la cocina. No escuché la puerta. Pero sí sus aplausos sarcásticos cuando me encontró así, desnuda, mamándosela ahí mismo. “Vuelvo en quince minutos. Espero no encontrar a este mequetrefe musculoso cuando vuelva. Luego, veremos qué hacemos tú y yo”. Eso me dijo Ignacio. Esa noche, cuando volvió, sin decir mu, se fue a dormir a su despacho.
Imagínense cómo estaba yo. Recuerdo que apenas tuve tiempo para limpiar y ordenar todo, durante esos minutos. Y, creo, del susto, se me pasó la calentura. Me quedé esperando que llegaran los chicos, tratando de aparentar el terremoto. Al día siguiente, se declaraba el confinamiento preventivo y obligatorio por la pandemia del COVID. Ese confinamiento solo evitó que Ignacio se fuera de casa al día siguiente. O yo, que hubiera sido lo más lógico.
Por supuesto, las conversaciones en el confinamiento fueron algo distintas, porque no había nada que confesar de su parte. Y yo, sí, le dije que era una aventura pasajera. Luego, los encuentros con él en casa durante esa época de encierro fueron totalmente reales y sentidos. El perdón de Ignacio, más la abstinencia de todas mis mierdas, fueron el golpe definitivo que necesitaba para cambiar ciento ochenta grados mi vida.
Eso sí: no fui capaz de confesarle todo. Preferí guardármelo. En ese momento, ya con la mente clara, fui consciente del dolor que le provocaría. Quería, realmente, cambiar. De corazón. Esto coincide con lo que puse en el tercer libro. Y es verdad que había cambiado. Jamás le volví a ser infiel a mi Ignacio. Jamás. Y, como conté al final, en mi tercer libro, ni siquiera se me pasó una sola vez por la cabeza.
Y mucho menos luego que todo salió a la luz. Con Amelia (Menchu) muerta, Juana (Marta) presa, Ofelia (Gabriela) distante y Alba desaparecida, más mis contactos borrados y bloqueados, y mi celular de trampa bajo séptimo subsuelo (uno de mis grandes errores no fue tirarlo al mar cuando pude hacerlo), nuestra vida matrimonial y familiar fue, luego de un duro período de readaptación, realmente fantástica. Pude sanar todas mis desviaciones.
Claro que tuvo que pasar mucha agua bajo el puente. El primer año fue terrible, en el sentido que, cada vez que salía de casa, cada reunión, cada cena, era una prueba de fuego. Pero para ambos, no solo para sus celos, totalmente fundados. También para mí. Y la pasé totalmente airosa. Porque comencé a ver de vuelta a los hombres como clientes, amigos, compañeros, conocidos, y no como potenciales amantes empotradores.
Había aprendido la lección. Para terminar, voy a explicar el trasfondo de cada uno de los tres libros, que, al principio, pensé que iba a ser una sola entrega, y terminó hasta con una precuela. La mayoría de ustedes me pedían que les confiese por qué había comenzado a escribirlos, y si era una autobiografía. A todas les contesté que, aunque con detalles distintos, sí eran mis vivencias. Pero el por qué… a ninguna.
Y eso es lo que voy a hacer a continuación. La intro del primero la comencé un domingo a la noche, en el que me senté en la isla de la cocina una vez que terminé de limpiar todo el desastre y el enchastre que dejamos Ernesto (“Jaime”) y yo en casa, luego de treinta horas de desmadre total. Y, esa vez, me agarró el bajón, la “persecuta”. Fue porque había metido demasiada coca en mis narices.
Demasiada, más las marías y el alcohol… Fue terrible. Me sentí un despojo humano. Y me autoconvencí, esa noche, que me iban a descubrir, y perdería todo. Luego, a medida que fluían mis ideas, la despreciable zorra surgió entre las cenizas y comenzó a confesar sus sucias intenciones, a justificar lo injustificable, a querer convencer a la María Cristina madre y esposa, que lo que hacía estaba bien. Y más que bien.
Y que, ambas, coordinadas, llevábamos una vida plena y feliz: sexo salvaje y desenfrenado fuera de mi entorno familiar, y una vida ordenada como esposa y madre dentro de él. Terminé el primer libro creyéndomela. Pensaba que era impune. Tres años después, pasó lo de la cocina. Ignacio me había pillado. Las primeras dos semanas de confinamiento, las cosas entre él y yo estaban al rojo vivo. Así que, consciente que había perdido todo, comencé de nuevo a escribir, a torcer mi mente, y cambié la realidad de todo.
Necesitaba no enloquecer. Ya el divorcio era un hecho no consumado. Y, como anestesia, recordé a mis amantes preferidos. Más estúpida no puedo ser. O no pude ser ¿En qué cabeza cabe pensar en amantes y fiestas locas cuando estás cayendo al abismo? A veces, pienso que fue intentar tocar fondo, para poder resurgir, consciente de todo. Creo que funcionó. Fue muy duro para todos, pero, para ese entonces ya tenía más que claro lo que quería.
Para mi tercer libro, el peso de haber destruido mi familia fue caótico. Me desmoroné totalmente. La abstinencia de sexo y drogas me enloqueció, sí, pero aclaró mi mente. Recuerdo que, una tarde, me dije: “si logro que Ignacio me perdone, y volvemos a estar como matrimonio, tengo realmente que cambiar, reordenar mis prioridades y establecer límites no forzados”. Tenía que estar segura qué era lo que quería, y desechar lo que sabía que me empujaba a ese abismo.
El final del tercer libro lo escribí antes que termine el confinamiento. La editorial lo publicó unos meses después, aduciendo que la segunda parte se había publicado durante dicho confinamiento. El epílogo fue un deseo, un anhelo, aferrarme a la ilusión que, si lo creía, realmente iba a suceder. La precuela se editó por casualidad, un año después que se publicara la tercera entrega. Cuatro meses después de comenzar mi nueva vida, estaba en Madrid por temas del buffet, y me encontré, sin preverlo, con Johnny, el dueño de la editorial.
Lo crucé mientras iba caminando por Fuencarral, con destino a una reunión. Me pidió que tomemos un café, a lo que rehusé. En verdad, estaba apurada. Tampoco tenía ganas de charlar con él, así que hablamos ahí, parados. Brevemente, le conté que ya no escribiría más. Pero me pidió que hable con una chica, que intuí, en ese momento, que era una amante de él, porque le brillaban los ojos al mencionarla, y que ella estaba entusiasmadísima para escribir una precuela de mi historia.
Anoté el teléfono de ella, pero por compromiso, ya que no quería saber nada de nada. Cuando estaba en el AVE, camino a casa, y no me pregunten por qué, la llamé. Reconozco que la idea no me producía ningún tipo de excitación, ni de remembranza erótica. Pero como faltaban más de dos horas en llegar, no tenía sueño, y no quería que un tipo, sentado cerca de mí, que me miraba de una forma que ya conocía perfectamente, se me acercara de ningún modo, se me ocurrió, demostrando que estaba ocupada, contactarme con ella.
Al final, resultó ser una joven interesante. Hablamos bastante en el trayecto, y luego, durante varios días, cuando estaba en la oficina. No quería que nadie supiera. Es más, jamás le dije mi verdadero nombre. Ni mi ubicación… nada. El relato lo escribió ella, salvo los dos últimos párrafos, que se los dicté yo. Yo le conté, con lujo de detalle, mi primera aventura con Alex. En realidad, su nombre artístico es Jonás Dolten.
Sí, el mismísimo actor español que ha triunfado en Hollywood… con él comencé mi emputecimiento. Aunque, seguramente, muchas de ustedes lo supieron cuando estalló la bomba, esa tarde, en casa, hace un año ya. Cabe aclarar algo fundamental: hubiera gozado realmente haber escrito yo esta precuela, si las circunstancias hubieran sido otras. Incluso, creo que le hubiese puesto mucho más morbo, más salvajismo. Como ya había decidido encauzar mi vida, estas charlas con aquella joven solo me trajeron más miseria y angustia.
Fue confesarle a alguien, que no conocía, los pormenores del inicio de mi pudrición. Una última aclaración: la cuenta en Suiza existió. Estaba conformada por mi parte de una herencia de los abuelos (no mis padres), la mitad del sueldo del buffet de cada mes, que Ignacio desconocía hasta hace poco que lo hacía, y las regalías por el libro, que, como dije al principio, eran pobres, pero, años después del confinamiento, comenzaron a ser más que elevadas.
El motivo: lo cuento a continuación.
Capítulo 2: Nuevos horizontes
Primero, tengo que decirles que no fue nada fácil volver a estar juntos con Ignacio. Y cuando digo “estar juntos”, esta frase involucra distintas y variadas aristas que fueron muy difíciles de encausar. Una vez que se terminó el confinamiento, y todos pudimos volver a salir, a trabajar, a estudiar, comenzaron los problemas. Es que Ignacio estaba muy alerta y atento a mis movimientos, a mis llamadas, a mis salidas.
Y… ¡claro que lo entiendo! ¿Cómo no hacerlo? Yo me he puesto en su lugar… y no sé si lo hubiera perdonado. Cuando dije en una parte del libro que yo soy (era) inmadura y egoísta… pues es cierto. Creo que hubiera ardido Troya. Pero no. Ignacio terminó perdonándome. Claro, perdonar no implica olvidar y seguir como si nada. Repito. Mi Ignacio me perdonó, pero con reservas. Y eso que él suponía que fue una sola infidelidad.
Y sin consumo de sustancias. Otro hubiera sido el cantar si la verdad hubiera salido a la luz ahí, en la época del encierro. Mi esposo jamás me volvió a decir nada. Fue como una especie de pacto tácito. Pero no hacía falta que hablara. Sus gestos, sus posturas, su nerviosismo lo delataban. Todas las mañanas tenía que pasar revista ante él respecto de mi vestimenta y apariencia. Pero era algo más mío que de él.
Necesitaba que estuviera tranquilo, que no iba vestida como buscona. Y es verdad. Mi vestuario cambió radicalmente. Comencé a comprarme trajes más holgados y menos sugestivos, menos escotados. Me las ingeniaba para ocultar mis pechos. Mi maquillaje había sido reducido a lo mínimo e indispensable. Repito, y esto es fundamental, que él nunca me dijo nada. Era yo la que me decía, la que me acusaba, la que me juzgaba y condenaba.
Ojo que no reniego. Para nada. Porque, y no me voy a cansar de pensarlo y decirlo: qué hubiera pasado si hubiera sido al revés. Y no hablo de cientos de infidelidades, como yo, y, ni por asomo, con los excesos. No. Hablo de una cañita al aire, como se supone que fue lo mío con Alvaro. Se la hubiera cortado, y lanzado a los chanchos. Mínimo. Y él, en vez de echarme a patadas, me dio una segunda oportunidad.
La mayoría de ustedes, mis queridas amigas, creerán que es el bolas tristes más grande y estúpido del planeta. Yo no. Agradezco a Dios que, ante semejante desastre que fue mi promiscua vida, puso delante de mí a ese hombre, para redimirme. Y no lo estoy escribiendo porque sé perfectamente que esto es para él, y lo va a leer él. No. Lo digo de corazón, con el alma en la mano.
Aprendes a valorar lo que tienes cuando lo pierdes. Y yo, hasta hace un año, no lo había perdido. Así que, a partir de los hechos mundialmente conocidos producto del COVID, y, especialmente, los ocurridos en mi cocina aquella tarde, había vuelto a nacer. Gracias a él. Respecto a nuestra nueva vida de pareja, tengo que deciros que fue plena, llena. Dentro y fuera de la cama. Como matrimonio, comenzamos a tener una fluidez en las comunicaciones que jamás habíamos alcanzado.
De más está decir que toda mi altanería, mi soberbia y mi idiotez estaban por el piso. Así que más mansita no podía estar. E Ignacio, lejos de aprovecharse, porque, créanme, yo lo hubiera hecho sin ningún tipo de remordimiento, se puso siempre a mi altura, y me alentaba a tomar las decisiones, a llevar las riendas de la casa. Siempre se dio cuenta de mi estado emocional corroído, y trató de que vuelva a ser la de antes.
Pero eso no lo iba a permitir. Volver a ser la de antes implicaba volver a ser esa “Sara”. Con todo lo que ello implica. ¡¡No, señor!!O mejor, o nada. Y eso lo sigo sosteniendo, pese a todo lo que pasó el día de la bomba. En la cama, fue un retorno a nuestros primeros años, pero con más experiencia (lamentablemente, yo aporté demasiado en ese item), más ternura, más cariño, más entrega.
Ya no era sexo buscando satisfacer mis putas ansias de gozar, de ser penetrada. Ahora se trataba más de él. De nosotros. No de mí. No de mí. De nosotros. Es verdad que nunca necesité drogas y excesos para llegar al orgasmo con Ignacio. Con los otros, en mis siete años de locura, sí. Claro que con Adalberto tampoco estuve “puesta” nunca. Y con Alvaro, muy pocas veces. Pero… era distinto.
Era solo sexo. Con mi esposo me unen muchísimas otras cosas. Hilos que me encargué personalmente de ir destruyendo, uno por uno, y que, de corazón, intenté volver a restaurar. No tenía necesidad de hacerlo continuamente. Y prefería calidad, pasión y amor por sobre cantidad y locuras. Por eso, comencé a valorar ciertas cosas, como, por ejemplo, dormirme abrazada a él. Sentir su piel desnuda unida a la mía. Escuchar su respiración.
Sentir su mano sobre mi cuerpo mientras caía rendido a Morfeo. Sentirme feliz a su lado. Saber que no lo había perdido. Que no la había cagado. No tanto, en realidad. Porque él no tenía conocimiento de nada, pero yo sí. Y esa culpa, queridas mías, te acompaña hasta la tumba. Y ya no había más Marías, ni coca, ni alcohol, ni fiestas, ni machos cabríos cerca. Era yo mirándome al espejo mágico que me mostraba mi historia.
Y no poder borrarla. No saben cuántas veces me dormí llorando en silencio a su lado. Sabiéndome culpable. Sucia. Traidora. Enfermamente traidora. Despertar con él a mi lado por las mañanas, era como despertar de una pesadilla horrible, y darme cuenta de que nada había pasado. Pero, en realidad, todo había pasado. Con el tiempo, comprendí que tenía que estar agradecida por esa gran oportunidad que la vida, Dios, el destino, Ignacio, me habían dado.
Denle el nombre que quieran. Pero yo era más que consciente de ello. Por eso no había mañana que no lo comenzara con un beso hacia él, a modo de agradecimiento. Después, en la cotidianeidad, claro que los roces surgen. Vamos, que somos un matrimonio, dos personas que conviven, que piensan no necesariamente igual, cada uno con su carácter, sus mañas, sus pelotudeces. Pero, al revés de mis épocas pasadas, jamás dejé que pasara a mayores.
Adopté como si fuera un mandato divino, el famoso dicho: “nunca te vayas a dormir enojada/o con tu pareja”. Y eso lo he cumplido hasta donde pude. Y, tengan en cuenta, que nuestras peleas, desde la reconciliación, fueron siempre tontas disputas. Jamás por algo referido a lo que yo le hacía. Ni por asomo. Aunque siempre consideré que, con él, yo estaba “a prueba”, no importaba el tiempo que había pasado.
Siguiendo esa línea de pensamiento, jamás le tendría que dar motivos a Ignacio para que él piense que había vuelto a las andadas. Y cumplí. Y no fue forzado. Jamás me volví a fijar en otro hombre que no fuera él. Por convicción, repito, no me obligaba a hacerlo. Claro que nuestro premio por haber puesto aclarado el problema que había suscitado la bronca era una buena sesión en la cama, profunda y sentida.
Así que, si me preguntan, más de una vez fui yo la que originaba la disputa. Adrede. Algo que, creo, no aclaré: Ignacio, entre sus miles de virtudes, está la de la fidelidad. Ni yo me creí el asunto ese que dio motivo, cabreo de por medio, a mi etapa de puta. Hablo de cuando construyó la mansión para una famosa actriz. Claro que, en la precuela, le dije a la autora que pusiera algo relacionado con sus restaurantes.
Pero la verdad fue otra. Y pongo las manos en el fuego por él. Incluso, ni después de saber lo de Alvaro, cambió algo en él respecto a eso. Sí sé que mira mujeres, así como nosotras podemos ver hombres. Pero jamás pasa de eso. Ahora que mencioné la precuela… tengo que confesarles que no me enorgullece haberle contado a la autora los pormenores de mis inicios como enfermita del sexo.
Todo lo contrario. Lo pensé más como una expiación, como una forma de confesarle al mundo lo mierda que había sido, y cómo había comenzado. Quizá, algo parecido al segundo libro. Con una gran diferencia. En “Las cosas cambian”, yo ya me veía fuera de esta familia. En el momento que se redactó la precuela, yo ya estaba devuelta dentro de ella. Y ya desintoxicada de todo el veneno del sexo promiscuo.
Claro que no se notó mucho en la redacción, quizá porque no lo hice yo. Si leen los dos últimos párrafos, ahí sí está volcado mi sentir. No hay orgullo. Hay vergüenza y remordimientos. Que son puros, genuinos. Otra cuestión fue la de mis hijos. Me había perdido siete años de ellos. Porque mi mente no estaba puesta totalmente en mi familia, sino en mí. Y eso es algo que no me lo voy a perdonar.
Son mis hijos. Debieron ser SIEMPRE mi más absoluta prioridad. Encima, son buenos, educados, amorosos, obedientes. Pero, claro… la señora tenía que estar ocupada y preocupada siempre por buscar tiempos para ella y su degeneración. Ellos, que se caguen. Que se vayan con el padre. O con sus tíos, amigos. Fines de semana enteros disfrutando de mí, en vez de disfrutar de ellos y con ellos. Eso no se hace.
No. Me merezco lo que pasó el día de la bomba. Claro que sí. Ahora son grandes, adultos, casi, me odian, me detestan… y hasta sienten asco por mí. Y tienen razón. No tengo el más mínimo derecho a nada. Los amo con todo el amor del mundo. Pero no basta. Ahora ya no. Porque los lastimé. Los destruí. Cuando terminó el confinamiento, me propuse erradicar todos los vestigios que pudieran recordarme, relacionarme, identificarme, o lo que sea que fuere, con la antigua “Sara”.
Y una de mis primeras acciones fue proponerme priorizar mi lugar de madre. Mis tres chiquitos (siempre van a ser “mis chiquitos” para mí) me querían sí. Pero, salvo Alejo, adoraban a su padre. Quizá, el varón, por el tema que los hijos hombres son “mameros”, estaba mita y mita con ambas. Pero Clarita y Sol… tenían verdadera idolatría por Ignacio. Es que, y ya lo dije, y no me canso de hacerlo, él es un padrazo… un señor padre, con todas las letras.
Siempre tuvo un carisma impresionante con ellos. En vez, conmigo, un tanto más frio y distante era el trato. Repito, más allá que, quizá, carezca de esa chispa mágica que haga que los niños me sigan, es mi culpa. Porque no me ocupé al cien con ellos. Repito: siempre pensaba en cómo ocultar mi doble vida, y hacerme huecos para seguir disfrutando con mi cuerpo. Y… claro, no se puede cambiar de la noche a la mañana.
Me costó muchísimo volver a conectar con ellos. Por momentos, siento que lo logré. Pero también hubo un tema crucial: la mochila que llevaba de mi pasado no me dejaba disfrutar del presente. Y, a su vez, trataba de evitar a como de lugar que ellos pasaran por lo mismo que yo. Así que me puse en posición de cuida, de “toca-pelotas” con ellos. Dónde estaban. Con quién. Qué hacían.
Los obligaba a ir a misa. Me preocupaba que no se desvíen del buen sendero. Sí… yo. Justamente, yo. Es que, y soy absolutamente sincera, les trataba de evitar que pasen por lo mismo que yo estaba pasando. No tanto por ese presente, sino por la mochila del pasado. Y sé que, en varias ocasiones, me pasé de la raya. Es que no podía evitarlo. Y eso originó barreras entre ellos y yo.
Pasé a ser como la mala, la dura, la inflexible. Pero, créanme, tuve buenas intenciones. Les quería evitar el sufrimiento. Por eso me puse como loca cuando descubrí a Clara, fumando Marías con una compañera, en su habitación, a escondidas. O cuando Alejo estaba noviando con una mugrienta que era igual que yo. La pude oler a un kilómetro de distancia. Me di cuenta de que era tan puta como lo había sido yo antes.
También tuve un problema en el colegio, cuando me enteré de que Alejo sufría bulling. Y lo mismo le pasó a Sol. En ambos casos, me transformé en una leona que defendía a sus cachorros. Nada de todo lo que les estoy contando pasó a mayores, pero sí creó una especie de barrera entre ellos tres y yo. Ignacio intermediaba siempre. Me pedía que no sea tan exigente, tan dura.
Pero no lo podía controlar. Me nacía. Un hecho nos marcó a todos, como familia, a fuego, pero especialmente a María Sol. Primero, tengo que decir que, de los tres, ella es la más amorosa. Muy dulce, siempre pegada a nosotros. Al principio, por ejemplo, como íbamos a Cadaqués muy seguido, ya que yo heredé la casa de la playa, a la muerte de mis padres, y mi hermano se quedó con la casa paterna, entonces viajábamos continuamente para tenerla en condiciones.
Pensábamos no alquilarla, sino tenerla para nosotros, para nuestras escapadas. Y como el viaje era de no más de tres horas, se nos hacía relativamente corto ir los fines de semana, por ejemplo. Vuelvo. María Sol siempre se prendía a ir con nosotros, mientras que sus hermanos se quedaban en la casa de Barcelona. También se prendió en un par de viajes por Europa, e, incluso, fue con su padre a Setúbal, en Portugal, por un proyecto.
Era una niña muy bonita, más parecida al padre que a mí, bastante tímida, de escasas amistades, familiera, y, en extremo, mimosa, como ya lo dije antes. A los pocos meses de la finalización del encierro, comenzamos a notar que bajaron sus calificaciones. Y que se pegaba cada vez más a nosotros. No le dimos demasiada importancia, hasta que surgió lo de su bulling. Luego, más o menos dos años después de lo del COVID, comenzó a quejarse de dolor de espaldas, a estar cansada por caminatas o juegos en los que ella era insoportablemente incansable, dolores de cabeza…
En fin, lo relacionamos a cambios lógicos de su edad. Un par de veces habíamos sido citados en el colegio, y la hicimos ver por nuestro doctor de cabecera, que opinó que no tenía nada grave, pero que, por las dudas, estemos alerta. Una mañana, nos despertó a los gritos. Asustados, fuimos corriendo hasta su habitación. La encontramos sentada, llorando, mostrándonos sus brazos. No los podía mover. Estaban como flácidos.
La llevamos a la clínica, de urgencia, y le hicieron todos los estudios habidos y por haber. El diagnóstico fue lapidario para todos. Una enfermedad autoinmune que atacaba el cerebro, sus terminales nerviosas y sus órganos. Fue devastador para ella, y para nosotros también. Especialmente para mí, que lo tomé como un castigo por mis acciones pasadas. Tuvimos que sacarle el certificado de discapacidad, puesto que, además que era verdad que su enfermedad la estaba incapacitando, la medicación era (y sigue siendo) costosísima.
Contratamos a un fisioterapeuta, por fuera de la cobertura de salud contratada por mi esposo, ya que cubría apenas unas sesiones por semana, y nosotros queríamos que esté con ella un par de horas por día, para que ayude a Sol en su rehabilitación. También pusimos una persona extra para que ayude a Graciela, nuestra empleada (que, por cierto, no es paraguaya), así ella podía dedicarse más a Sol, especialmente en las horas que yo estaba en la oficina.
Además, Sol le tenía muchísimo cariño a Graciela. Y es comprensible: estuvo toda su vida más tiempo con ella que conmigo. Otra cosa que tampoco me perdonaré jamás. Ah… y es verdad que Graciela me tiene entre ceja y ceja. Ella, o sabe, o intuye mi pasado. Y, me consta, ama a mi familia. Además, la he tratado muy mal antes del COVID, muy despectivamente. Resulté ser una mala persona, realmente, en esa época.
Luego de eso, he cambiado radicalmente con ella. Pero ella es como que todavía no me traga del todo. Sí se ha suavizado. Pero sigue alerta. Respecto a la oficina, comencé a estar menos tiempo ahí. Para que se entienda: el tiempo real en la oficina era el mismo que antes. Lo que cambió fue mi ensalada de excusas para simular que estaba trabajando y poder, así, estar de juerga por ahí.
Eso me había sido muy útil en el pasado. Ahora, ya repuesta, no me servía para nada. Y era mi justificativo, ante Ignacio y los chicos, que me iba a ocupar mucho más con la familia. Y eso… eso sí fue cierto. Si bien ya era socia del buffet, aunque sin poseer acciones del mismo (lo que se conoce como Non-equity Partners), la situación de Sol cambió radicalmente mi permanencia en el lugar.
Me respetaron mi status, sí, debido a todos los logros que había obtenido en el pasado, pero, y, quizá, gracias a ello, me dieron mayor libertad y pude trabajar part-time, haciendo muchas tareas directamente desde casa, para estar más cerca de mi hija. Los viajes al exterior ya no los hacía yo, y evitaba, incluso, hasta Madrid. Esto de no ausentarme de Barcelona ya pasó luego del confinamiento, tarea que fui delegando a mis subordinados.
Además, me vino bien para evitar situaciones que se pudieran tornar molestas, especialmente al tener que visitar ciertos clientes con los cuales había acordado temas más “íntimos” en el pasado. Durante esos cuatro años posteriores a mi reconciliación con Ignacio, me he cruzado con varios amantes. A la mayoría, al verlos, me hice la tonta y los obvié. A otros, especialmente con los que tenía una relación laboral o de otra índole, como, por ejemplo, conocidos del gimnasio, o de otros lados, apenas los alcanzaba a saludar, y me iba raudamente del lugar.
Es más, creo que, por el cambio de mi look, más de uno no me reconoció. El problema, y serio, se presentaba cuando me quedaba frente a ellos, con Ignacio a mi lado. Juro que no sabía donde meterme, y tenía terror que el zopenco de turno comenzara a hablar, o hiciera gestos que evidenciara, o, mejor dicho, que Ignacio se diera cuenta que podían ser fruto de una relación extramatrimonial mía con dicho sujeto.
Por suerte, jamás sucedió eso que temía. A Alvaro no lo vi más, ni tuve noticias de él. Era al que más miedo tenía, puesto que sabía que se había enganchado conmigo, mucho más de lo que yo pretendía. Y eso me daba alivio, ya que temía que se apareciera por casa, o fuera, directamente, a hablar con Ignacio. Sabía dónde vivía antes de separarse, razón por la cual evitaba ese lugar y aledaños.
Su nuevo domicilio lo desconocía totalmente. Ernesto, tal como escribí en mis libros, si yo no lo llamaba, él no aparecía. Así que ese problema estaba totalmente descartado. Además, no vive en Barcelona. Con Adalberto sí he hablado una vez. Nos tomamos un café en el centro de Barcelona, y conversamos como dos adultos. Es más, luego de contarle que Ignacio me pilló in fraganti con Alvaro (solo le conté eso… nada más) me alentó a llevar una vida ordenada con mi esposo, a sabiendas que le había confesado que el vínculo sentimental marital estaba intacto.
Un caballero, realmente.
Capítulo 3: La bomba
La relación con Clarita se había deteriorado con el paso de los años. Creo que comenzó cuando la pillé con el cigarro de María. Seguramente me pasé de revoluciones aquella vez. Pero no fue de mala. Fue por protección. No quería que, ni por casualidad, pasara por lo mismo que había pasado yo. Lo mismo con la sucia esa que salía con Alejo. Me moría si tenía que ver a mi hijo sufrir lo mismo que Ignacio sufrió conmigo (y eso que mi esposo, hasta ese momento, desconocía totalmente quién era su esposa).
Y a esa Paty, ya la primera vez que la vi, supe que era como yo lo había sido. Tenía que protegerlos de las malas influencias, las malas decisiones. A como dé lugar. Ese “a como dé lugar” me costó la relación con ambos. Porque el desgaste se hizo evidente a medida que pasaba el tiempo. Ignacio quería intermediar entre nosotros tres, pero se le hizo muy cuesta arriba. Y yo… yo no les podía decir el verdadero motivo de mi estado de ánimo exacerbadamente agresivo.
No era hacia ellos. Pero no supe cómo hacer para que mi mensaje llegue sin tener que dar explicaciones. Porque, entendamos, que mi discurso era moralista. Sonaba muy a hipocresía, considerando mi historial. Entonces, quedé como la mala. Y también es mi culpa. Por supuesto que sí. Clarita, hace poco más de un año antes que sucediera lo que les voy a relatar, estaba noviando con un compañero de la facultad.
Un buen muchacho, Ignacio (todos les decimos Nacho, para diferenciarlo de mi esposo), por lo menos eso aparentaba: educado, trabajador, de buena familia (clase media, pero buena gente), respetuoso… nada que decir de él, que no sean buenas cosas. Pero a mí me sonaba que ella como que estaba apurando las cosas para casarse, con el principal objetivo de irse de casa, para no tener que soportarme. De nada sirvió las extensas charlas que intenté con mi hija.
También, quizá, influyó el estado de ánimo colectivo debido a la enfermedad de Sol. Es que, tanto Ignacio como yo (creo que yo, muchísimo más) nos enfocamos en ella, y descuidamos a los hermanos. Hace más de un año, dos meses antes del estallido de la bomba, se casaron. Ya había notado, tanto en ella como en Alejo, un mes antes del casamiento, una actitud hacia mí más agresiva que de costumbre.
Me enfrentaban con mayor vehemencia. Pensé que eran los nervios que les jugaban una mala pasada, y preferí poner paños fríos. Tanto en la ceremonia, como en la fiesta, los noté muy distantes de mí, y demasiado pegados al padre. También lo dejé pasar. Clara y Nacho se fueron a vivir al centro, a un departamento que les regalamos Ignacio y yo, hipoteca mediante. Dijeron a mi esposo que la luna de miel la iban a tomar una vez que Clara solucionara un asunto.
A mí no me decían nada. Es más, ella casi no vino a casa, mientras estaba yo, en esos dos meses, y notaba cómo me esquivaba en mis mensajes y llamados. Vivía angustiada en esos días. Algo parecido pasaba con Alejo. Llegaba a casa y se iba directamente a su pieza, o a hablar con su hermana, o su padre, y pasaba literalmente de mí. Juro que esa situación me estaba volviendo loca.
Dos de mis tres hijos me ignoraban olímpicamente. Era parte de mi castigo, pensaba, por culpa de mis siete años de ausencia como madre. Ignacio me juraba que hablaba con ellos al respecto, pero que no lograba sonsacarles nada. Un hecho anterior me había puesto más que molesta. Desde hacía un año, aproximadamente, las regalías por mis libros habían crecido exponencialmente. Y se comenzaba a hablar de ellos por redes, en la oficina… si hasta hubo debates en televisión.
De golpe, mis libros alcanzaron la popularidad de bestsellers en poco tiempo, y ya se hablaba de ellos como compitiendo en erotismo con Cincuentas sombras de Grey. Todo el mundo quería conocer a la autora. Y lo peor fue que hasta en casa comenzó a hablarse de él. No se imaginan lo mal que reaccioné yo. Lo principal fue que Ignacio estaba como molesto. Porque todavía, y me consta, le dolía lo que le había hecho.
Y dijo una vez, en una reunión entre matrimonios amigos, que había intentado comenzar a leerlo, pero la protagonista le dio tanto asco que tuvo que pasar. Que esa mujer, si era real y no ficción lo que escribió, necesitaba un buen escarmiento, porque había desatendido a su familia, y que el destino, en algún momento, se iba a cobrar semejante agravio. Me quise morir en ese momento. Haciéndome la tonta, me fui al baño a llorar.
Luego, cuando volví, aduje sentirme mal y nos fuimos a casa. Se ve que mi cara reflejaba cómo estaba, porque todos me desearon que me recomponga. Esa noche, cuando Ignacio se durmió, tuve que volver a ir al baño a llorar. Y me descargué como nunca. Johnny me estuvo tratando de localizar. A toda costa quería que escribiera más. Es que, para su editorial, era el primer gran, gran éxito.
Y yo, su escritora estrella. Las regalías eran giradas a una cuenta anónima, que un financista de Amelia, tal como conté en el libro, me había creado en Suiza. Un solo mail le contesté: “Olvídalo, Johnny. Ya no escribo más. Te lo dije en Madrid”. Vamos a la tarde en que la bomba implosionó, y derrumbó la torre… mi torre, que comencé con sus cimientos la noche con Jonás y la coca.
Y continuó con un montón de pisos, edificados a base de traición, mentiras, burlas, veneno, excesos, desapegos, egoísmo… en fin. Esa tarde llegaba a casa, sabiendo que, probablemente, iba a estar sola. Ignacio, minutos antes, me había enviado el mensaje que estaba llegando con Sol al centro de rehabilitación. Ese día le tocaba fisioterapeuta, psicóloga y terapia ocupacional. Así que tendrían unas tres horas, casi, para volver a casa. Alejo, seguramente, y sabiendo que su padre y su hermana no estarían, seguramente se habría ido, para no tener que estar conmigo a solas.
Esto último me duele. Y mucho. Pero he tratado por todos los medios de mejorar la situación, y no he podido. Todavía está muy encabritado por el tema de Paty. Y, además, creo que, a escondidas mías, se siguen viendo. Me llamó la atención, cuando aparqué en la puerta del garaje, una montañita de algo, como si fuera basura, o pedazos de cosas, apiladas, al lado del portón. Bajé del coche y fui a investigar.
Resultó ser el jarrón que me regalara Manuel. Seguramente a Graciela, o su ayudante, se les rompió al limpiar. O a Sol, al pasar con su andador cerca. Independientemente de quién haya sido, claro que no me importaba. Es más, tendría que haberme deshecho de él hacía años. No lo hice por no despertar sospechas. No sé qué sospechas, porque nadie sabía de su origen. En fin, no me movió ni un pelo.
Mi casa tiene una entrada, que es un pasillo ancho. De un lado está el garage para los autos, y del otro, el estudio de Ignacio. Luego, sí viene la sala de estar, y el resto. Al fondo está la habitación de servicio, que la reacomodamos para que esté ahí Sol, ya que, además que le cuesta muchísimo, es peligroso para ella subir y, sobre todo, bajar escaleras. Una vez que pasé el pasillo, me encontré a mis otros dos hijos, Clarita y Alejo, cada uno de ellos parados en las dos esquinas de dicha habitación.
Al verme entrar, se quedaron quietos mirándome con una cara que no me gustaba para nada. Los noté nerviosos, enojados, alterados. Sentada, en uno de los sillones individuales, estaba Gloria. Ella era una mujer de mi edad, más o menos, con la que había hecho migas en las clases de yoga, hacía ya un tiempo largo, como un año… por ahí. Me resultó una mujer extraña, pero agradable. Ella me había dicho que su esposo estaba incapacitado, postrado en una cama, y que necesitaba, cada tanto, salir y tomar aire.
Yo, con todos mis problemas a cuesta, la tomé, además de una amiga, como un medio para descargar mis mierdas. Por supuesto que no le había dicho nada de mi vida anterior. Pero sí de mis conflictos familiares, la enfermedad de Sol… Ella me contaba los suyos. Así que cada una era el pañuelo de la otra. Por lo general, después de clase, nos íbamos al bar que había en el complejo, y charlábamos a moco tendido.
Era como una terapia… para ambas. No tarde ni dos segundos en dejar de asombrarme por su presencia, para percatarme que su rostro había cambiado. No su fisonomía, no, aunque estaba maquillada y bien vestida. Cosa que no era su estilo. Su mirada. Era distinta. Fria, penetrante. Malévola, diría. Y su sonrisita, como de vengativa, de triunfante. Estaba a punto de abrir la boca, para, además de saludar a mis hijos, preguntar qué hacía ella ahí, cuando me la cerraron a la brava.
—Pero… mira quién vino ahí - dijo socarronamente Clarita, con los ojos enfurecidos ahora - “LA PUTA DIOSA” - lo dijo remarcándolo, con furia - No - acotó, burlándose Alejo - vino el “ZORRON” - utilizó la misma manera de decirlo que su hermana Me quedé petrificada.
Todos nos quedamos duros. No sabía qué hacer, cómo reaccionar. Claro que no me gustaba nada lo que estaba pasando, pero no sabía, no me la vi venir, por dónde venían los dardos envenenados. Llegué a divisar los cuatro libros de “Mis días de sexo” sobre la mesa ratona. En ese momento no los relacioné con nada. Claro que la presencia de los mismos en mi casa me hicieron estremecer.
Pero todavía no salía del asombro. Y, además, estaba la forma que en mis dos hijos se refirieron a mí. Pasé a modo “agraviada” - ¡¿Cómo me llamaron?!
—¡Puta! - exclamó Clarita - Zorra - casi, al unísono, agregó Alejo - pero… - comencé a titubear, pero ya me estaba saliendo la bronca por los poros.
No entendía nada. No lo podía relacionar con nada - ¡¡soy su madre!! ¡¡me respetan!!
—Respétate tú primero, ¡puta! - mientras me decía esto, Clarita se me acercó amenazante, con los ojos hinchados de bronca, pero tristes ¡¡¡Plaf!!!
Le solté una cachetada. Al instante que lo hice, me arrepentí. Pero lo hecho, hecho está. Y esta mocosa no tenía derecho a tratarme así. ¡¿Qué se pensaba?! Quedó absorta, dolida, más que por el golpe, por la acción. E inmediatamente, cambió su rostro, tornó a odio profundo, se acomodó y, sin que pudiera atajarme, me arrojó una trompada que impactó en mi boca y parte de mi nariz, de tal manera que caí al sillón de espalda. - ¡¡¡Tócame otra vez, maldita perra, y verás cómo te muelo a golpes, puta de mierda!!! - me gritó, totalmente encolerizada Ahora sí sentí el impacto.
No el físico, porque, aunque había sido un trompadón, todavía tenía la sangre caliente y seguía sin entender nada. Semejantes estados alterados, no eran resultado de un simple enojo. Además, qué hacía Gloria ahí.
—Por… por favor… ¡qué os pasa, hijos! – atiné a mascullar, mientras me pasaba el reverso de mi mano por mis labios, comprobando que salía sangre de allí - ¿Preguntas qué nos pasa? ¡¡Eso nos pasa, mugrienta hija de puta!!
—Clara me señalaba los libros No.
No podía ser. No había manera que ellos supieran que yo era la autora. Y de ser así, que hayan sido vivencias reales. Pero… ¿y si alguno de mis amantes les proveyó de pistas, de datos? ¿Alguna de las mamis? ¿O Alvaro, intentando que abandone todo y me vaya con él? Tuve que cambiar mi chip al modo “alerta máxima”. Ya perdí todo allá por el dos mil veinte, e Ignacio me lo devolvió.
No podía perderlo otra vez.
—Sabemos todo…
“ELSA” – remarcó Alejo ese nombre. Todo mal. Lo sabían. Tenía que ser fuerte y pelear por no perder el control. Tenía que descubrir qué pasaba, qué sabían y quién era la fuente, para poder contrarrestar el terremoto que se avecinaba. Desde ya, tenía, también, que negar todo. Ya no por vergüenza. No por egoísmo. Por retener a mi familia. Necesitaba mi familia, para no perder la mínima cordura que me quedaba.
Comencé a transpirar, a tartamudear. Pero, repito, tenía que luchar. Por ellos. Para no perderlos otra vez.
—Pe… pero… no… no creerán que yo soy la autora de esos libros…
—Sigue mintiendo, ¡¡so puta!!
¡Claro que eres la autora! ¡Y la protagonista también!
—Clara estaba como loca – Solo cambiaste detalles para que nadie te reconociera.
En tu egocentrismo, en tu… en tu mente putrefacta, pensaste que ibas a salir impune. Pues, no, “Elsa” … o “Ivette”. Sabemos todo. Sabemos de las Guarris y sus verdaderos nombres, sabemos de Jonás Dolten y tus inicios, sabemos de…
—Jávea… o, mejor dicho, Cadaqués, y el tal Manuel – continuó Alejo, tan enojado como su hermana - Por cierto, “Elsa”
—Clara remarcaba ese nombre, y era como si me clavaran una estaca en el corazón – ahí te dejé afuera el jarrón, pintado por ese mierda, tan enfermo como vos.
¿Cómo pudiste ponerlo justo donde papá se sienta a leer? Porque eso es verdad… tal como lo pusiste en el libro, burlándote de él… qué hija de… ¡¡¡putaaaaaaaaaaa!!! Conocían la historia de Manuel. Y la de Jonás. Pero lo que había pasado en Cadaqués sólo lo sabían las Mamis. Y lo de Jonás solo se lo conté sólo a Ofelia. Para el resto de las Mamis, comencé con un desconocido en el baño de un boliche.
Entonces… sabían todo. De alguna manera, se filtró la información, y averiguaron toda mi doble vida. Ahora me quedaban dos caminos: defender “mi” historia hasta las últimas consecuencias, o aceptar la verdad y perderlos para siempre. Opté por luchar. Y eso fue peor… ya verán.
—¡Esperen!
¡Esperen! ¿Ustedes creen que fui yo, no solo la autora, sino también la protagonista de esos libros? - hice una pausa, mirándolos a ambos, desafiante - ¡¡soy su madre!!
—No… ya no.
Mi madre ya no - replicando, Clarita…
—Tampoco la mía.
En el libro dice muy clarito que “Sara” se horrorizaría si supiera qué clase de madre tienen sus hijos… pues… ya lo sabemos. Y ni se te ocurra venir a negar todo. Que tenemos demasiadas pruebas.
—¿Pruebas?
¿Qué pruebas tienen?
—Por dentro, me meaba encima del miedo… no, del terror.
Pero, por fuera, estaba en postura de madre enojadísima con sus hijos. Clara me queda mirando. Está que trina de la bronca. Pero la conozco. Está muy triste. De su bolsillo, saca un celular. Lo reconozco al instante. Es el que utilizaba para mi doble vida, para mis correrías. El que tenía escondido en mi cómoda, en el compartimiento con doble fondo. Nadie conocía esto. Ni siquiera Ignacio. Ahí guardé siempre todo lo “sensible” de mi doble vida.
No podía ser. Estaba derrotada.
—Mira… ¿reconoces esto, puta?
—¡No! ¡y no me llames más así!
—Ah… ¿no? ¿no sabes qué es esto? ¿de quién es?
Claro que sabía. Por suerte, lo había puesto en modo “fábrica”. Eso borraba toda la información. Y como nada iba a la nube, entonces no tenían forma de recuperar nada. Bueno. Eso es lo que me habían dicho - ¡No, Clara! ¡te dije que no! ¡¿quién les ha metido toda esta mierda en sus cabezas?! Ahí me percaté de la cuarta persona en la habitación. Tenía que ser ella. ¿Por qué estaría ahí sentada, si no?
Además, ¿por qué me miraba con ese semblante triunfador, vengativo?
—Y tú, Gloria, ¿quién te ha dado vela en este entierro?
¿Qué haces aquí? ¿Por qué me miras así? ¿Qué te he hecho?
—Calma, “Sarita” - y dale con llamarme Sara.
Clara está muy sacada conmigo - ya le va a llegar a ella su turno. Primero arreglas cuentas con nosotros - lo dijo socarronamente La quedé mirando, y también a Alejo. Estaba totalmente impactada por todo eso. No sabía qué hacer, cómo zafar de semejante encerrona. Y no me gustaba para nada el seguro desenlace esta reunión. Gloria se salía de la vaina por hablar, pero mis hijos no la dejaron.
No todavía.
—Aquí tenemos todo el historial de tus mensajes con las Mamis, o Guarris… llámalas como quieras.
Todas igual de enfermas que tú. Yo la miraba, extrañada. No podían tener nada. Salvo que hayan sabido de su existencia antes de la pandemia. Pero no… no podía ser. Recién hace unos pocos meses han cambiado la actitud para conmigo. ¿Sería Graciela la que lo encontró, y, tirando del hilo, destapó todo? Y… a la distancia, podía ser. Siempre desconfió de mí. Acá había gato encerrado… o gata… yo.
—A ver… chicos… ese teléfono lo tenía desde hace mucho…
—Pero… ¡¡Sarita!!
¿No era que no sabías de su existencia? Cada vez te estás enterrando peor. Confiesa ahora, o te juro que será peor de lo que ya pinta para ti - Clara cada vez me lo ponía más negro - Yo… no… - no sabía que decir, tartamudeaba, quería ganar tiempo para pensar - ¡¡Basta!! - gritó Alejo - ¡deja ya de mentir y engañar! ¿Ya se te fueron las ganas de reírte de papá, de nosotros… no? - y, señalando el celular - ahí están las conversaciones con esas putas.
Mofándote de cada uno de los tipos que llevabas a la cama… a la cama de papá. O al baño, o a la cocina, o en el living. Te reías de él. Que cornudo… que bobo… que inocente… que te las crees todas… que con cualquier mentirilla te lo sacabas de encima… kilómetros de cuernos le hiciste. Kilómetros de… de pollas te comiste. Ahí está todo.
—Sí, puta.
¿Así que nunca con conocidos de papá? ¿Y “Facu”? ¿Su empleado? ¿Al que te cogiste en la app de citas? Claro, te lo encontraste en la oficina, y, según le contaste a tus putas amiguitas, “me quería morir”.
—Y ni se te ocurra negarlo, so puta… que hablamos con Facundo.
Al principio se hizo el boludo, pero, al final, confesó. Tuvo que renunciar porque lo instigaste a hacerlo También sabían eso. Recuerdo perfectamente lo enloquecida que estuve en esos días. Ver que uno de mis ocasionales amantes era empleado de Ignacio, y encontrármelo en su oficina, junto a mi esposo, fue un verdadero desastre. Eso rompía mi regla más sagrada. Tuve que presionarlo mucho para que renunciara. Y me costó dinero, también.
Pero había que cortar por lo sano. Y claro que las Mamis me ayudaron a pensar el plan. Quiere decir que sí tuvieron acceso al celular. Tenía que seguir en mi postura, pero, de antemano, sabía que había perdido todo, principalmente, la confianza de mis hijos. Podía perder a Ignacio. Eso siempre lo supe. Era una gran posibilidad. Pero a mis hijos… a ellos no. Quería ponerme a llorar ahí mismo, pero tenía que seguir la parodia. - ¡¡Es todo mentira!!
¿Quién les dijo todo eso? - y giré la cabeza hacia Gloria, que se retorcía del placer, aunque se mantenía quietecita y sonriente. Disfrutando mi caída.
—Mentira… también es mentira tu cuenta en Suiza - Clara buscaba entre unos papeles que tenía al lado de los libros - el Banque Cantonale de Genève… a tu nombre, cuenta - y nombró, uno a uno, los números de mi cuenta - a nombre de una tal María Cristina Cardona, pasaporte número… - leyó en voz alta mi número - y una orden notarial para que, en caso que mueras… que, dicho sea de paso, podría ser ahora mismo, y le ahorrarías más sufrimiento a papá… sigo… en caso que mueras, pasas los fondos a tus tres hijos - y muestra copia de mi voluntad, certificada por notario - Tienes más de ochenta millones de euros en esa cuenta… sucia ramera - Sí - agregó Alejo - esa plata, que salió de tu culo, pues… te la puedes ir metiendo por ahí mismo.
Es plata llena de caca, coca, marihuana, alcohol… me das asco - y emitió un grito de bronca.
—A ver, “Sara”, esto no lo puedes negar…
—Jamás… jamás tuve cuenta ahí… ¡no sé qué mentiras les hicieron creer!
—Mira… ¿ves?
—Clara buscó un papel y me lo mostró - este es el registro notarial.
Ya averiguamos, y es original y legal. Y es tu firma. Mierda. Mierda. ¡¡¡Mierda!!! Me tenían agarrada de los ovarios. Recuerdo que, hasta la pandemia, tenía, entre ahorros e inversiones, no más de un millón de euros. El resto vino cuando estallaron las ventas de los libros.
—Hablando de excesos… ¿te acuerdas, hija de mil putas, cuando me hiciste un escándalo cuando me pillaste con Tina fumando una María?...
¡Claro que te acuerdas! Y la “señora”, por siete años, drogándose y alcoholizándose para tener mejores orgasmos. Dro-ga-dic-ta resultó ser esta hija de puta. Y después, haciéndose la gran señora, la dama distinguida de Barcelona… la gran doctora Cardona. Atragantándose de semen y de droga. También vas a negarlo… ¿no? Ya, a esa altura, no me salía vocablo. Quería gritar, quería defenderme, quería que la tierra me tragara. Mis hijos sabían todo.
No sé cómo se enteraron. Pero estaban al tanto de mi doble vida. Era mi fin.
—¿Tenías necesidad de cargarle así la vida a papá?
¿Qué te hizo él? ¿Dos fotos con una actriz, y la señora se tenía que vengar volteándose a lo que se mueva? ¿Dando lecciones de cómo chuparla, qué posiciones son las mejores, cómo camuflar el olor a droga?
—Sí… eres una mierda…
Me hiciste separar de Paty porque, según tú, era una atorrante, una liberal… que no me convenía, que me iba a llenar la cabeza de cuernos, que no era respetable… ¿Y tú eres respetable? ¿Con qué pergaminos morales pretendías defenestrarla, humillarla? ¿Tú? Si eres la reina de las putas - hizo una pausa y me miró fijo - ¿sabes qué? Nunca me separé realmente de ella. Seguimos viéndonos. Y me dijo que sí, que, hasta conocerme, había llevado una vida promiscua.
Y que, al principio, me fue infiel. Pero… vaya paradoja… leyó tu libro, y eso le hizo un click en su cabeza. En cierta forma, te agradece que le hiciste ver lo equivocada que estaba. Los miraba a ambos, ya con lágrimas en los ojos, sin poder decir nada. Cada tanto quería seguir a la defensiva, pero cada vez se me hacía más cuesta arriba.
—Y… ¿cómo saben que esa mujer soy yo, la del libro?
¿Y si fue una trampa?
—Trampa… trampa es lo que nos hiciste durante años, maldita perra desalmada… fíjate las trampas…
Clara tomó el control de la tele, la encendió y metió un pendrive en el puerto USB. Tocó un par de botones, y un video comenzó a proyectarse en la pantalla. Apenas comenzó, me quise morir ahí mismo. Era la casa-quinta de Amelia (Menchu). La reconocí por los jardines y las habitaciones. En el video se veía cómo conversaban distintas personas. Las mujeres, todas, vestidas de auténticas comehombres. Y, en un momento, estoy yo ahí, parada, rodeada de tres hombres, uno de ellos sobándome el culo, luego, otro metiéndome mano en un seno, y, sacándolo afuera, lamía mis pezones.
El tercero me toma de la mano, y me lleva hacia una mesita donde estaban preparadas las líneas de coca, y se ve, perfectamente, cómo aspiro una cantidad generosa, y luego lo beso, mientras le palpo su verga por sobre el pantalón.
—Y… esa no eres tú… ¿no?
Es un montaje… hija de puta. Sigue mirando El video mostraba distintas partes, donde las cinco Mamis, nos atragantábamos con suculentas vergas, o nos empernaban en una cama, en una silla, en el sillón, en el jardín… Estaba el video en el que relato el trio en el libro. Mi extrema unción había comenzado.
—José, el esposo de Amelia, nos dio copia de los videos.
Cuando se enteró que su esposa había montado un auténtico puterío de lujo, hizo poner cámaras ocultas. Así que están todas las grabaciones. Esto que viste es solo una muestra.
—Mediante tus contactos y tus conversaciones con las otras putas, pudimos encontrar varios de tus amantes.
Ese tal Adalberto, al que llamas Arturo… a ese tal Ernesto, el porongudo, al que llamas Jaime… y a Alvaro… A ese lo dejamos al final. En total, te has encamado, hasta donde tenemos tu testimonio, con ciento catorce hombres… aquí tienes la lista - Alejo me mostró, todo detallado - Mira, “Sara” - en otras circunstancias, flor de paliza se hubiera recibido Clara. Pero no estaba yo como para reprimendas - Acá está el contrato con la editorial.
¿Ves? Esta es la cláusula de no divulgación de tus datos. Y la cuenta para que te depositen las regalías en Suiza. Ya, para esa altura, no podía ni hablar. No me salían las palabras.
—En cierta forma, te salvas - Clara, con voz compungida, mostrándome unos papeles - porque los ADN demuestran que los tres somos hijos de papá…
Eso me dolió mucho, ¿sabes? Tener que hacer esto, porque ya no confío para nada en ti…
—Y… ¿sabes tú lo que más me dolió?
—Alejo…
—No… primero, que hable Evelyn Evelyn…
Evelyn… ¡Claro! ¿Cómo no me di cuenta antes? ¡¡Es la esposa de Alvaro!! No la reconocí hasta que Alejo la nombró. Y ahí caí. Ella era la instigadora. No soportó que Alvaro la dejara por mí. Pero yo no quería saber nada con él. Claro… ahora ya era tarde.
—Hola… no sé si llamarte María Cristina… o Sara, o Ivette - Así comenzó a hablarme aquella tarde esa mujer - Claro que no soy Gloria.
Soy Evelyn, la esposa de Alvaro. La genuina, la señora Evelyn Williams de Pujol, una señora, no una puta malnacida. Tú lo alejaste de mi lado, solo para divertirte. Claro, tú mantenías a tu familia, y me privabas a mí de mi esposo, del amor de mi vida. Porque yo sí lo quiero a él. Yo quedé inmóvil, sentada, esperando los puñetazos, los pinchazos, los mazazos… claro que los merecía.
Pero dolían. Y… ¡cuánto!
—Tú desconoces parte de la historia, así que te la voy a contar.
Hacía mucho tiempo ya que sabía que mi esposo me metía los cuernos. Y comencé a investigarlo. Así supe que, cada tanto, se veía con una puta de alta sociedad. Yo pensaba que era una puta barata, pero… me equivoqué. Encima, le hice hackear su celular, y descubro que el muy hijo de puta se había enamorado de esa ramera. Si hasta tenía videos del sexo que tenían. Y unos días antes de lo que te voy a contar, se fue de casa.
Claro que pretendía vivir contigo. Lo sé. Y sé, también, que tú no estabas dispuesta a hacerlo. Pero tampoco lo rechazabas. Estabas enamorada de su verga. En el libro fuiste muy clara. Y en las conversaciones con tus Mamis también. Sabía demasiado esa mujer. No me quedó otra alternativa que escucharla sin interrumpirla… ¿para qué hacerlo?
—El día que Ignacio los pilló, yo estaba afuera, esperando que salga, para increparlo.
Cuando me vio que estaba afuera, fue corriendo a su carro y salió huyendo. Yo me subí al mío y lo seguí. En un momento, y no me preguntes cómo hice, lo alcancé, lo pasé y le crucé mi coche. El se bajó, como loco, recriminándome mi actuar, llamándome loca, y gritándome que te amaba, y que iba a luchar por ti. Entonces, loca de celos, tomé mi arma y le disparé al pecho.
Estaba tan alterada que, en vez de saber qué le había pasado, puse primera y salí como loca hacia tu casa. Iba dispuesta a matarte también. A dos cuadras de llegar, me alcanzaron los policías. Me metieron presa. No lo podía creer. Pude entender en ese momento que, de casualidad, yo estaba viva. Viva… pensándolo bien, hubiera sido mejor para todos que esa loca hubiera podido cumplir su cometido.
—Me encerraron por diez años.
Alvaro quedó casi cuadripléjico. Apenas puede mover su brazo izquierdo. El resto, ya no. La bala impactó en su columna vertabral. Y… ¿sabes con quién me tocó compartir celda? Una tal… Juana Azurduy. Sí… la “Marta” del libro. Mira lo que es tu karma… Está un poquitín ofendida contigo, porque jamás la fuiste a ver, ni le hablaste, ni nada. Ella fue la que me contó lo de las Mamis.
Yo no le dije que mi esposo era ese tal Alvaro. Así que descuida, ella no te traicionó. Con el paso del tiempo, al hacernos compinches, me fue dando detalles de ustedes. Especialmente de ti, ya que yo le fui insistiendo. Por suerte, mi padre pudo mover muchas influencias, y logró sacarme hace año y medio, casi dos. La durísima vida en la cárcel me enseñó que no debo volver a poner un pie ahí.
Porque… pensaba matarte. Pero, luego, más calma, comprendí que había otras formas de vengarse. Y esta es la mejor. Claro. Toda la plata. Todas las influencias. Todo el veneno acumulado. Ella, nada, ya, que perder. Yo, en cambio, todo. El combo perfecto. Ella, la cazadora infalible. Y yo, la presa más jugosa y apetitosa.
—Primero, logré que Alvaro y mis hijos volvamos a vivir juntos.
Claro que él se opuso. Pero… no está en condiciones de poder moverse, así que quedó a mi cuidado. Y… yo lo cuido… jamás dejé de quererlo, ni un poquito. Ya no se va más de casa. Es mío. No me importa que ya no se le pare. Ahora, ese pitito flácido y hermoso, es mío, perra. Evelyn me hablaba muy calma, tranquila. Conocedora que ya me tenía entre sus garras.
Ahora, quería jugar un poco conmigo, antes de devorarme entera.
—Luego, venía mi plan.
Por un lado, hice que tu mierda de libro fuera un éxito comercial, cosa que todo el mundo quisiera leerlo. Y lo logré. Digamos que invertí mucho dinero en “Mis días de sexo”. Por otro lado, tenía que acercarme a ti y los tuyos. Por suerte, no me reconociste, así que me hice tu amiga. Fue fácil, ya que el peso de tu culpa no te deja en paz. Y necesitabas a alguien para llorar en su hombro.
Así que te soporté todo este tiempo. Una vez que tuve varias pruebas y certezas, me acerqué a tus hijos. Primero, a Clarita. Luego, a Alejo. Con Sol no quise ni meterme. Pobre. Demasiado castigo tiene ya. José, el esposo de Amelia, es un gran amigo de mi padre. Así que él me facilitó los videos. Siempre y cuando, me advirtió, no se hagan públicos. Me hice del celular de Juana y de Alba.
Luego, Clara encontró el tuyo, junto con tus claves y datos de tu cuenta en Suiza. Como te imaginarás, te hice seguir todo este tiempo. Comprobé que, realmente, y tal como escribiste en los libros, habías cambiado. Ya volviste a ser, a tiempo completo, esa mujer fiel y recatada, esa imagen con la que te muestras en sociedad. Pero tú y yo sabemos perfectamente qué escondes debajo de esa fachada.
O qué escondías, al menos. Pasaste de ser una puta reventada a una señora de su casa. Bien por ti. Pero del karma uno no puede huir. Cuánta razón tenía esa hija de puta. De nada sirvió que me comportara como es debido luego de los hechos del COVID. Mis vivencias se revelaron, ganaron la luz. Y yo, me sumergí en la oscuridad.
—Como tu segundo celular, el de las trampas, estaba borrado, lo hice llevar a Silicon Valley, y, muchísima plata de por medio, lograron recuperar casi todo.
Tus citas, tus mensajes, tus putadas. Todo. Todo está ahí, demostrando tu culpa…
—Y…tú… ¿qué ganas con esto?
—¿Que qué gano?
Simple… venganza. No volveré a la cárcel. No. Pero te meteré en la tuya. Una que no está construida por barras de acero, sino con la verdad de tus actos, y que tus hijos la sepan. Que sepan qué tipo de madre tienen.
—Sí… una flor de puta teníamos como madre.
Porque nuestra madre está muerta. Para mí, estás muerta, ¡¡¡hija de putaaaaaa!!! Así me gritó Clara. Se fue, llorando. Fue la última vez que la vi. No pude ni atiné a reaccionar para detenerla, para rogarle que me perdone.
—¿Sabes lo que no voy a perdonarte jamás? - ahora me hablaba Alejo - esto… mira Puso otro video del pendrive.
En él se ve claramente que estoy yo, desnuda, en el living de casa, mamándosela a un hombre. Esa verga era única: la de Alvaro. No sé cómo lo hizo, pero nos filmó. Siempre fui muy cuidadosa con eso. Pero el muy pelotudo lo hizo. Egos de machismo, o el querer recordarme… no sé. La cuestión es que hay varias escenas sexuales con él. En un momento, entramos a mi habitación…
—¿Ves?
¿Ves lo que estás haciendo ahí, puta de mierdaaaa? Sí, tenía razón. Se muestra claramente cómo doy vuelta las fotos donde están mis hijos, y las fotos en las que estoy sola con Ignacio quedan paradas. Y me atacó el llanto. Alejo también lloraba, y, como pudo, me dijo: - En el libro, pusiste que lo hacías porque no querías que nosotros nos enteremos qué tipo de madre teníamos. Pues… ya lo sabemos.
Clara ya se fue, no lo soportó. Yo te lo voy a decir por los dos: nos das asco. Dentro de unos días, me voy a vivir con Paty. Y vendremos los dos a casa, y, mientras esté papá, simularemos la familia feliz, tal como lo has hecho durante siete años. Pero solo delante de él. Si él no está, ni se te ocurra siquiera hablarnos. Ah… y si papá se entera de todo esto… te juro que mueres para nosotros.
Sol te necesita. Y papá también. Así que no le diremos nada de esto. Evelyn nos dijo que ella será una tumba. Que está satisfecha con lo que pasó esta tarde. Vete a la mierda. Alejo se fue, y Evelyn detrás de él. Apenas me sonrió, socarronamente.
—Disfrútalo, puta - fue lo último que me dijo Cuando se fueron, y como siempre fue mi costumbre, escondí todo lo que dejaron en el living, y me encerré en el baño a llorar.
No podía dejar de hacerlo. Cuando llegaron Ignacio y Sol, todavía estaba ahí. Cuando escuché la puerta, abrí la ducha y me metí, simulando un baño. Traté de volver a una normalidad que ya sabía que era imposible. En ese baño, maldije mil veces a Evelyn. Pero, vamos, ustedes, al igual que yo, sabemos perfectamente quién porta el cien por ciento de culpa. Quien les habla, por supuesto. Ignacio, al verme, se dio cuenta que todo estaba mal.
Traté de simular delante de Sol, pero una vez que subimos a nuestro cuarto, me sobrevino otro ataque de llanto. No podía calmarme. Estaba totalmente rota por dentro, y demacrada por fuera. A él le dije que era por Sol. Y que lo sentía como un castigo por lo que le había hecho con Alvaro. Me tomó en sus brazos, abrazándome muy fuerte, y calmándome, me dijo que no me preocupara, que no era así.
Que las cosas pasan. Pero que me entendía. Esa noche dormí agarrada a él como garrapata. Al día siguiente, no fui a la oficina. Preferí quedarme en casa, con Sol. Alejo, tal como me dijo, no me habló ni me miró las veces que me cruzó. Sí en la mesa, mientras cenábamos, simuló ser el de siempre. Clarita no contestó mis mensajes. Estuve todo el día angustiada, con dolor en el pecho.
Pero más en el alma. Ahora, queridas mías, si creen que lo que conté hasta aquí, en este capítulo, fue “la bomba”, pues… créanme que están totalmente equivocadas. La bomba fue preparada la tarde anterior, pero explotó dos días después. Al otro día, sí fui al buffet. Me hizo bien tener la cabeza ocupada. Ignacio, preocupado, se comunicó conmigo más veces de lo habitual. Esa tarde, estaba sola, en mi oficina, revisando un contrato de un cliente con una empresa del exterior, cuando comenzó a invadirme el celular con mensajes.
De golpe, eran como más de treinta personas distintas que me estaban mensajeando. Y también se dispararon llamadas. Una de ellas, de Sol. La otra, de mi hermano. No atendí ninguno. Entre los muchos mensajes, uno de Clara, que me apuré a verlo. < Hija de puta - 15:45 > < Te advirtió Alejo qué pasaría si papá se entera - 15:45 > < Estás muerta para mí - 15:45 > Y, ahí nomás, me bloqueó.
Fueron segundos en los que no entendía nada. Entonces, respiré hondo, y comencé a leer. En la mayoría de los mensajes, hablaba de mi autoría de los libros. Que estaban en los principales portales del país. Entonces, atónita, desde el pc, fui al portal del Periódico de Catalunya. En primera plana, estaba la gran noticia: la autora del premiado best seller “Mis días de sexo” es de Barcelona… y era yo.
Mi nombre y apellido. Mi dirección. El de la oficina. Los datos de mi familia. Los datos de las Mamis. Los nombres reales de todos mis amantes. Fotos de las fiestas, con las partes íntimas de los participantes difuminadas, pero los rostros, especialmente el mío, se notaban nítidos. No cabía ninguna duda que era yo. Los documentos de mi autoría del libro, mi cuenta bancaria en el Banque Cantonale de Genève, donde surgían de ellos las regalías, fragmentos de los textos del grupo de las Mamis.
Era el fin. Mi fin. Tanto Ignacio como Sol ya estarían al tanto. Para colmo, en las redes estaban subidos todos los videos que me incriminan, sin ningún tipo de censura. Horas y horas de las Mamis en las fiestas de Amelia. Yo parecía la reina del porno. Premiada con el AVN. Y ni qué hablar las veces en la que estoy aspirando coca, o fumando lo que a simple vista son Marías.
Había uno que estaba titulado: “El ocaso de la Puta Diosa”. Era la encerrona en casa, con Clara, Alejo y Evelyn. A ella no se la veía, pero la filmación surgía desde donde ella estaba sentada. Fue Evelyn… les prometió a mis hijos que esto quedaba entre nosotros. Pero no. Ya lo tenía planeado. Desde el principio. Tenía los medios y el motivo. Quería verme muerta en vida. Y… sí, lo consiguió.
Porque me quitó todo. Absolutamente todo. Nada me queda. Solo esperar la muerte, en mi hora más oscura. Sé que Alejo intentó agredirla en su empresa, pero los guardias de seguridad lo sacaron a patadas. Y sé que José intentó enjuiciarla. Fue una batalla legal. Pero que no tenía sentido. Toda España sabía de las Mamis.
Capítulo 4: En mi hora más oscura
Cuando salí de mi despacho, ya tenía cogidas mis cosas, mis efectos personales. Tenía muy en claro que no iba a volver a pisar nunca más ese lugar. Traté de caminar lo más entera posible por el pasillo entre los escritorios hasta llegar al ascensor. Todos me miraban. Algunos, desencajados. Otros, risueños. Los más, incrédulos. Ya habían leído y visto todo lo referente a mi doble vida. Sin decir ni mu, ni mirarlos, ni nada, llegué hasta la puerta del elevador.
Transpiraba entera. Me temblaban las piernas. Si hubiera sabido volar, créanme, ya estaría en la Antártida. No quería permanecer un segundo más ahí. Así que directamente, bajé por las escaleras, lo más rápido que los zapatos de tacos me permitían. Cuando llegué al hall, vi, a través de los cristales, varias personas, algunas con cámaras en mano, y otras con micrófonos. Indudablemente, eran periodistas.
—Venga, Doctora, por acá - era Don Julián, el portero del edificio.
Un vejete excepcional, muy querido por mí - vamos por el fondo. Deme la llave, que le traigo su auto. Nadia sabrá que se fue por aquí. Usted espéreme en la otra esquina - señaló hacia el lugar - que yo le llevo el carro - Gra… gracias, Don Julián. Es usted un ángel Me fui, efectivamente, por detrás, saliendo por un patio trasero. Nadie cubría ese lugar. Traté de cubrirme para que nadie me reconozca.
A los dos minutos de llegar a la esquina señalada, se apareció el vejete, conduciendo mi coche. Se bajó rápido, me tomó la mano, y, con una mirada muy triste, me dijo “cuídese”. Y se fue. En el camino a casa, ya despejada la tensión del momento, comencé a llorar tan fuerte que tuve que aparcar a un costado en una plaza hasta que se alivió la desesperación un poco.
Al teléfono seguían llegando mensajes. Ninguno de Ignacio. Y eso sí me ponía peor. Ni un insulto, ni un pedido de explicaciones… nada. Puse la radio cuando volví a marchar. Hablaban de mí. En el trayecto, que no duró más de cincuenta minutos, hablaban tantas idioteces, que no lo podía creer. Solo pensaba en el impacto que todo esto ocasionaría en mi familia. Familia… en ese momento, ya me veía sin ella.
Estaba perdida. Porque sin mi esposo y mis hijos, no soy nada. No valgo nada. El tiempo me lo demostró. Al llegar, y previendo la presencia de más periodistas, enfilé directamente por el camino vecinal, aquel por el que entraban y salían mis amantes de turno. Como ratas por tirante. Pues, así entré yo a la que fue mi casa. Y así salí luego. La cuestión es que, cuando entré por el portón, Graciela vino a mi encuentro.
Estaba que trinaba.
—Pero… ¡qué ha hecho, señora!
¡Está lleno de periodistas afuera! Yo sabía… yo sabía… Claro que lo sabía. Siempre lo supo. Si hubiera hablado en su tiempo, quizá, yo me hubiera separado hacía muchos años, y hubiera llevado la vida de Amelia… y ya estaría muerta. Y les habría evitado todo esto. Porque si esto es un infierno para mí, al menos, me lo merezco, y con creces. En vez ellos, mi familia, no tienen la culpa de nada.
—Después hablamos, Graciela… pero…
Ignacio, Sol, Alejo… ¿dónde están?
—El señor no ha llegado todavía.
Alejo y Sol están juntos en el living. Y están más que preocupados. Fui hacia ellos. Sol se me abalanzó, sosteniéndose con el andador, llorando.
—¿Qué hiciste, mamá?
Yo solo atiné a abrazarla. Alejo me miraba con odio. En eso, escuchamos una batahola afuera. Era Ignacio, que estaba llegando. Tuvo que luchar para que los periodistas lo dejaran pasar. Entró totalmente enajenado, herido… pero no heridas físicas. Herido por dentro. Herido por mí. Me buscó con la mirada, hasta que sus ojos se clavaron en los míos.
—Cris… dime que todo es mentira…
Solo agaché la cabeza. De nada servía seguir mintiendo. Mis dos hijos lo abrazaron, cuando se puso a llorar. De la bronca. De impotencia. De rabia. De amor. Sí. Sé cuánto me quiere mi esposo. Ahí me di cuenta lo que tenía que hacer. Subí a mi pieza, junté algo de ropa, los documentos míos, el mísero pendrive, la documentación del banco suizo y me fui. Sin despedirme de nadie.
Me fui como esa rata que se iba tras haber usado el cuerpo de Sara en esa casa. Así me fui. Hecha mierda, sí. Pero así tenía que ser. Sabía perfectamente mi destino: Cadaqués. Fui llorando y lamentándome todo el camino. Dejé el celular apagado. Cuando llegué, pasé por lo de mi hermano, le rogué que no quería hablar con nadie, solo le avisaba que iba a estar en la casa de la playa.
Y que, hasta que yo no le avise, que no se aparezca. Tres días estuve tirada en la cama. Claro que golpearon la puerta varias veces. Todo el mundo conocía cuál era mi casa. Pero no salí. Para martirizarme, me quedé enganchada mirando los programas de televisión. Me causó mucha gracia la cantidad de gilipollas que se jactaban de haber compartido cama conmigo. Especialmente, Jonás. Escucharlo hablar me produjo náuseas.
Dijo que cada vez que venía a España, yo lo buscaba. No… si hay lelos realmente importantes… Otra cosa fue ver, por televisión, el frente de mi casa. Entrar y salir a mis hijos, a Ignacio. Los llenaban de preguntas. Todos estaban rotos. Especialmente mi Ignacio (otra vez el “mi”). Al tercer día, le mando un mensaje a Ignacio, para hablar. < Nada que hablar contigo - 10:21 > < Solo por Sol mantendremos un mínimo contacto - 10:21 > < Clarita y Alejo no quieren tener nada contigo - 10:22 > < Yo tampoco - 10:22 > Diecisiete.
Fue el número de veces en el que me intenté quitar la vida. No pude. No supe hacerlo. No tuve los ovarios. Pensaba en mis hijos. Sol, el mismo día en que su padre me confirmaba lo que yo ya suponía, que él no quería saber más nada de mí, me manda este mensaje: < Mamá: aunque nos hiciste mierda a todos, seguirás siendo mi mamá. Y sé que nos amas.
Te necesito - 19:51> Cada vez que entraba al mar, cada vez que tenía el cuchillo a mano, cada vez que los blísteres de pastillas estaban a mano, pensaba en ella. Y en ellos. En todos. Era como abandonarlos dos veces. Pero es durísima la vida. La vida que yo creé. Que yo levanté, desde los cimientos, ladrillo por ladrillo. Cada ladrillo fue una mentira, un engaño, un fraude, un amante, una línea de coca, una María, una tanga perdida.
Fernando fue un pilar que no dejó que me desmorone del todo. El y mis sobrinos estaban muy atentos conmigo, con mis movimientos. Cuando podía, echaba a los periodistas que llegaban al pueblo. Echaba a los pajilleros que venían a mi casa a intentar echarme un polvo. Me hizo compañía todo este tiempo. Me cuidó. Me sostuvo en mis momentos más horrendos. Jamás me hizo mención de nada, pero no estuvo nunca de acuerdo con lo que hice.
No. Yo tampoco. Otro que fue de gran ayuda fue el padre Pepe, de la iglesia de Santa María. El vino a casa a hablar conmigo, conocedor de toda la historia, que era vox populi en toda España, pero especialmente en el pueblo, ya que la protagonista estrella vive ahí. No me vino a sermonear. No. Me vino a ayudar, a acompañarme. Pepe es un hombre sesentón, muy dulce, muy humano.
Le he empapado varias veces las sotanas con mis lágrimas. Me ha ayudado a aceptar las consecuencias de mis actos. Al principio, rara vez iba, justamente, al pueblo. Siempre trataba de pasar desapercibida. Los que me reconocían, que, dicho sea de paso, eran casi todos, me miraban feo, juzgándome con sus gestos, sus burlas. Yo me limitaba a hacer mis compras, pasaba por la iglesia a hablar con el Padre… en realidad, con los dos: Dios Padre y el Padre Pepe.
Hasta pasados varios meses, no me atrevía ir a misa. La relación con la gente se apaciguó un poco cuando, por recomendación y pedido de Pepe, comencé a dar asesoría legal gratuita a la gente del pueblo, en las oficinas de la iglesia. Algunos venían, al principio, con la intención de seducirme. Pero la mayoría, como les brindaba una solución sólida, comenzaron a tratarme distinto. Además, ayudaba en la Residencia Geriátrica L'Hospital de Cadaqués, también por pedido de Pepe.
Me hizo muy bien poder pensar, al menos un rato por día, en los demás, en vez de hacerlo en mi familia. Todo este año, mi vida fue levantarme, ir al geriátrico por la mañana, ir a casa a comer, ir a la parroquia por las tardes para la asesoría, volver a casa a cenar y dormir. El fin de semana que no iba a vera a Sol, o iba de mi hermano, o me quedaba en la playa, sola.
Si veía a alguien, me metía en la casa, y solo volvía a salir si esa persona ya no estaba. Mi vida económica estaba totalmente hecha. Parecía un castigo divino: cada vez había más regalías por las ventas de los libros. Al mes de irme de casa, recibí un mensaje de Sol. Que quería verme. Su padre me dijo, por mensaje, que el domingo él no iba a estar en la casa, así que podía ir.
Cuando llegué, tenía terror de todo. El frente de la casa ya no congregaba a los odiosos periodistas. Entré raudamente para que nadie note mi presencia, por las dudas. Me esperaban Sol y Graciela. Varios minutos estuvimos abrazadas mi hija y yo, llorando a moco tendido. No sabía cómo pedirle perdón. “Me dolió demasiado lo que nos hiciste, mamá. Pero seguirás siendo mi mamá. Siempre”. Recuerdo que retomé la conciencia en el sillón.
Me había desvanecido luego de escucharla decir eso. Hablamos mucho ese día. Con Graciela también. Hablamos de su padre, de sus hermanos, de cómo me estaba acomodando en Cadaqués. Traté de mantenerme entera, aunque por dentro estaba totalmente quebrada. En realidad, cada vez que la veo, me pasa. Me contaron que Ignacio había perdido varios contratos y estaba en la quiebra. Que, por orgullo, no me había querido decir nada.
Pero que tenían que vender la casa para pagar deudas. Y que no quería que yo supiera nada. También me contaron que Carlos, el marido de Ofelia, lo vino a buscar a Ignacio aquí, en casa, y que se agarraron a trompadas muy feo. Esa tarde, cuando salí de la que fue por tantos años nuestro hogar, me fui directamente a la casa de Ofelia. No quiso recibirme, echándome e insultándome a la vez.
Al final, me hizo pasar, y pudimos hablar. Me contó que Carlos se había ido, y sus hijas con él. Estaba destrozada. Recordamos, con muchísimo dolor, nuestra época de trastornadas. Nos sacamos varias mierdas de encima, aunque ambas sabemos que eso es imposible. Me dijo que no me perdonará jamás que haya escrito esos libros. Que lo que escribí sobre ella y mi Ignacio fue el acabose para su matrimonio.
Yo le conté todo lo que Evelyn había planeado y averiguado. Al final nos quedamos tanto tiempo hablando, lamentándonos, llorando, que se hizo de madrugada. Me fui de esa casa con la sensación de haber perdido definitivamente a una amiga. Otra cosa más que perdía. Me quedé un buen rato en el auto, reflexionando. Así que, tipo diez de la mañana, sin haber pegado un ojo, me fui directamente a la oficina de Ignacio.
Se negó a atenderme, pero le dije que quería hablar por Sol y los chicos. Entonces me abrió. En frente mío estaba otra persona. Sí, era Ignacio, pero a la vez, era otro. Había perdido ese brillo, esa hermosa sonrisa, esa pose de hombre feliz. Ahora tenía delante de mí a un hombre derrumbado, herido, amargado, nervioso, titubeante. En ningún momento me permitió hablar sobre lo que había pasado. Así que fui al grano.
Le dije que sabía lo de su empresa, lo de la casa. Que yo tenía demasiado dinero ahorrado. Que le iba a firmar lo que sea necesario para vender la casa de Pedralbes, y que iba a comprar una casa en donde sea a nombre de los tres chicos. El, al principio, se negó, pero, al final, aceptó, sabiendo que, en breve, no tendrían donde vivir. La venta de la que fuera nuestra casa familiar apenas alcanzó para cubrir parte de su deuda.
Yo le di el resto a Sol, para que se lo diera a su padre. A ella no pudo decirle que no. Para poder hacer todas esas erogaciones, tuve que blanquear mi cuenta en Suiza. Me presenté en la Agencia Tributaria de Barcelona e hice los trámites pertinentes. Me “invitaron” a pagar, entre impuestos, intereses y multas, unos ochenta millones de euros. No me quedó otra. Igual, todavía me quedaban unos sesenta millones, ya limpios y declarados.
Y bien invertidos. No para mí, que casi no gastaba nada. Para mis hijos. Eligieron una casa en las afueras de Vallirana. Lejos de la gente, pero cerca de Barcelona, donde Sol tiene todas las atenciones médicas. De más está decir que yo me hice cargo a partir de ahí de sus gastos médicos. También Ignacio quiso negarse, pero su débil situación económica actual no le permitió imponerse. El fue a trabajar como empleado de lujo a un estudio de arquitectura de unos amigos.
Me imagino que la está pasando demasiado mal… por mi culpa. Graciela, que había enviudado hacía poco, se fue a vivir con ellos. Durante todo este año, estuve viajando a la nueva casa casi todas las semanas. En cada visita, Ignacio no estaba, se iba. No quiere verme. Con él solo me comunico por teléfono. Y siempre temas de Sol. Miles de veces tecleé “perdón” y “te querré siempre”. Pero lo termino borrando.
Seguramente porque sé que no me va a gustar lo que me responda. Alejo, me enteré por Sol (en realidad, todo me entero por Sol y Graciela) que se juntó con Paty. Ella quedó embarazada. Y hace tres meses tuvieron un hijo. Emmanuel, le pusieron. Me muero por conocerlo, pero sé perfectamente que no puedo ir donde él vive. Aunque sí fui al sanatorio donde nació, y, sin que nadie lo supiera, lo vi en la sala de Neonatología.
Hace dos semanas, en mi visita a Sol en Vallirana, se apareció Paty con Emmanuel en brazos. No saben lo que lloré. Y lo que lamenté no poder estar, como abuela, al lado de sus padres. Me dio las gracias, ya que, debido a todo lo que pasó, ella, que ya tenía un estilo de vida, de pensamientos y de deseos muy iguales a los míos de aquella época, pudo reflexionar y sentó cabeza.
No quería que le pase lo que me pasó a mí. También me dijo que Alejo desconocía esa visita, y que se enojaría muchísimo si se entera. Le dije que se quede tranquila. Cuando se fue, Sol me dijo que, efectivamente, Paty había cambiado muchísimo. Tener a esa criatura en mis brazos fue realmente demasiado doloroso para mí. Me mostraba lo que pude tener, pero que yo misma lo había perdido.
Esa noche, volví a Cadaqués destruida Al día siguiente, recibo un mensaje de Paty. Que le había hecho muy bien hablar conmigo, y que había hablado con Alejo y le había dicho lo de la visita a Vallirana. Que él se enojó muchísimo, pero le hizo entender que Emmanuel tenía derecho a ver a su abuela, y que, si ellos estaban juntos, fue gracias a los libros que yo había escrito, y que le hicieron cambiar de modo de pensar y ver las cosas.
Ahora, voy a por Clarita. Mi hermosa niña… cuánto ha sufrido por mi culpa. Cuánto odio y veneno hay en su ser, por las acciones de mierda de su madre. Cuán hecha trizas está su vida. Porque ella, y siempre me entero por Sol, quien es la que me cuenta, tiene la vida destrozada. Se ha separado de Nacho. Y eso fue porque vive nerviosa, enojada, alterada. La convivencia fue muy difícil para ambos, especialmente para mi yerno.
No era vida esa. Así que hace seis meses que vive en un departamento en el centro de Barcelona comprado por su padre, y puesto a nombre de ella. Bueno. No lo sabe, pero fui yo quien se lo compré. Porque si se hubiera enterado, seguro no lo querría. Ignacio estuvo de acuerdo. También tengo que pedirle perdón a Clarita por esto. Ella desconoce de dónde salió el dinero de su departamento.
Y espero que no se la agarre con su padre. Fue idea y presión mía. Y fue con el mayor cariño y la mejor de las intenciones. Por último, y para terminar de blanquear todo, tengo que decirles que desde hace unos meses, recibo en casa la visita de Adalberto, una vez por mes, o quizá más. Pero, ojo, no se confundan. Salvo el inocente abrazo de bienvenida y despedida, no hay ni siquiera un roce entre los dos.
Ni mucho menos una relación más allá de la amistad. Eso se lo dejé muy en claro el día que me escribió. Fue una gran ayuda para mí. Me ha ayudado a hacer catarsis, a poder entender cosas que no podía aceptar, a intentar buscar objetivos, a replantearme mi idea fija del suicidio. Incluso, una noche tormentosa, de aquellas que dan miedo, se quedó a dormir, ya que la ruta presentaba un inminente peligro.
Pero lo hizo en otra habitación. Y nunca intentó nada. Un verdadero caballero. El mes pasado vino con su nueva pareja, Estela, una mujer muy amable y comprensiva. Y no, mis queridas… por supuesto que no hubo un trío ni mucho menos. Además, jamás sería el estilo de Adalberto. Y yo no estoy ni interesada, ni motivada, ni nada. Digamos que retirada. No me cansaré de repetirlo: Ignacio o nada.
Capítulo 5: Epílogo
Apenas termine de escribir esto, lo mandaré a mis cuatro destinatarios predestinados. Me encantaría decirles, cara a cara, cuanto lo siento, cuánto lo lamento. Que no pasa un minuto sin que los recuerde, sin que me arrepienta de todo aquello que hice y, producto de semejante bajeza, los lastimé y les destrocé la vida de una manera inconmensurable. Me gustaría decirles que fueron, son y serán lo más importante en esta vida, aunque mis hechos demuestren lo contrario.
Quisiera contarles cómo es mi vida actual, alejada totalmente de vicios, fiestas, hombres, mentiras, embustes. Ya no uso vestidos de diseño, ni carteras importadas, ni perfumes costosos, ni siquiera maquillaje. Me dedico a ayudar a la gente, en la capilla del pueblo, con temas legales, y en el geriátrico, a los abuelos Me muero por decirles a cada uno de ellos cuánto los amo. Cuánto los extraño. Cuánto necesito estar con ellos.
Pero soy consciente que represento, para cada uno de ellos, todo lo malo que existe en este mundo. Tengo muy claro que, aunque me ponga de rodillas y ruegue por su perdón, no alcanza. Fue demasiado el daño provocado. Sé que, salvo Sol, cada uno de ellos me detesta, me odia. Sueño con un imposible. Que volvamos a ser una familia. Pero… ¿tengo algún derecho sobre ello? No. Ninguno. Siempre quise alejar a los míos del peligro.
Y yo represento el peor peligro que existe. Si alguna de ustedes los ven, díganles a mis hijos que los amo con el mayor amor que una madre puede sentir por sus hijos. Que siento en el alma la vida de mierda que les estoy haciendo llevar. Si alguna de ustedes ven a Ignacio, díganle que fue, es y será el único hombre en mi vida, el que realmente importa.
Me di cuenta demasiado tarde. Y es verdad, debería haber hablado antes con él. Tenía derecho a conocer toda la verdad. Toda mi verdad. Y de mi boca. Pero es así. Pensé con la vagina, el ano, y la boca en vez de hacerlo con el corazón. Así me fue. Merezco lo que me pasa. No tengo perdón de Dios. ¿CONTINUARA?
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