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El lado oscuro del chocolate. El cojo

LuzOscura90 Hetero: Infidelidad 32 min de lectura 1154 lecturas 24 de septiembre de 2026
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El cojo Inma Ya es viernes. No puedo creer lo rápido que ha pasado mi primera semana en la fábrica. Hoy ha sido otro día más de rutina, pero de esa rutina que te hace sentir que por fin, empiezas a encajar en el engranaje de este gigante de chocolate. Sigo haciendo las mismas pruebas que el primer día: analizo el pH, mido la dureza de las tabletas con el texturómetro y vigilo que el templado sea perfecto.

Pero hay una diferencia abismal. El lunes me sentía como un pulpo en un garaje, mirando cada máquina con miedo a romper algo. Hoy, en cambio, me muevo por el laboratorio con una seguridad que hasta a mí me sorprende. De hecho, en todo el turno solo he tenido que llamarlo una vez a Alex Sellés para consultarle una duda técnica sobre el punto de fusión de un nuevo lote.

Una sola vez. El resto del tiempo, lo he gestionado todo yo sola. Sé que aún me queda un mundo por aprender —esta industria tiene más secretos de los que imaginaba—, pero después de cinco días, estoy más que satisfecha. Ver los informes de calidad con mi firma y saber que las líneas de producción siguen girando porque yo he dado el visto bueno... joder, da un subidón increíble. Me siento realizada, útil y sobre todo, capaz.

Cierro mi libreta de notas con un golpe seco. Ya está. Los análisis de la mañana están listos. Me limpio una mancha de cacao de la mano y miro el reloj. Casi es la hora. Hoy no es un viernes cualquiera. En menos de una hora nos quitamos estos uniformes azules y nos vamos a la Taberna del Cojo. La tensión de toda la semana —los ataques de José, el tonteo frío de Alex, las miradas de Rodrigo y el juego constante con Hugo— se va a concentrar hoy en esa mesa llena de cervezas.

Me miro en el espejo del laboratorio y me suelto el pelo por un segundo. He traído en la mochila el conjunto que elegí anoche con Hugo. Sé que cuando me vean aparecer sin el uniforme, más de uno se va a atragantar con la tapa. Sobre todo José, que aunque ha dicho que no viene, me juego el cuello a que no va a poder evitar estar pendiente de su móvil.

Entro en el vestuario con el corazón dándole saltitos. Abro mi taquilla y empiezo a deshacerme del uniforme que aunque me hace sentir profesional, me tiene ya un poco agobiada. Justo cuando me estoy subiendo los vaqueros, esos que me quedan como una segunda piel y marcan cada curva de mis caderas, oigo una exclamación a mi espalda.

—¡Madre mía, Inma!

—Raquel me mira de arriba abajo con los ojos azules como platos—. Si te vas así al Cojo, mañana no hay quien trabaje en la fábrica.

Vas a provocar un infarto general, ¡y no solo a los solteros! Me río, sintiendo ese calorcito de la vanidad recorriéndome el cuerpo. Me miro al espejo mientras me ajusto el body negro, que es tan apretado que parece pintado, resaltando mi pecho y mi cintura.

—Venga, Raquel, ¡tampoco es para tanto! —le digo bromeando, aunque por dentro sé perfectamente el efecto que va a tener este conjunto—. Solo es un body y unos vaqueros, algo cómodo para las cervezas.

Me giro para mirarla bien y me quedo de piedra. Hugo me había hablado de ella, pero entre el ruido de la zona de mezclas y que siempre la veía con esas gafas de seguridad enormes que le tapan media cara, el uniforme tres tallas más grande y ese moño apretado de bibliotecaria estresada, la tenía por una chica del montón, tirando a simplona. Pero la que tengo delante ahora... es otra persona.

Se ha puesto un vestido azul veraniego que le resalta el blanco de la piel y por Dios, ese pelazo pelirrojo suelto le cae por la espalda como una catarata de fuego. El vestido le marca un culo que no me había fijado y aunque no tiene mucho pecho, el escote le queda elegantísimo.

—Oye, perdona que te lo diga, pero... ¡estás espectacular! —le suelto de corazón, dándole un giro para verla entera—. En serio, Raquel, te veo por la fábrica con las gafas de Betty la fea y ese uniforme que te queda ancho, ¡y no sabía que escondías este potencial!

Estás guapísima, ese color de vestido con tu pelo es un escándalo. Raquel se pone roja como un tomate, pero sonríe con muchísima gracia, mostrando esa simpatía que Hugo siempre me decía que tenía.

—¡Ay, calla, que me sacas los colores! —dice riendo—. Es que allí dentro, entre el cacao y las máquinas, una no puede lucirse mucho.

Pero hoy es viernes y después de la semana que llevamos, ¡necesitaba sentirme persona! Terminamos de retocarnos el maquillaje frente al espejo, hombro con hombro. Hay una energía muy guay entre las dos, ella es divertida y amable y me hace sentir que no voy a estar sola entre tanto "macho" en la comida.

—¿Lista para el caos? —me pregunta Raquel guiñándome un ojo mientras se pone un poco de brillo en los labios—. Porque cuando entremos las dos juntas por la puerta de la Taberna, a Rodrigo se le va a caer la baba, Pedro contará anécdotas de los 90… bueno mejor que te pille de sorpresa.

Sonrío mientras me termino de retocar el rímel y miro a Raquel por el reflejo del espejo. Ella me suelta eso de que a ella tardaron seis meses en invitarla y a mí ni una semana y aunque lo dice con esa risita simpática, noto perfectamente ese pequeño aguijón de envidia.

—No, no, si es la verdad —me contesta ella mientras se coloca el pelo pelirrojo—. Seis meses mordiendo el polvo en mezclas hasta que me dejaron sentarme a la mesa.

Y tú llegas y ¡pum!, alfombra roja.

—Supongo que era un grupo de machos cerrados, Raquel —le digo con una sonrisa de suficiencia, sin dejar de mirarme al espejo—. Tú has entrado en su manada a base de carácter y ahora las demás lo tenemos más fácil.

Has abierto la veda.

—Será eso… —suelta ella, y aunque me sonríe, noto que le ha escocido un poquito que se lo diga así de claro.

Salimos del vestuario pisando fuerte, escuchando el eco de nuestros pasos en el pasillo vacío. Cuando cruzamos la puerta del parking, la luz del sol de la tarde nos da de lleno. Allí, apoyados en los coches, están ellos. Hugo se queda petrificado en cuanto me ve. Abre la boca un milímetro, recorriéndome entera con la mirada, el body negro bajo el sol resalta todo lo que tiene que resaltar.

Rodrigo, por su parte, suelta un silbido bajo y se ajusta las gafas de sol, como si no pudiera creerse que "la nueva" y "la de mezclas" fueran esas dos bellezas.

—Bueno, familia —anuncia Rodrigo con voz alta—, somos siete, así que mejor nos repartimos.

No vamos a llevar una caravana de coches al centro del pueblo, que allí no aparca ni el Cojo.

—Yo voy con Raquel —digo rápido, buscando un poco de complicidad femenina antes de meterme en la boca del lobo—. ¿Quién más se viene con nosotras?

Álex Sellés, que estaba apoyado en su coche con esa cara de no haber roto un plato en su vida, da un paso adelante.

—Si no os importa, me voy con vosotras —dice con su tono pausado, casi robótico, pero noto cómo sus ojos verdes se detienen un segundo más de lo normal en mi body negro—. Así no muevo el mío.

Hugo me mira con una mezcla de orgullo y un pelín de recelo al ver que me voy con el guapo del laboratorio y la pelirroja, pero asiente. Él se sube al coche de Rodrigo con Juanma y Pedro. Me subo al asiento del copiloto del coche de Raquel, que huele a perfume de vainilla. Álex se acomoda atrás, con sus piernas largas ocupando casi todo el espacio. Raquel arranca y pone la radio, una canción movida que anima el ambiente.

—Bueno, Álex —le suelto girándome un poco en el asiento, disfrutando del morbo de tenerlo ahí encerrado con nosotras—, espero que estés preparado, porque con Raquel y conmigo en el coche, vas a llegar a la Taberna con las pulsaciones a mil.

Álex esboza una sonrisa mínima, de esas que apenas mueven los labios.

—Tranquila, Inma.

En el laboratorio he visto cosas más peligrosas que vosotras dos. Aunque reconozco que el cambio de uniforme os sienta… mejor de lo estadísticamente esperado. El trayecto hasta el centro del pueblo es corto, apenas diez minutos, pero dentro del coche el aire se vuelve caliente. Raquel conduce con una sonrisa nerviosa, pero yo noto cómo de vez en cuando mira por el retrovisor a Álex Sellés. Álex es un enigma.

En el laboratorio es un robot, pero aquí, fuera de las paredes blancas, su silencio tiene otro peso. Está sentado atrás, con las rodillas separadas por falta de espacio y aunque apenas abre la boca, sus miradas matan. No es el hambre animal de José, ni la adoración de Hugo, es una mirada analítica, fría, que te recorre la piel como si estuviera buscando el punto exacto donde vas a romperte.

Cada vez que lo miro por el espejo, sus ojos verdes están clavados en mi nuca y no la aparta. Es un descaro silencioso que me pone los pelos de punta.

—Álex, estás muy callado —suelto yo, intentando romper el hielo porque el morbo me está empezando a picar—. ¿Es que te hemos dejado sin palabras con el cambio de look?

Él ladea la cabeza ligeramente. Su cara sigue siendo de piedra, pero hay un brillo nuevo en sus ojos.

—Simplemente estoy observando, Inma —dice con esa voz pausada que retumba en el coche—. En el laboratorio controlas las variables del chocolate.

Aquí fuera... parece que las variables te controlan a ti. Y es interesante ver cómo cambia la muestra fuera del entorno controlado. Raquel suelta una risita nerviosa y sube un poco el volumen de la radio.

—Venga, Álex, deja el modo científico en la fábrica.

¡Que vamos de cañas!

—El modo científico no se apaga nunca, Raquel —responde él sin dejar de mirarme a través del espejo—. Solo cambia el objeto de estudio.

Llegamos al centro y Raquel aparca de mala manera en una calle estrecha. Al bajar del coche, Álex se baja primero y nos espera de pie junto a la puerta. Nos mira a las dos, de arriba abajo, como si estuviera haciendo un inventario de lo que va a pasar esta tarde. A lo lejos vemos el coche de Rodrigo aparcando. Hugo sale el primero, buscándome con la vista enseguida.

Se le ve tenso, como si supiera que el equipo que ha formado este viaje —la pelirroja explosiva, el guapo silencioso y yo con este body— es una combinación que puede estallar en cualquier momento. Nos reunimos todos en la puerta de la Taberna del Cojo. El olor a aceite refrito y el sonido de las cañas chocando salen por la puerta abierta.

—Bueno —dice Rodrigo, frotándose las manos y mirando con descaro el trasero de Raquel y el mío—, id pasando, que el espectáculo está a punto de empezar.

Entramos en la Taberna del Cojo y el impacto es instantáneo. El local es el típico bar de pueblo, azulejos gastados hasta media altura y un ruido de conversaciones a gritos que te envuelve. En cuanto ponemos un pie dentro, varias cabezas de hombres sentados en la barra se giran para vernos pasar. No es para menos, con Raquel de pelirrojo fuego y yo con mi body negro marcando territorio, parecemos dos alienígenas en mitad de un desierto.

Rodrigo, que se siente el capitán general del grupo, maniobra con una agilidad de serpiente para organizar la mesa del fondo, una de esas largas de madera oscura que ha visto pasar mil batallas.

—A ver, sentaos aquí, no os amontonéis —dice con ese tono de mando que tiene.

La distribución queda de una forma aleatoria o no tan aleatoria para Rodrigo. Juanma, se sienta en la cabecera, presidiendo la mesa como si fuera el patriarca. A su izquierda me coloca a mí y a su derecha a Álex Sellés, que se queda justo frente a mí, clavándome esos ojos verdes que parecen leer mis pensamientos. A mi lado se sienta Rodrigo, que se asegura el sitio estratégico para estar pegado a mí y a su vez, tener a Raquel a su otra mano.

Rodrigo está en su salsa, flanqueado por las dos. Enfrente de Rodrigo está Pedro y al final, en la esquina y frente a Raquel, queda mi Hugo. Veo su cara desde el otro extremo, está serio, observando cómo Rodrigo ya ha pasado el brazo por el respaldo de mi silla de forma casual y cómo Juanma me sonríe. Antes de que podamos decir nada, aparece el dueño, el mítico "Cojo".

Es un hombre de unos cincuenta y largos, con el pelo canoso y unas entradas que le llegan hasta la nuca, pero tiene una cara de buen hombre que te hace sentir en casa. Lleva un delantal blanco con alguna que otra mancha de la batalla diaria y nos mira con una sonrisa simpática mientras se apoya en la mesa.

—¡Hombre, la gente de la fábrica! —exclama con voz ronca—. Hoy venís bien acompañados, ¿eh?

No me digas que habéis contratado modelos para el turno de mañana. Rodrigo suelta una carcajada y le da un golpe juguetón a la mesa, mientras Juanma asiente con suficiencia desde la cabecera.

—¡Ya ves, jefe! —salta Rodrigo—. Hay que subir el nivel, que si no esto parece un monasterio.

Ponte dos jarras de cerveza de las grandes para empezar y tráenos lo de siempre, que hoy tenemos hambre de viernes.

—Marchando esas jarras y el especial de la casa —dice el hombre, guiñándome un ojo antes de irse cojeando ligeramente hacia la barra.

El ambiente empieza a caldearse. El olor a fritura me abre el apetito, pero la tensión en la mesa es lo que realmente me alimenta. Rodrigo está crecidísimo, rozando mi brazo con el suyo sin querer, mientras le cuenta una batallita a Raquel para que los dos estemos pendientes de él. Hugo me mira desde su esquina, intentando mantener el tipo, pero veo cómo aprieta la mandíbula al ver a Juanma tan atento a mis comentarios.

Y luego está Álex. Está justo enfrente de mí, en silencio, observando el despliegue de Rodrigo y Juanma. Me mira fijamente, ignora a Pedro, ignora su móvil. Me mira a mí como si fuera el microscopio del laboratorio y yo fuera la muestra de chocolate más extraña que ha analizado nunca. El Cojo regresa a la mesa con una agilidad que desmiente su apodo. Apoya las dos jarras de litro sobre la madera con un golpe seco que hace saltar la espuma y junto a ellas, siete vasos de caña.

Pero lo que capta la atención de todos es un plato de barro humeante con siete pimientos de piquillo, rojos intensos, bañados en un aceite que brilla como el oro. El tabernero, en lugar de repartirlos, se detiene frente a mí. Me mira con una mezcla de picardía y respeto, ignorando por completo el resto de la mesa.

—Oye tú, preciosa —me dice con esa voz rasposa—, como eres la nueva, te explico a ti la ley de esta casa.

La mesa se queda en silencio. Siento la mirada de Hugo desde la esquina, la de Rodrigo a mi lado y sobre todo, la de Álex justo enfrente, fija en mis labios.

—Estos pimientos están muy buenos, buenísimos... —continúa el Cojo, acercándome el plato al rostro para que el aroma dulce y ahumado me embriague—. Pero hay dos que pican.

Y no pican normal, pican muchísimo, son como fuego del infierno. La tradición aquí es que abres la boca y yo te lo doy, tienes que comértelo sin pensarlo. Si te toca el que pica y eres capaz de engañarme, de disimular el incendio, te invito a un cubata. Si no disimulas... pues nos reímos todos. Suelto una carcajada, sintiendo el desafío. Me encanta el juego y me encanta ser el centro de atención.

—Venga, acepto —le digo con un deje de chulería, echando la cabeza hacia atrás contra el respaldo de la silla.

El Cojo coge un pimiento con los dedos. Es carnoso, alargado, y gotea aceite lentamente. Me dice: Abre. Yo obedezco. Abro la boca y saco la lengua, esperando, con los ojos clavados en los suyos. De repente, el tiempo se ralentiza. No sé si son imaginaciones mías, pero el Cojo parece recrearse. Tarda una eternidad en bajar el pimiento. Siento el calor del vapor del piquillo rozándome los labios antes de entrar.

Es un momento extrañamente íntimo en mitad del estruendo del bar, todos en la mesa están hipnotizados mirando mi boca abierta. Rodrigo ha dejado de hablar y Álex ha entrecerrado los ojos, observando cómo la punta del pimiento toca mi lengua. Finalmente, el Cojo lo suelta. Cierro los labios, atrapando el sabor y muerdo. Siento el aceite resbalar por mi garganta. Mastico lentamente, buscando ese chispazo de fuego, pero no llega.

Mis ojos se encuentran con los del Cojo y niego con la cabeza mientras una sonrisa victoriosa asoma entre mis dientes manchados de rojo.

—No... no es el picante —murmuro con la boca aún llena—. Pero joder, jefe, como dice usted... está buenísimo.

Trago, relamiéndome los labios con la punta de la lengua, consciente de que ahora mismo hay seis tíos en esa mesa que darían cualquier cosa por ser ese pimiento.

—¡Lástima! —exclama el Cojo riendo mientras reparte el resto—. Te has librado del fuego, pero te has quedado sin cubata gratis.

¡A ver a quién le toca la bomba! El Cojo se ríe con ganas al ver mi reacción y sin perder tiempo, sigue con el ritual. Se mueve por la mesa con el plato de barro como si fuera un sacerdote repartiendo una comunión pagana. El siguiente es Rodrigo. Él, que iba de gallito hace un segundo, abre la boca con una sonrisa de suficiencia. El Cojo le deja caer el pimiento y al primer mordisco, la cara de Rodrigo se transforma.

Sus ojos se abren como platos, la sonrisa desaparece y antes de que pueda siquiera procesar el sabor, suelta un gruñido ahogado. ¡Puaj! Lo escupe directamente en la servilleta sin ninguna elegancia y se lanza a por la jarra de cerveza como si le fuera la vida en ello, bebiendo a grandes sorbos mientras hace ruidos con la lengua.

—¡Joder, eso es ácido sulfúrico! —consigue decir con la voz quebrada mientras todos estallamos en carcajadas.

El Cojo ni se inmuta y pasa al siguiente. A Juanma y a Álex les tocan dulces y se los comen con calma, Álex sin apartar esos ojos verdes de mí ni un segundo, como si el espectáculo de Rodrigo fuera ruido de fondo. Entonces le llega el turno a Pedro. Pedro es más duro, o al menos lo intenta. Abre la boca, recibe el pimiento y empieza a masticar.

Al segundo tres, veo cómo se queda rígido. No lo escupe, no se mueve. Pero el cambio físico es brutal, el cuello se le pone de un rojo granate y las orejas parecen que van a empezar a echar humo. Intenta tragar, pero se le llenan los ojos de lágrimas, unas lágrimas reales que empiezan a desbordar por el lagrimal. Está sufriendo, se está quemando vivo por dentro, pero mantiene los labios sellados en un esfuerzo heroico por ganar el cubata.

—¡Vamos, Pedro, aguanta! —le grita Juanma riendo.

Pero es imposible. Pedro exhala un aire caliente que casi podemos oler y empieza a toser desesperadamente, buscando también su vaso de cerveza con manos temblorosas.

—¡Casi, chaval, casi! —exclama el Cojo dándole unos golpes secos y sonoros en la espalda que casi le hacen escupir la cerveza—. Te lo has currado, de verdad, pero ese fuego no hay quien lo esconda en los ojos.

Por poco me engañas, ¡pero no ha podido ser! El tabernero recoge el plato vacío, nos dedica una última sonrisa cómplice y se va cojeando hacia la barra, dejándonos a todos entre risas, con Rodrigo todavía quejándose del picor y Pedro secándose las lágrimas con la manga de la camisa. La mesa está que arde y no solo por los pimientos. Hugo, desde su esquina, aprovecha el revuelo para acercar su silla un poco más hacia el centro, mientras Raquel, que se ha librado del picante, me mira con una mezcla de diversión y algo más que no sé descifrar.

La comida empieza a fluir y con ella, las jarras de cerveza se vacían a una velocidad peligrosa. El ambiente en la Taberna del Cojo se vuelve cargado de risas, humo y ese punto de confianza que solo dan el alcohol y el viernes tarde. Como soy la nueva, deciden que es el momento del interrogatorio, pero a la inversa: me hacen un resumen de sus vidas para que sepa dónde me he metido.

Rodrigo es el primero. Suelta que está casado, pero el resto del grupo no tarda ni un segundo en saltar con las pullas. Entre risa y risa, me dan a entender que su mujer, Ana, está siempre de fiesta, que pasa de él olímpicamente y sueltan comentarios del tipo: "Seguro que te la ha pegado ya con medio pueblo". A Rodrigo se le nota que el comentario le escuece, pero es un profesional del disimulo y usa su humor como escudo.

—Ya te presentaré a Ana y verás lo guapa que es —me dice, mirándome de arriba abajo con una intensidad extraña—. Yo no estoy con cualquier fea, eso te lo aseguro.

Le sonrío, pero por dentro pienso que es un comentario bastante feo. Me da la sensación de que solo está con ella porque es un trofeo, un físico que lucir, aunque como mujer no le aporte nada más que desplantes. Luego le toca a Raquel. Ella nos cuenta que está soltera. Lleva un año en la empresa y hace tres meses que cortó con su novio. Pedro, que todavía tiene la cara algo colorada por el pimiento picante, suelta una carcajada burlona: —¡Fue empezar a salir con nosotros y el novio la mandó de paseo!

No aguantó el ritmo de la élite —se mofa. Raquel le lanza una mirada que podría fundir el acero.

—¡Vete a tomar por culo, Pedro! —le grita riendo, mientras le lanza su servilleta arrugada y llena de aceite de pimiento.

Pedro se agacha y todos los tíos de la mesa estallan en carcajadas. El ambiente es puro caos de fábrica. Entonces llega el turno de Hugo. Mi Hugo. Se hace un silencio un poco más largo cuando él toma la palabra y dice, con una calma que me encanta, que tiene novia. Yo, haciendo el papel de mi vida y con una sonrisita de despistada, suelto un: —¡Ahhh! Qué bien... no lo sabía.

Pero Rodrigo, que no puede estarse callado, mete cizaña enseguida: —Eso dice él, Inma, pero nadie la ha visto nunca. Nosotros la llamamos la novia fantasma.

—Seguro que es más fea que un pie y le da vergüenza enseñarla —remata Pedro desde el otro lado, provocando que todos se rían de nuevo.

Me da rabia que se rían de él, aunque sé que es parte del juego, así que decido salir en su defensa con un toque de picardía, mirándolos a todos con suficiencia.

—Pues yo creo que lo que pasa es que no se fía de vosotros —suelto, cruzándome de brazos—. Sabe que le daríais una vergüenza ajena tremenda y prefiere tenerla a salvo de esta manada de locos.

Hugo se ríe, me mira a los ojos y me agradece el capote con una complicidad.

—¿Has visto, Inma? —me dice él, señalándolos con la jarra—. En una semana ya te has dado cuenta de que presentar a estos es hacer el ridículo.

En ese momento, Álex Sellés, que ha estado callado todo el rato bebiendo su caña, se inclina hacia adelante y me mira fijamente, ignorando la broma general. Después de las risas con la novia fantasma de Hugo, el foco se pone sobre Pedro.

—¡Yo no tengo novia, estoy libre como el viento! —anuncia Pedro intentando sonar interesante.

—¡Libre dice! —salta Rodrigo carcajeándose y dándole un codazo—. ¡No tiene ni ha tenido nunca!

Este nació soltero y se va a morir invicto. Pedro se pone rojo como un tomate, más que con el picante. Se nota que le encanta repartir estopa a los demás, pero cuando le toca recibir, no tiene tanto aguante. A ver, Pedro tiene ya sus 42 años, pero la verdad es que está muy bien físicamente, si no supiera su edad, le echaba diez menos tranquilamente. Se cuida, pero en este grupo, si no tienes a alguien que te espere en casa, eres el blanco fácil de todas las burlas.

Luego le toca el turno a Álex Sellés. Se hace un pequeño silencio porque Álex siempre impone un poco con ese aire de misterio.

—Yo tengo novia desde hace unos meses —suelta con su voz pausada, sin inmutarse—. Pero no vivimos juntos.

Yo sigo en la casa de estudiantes con mis amigos de la universidad. Me lo quedo mirando. Me cuadra totalmente. Álex tiene ese aire de universitario brillante pero algo distante, viviendo entre libros y juergas de piso compartido, aunque tenga ese trabajo serio en Calidad. Me pregunto qué tipo de chica será su novia para aguantar a un tío tan frío y calculador. Por último, Juanma, desde la cabecera, cierra el círculo con un tono mucho más serio y asentado.

—Yo sí tengo novia, ya llevamos tiempo —dice con orgullo—. No vivimos juntos todavía, pero estamos en pleno proceso de buscar casa para comprar.

Ya sabéis cómo está el mercado, una locura, pero queremos dar el paso ya. La mesa asiente con ese respeto que se le tiene al que está a punto de hipotecar su vida. Es curioso ver las diferencias: Rodrigo con su mujer trofeo, Raquel con su soltería reciente, Pedro el eterno soltero, Álex en su mundo universitario, Juanma buscando nido... y Hugo con su novia fantasma, que tiene justo sentada en esa mesa, aunque ellos no tengan ni idea.

—Bueno —digo yo, levantando mi jarra para romper un poco la seriedad de Juanma—, pues entre fantasmas, casados que no se ven y buscadores de casas, ¡vaya cuadro tenemos aquí!

Menos mal que he venido yo para darle un poco de realidad a esta mesa. Rodrigo se pega más a mí, aprovechando el brindis.

—Tú lo que has venido es a revolucionarnos, Inma.

A ver si nos cuentas tú si tienes algún fantasma por ahí o si estás disponible para que alguno de estos solteros de oro te lleve a ver los pimientos de otro sitio. Suelto una carcajada, echando la cabeza hacia atrás para que el pelo me caiga sobre los hombros y les miro a todos con esa superioridad juguetona que tanto les descoloca.

—Yo estoy soltera —anuncio, dejando la frase suspendida en el aire mientras saboreo la reacción de la mesa—. Pero vamos, que para vosotros soy una niña.

Sois todos muy mayores para mí, casi podríais ser mis tíos. La mesa estalla en quejas y risas, pero Álex Sellés no se ríe. Se inclina hacia delante, apoyando los codos en la madera aceitosa y me clava esos ojos verdes que parecen un escáner.

—Bueno... ¿tú qué dices? —me suelta con esa voz pausada, desafiándome a que mantenga el tipo.

—Tú calladito, Álex —le corto—. Que tú tienes novia, así que no te metas en conversaciones de solteros.

Lo digo tonteando, arqueando una ceja, disfrutando de cómo su máscara de chico serio empieza a agrietarse. Él, para picarme y sin perder esa calma, me devuelve el golpe: —Es verdad, tengo novia —dice, encogiéndose de hombros—. Pero te digo una cosa, yo solo dejaría a mi novia por Mimi. Mimi es la otra chica que ha entrado nueva, una morena despampanante que tiene a media fábrica revolucionada. Me muerdo el labio, fingiendo indignación y le señalo con el dedo.

—Pues muy mal, Álex —le riño, aunque se me escapa la risa—. Si estás con tu novia, estás con ella.

No puedes ir cambiando de novia cada vez que entre una que esté más buena. ¡Qué poca fidelidad!

—Si puedo, sí... —me contesta él con un vacile que no le conocía.

Y justo en ese momento, bajo el mantel de cuadros y el ruido ensordecedor de la taberna, siento algo que me hace dar un respingo. Álex se ha descalzado y me está acariciando la pierna con su pie desnudo. Es un roce suave, deliberado, que sube por mi pantorrilla con una confianza que me deja sin aliento. El muy cínico sigue mirándome a los ojos, bebiendo su cerveza como si no estuviera haciendo nada, mientras su pie sigue explorando bajo la mesa.

Le sostengo la mirada, sintiendo el calor subiéndome por el cuello. A mi lado, Rodrigo sigue hablando de no sé qué historia de la fábrica y al final de la mesa, mi Hugo se ríe de una broma de Pedro, sin tener ni idea de que el paradito de Álex Sellés está ahora mismo recorriendo mi piel con el pie. Le sonrío a Álex, una sonrisa lenta y peligrosa, mientras noto cómo sus dedos me rozan la rodilla.

—Parece que el científico ha decidido pasar a la fase experimental —pienso, mientras mi pulso se dispara—. Hugo dice que es un soso, pero este soso tiene los pies muy calientes y sabe perfectamente dónde tocar.

Rodrigo aprovecha que la conversación general se dispersa para acortar aún más la distancia conmigo. Se gira, invadiendo mi espacio personal y empieza a hablarme de sus gatos. Al parecer tiene un batallón de ellos en casa.

—Mira este, Inma, este es Bigotes, el más mimado —me dice, pegando su móvil a mi cara para enseñarme una galería infinita de fotos felinas.

Yo pongo mi mejor cara de interés máximo, asintiendo y soltando algún "oohh" mientras él pasa fotos y fotos. Pero la verdadera acción está ocurriendo bajo la mesa. El pie de Álex sigue ahí, subiendo por mi pierna con una lentitud que me pone los pelos de punta. Decido que yo no me voy a quedar quieta. Con la excusa de colocarme el bolso, bajo la mano derecha y la meto bajo la mesa.

Encuentro su pie desnudo y empiezo a acariciarlo con las yemas de los dedos, recorriendo su empeine mientras Rodrigo sigue dándome la chapa con sus mascotas.

—Uyyy, qué monos, de verdad me encantan... —le susurro a Rodrigo, fingiendo que hablo de sus gatos, pero manteniendo mi mano en contacto directo con la piel de Álex.

Es una sensación de locura, arriba, la charla trivial y aburrida de Rodrigo, abajo, un fuego que solo Álex y yo sentimos. Me giro un segundo para mirar a Álex de frente, ignorando por completo la pantalla del móvil de mi vecino. Le clavo la mirada, le dedico una sonrisa cargada de malicia y le guiño un ojo. Él, que siempre parece un bloque de hielo, esboza una sonrisa de medio lado, rindiéndose al juego y baja su pie para dejar que sea yo quien lleve el ritmo ahora.

—¡Venga, familia! —ruge de pronto Juanma desde la cabecera, rompiendo el hechizo—. ¡Vamos a hacernos un selfie de grupo!

Esto va directo al grupo D, para que los que se han quedado en su casa, como el amargado de José, se mueran de envidia pura.

—Eso, eso, ¡foto! —corean los demás.

Juanma, que es el que está en el centro de la mesa, levanta el brazo y estira el móvil buscando el ángulo perfecto para que salgamos los siete. Yo me pego un poco más a él, notando cómo me rodea la cintura con el brazo, pero mi cabeza está a mil. Justo cuando va a disparar, me sale la vena gamberra. Saco la lengua con descaro y cierro un ojo, en plan rebelde, mientras el flash nos ilumina a todos.

—¡Fotón! —grita Rodrigo—. Esto va a levantar ampollas en la fábrica.

El ambiente en la mesa es una locura de risas y brindis mientras Juanma le da a enviar. Todos estamos pendientes de las pantallas, esperando el impacto. No pasan ni tres minutos cuando el móvil de Rodrigo, que está sobre la mesa, vibra con una notificación del grupo D.

—¡Ojo, que el jefe ha picado! —grita Rodrigo con una mezcla de miedo y excitación.

Se hace un silencio sepulcral. Rodrigo abre el grupo y vemos que José ha enviado un audio. Mis pulsaciones se disparan. Rodrigo le da al play y la voz ronca, profunda y autoritaria de José llena el hueco de la taberna, sonando extrañamente íntima a pesar del ruido de fondo. "Veo que os lo estáis pasando bien... sobre todo la nueva. Inma, esa lengua fuera te queda muy bien en la foto, pero ten cuidado, que en este pueblo las lenguas largas acaban mordidas.

Disfruta de la comida, pero no te canses mucho, que mañana te quiero a primera hora en la pecera..." La mesa se queda muda. El tono de José no ha sido el de un jefe echando una bronca, ha sido algo mucho más oscuro, una amenaza cargada de un morbo que se podía cortar con un cuchillo. Todos se miran entre ellos, con las caras desencajadas. Rodrigo se pone un poco pálido y me mira de reojo, Juanma carraspea y mi Hugo... bueno, Hugo está apretando la jarra de cerveza con tanta fuerza que parece que va a estallar.

—Joder con el jefe —suelta Pedro para romper el hielo, aunque se ríe con nerviosismo—. Se ve que le ha sentado regular quedarse en casa viendo los dibujos animados.

Yo me quedo mirando mi propia foto en el móvil. José me ha marcado delante de todos. Ha lanzado un dardo directo a mi cuello, reclamando su territorio. Siento un escalofrío, pero no es de miedo... es ese subidón de adrenalina de saber que lo tengo rabiando en su sofá. Giro la cabeza y veo a Álex Sellés. No ha dicho nada, pero su pie vuelve a rozar mi tobillo bajo la mesa, como recordándome que él también está.

Noto la mirada de todos los de la mesa clavada en mi pantalla. Hugo me mira con cara de "Inma, no la líes", pero ya es tarde. Escribo la frase con una sonrisa de lado, saboreando cada palabra antes de darle a la flecha azul. "No te preocupes por mi lengua, José... preocúpate por tus nervios, que te veo muy tenso desde casa." El grupo D se queda en silencio por un segundo y de repente, los móviles de los siete que estamos en la mesa empiezan a vibrar como locos.

Rodrigo suelta un silbido, Pedro se echa las manos a la cabeza y Juanma murmura: "Madre mía, esta chica tiene dinamita en las venas". Pero José no tarda ni treinta segundos en responder. Esta vez no es un audio. Es un mensaje de texto que aparece en la pantalla: "Mucho descaro veo yo en esa foto. Me gusta la gente con confianza, pero a la fábrica se viene a obedecer, no a provocar.

Mañana nos vemos tengo un par de tareas pendientes para ti que requieren toda tu atención... y nada de distracciones." El grupo de WhatsApp se congela. Nadie se atreve a escribir nada. Es una invitación directa. Rodrigo me mira con los ojos como platos, Raquel se muerde las uñas y yo siento que el pie de Álex bajo la mesa se detiene en seco, como si él también estuviera procesando la jugada de José.

Miro a Hugo. Está blanco. Sabe que José acaba de lanzar un órdago y que, si yo acepto, esto ya no será un juego de oficina. Me arriesgo. Siento la mirada de Hugo, que está blanco como la pared y la de Álex, que ha dejado de mover el pie para ver el desenlace de este duelo de titanes. Escribo rápido: "Tú no eres ni mi encargado, ni mi jefe, así que no me puedes mandar.

La que manda sobre ti soy yo, así que haz bien tu trabajo y no te pararé la producción." ¡BUM! La mesa se queda en un silencio absoluto. Rodrigo suelta el aire que estaba conteniendo y Pedro se echa hacia atrás, mirando el móvil como si fuera a explotar. Es un golpe directo a su ego de macho alfa, una declaración de guerra en toda regla delante de sus subordinados.

José tarda apenas diez segundos. El "Escribiendo..." aparece y desaparece. Y entonces llega su respuesta: "Rápido aprendes tú, niña. ¿Quién te ha enseñado eso, Loli? Parece que te han dado clases particulares de cómo tratar a los que mandan. Mañana veremos quién para a quién." Bloqueo el móvil con un golpe seco de pantalla contra la mesa y sonrío. Una sonrisa de triunfo, de las que dicen "aquí estoy yo".

Noto el calor de la cerveza y el subidón de la adrenalina. Juanma, rompe por fin el hielo soltando una carcajada de asombro.

—¡Joder! —exclama Juanma, pasándose la mano por la cara—. Mirad que he visto babear a José por muchas chicas en esta fábrica, pero lo que acabo de ver ahora mismo... eso no tiene nombre.

Inma, le tienes dando palmas con las orejas y rabiando a la vez. No sé si eres una valiente o una suicida, pero le tienes loco. Rodrigo asiente, mientras Hugo no sabe dónde meterse.

—Le has echado un pulso al jefe delante de todos —murmura Rodrigo con admiración—. Tiene que estar más caliente, que el asfalto en agosto.

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