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Padre e hija en un isla desierta, capítulo 14

KaRelatos Amor filial 14 min de lectura 3631 lecturas 24 de septiembre de 2026
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Este es un relato de cocción lenta...

Me quedé helado, con la palabra anoche resonando en mi cabeza como un eco que no se apagaba. Anoche. Ella había dicho anoche, como si hubiera estado mirando, como si hubiera tenido oportunidad de verlo en la oscuridad del refugio, bajo la lluvia, cuando estábamos pegados el uno al otro y mi erección presionaba contra su cadera. El comentario, dicho con esa mezcla de inocencia y provocación que manejaba tan bien, me había descolocado por completo, y sentí que el suelo se movía bajo mis pies aunque estaba sentado en la arena firme.

No supe si había sido una broma inocente, una pulla para chincharme, o algo más, algo que ella misma no sabía cómo nombrar. El silencio se alargó entre nosotros, incómodo, y no supe cómo romperlo. Seguí mirando el horizonte, con la mandíbula apretada y la mirada fija en un punto que no existía. Me llevé las manos a la cara, frotándome los ojos, intentando procesar lo que acababa de pasar.

Ella seguía jugando con la arena, dibujando círculos que el viento borraba antes de que terminara la figura, y yo seguía ahí, atrapado en un momento que no sabía cómo manejar. **Lucia** —Te he dejado flipando, ¿eh? —dijo al fin, y su voz tenía un dejo de diversión contenida, como si estuviera disfrutando de mi incomodidad—. No te rayes, era coña. Solo quería ver qué cara ponías. Y la verdad es que no me ha decepcionado. **Yo** —Eres una mosquita muerta, Lucía.

Una mosquita muerta de cuidado. **Lucia** —Algo había que aprender de ti, papá. Tanta hipocresía tiene que servir para algo. Soltó una risita y se levantó, sacudiéndose la arena de las manos, y yo me quedé sentado en la arena, mirándola caminar hacia el bosque, con la pierna ya casi recuperada y una agilidad que no le había visto en días. Me quedé solo frente al mar, con la cabeza llena de preguntas que no sabía cómo responder, preguntándome si realmente había visto lo que creía que había visto, o si todo era producto de mi imaginación calenturienta.

"Venga, vamos a montar la cabaña", dijo Lucía, y su voz tenía un tono de urgencia que no le había oído antes, una mezcla de determinación y de impaciencia que me sacó de mis pensamientos como un cubo de agua fría. Se había detenido en la entrada del bosque, con las manos en las caderas y el pelo recogido en una coleta improvisada, y me miraba con una expresión que decía que no estaba dispuesta a perder ni un minuto más.

"No quiero seguir en ese refugio del barco ni un día más. Mira cómo ha quedado después de la tormenta, está todo mojado, las ramas rotas, el techo medio hundido. No creo que aguante otra noche como la de ayer. Vamos, papá, muévete". Me levanté de la arena, sacudiéndome los restos de la conversación incómoda como si fueran arena pegada a la piel, y caminé hacia ella. Tenía razón. El refugio del barco era una ruina después de la tormenta, y si otra noche como la de ayer nos pillaba sin un techo decente, íbamos a pasarlo realmente mal.

La seguí hacia el interior del bosque, pisando sus huellas sobre la tierra húmeda, y cuando llegamos al claro, me puse a buscar el tronco caído que había estado trabajando el día anterior, antes de que la lluvia me interrumpiera. La pieza de metal seguía apoyada contra la madera, exactamente donde la había dejado, como si la tormenta hubiera respetado mi herramienta. Me arrodillé junto al tronco y empecé a golpear la madera con la pieza de metal, sintiendo la vibración recorrer mi brazo hasta el hombro, El golpe final partió el tronco con un chasquido seco que resonó entre los árboles.

Me quedé un momento de rodillas en el suelo, respirando con dificultad, con la pieza de metal temblando en mi mano y el sudor corriéndome por la frente hasta caer en la tierra húmeda. La madera se había abierto limpiamente, dividiéndose en dos mitades que podíamos usar como pilares para las esquinas de la cabaña. Una de ellas era recta, firme, del grosor justo para enterrarla en la tierra y que aguantara el peso del techo.

La otra era más irregular, pero servía. Me incorporé, apoyando las manos en los muslos para recuperar el aliento, y miré hacia el claro donde Lucía había estado cavando. El sol ya empezaba a caer, y el calor húmedo del bosque se había vuelto pegajoso, denso, como una manta que no te dejaba respirar. Lucía seguía trabajando en los agujeros, pero la vi detenerse, apoyarse en la rama que había estado usando para cavar, y pasarse el dorso de la mano por la frente.

La camiseta estaba empapada, pegada a su cuerpo con una transparencia que no podía ignorar, casi como si se hubiera metido en el mar con ella puesta. La tela fina, de un color claro que ya no recordaba cuál era, se adhería a su piel marcando cada curva, cada línea de su torso, y bajo la luz que se filtraba entre las copas, vi el contorno de sus pechos dibujándose con una nitidez que me golpeó en el estómago.

Los pezones se marcaban oscuros contra la tela mojada, dos puntos duros que la humedad había vuelto imposibles de ocultar, y el movimiento de su respiración agitada por el esfuerzo hacía que subieran y bajaran con un ritmo hipnótico. VIDEO Sencillito de pruebas…: **Lucia** —Voy a revisar las cañas —dijo, y su voz sonaba cansada pero satisfecha—. A ver si hay suerte y tenemos cena. Tú sigue aquí, que yo vuelvo en un rato.

Se giró antes de que pudiera responder, y la vi alejarse por el sendero que llevaba a la playa, con la camiseta pegada a la espalda marcándole los omóplatos y la curva de la columna, el pantalón corto manchado de tierra, el pelo revuelto y húmedo. Me quedé solo en el claro, con el tronco partido a mis pies y la imagen de su cuerpo bajo la tela mojada grabada en mi retina, sintiendo la sangre latir en las sienes y un nudo en la garganta que no sabía cómo tragar.

Me forcé a mirar el tronco, a concentrarme en la madera, en la tierra, en cualquier cosa que no fuera ella, mientras el bosque se cerraba a mi alrededor con el susurro de las hojas y el calor pegajoso de la tarde. El grito de Lucía atravesó el bosque como un cuchillo, cortando el sonido de los pájaros y el rumor del viento entre las hojas. "¡Papá, han caído dos peces!"

Su voz sonaba emocionada, casi eufórica, y sentí una oleada de alivio mezclada con un hambre tan aguda que me dobló sobre el tronco partido. No había comido nada desde aquellas bayas de la mañana, y el estómago me rugía con una urgencia que hacía que cada golpe contra la madera fuera más doloroso que el anterior. Apoyé la pieza de metal contra el tronco y me quedé un momento quieto, respirando hondo, dejando que la noticia de los peces me llenara como agua en un pozo seco. "¡Dos peces!" repetí para mí mismo, y una sonrisa se me escapó a pesar del cansancio que me pesaba en los brazos y en los hombros.

Me incorporé lentamente, estirando la espalda dolorida, y miré hacia el sendero por donde ella había desaparecido. No podía verla, pero oía sus pasos alejándose hacia la playa, el crujido de las ramas bajo sus pies, y después el silencio roto solo por el rumor del mar. Me volví hacia el tronco partido, y agarré la pieza de metal con una determinación renovada. El hambre me dolía por dentro, un vacío que se extendía desde el estómago hasta el pecho, pero el eco de la voz de Lucía, su alegría al encontrar los peces, me daba fuerzas que no sabía que me quedaban.

Empecé a golpear la madera con un ritmo constante, concentrándome en la muesca que ya había empezado, sintiendo la vibración recorrer mi brazo mientras la pieza de metal se hundía un poco más en la madera con cada impacto. El segundo tronco empezó a ceder, una grieta fina que se extendía desde el borde hacia el centro, y apreté los dientes y seguí golpeando, imaginando la cabaña, imaginando la cena, imaginando la noche que nos esperaba con el estómago lleno y un techo que apenas empezaba a tomar forma.

Para cuando el sol cayó por el horizonte, tenía los tres cortes hechos. El gigantesco tronco caído había sido partido en cuatro secciones que ahora yacían en el suelo del claro, cada una del tamaño suficiente para ser un pilar de esquina. Me quedé de rodillas, con los brazos temblando por el esfuerzo y las manos llagadas por el roce de la pieza de metal, mirando el resultado de horas de trabajo con una satisfacción que me dolía hasta los huesos.

El sudor me empapaba la camisa, pegándola a la espalda, y sentía cada músculo del cuerpo protestar con un dolor sordo que prometía ser peor al día siguiente. Me levanté con esfuerzo, estirando la espalda que crujió como las ramas del bosque, y cogí uno de los troncos partidos para probar su peso. Era pesado, sólido, exactamente lo que necesitábamos. Lo apoyé contra un árbol y empecé a arrastrar los otros tres hacia el claro donde Lucía había cavado los agujeros, uno por uno, sintiendo cómo la tierra húmeda se me pegaba a los pies descalzos mientras el sol se hundía lentamente en el horizonte, tiñendo el cielo de naranja y rojo.

Cuando salí del bosque hacia la playa, el olor a pescado asado me golpeó con una violencia que me hizo tambalear. Lucía estaba arrodillada junto a la hoguera, con la cara iluminada por las llamas y el pelo recogido en un moño desordenado, dando vueltas a los dos peces que chisporroteaban sobre las brasas. El hambre me atravesó el estómago como un cuchillo, y sentí la boca llenárseme de saliva con una urgencia que casi me mareó. **Lucia** —Ya era hora —dijo sin mirarme, pero con una sonrisa en la voz—.

Me estaba empezando a preocupar de que te hubieras quedado dormido allí y los peces se fueran a enfriar. **Yo** —Cuatro pilares —dije sin poder evitar la sonrisa que me salió sola, dejando caer el último de los troncos en la arena—. Tenemos cuatro pilares. Mañana los levantamos. Ella levantó la cabeza y me miró, y en el resplandor del fuego vi que sus ojos brillaban con un orgullo que no era solo por los peces, sino por los dos, por lo que habíamos hecho juntos.

Me senté frente a ella, dejando que el calor de la hoguera me secara el sudor de la piel, y cogí el trozo de pescado que me tendió en una hoja grande, sintiendo el calor del alimento en las manos y el olor a carne asada llenándome los sentidos, mientras la noche caía sobre la isla y el fuego crepitaba entre nosotros como un testigo mudo de todo lo que estábamos construyendo. Cogí el pescado que me tendió y mordí un trozo grande, sintiendo la carne caliente deshacerse en la boca con un sabor a ahumado y sal que me recorrió el cuerpo entero.

El hambre era tan voraz que casi no masticaba, tragando trozos enteros con una urgencia que me hacía sentir como un animal. Lucía comía a mi lado, más despacio, con esa calma suya que contrastaba con mi ansia, y durante un rato el único sonido fue el crujido del fuego y el chasquido de nuestros dientes mordiendo la carne. Cuando el primer pez no fue más que espinas y pieles chamuscadas, me recosté hacia atrás, apoyándome en las manos, sintiendo el calor de la comida expandiéndose por mi cuerpo como una corriente de alivio.

El estómago dejaba de rugir, los músculos empezaban a relajarse, y por un momento, solo un momento, todo parecía estar bien. Lucía terminó el segundo pez con menos prisa, limpiándose los dedos en el pantalón, y después se quedó mirando las brasas con una expresión que conocía bien, esa que precedía a algo que iba a decir sin filtro. **Lucia** —Oye, papá, lo de esta mañana. Me he estado acordando mientras preparaba los peces.

Casi me atraganto con el aire que estaba respirando. Tosí, llevándome la mano al pecho, y la miré con los ojos entreabiertos, intentando descifrar si iba en serio o si era otra de sus bromas. Ella no me miraba, seguía con los ojos fijos en las brasas, pero vi la sonrisa que se le escapaba por la comisura de los labios, esa media luna que conocía tan bien. **Lucia** —No te pongas así, que no es para tanto.

Solo digo que es curioso, ¿no? Que pasemos de no poder ni mirarnos a esto. A que tú mees delante de mí como si nada, a que yo me baje los pantalones en la orilla sin pensar dos veces, a que durmamos pegados como si fuera lo más normal del mundo. Y que tú tengas esas reacciones... No sé, me hace pensar. **Yo** —¿Pensar en qué? **Lucia** —En que somos más parecidos de lo que creía.

En que los dos estamos igual de perdidos, igual de confusos, igual de... no sé. En que tal vez esto no es solo sobrevivir. Tal vez esto es algo más. Me quedé callado, con las manos apoyadas en la arena, mirando las brasas que se consumían lentamente. Las palabras de Lucía colgaban en el aire como el humo de la hoguera, llenas de un significado que ninguno de los dos se atrevía a explorar del todo.

El fuego crepitó, lanzando una chispa que se perdió en la oscuridad de la noche, y yo seguí sentado, sintiendo el peso de sus palabras en el pecho, sin saber cómo responder a algo que no sabía si quería escuchar. Me quedé pensando en sus palabras un momento, sintiendo el calor del fuego en la cara y el peso de la noche cayendo sobre nosotros. Cogí un palo del suelo y empecé a remover las brasas, creando pequeñas chispas que se elevaban hacia el cielo oscuro. **Yo** —Bueno, supongo que es como hacer una peregrinación o algo forzosa para descubrir quién es uno mismo o algo así.

Ella soltó una risa corta, y vi que sus hombros se relajaban. Se recostó hacia atrás, apoyándose en las manos, mirando el cielo estrellado que empezaba a aparecer sobre nuestras cabezas. **Lucia** —¿Una peregrinación? No sabía que fueras tan espiritual, papá. Pensaba que tu religión era el trabajo y el silencio incómodo. **Yo** —La isla me ha convertido. Ahora soy un hombre de paz, conectado con la naturaleza y con mis emociones. **Lucia** —No te creo ni una palabra.

Pero te dejo que sigas con tu personaje de hombre iluminado, que me entretiene. Se rió de nuevo, una risa más larga esta vez, y yo no pude evitar reírme con ella. El sonido de nuestras risas mezclándose con el crepitar del fuego y el rumor lejano del mar me hizo sentir que, a pesar de todo, a pesar de la confusión y la tensión y las líneas difusas, estábamos bien.

No perfectos, no resueltos, pero bien. Y eso, en este momento, era suficient **Yo** —Bueno, peregrinación o no, mañana tenemos que levantar esos pilares. Y tú tienes que cavar dos agujeros más, que los que hiciste hoy no son suficientes para las cuatro esquinas. **Lucia** —Ay, papá, siempre con el trabajo. Déjame disfrutar del momento espiritual de la peregrinación. **Yo** —El momento espiritual se acaba cuando salga el sol. Aprovecha ahora.

La risa se fue apagando poco a poco, como el fuego cuando deja de alimentarlo, y en el silencio que quedó vi cómo su cara cambiaba, cómo la sonrisa se le deshacía lentamente, como un dibujo que se borra con agua. Los ojos se le humedecieron, y antes de que pudiera decir nada, un sollozo se le escapó, roto, pequeño, como un animal herido que busca salida. Continuará... En el próximo capítulo: "La risa se apagó, pero el silencio que dejó no estaba vacío: estaba lleno de todo lo que ninguno de los dos se atrevía a nombrar.""

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Nota del autor: En mi Patreon están los capítulos siguientes ya escritos (va por el 22 ) y más de 100 imágenes de Lucía e imágenes explicitas. Desde 4 € al mes: patreon.com/KaRelatos — Elena (KaRelatos) :3

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