Mi hijo me tuvo ensartada 24 horas
Me desperté con la polla de mi hijo ya metida hasta el fondo de mi chocho. Eran las ocho de la mañana del día de fiesta. La luz entraba por la ventana y yo, todavía medio dormida, sentí el calor de esa verga larga y gruesa que me tenía abierta desde la noche anterior. Andrés, mi niño de 20 años, estaba encima de mí, apoyao en los codos, mirándome con esa sonrisa de cabrón que pone siempre cuando me tiene llena.
—Buenos días, mamá… —me susurró al oído, moviendo la cadera despacio—. ¿Sigues con el reto o ya te has arrepentío?
Me reí ronca y le clavé las uñas en el culo.
—Serás hijo de puta…
No se te baja nunca, ¿verdá? Llevas desde anoche y sigue igual de tiesa. Venga, clávamela bien. Hoy no la sacas ni pa’ mear. Andrés empujó fuerte. Mi chocho, ya resbaladizo de la leche de la noche, lo recibió con un sonido húmedo y obsceno. Yo, con mis 35 años, delgada pero de caderas anchas, pechos firmes y esta cara exótica de sevillana de pelo moreno corto, me sentía más zorra que nunca.
Los amigos de mi hijo se quedan mirándome cada vez que vienen, y yo lo sé. Y ahora, con la polla de mi propio hijo enterrada hasta las pelotas, estaba que me salía el morbo por las orejas.
—Hostia, mamá… qué caliente estás ya —dijo, empezando a follarme de verdad—. Te chorreas encima de mi polla.
¿Te gusta que tu hijo te tenga así, abierta y llena desde por la mañana?
—Me encanta, cabrón.
Sigue. No pares. Quiero que me dejes el chocho hecho un desastre. Nos follamos así un buen rato, yo con las piernas abiertas de par en par, él clavándomela con fuerza, los dos sudando ya. Cuando Andrés se corrió por primera vez, no sacó la polla. Se quedó dentro, empujando la leche más adentro mientras yo también me venía, apretándolo con fuerza. Ya sentía cómo el semen me empezaba a resbalar por el muslo, caliente y espeso, bajándome despacio hacia la rodilla.
—Ahí dentro, hijo de puta… déjamela toa —jadeé—. Ahora levántate.
Vamos a desayunar. Pero no la saques. Se rió. Se incorporó con cuidao, manteniendo la verga dentro de mi chocho. Me senté a horcajadas sobre él, de espaldas, y juntos bajamos a la cocina a pasos lentos, torpes, riendo como dos locos. Me senté en su regazo en la silla de la mesa, la polla todavía clavada, y empecé a untar mantequilla en una tostada mientras él me rodeaba la cintura y me mordisqueaba el cuello.
El semen seguía escapándoseme por las piernas, dejándome un hilillo brillante que me bajaba hasta casi el tobillo.
—Mamá… estás chorreando leche por las piernas —me susurró, metiéndome una mano entre los muslos pa’ recoger el semen que se escapaba y llevárselo a la boca—. Joder, qué rico.
¿Quieres que te la meta en el culo mientras desayunas?
—Métela.
Ya. Se salió del chocho solo el tiempo justo pa’ apuntar a mi ojete. Me levanté un poco, abrí las nalgas con las manos y me dejé caer despacio. La polla, todavía dura y resbaladiza de leche y jugos, entró de un golpe. Solté un gemido largo y me senté del to, con el culo lleno y las tostadas delante. Más leche se me escapaba ahora por el otro lado, resbalándome por el muslo interno.
—Así… hijo de puta… desayuno con la polla de mi niño hasta el fondo del culete.
Qué guarro eres. Empezamos a comer. Yo le daba un bocado a la tostada, masticaba un poco y luego le pasaba la comida a la boca con un beso profundo, nuestras lenguas enredándose mientras masticábamos los dos a la vez el mismo trozo. Él me devolvía el favor: mordía, masticaba y me lo empujaba dentro de la boca con la lengua, mezclando saliva, mantequilla y el sabor de nuestros jugos.
Nos besábamos sucios, comiendo y follando al mismo tiempo, las lenguas bailando mientras la polla se movía dentro de mi culo y el semen me seguía bajando por las patas.
—Joder, mamá… qué rica estás hasta comiendo —murmuró entre besos—. Trágatelo to’ y sigue apretándome.
Cuando se corrió otra vez, lo hizo sin avisar, llenándome el culo de leche caliente. Sentí el chorro y me apreté alrededor de él. Otra vez el semen me corrió por las piernas, esta vez más abundante, dejándome los muslos brillantes y resbaladizos.
—Otra más… cabrón.
No pares. Quiero que me salga por la boca. Después limpiamos la casa. Yo de rodillas fregando el suelo, él detrás, follándome despacio por el chocho mientras yo fregaba. El semen me goteaba al suelo, formando un charquito debajo de mí. Luego de pie, yo limpiando los cristales con las manos apoyadas en el cristal y él clavándomela por detrás, mirando nuestro reflejo. Cada embestida hacía que más leche se me escapara y me bajara por las patas.
—Mira qué buena estás, mamá —me decía al oído—. Mis amigos se ponen duros solo de verte pasar.
Si supieran que su madre está to’ el día con la polla de su hijo dentro…
—Que se jodan.
Esta polla es mía. Más fuerte, niño. Quiero que me dejes el chocho abierto. A mediodía nos metimos en la ducha. Me apoyé contra la pared y Andrés me folló de pie, primero por el chocho, luego por el culo, cambiando de agujero sin sacarla del to. El agua caliente nos caía encima mientras él me llenaba otra vez. Y ahí fue cuando me meé. Sin vergüenza ninguna. Me abrí de piernas un poco más y dejé salir el chorro de orina encima de su pubis, caliente y fuerte, mojándole los pelos y la base de la polla que seguía dentro de mí.
—Mira qué puta soy, niño… me meo encima de ti y sigo apretándote —le dije riendo mientras el chorro seguía—. Él se rió como un cabrón, se frotó contra mí y siguió follándome, ahora más resbaladizo todavía con mi meada.
Poco después, sin avisar, sentí un chorro caliente y distinto dentro de mi chocho: él se estaba meando dentro de mí.
—¡Andrés! —grité entre risas y gemidos—. ¡Te estás meando dentro, hijo de puta!
—No puedo aguantar más, mamá… toma toa mi meada —jadeó, empujando mientras el chorro seguía llenándome—. Quédate con ella.
Me vino otra vez solo de sentirlo. Más tarde, en el salón, me volvió a mear dentro del culo mientras me follaba despacio viendo la tele. Y otra vez por la noche, cuando ya estábamos agotaos, me llenó el chocho de orina caliente otra vez, sin sacarla nunca. El semen y la meada se me mezclaban y me bajaban por las piernas en hilillos constantes. Por la tarde vino lo otro.
Estábamos en el salón, yo sentada a horcajadas sobre él otra vez, la polla clavada en mi culo, viendo la tele. De pronto Andrés puso cara rara.
—Mamá… tengo que cagar.
—Pues caga —le dije sin pensarlo dos veces—. No la saques.
Caga conmigo ensartada. Se rió nervioso, pero lo hizo. Me sujetó fuerte de las caderas, se tensó, y yo sentí cómo se esforzaba. La polla se movía dentro de mi ojete mientras él empujaba. Yo me agaché un poco más, abriéndole sitio, y noté el calor y la presión. Cuando por fin se soltó, el olor llegó fuerte y yo no pude contener la risa.
—¡Qué peste echas, niño! —le grité entre carcajadas, apretándolo con el culo—. ¡Hueles a mierda y me tienes la polla clavada hasta el fondo!
Qué asco tan rico. Ahora empújame más, que quiero sentirla toa. Él terminó, se limpió como pudo sin sacarla del todo, y seguimos riendo como dos guarrillos. El semen seguía escapándoseme, ahora mezclado con todo lo demás, bajándome por los muslos hasta casi los tobillos. Más tarde, con la polla todavía dentro, me asomé al patio de vecinos. El vestido corto me llegaba justo a media nalga y yo me apoyé en la barandilla como si nada, hablando con las dos vecinas de siempre, la Pili y la Carmen, que estaban abajo tendedo ropa.
—¡Rocío, qué fiesta tan rica, no? —me gritó la Pili—. ¿Has visto el tiempo que hace?
—Sí, mi arma, está de lujo —contesté yo, intentando no moverme mucho mientras Andrés, agachado detrás de mí, me abría las nalgas y me clavaba la polla por el culo despacio, sin que ellas pudieran ver nada desde abajo—. Estoy aquí pasando el rato, ya sabes…
Andrés empezó a embestirme con más ganas, agarrándome de las caderas. Yo seguía hablando, con la voz un poco más aguda de lo normal.
—¿Y el niño?
¿No está por ahí? —preguntó la Carmen.
—Está… ocupao —respondí, mordiéndome el labio cuando él me dio un empujón más profundo—. Ya sabes cómo son los de veinte años… siempre liados.
Sentí cómo se corría otra vez dentro de mi ojete. El semen me salió a borbotones y me empezó a bajar por las piernas a chorros, caliente, espeso, resbalándome por los muslos internos hasta casi llegar a las rodillas. Tuve que apretar las piernas un poco para que no se viera el hilillo brillante que me bajaba.
—Pues tú estás muy bien, Rocío —dijo la Pili riendo—. Pareces más joven cada día.
—Gracias, miarma… —contesté yo, conteniendo un gemido mientras Andrés seguía moviéndose dentro, empujando más leche hacia afuera—. Es que… me cuido, ya sabes.
Cuando por fin me despedí y me metí hacia dentro, el semen me estaba corriendo por las patas de verdad, dejándome un reguero hasta casi los tobillos. Andrés se rio y me recogió un poco con los dedos.
—Mira cómo te chorreas, mamá… les has estado hablando con mi leche bajándote por las piernas.
—Cállate, cabrón… y sigue follándome.
Después nos echamos la siesta. Me tumbé de lao y él se pegó a mi espalda, la polla profundamente metida en mi chocho, y nos dormimos así. Me desperté un par de veces con él moviéndose despacio, follándome medio dormío, y me dejé. Cuando se corría, simplemente se quedaba quieto y seguía dentro. Más semen me bajaba por las piernas mientras dormíamos. Al caer la tarde decidimos salir. Me puse un vestido corto sin bragas.
Andrés se sentó en el asiento del piloto y yo me monté a horcajadas sobre él, la polla otra vez clavada hasta el fondo. Conducía yo, con las manos en el volante y el culo lleno de mi hijo. El semen me seguía resbalando, manchándome los muslos y el asiento.
—Joder, mamá… esto es de locos —jadeaba él mientras yo aceleraba por las calles de Sevilla—. Si nos para la policía…
—Que nos paren.
Les digo que estoy con la polla de mi hijo dentro y que no la saco hasta mañana. Tú cállate y córrete otra vez. Quiero que me chorree por las piernas mientras conduzco. Lo hizo. Se corrió dentro de mí mientras el coche circulaba, y sentí el calor y la humedad bajarme por los muslos a chorros. Reímos como locos. Paramos en un parking apartado y me puse de rodillas entre sus piernas, chupándole la polla todavía resbaladiza de mi propio chocho, limpiándola con la lengua, metiéndome los huevos en la boca, mirándolo a los ojos.
Pero no nos quedamos solo en eso. Nos tiramos al asiento de atrás y empezamos una comida de lenguas de verdad. Yo me senté en su cara y él me lamió el chocho como un desesperao, chupándome los labios, metiendo la lengua hasta el fondo, bebiéndose mis jugos y la leche que aún me salía. Yo me inclinaba y le devolvía el favor: le chupaba la polla con ganas, le lamía los huevos, le metía la lengua en el culo mientras él seguía comiéndome.
Nos turnábamos, nos besábamos con las bocas llenas de nuestros propios sabores, las lenguas enredándose sucias, compartiendo todo.
—Qué rica estás, mamá… te como toa —gemía él entre mis muslos.
—Y tú a mí, cabrón… dame más lengua —le contestaba yo, chupándole la polla hasta casi atragantarme.
Volvimos a casa. Pasamos la noche entera follando, cambiando de postura, de agujero, riendo, insultándonos, diciéndonos las cosas más sucias que se nos ocurrían. Me sentaba en su cara y le ordenaba que me chupara el chocho hasta hacerme venir, y luego me bajaba y me volvía a clavar la polla. Él me ponía a cuatro patas y me usaba como quería, llamándome puta, zorra, mamá caliente, mientras yo le pedía más.
Y varias veces más me meó dentro, llenándome de orina caliente sin sacarla nunca. El semen me corría por las patas sin parar, dejándome los muslos brillantes y pegajosos durante horas. Cuando llegaron las ocho de la mañana del día siguiente, Andrés todavía estaba dentro de mí. La polla seguía dura, aunque ya no tanto. Yo, agotada, sudada, llena de leche, de meadas y del recuerdo de haberme meado encima de él, de haberlo sentido cagar mientras me tenía ensartada y de haber estado hablando con las vecinas mientras él me follaba por detrás y la leche me bajaba por las piernas, me giré y le di un beso largo y sucio.
—Lo has conseguido, hijo de puta.
Veinticuatro horas. No se te ha bajado ni durmiendo. Él sonrió, empujando una última vez. Más semen se me escapó y me bajó por el muslo.
—Es que estás demasiado buena, mamá.
Y yo soy un vicioso. ¿Repetimos mañana? Me reí, apretándolo con el chocho una vez más. Nos quedamos así un rato más, pegaos, riendo, todavía unidos. Fuera empezaba otro día. Dentro de aquella casa, yo, la zorra de 35 años, y mi hijo de 20, seguíamos ensartados, con la leche corriendo por mis patas, como si el mundo entero pudiera esperar.
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