Entrar

Lorena se enrolla y cabalga sobre su abuelo

Victor MartinezFont Amor filial 6 min de lectura 6624 lecturas 24 de septiembre de 2026
Lectura

Lorena despertó con el sol filtrándose por las cortinas de la casa de sus abuelos. Veinte años, cuerpo delgado y turgido, cabello rubio platinado cayéndole hasta los hombros, piel suave y pechos firmes que apenas cabían en la camiseta fina que usaba para dormir. Bajó las escaleras en silencio, sabiendo exactamente el horario. La abuela salía a caminar todos los días a las siete en punto. El clic de la puerta principal confirmó que se había ido.

Lorena sonrió, un destello de anticipación entre sus labios carnosos. Entró en el salón. El abuelo estaba sentado en su sillón preferido, bata abierta, pijama azul desabotonado. A sus setenta y pico, el cuerpo delgado pero aún firme, y entre las piernas, esa polla gruesa y pesada que a ella tanto le gustaba. Ya semi erecta, como si el cuerpo anciano supiera que llegaba la hora.

—Buenos días, abuelo —susurró ella, arrodillándose entre sus rodillas sin esperar respuesta.

Él la miró con esos ojos cansados pero brillantes, una mano grande posándose en su cabello rubio. Lorena no perdió tiempo. Abrió la bata del todo, sacó la polla gruesa y caliente. La piel era suave, venosa, con ese grosor generoso que a ella le hacía la boca agua. La acarició despacio, sintiendo cómo latía bajo sus dedos, cómo se endurecía más bajo su toque.

—Qué rica la tienes hoy… —murmuró, y se la llevó a la boca.

La cabeza gruesa empujó entre sus labios carnosos. Lorena la rodeó con la lengua, saboreando el sabor limpio y ligeramente salado de la piel. Bajó despacio, abriendo la garganta, dejando que el grosor le llenara la boca hasta casi atragantarse. El abuelo soltó un gemido grave, bajo, y sus dedos se enredaron más fuerte en el pelo rubio de su nieta. Ella chupaba con hambre, mejillas hundidas, lengua trabajando la parte inferior mientras subía y bajaba la cabeza.

La saliva brillaba en el tronco grueso. De vez en cuando sacaba la polla solo para lamerla de base a punta, mirándolo a los ojos, antes de volver a engullirla con ganas. El abuelo respiraba pesado, las caderas moviéndose apenas, empujando un poco más profundo cada vez que ella bajaba. Lorena se frotaba las piernas, mojada ya solo con el acto. Le gustaba el contraste: la piel arrugada de las manos de él contra su cara joven, la polla dura y generosa que llenaba su boca mejor que muchas otras que había probado.

Chupaba más rápido, más profundo, haciendo ruidos húmedos y obscenos, sabiendo que tenían tiempo hasta que la abuela regresara. El abuelo apretó el agarre en su pelo.

—Así… así, niña… —gruñó con voz ronca.

Lorena aceleró, una mano masturbando lo que no cabía en su boca, la otra acariciando sus propias tetas por encima de la camiseta. La polla del abuelo latía fuerte contra su lengua. Estaba cerca. Ella lo sabía. Y no iba a parar hasta que se corriera en su boca. Lorena sacó la polla de su boca con un hilo de saliva todavía uniéndola a sus labios. Estaba dura como una piedra, gruesa, venosa, brillante de saliva y pre-semen.

El abuelo respiraba agitado, la polla latándole contra el vientre. Ella se levantó de rodillas, se bajó los shorts de un tirón y se quitó la braga mojada. Su coño ya goteaba. Se subió a horcajadas sobre el sillón, agarró la polla gruesa con una mano y se la frotó entre los labios hinchados.

—Mírala qué gorda la tienes, abuelo… —susurró con voz ronca—. Ahora te la voy a meter entera en el coño.

Se colocó la cabeza gruesa justo en la entrada y se dejó caer despacio. El grosor la abrió de golpe. Un gemido largo y obsceno se le escapó de la garganta mientras su coño se tragaraba centímetro a centímetro aquella polla vieja pero dura como el hierro.

—Joder… qué gruesa… me la estás abriendo toda…

Cuando estuvo hasta el fondo, con los labios del coño apretados contra las bolas del abuelo, empezó a cabalgarlo. Subía y bajaba con las caderas, embistiéndose ella misma, dejando que la polla le entrara hasta el fondo en cada bajada. El sonido húmedo de su coño chupando la polla llenaba el salón.

—Tómala, puta… —gruñó el abuelo, agarrándole las caderas con las manos arrugadas.

Lorena aceleró. Cabalgaba como una perra en celo, tetas rebotando dentro de la camiseta, pelo rubio pegado a la frente por el sudor. Cada vez que bajaba, la polla le golpeaba el fondo del coño y le sacaba un gemido más fuerte.

—Sí, abuelo… fóllame el coño con esa polla tan gorda… me encanta cómo me la abres… joder, qué rica está…

Se inclinó hacia delante, apoyando las manos en el pecho del anciano, y empezó a rebotar más rápido, más bruto. El coño le hacía ruidos obscenos, chapoteando alrededor de la polla gruesa que entraba y salía brillante de sus jugos.

—Míralo cómo te lo come mi coño… míralo cómo te lo traga entero, cabrón…

El abuelo le apretó más fuerte las caderas y empezó a empujar hacia arriba, clavándosela más profundo todavía. Lorena soltó un grito ahogado y cabalgó aún más fuerte, buscando su propio orgasmo mientras se follaba descaradamente a su abuelo en el sillón del salón. Lorena seguía cabalgándolo con ganas, pero ahora más pegada a él, más cariñosa. Se inclinó del todo, rodeándole el cuello con los brazos mientras seguía moviendo las caderas arriba y abajo, embistiéndose con aquella polla gruesa que le llenaba el coño hasta el fondo.

—Te quiero, abuelo… —susurró contra su oreja, con la voz rota de placer—. Me encanta follarte… me encanta cómo me la metes…

El anciano le acariciaba la espalda bajo la camiseta, apretándole el culo con las manos mientras empujaba hacia arriba, clavándosela profundo. Lorena gemía bajito, casi en su boca, besándole la mejilla, el cuello, los labios secos del abuelo. Seguían follando así, pegados, el coño de ella chupando y soltando la polla con cada movimiento húmedo y obsceno.

—Voy a correrme… —jadeó ella—. Me voy a correr en tu polla, abuelo…

Él también estaba al límite. La polla le latía fuerte dentro de ella, hinchada, a punto de explotar. Lorena aceleró un poco más, rebotando con las tetas aplastadas contra su pecho, buscando ese último empujón. Justo cuando el orgasmo les subía por la espalda a los dos, cuando el coño de Lorena empezaba a apretarse en espasmos y la polla del abuelo a latir a punto de llenarla… Se oyó el ruido de la puerta principal y, un segundo después, la voz clara de la madre desde el recibidor: —¡Ya estoy en casa!

¿Hay alguien? Lorena se quedó congelada a horcajadas sobre él, la polla todavía enterrada hasta el fondo, el orgasmo a punto de romperle el cuerpo. El abuelo tampoco se movió. Solo se miraron un instante, respirando agitados, el silencio del salón roto únicamente por el eco de los pasos de la madre acercándose por el pasillo.


[email protected] IG: victormartinezdefont X: MartinezdeFont_

Descargar EPUB

¿Qué te ha parecido?

Todavía no lo ha votado nadie.

Comentarios

Puedes comentar sin cuenta. Se publica tras pasar por revisión.

Todavía no hay comentarios. Puedes ser el primero.

Más de Amor filial