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Mi tía y yo, capítulo 4

PerseoRelatos Amor filial 16 min de lectura 4389 lecturas 24 de septiembre de 2026
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Volví a besarla. ¿Qué más podía a hacer? Era eso o morir. Lorena no se movió, no giró la cara, no dijo nada. Sus labios eran gruesos, más gruesos de lo que parecían de día, y tan suaves que por un momento no supe dónde terminaba su boca y dónde empezaba la gloria, En la oscuridad todo se reducía a eso. No veía casi nada: la línea de su mejilla, el brillo de un ojo cuando la luz de la calle entraba por la ventana desnuda, el contorno del hombro bajo el tirante blanco.

El resto lo sentía. Sentía la humedad tibia de su labio inferior cuando lo apreté con el mío, sentía cómo cedía y volvía a su forma, sentía su aliento. Era como besar flores, si las flores tuvieran pulso. Era como ahogarse en la esperanza, si la esperanza fuera un lugar donde uno pudiera meterse entero. Me separé un centímetro. Ella exhaló contra mi boca. Volví. No sé cómo poner en palabras lo que era besar a Lorena: era como abrazar la victoria o la derrota, como saltar de un avión, como prenderse fuego a uno mismo, como azotar la cabeza contra el mar…

Lorena hizo un sonido muy bajo, un sonido que no era un gemido ni una palabra. Yo lo escuché con todo el cuerpo. Empecé a acercarme. Aunque no de golpe. Deslicé la rodilla unos centímetros sobre la sábana, moví la cadera, dejé que mi pecho ganara terreno hacia el suyo. Los quince centímetros que nos separaban se convirtieron en diez, y luego en menos, y entonces la mano de Lorena apareció sobre mi pecho.

La palma plana, los dedos extendidos sobre la tela de mi playera. La sentí como una advertencia, pero no empujó, sino que presionó apenas, con la fuerza que uno usaría para comprobar si una puerta está cerrada, no para cerrarla. Se quedó ahí. Y yo me quedé donde estaba, con su mano entre los dos, besándola todavía, sintiendo su corazón a través de la mía, o quizá el mío a través de la suya, porque a esas alturas los dos golpeaban demasiado fuerte para distinguirlos.

Levanté la mano libre y la puse sobre su hombro. El tirante de la blusa era tan delgado que lo sentí como una línea trazada sobre la piel. Alrededor, su hombro estaba tibio, redondo. Bajé por el brazo. Pasé el codo, la muñeca, regresé. Bajé por el costado. Mis dedos encontraron la tela de la blusa, y bajo la tela las costillas, que subían y bajaban más rápido de lo que subían y bajaban hacía un minuto.

Seguí. La cintura se estrechaba y volvía a abrirse, y cuando mi mano llegó a la cadera y la cerré ahí, con la palma sobre el hueso y los dedos hundidos en el borde del short de algodón, Lorena dejó de besarme por un segundo. No se apartó. Y entonces su mano, la que había estado sobre mi pecho manteniendo la distancia, se cerró. Sentí cómo los dedos se doblaban, cómo agarraban la playera, cómo hacían un puño con la tela.

Y me jaló. La distancia se acabó. Mi pecho quedó contra el suyo. Sus tetas se aplastaron contra mí a través de dos capas de algodón que no servían para nada; podía sentir los pezones, pequeños y duros, a la altura de mis costillas. Mi muslo se metió entre los suyos. Mi verga, que llevaba dura desde el primer beso y que había intentado ignorar como quien ignora un ruido en la casa, quedó apretada contra su pierna, presionada por el boxer y por el peso de los dos.

El calor me subió de golpe. No lo elegí. Se me metió por el vientre y me llenó el pecho y la cara y las manos, y supe que ya no iba a poder detenerlo desde adentro. Si algo lo detenía, tendría que venir de ella. Bajé la mano de la cadera a la nalga. La agarré entera, o lo que la palma alcanzó a agarrar de ella, y la estrujé con fuerza, con los dedos hundidos en la carne a través del short, sintiendo el peso, la firmeza, el calor que atravesaba la tela.

Lorena no me detuvo. Lo que hizo fue morderme. Me mordió el labio inferior. Primero con cuidado, con los dientes apenas cerrados, y luego más fuerte, lo suficiente para que doliera, lo suficiente para que yo soltara un sonido contra su boca, y me besó con la boca abierta, y su lengua entró en la mía como si estuviera reclamando algo que le debían. Ya no pensaba en el orden de las cosas.

Me moví sobre ella. Apoyé una rodilla en el colchón, luego la otra, y Lorena rodó sobre la espalda para recibirme sin que yo tuviera que empujarla. Sus piernas se abrieron. Sentí cómo sus muslos se separaban a los lados de mi cadera, cómo mi verga quedaba apretada contra su coño con nada más que el boxer y el short en medio, cómo ella levantaba un poco la pelvis, un movimiento pequeño, involuntario o no, que me hizo apretar los dientes.

Llevé la mano al frente del short. Metí los dedos por el elástico, junto a su vientre plano, y jalé hacia abajo. El algodón resistió un poco, atrapado entre su cadera y la sábana, y luego cedió. Bajó dos centímetros, tres, cuatro. Sentí el borde de una prenda más delgada debajo, y bajo esa prenda el inicio de su monte, la piel tibia, el principio de una humedad que no tenía nada que ver con el sudor.

Volví a jalar. Pero entonces Lorena me empujó con las dos manos en el pecho, de lado, con toda la fuerza que tenía, y yo no estaba preparado. Caí sobre el costado izquierdo, con un brazo debajo del cuerpo, y el impulso me hizo girar hasta quedar de espaldas, mirando el techo que no veía. El colchón rebotó bajo los dos. Me quedé un segundo sin moverme, con el corazón en la garganta y el labio inferior palpitando donde ella lo había mordido.

Pensé que me estaba rechazando. Giré la cabeza hacia ella. Lorena estaba sentada a medias, apoyada en un codo, con el pelo suelto y caído sobre un lado de la cara y el short todavía torcido sobre la cadera. No me miraba con enojo. Pero esos ojos tenían ganas de asesinar.. No dije nada.

—No vamos a coger hoy, niño —dijo Lorena.

La última palabra la dejó caer al final como quien deja una moneda sobre la mesa para ver qué hace el otro. La escogió. Lo supe por la pausa mínima antes de decirla, por cómo su boca se torció apenas en la oscuridad. Quería que me doliera, o quería recordarme quién de los dos ponía las reglas, y una parte de mí sintió el calor de siempre en la nuca.

Lo dejé pasar. Estaba demasiado caliente para pelear por una palabra. La verga me dolía dentro del boxer, el labio me palpitaba donde me había mordido, y ella seguía ahí, sobre el codo, con el short torcido y el pelo en la cara. No me dio tiempo de decidir qué hacer. Bajó la mano y la puso sobre mi entrepierna. La palma completa sobre el bulto, sobre la tela. Apretó una vez, midiendo, y luego empezó a sobarme, arriba y abajo, con los dedos siguiendo el contorno de mi verga a través del algodón.

Gemí. No pude evitarlo. Apreté los ojos y eché la cabeza hacia atrás contra el colchón, y la escuché respirar más fuerte por la nariz, como si el sonido que acababa de hacer le hubiera gustado. Luego metió la mano dentro del boxer. Sus dedos bajaron por el elástico, encontraron la base de mi verga, se cerraron alrededor. Estaban tibios y un poco húmedos. Me agarró con firmeza, sin ninguna duda, y con la otra mano bajó el borde del boxer lo suficiente para sacarla.

El aire del cuarto me tocó la piel y me hizo temblar. Y entonces Lorena empezó a masturbarme. No era el movimiento torpe o dubitativo que yo esperaba de alguien que acababa de decir que no íbamos a coger. Era otra cosa. Su mano bajaba hasta la base y seguía bajando, y sus dedos se abrían para acariciarme los testículos con una suavidad que me hacía contraer el vientre, y después volvía a cerrarse y subía, de una sola vez, decidida, hasta que la palma envolvía el glande y lo apretaba un instante, y volvía a bajar.

Abajo despacio, arriba firme. Abajo, arriba. Cada vuelta me sacaba un sonido distinto de la garganta. Sabía lo que hacía. Eso lo pensé con la poca cabeza que me quedaba: Lorena sabía exactamente lo que hacía, había hecho esto muchas veces, y de alguna forma esa idea, que debió darme celos o vergüenza, me puso todavía más duro dentro de su mano. Acercó su cara a la mía. Tanto que dejé de verla; solo quedaba una sombra, el brillo del ojo, el olor de su pelo.

Me besó debajo de la mandíbula. Bajó por el cuello y me chupó la piel justo encima de la clavícula, y luego subió, y sentí su boca en la oreja, sus labios en el lóbulo, sus dientes, su respiración que entraba caliente y directa al oído y me hacía apretar los puños contra la sábana. Reaccioné al fin. Levanté la mano izquierda y la metí ente su cabello, en la nuca.

Lo acaricié. Cerré los dedos y lo solté. Con la derecha estiré el brazo a través de mi propio cuerpo, torcido, hasta alcanzar su cadera y el borde del short que yo mismo había bajado unos centímetros antes de que me empujara. La posición era pésima. Tenía el codo doblado en un ángulo que me tiraba del hombro, la muñeca casi al revés, y ella estaba medio recostada sobre mi costado de forma que mi mano tenía que colarse entre su vientre y el mío.

No me importó. Me habría dislocado el brazo si hacía falta. Lorena aceleró. Su mano subía y bajaba más rápido, más apretada. Era delicioso. Metí la mano en su short. Encontré primero la tela de sus bragas, más fina que el algodón, y bajo la tela un calor que se me pegó a los dedos. Enganché el borde con el índice y las jalé hacia un lado, y metí la mano debajo.

Su piel estaba lisa. Completamente depilada, tibia, sin nada entre mis yemas y ella. Bajé un poco más y toqué su concha, y estaba mojada, empapada, tan húmeda que mis dedos resbalaron sin que yo hiciera fuerza, y el contacto me atravesó el brazo hasta el pecho como si hubiera tocado un cable pelado. Me quedé quieto medio segundo. Ella no. Su mano siguió subiendo y bajando sobre mi verga, y su boca dijo algo en mi oreja que no fue una palabra.

No tenía tiempo para titubear. Encontré la entrada con la punta del dedo medio y empujé. Estaba apretada. Más de lo que había imaginado, más de lo que su humedad me había hecho suponer. Sentí cómo me envolvía, cómo el músculo cedía centímetro a centímetro y se cerraba detrás de mi dedo conforme entraba. Lorena contuvo la respiración contra mi oído y luego la soltó de golpe. Empecé a moverlo.

Adentro hasta el fondo, afuera casi por completo, adentro. Y de tanto en tanto lo sacaba y subía, buscando a ciegas el clítoris, que no lograba sentir con claridad entre tanta humedad, y frotaba en círculos donde suponía que estaba, y ella se sacudía, así que supuse que no me equivocaba tanto. Volvía a meter el dedo. Volvía a subir. Lorena empezó a gemir en mi oído. Nunca había escuchado nada más erótico en la vida.

Ojalá eso se escuche en el cielo. Nos masturbamos así, mal acomodados, ella medio encima de mí y yo con el brazo torcido, sin encontrar del todo el ritmo pero sin soltarnos. Su mano subía y yo empujaba el dedo; su mano bajaba y yo lo sacaba y frotaba. Ella jadeaba en mi oreja y yo apretaba los dientes. Lo sentí venir desde muy abajo, desde los testículos que ella ya no acariciaba porque ya no había tiempo para acariciar nada, y quise aguantar, quise esperarla, y no pude.

Me vine primero. La verga en su mano pegó un brinco y el semen salió en chorros, uno tras otro, y cayó sobre mi playera, sobre el vientre, tibio a través de la tela. Solté un sonido largo contra su pelo. Y mis dedos dentro de ella se volvieron torpes, perdieron el ritmo, se quedaron quietos un instante que me pareció imperdonable. Lorena no se detuvo por eso. Movió la cadera contra mi mano, se frotó contra la palma y el dedo que seguía adentro, y en unos segundos que no conté sentí cómo se apretaba alrededor de mí, cómo todo su cuerpo se tensaba sobre el mío, y su gemido se convirtió en algo más grave que se le atoró en la garganta y salió roto contra mi oído.

Dejé la mano un rato ahí, mientras ella disfrutaba de un orgasmo imprevisto. Jadeó contra mi oreja. Respiraciones largas, calientes, cada vez más lentas. Su mano seguía alrededor de mi verga, quieta ahora, y su frente descansaba en mi sien. Podía sentir la satisfacción en cómo pesaba sobre mí, en cómo había dejado de sostener su propio cuerpo. Saqué la mano de su short con cuidado. Me senté a medias, me quité la playera por la cabeza, la hice bolita con el semen adentro y la tiré al suelo.

Volví a acostarme y la abracé. Lorena se dejó llevar hasta mi pecho sin abrir los ojos, y acomodó la mejilla sobre mi esternón, y una de sus piernas se cruzó sobre las mías. No dijo nada. Yo tampoco. Le acaricié el pelo con la mano que había estado dentro de ella y que todavía olía a ella, y escuché cómo su respiración se hacía regular, y luego más lenta, y luego se volvió el ritmo de alguien que ya no está despierto.

Me quedé mirando el techo con el corazón todavía a medio calma. Desperté con el sol en la cara y el pecho frío. Lorena no estaba. El lado de la cama donde se había dormido sobre mí conservaba la forma de su cuerpo en la sábana, y en el suelo, junto a mis pantalones, mi playera seguía hecha bolita donde la había tirado. Me puse los pantalones. La playera la dejé donde estaba, porque no iba a ponerme eso, y salí del cuarto sin nada arriba.

Lorena estaba en el desayunador. De pie, como la otra vez, con una taza entre las manos, con los leggings negros y una playera distinta a la de anoche. Tenía el pelo mojado y recogido. Me vio llegar desde el pasillo y me siguió con la mirada hasta que estuve frente a ella, del otro lado del mármol falso, y luego rodeé el desayunador y me acerqué.

—Buenos días —dije.

Me inclinué para besarla. Ella giró la cara, pero sin brusquedad, simplemente me esquivó. No parecía enojada. Eso fue lo primero que registré, con alivio y con algo de desconcierto. Parecía cansada, nada más. Me serví café. La cafetera estaba a medias, así que ella llevaba al menos una taza de ventaja. Me apoyé en el desayunador, a un metro de ella, y la miré por encima del borde de la taza.

—¿Cómo dormiste? —pregunté, y sonreí.

Lorena le dio un trago largo a su café. Lo bajó. Se quedó viendo el líquido un segundo antes de levantar los ojos hacia mí.

—Sí entiendes que no estuvo bien, ¿verdad?

Me había preparado para eso. Le sostuve la mirada y bebí, y dejé que el silencio hiciera el trabajo que ella esperaba que hicieran mis palabras. Sus ojos se estrecharon un poco. Esperó. Yo también. Al final soltó el aire y se llevó las dos manos a la cara. Se frotó los ojos con las palmas, luego las mejillas, luego se pasó los dedos por las sienes hasta el pelo mojado.

—Julián —dijo—. Somos tía y sobrino.

Esto no puede simplemente estar pasando.

—¿Por qué no?

Ella parpadeó.

—Somos adultos —seguí—. Y no le hacemos daño a nadie.

Lorena abrió la boca y la cerró. Me miró como si acabara de hablarle en otro idioma y estuviera buscando la traducción. Terminé mi café en tres tragos. Rodeé el desayunador, llevé la taza al fregadero, la enjuagué bajo el chorro y la dejé boca abajo en el escurridor. Cuando me giré, Lorena seguía en el mismo lugar, de espaldas a mí, con las manos apoyadas en el mármol. Caminé hasta ella y la abracé por detrás.

Pasé los brazos alrededor de su cintura y pegué el pecho desnudo a su espalda. Ella se tensó medio segundo, como la tarde de la televisión, y luego no hizo nada. No se apartó. Se quedó quieta y dejó que la abrazara, y su espalda se aflojó contra mí poco a poco. Le di un beso en la mejilla. Un beso lento, con la nariz hundida junto a su oreja, y respiré.

Olía delicioso. No supe a qué, y no me importó saberlo. Me quedé ahí, respirándola, más tiempo del que un beso en la mejilla justificaba. Sentí su mano subir por mi antebrazo. Sus uñas se apoyaron en mi piel y presionaron, suave, cinco puntos pequeños que no llegaron a doler. Las mantuvo ahí un momento. Luego las retiró. Me solté. Fui al cuarto, recogí la sudadera de encima de una caja y me la puse directamente sobre la piel.

Metí la playera sucia en el bolsillo interior de la mochila, agarré el teléfono de la mesita. Revisé que no dejaba nada. Cuando volví a la cocina, ella se había girado y estaba apoyada contra el desayunador, de frente al pasillo, con los brazos cruzados.

—Voy a estar en contacto —dije—. Por si necesitas ayuda con algo más.

Lorena me miró. No dijo nada, y su cara no me dio ninguna pista. No estaba enojada; conocía su enojo de memoria y esto no se parecía. Tampoco estaba feliz. Era una expresión que no tenía archivada en ningún lado, una que parecía estar calculando algo que ni ella misma había terminado de plantear. Asentí, como si su silencio hubiera sido una respuesta, y caminé hacia la puerta. Puse la mano en el pomo.

—Julián.

Me giré. Estaba a un paso de mí. No la había oído moverse, no había escuchado sus pies descalzos sobre el piso, pero ahí estaba, con los brazos ya sin cruzar y la mirada fija en la mía. Dio el paso que faltaba. Levantó un poco la cara y me besó en los labios. Fue un beso suave, corto, que duró lo que dura una respiración. Sus labios estaban tibios y sabían a café, y se retiraron antes de que yo pudiera decidir si devolverlo o quedarme quieto.

Se quedó ahí un segundo más, cerca, mirándome, y después dio un paso atrás. Sonreí. No dije nada. Abrí la puerta, salí al pasillo. Nota del autor: Bueenas, estimados lectores. Espero esta serie les esté gustando. Ya están disponibles los capítulos 5 y 6, que son bastante intensos, puedes leerlos haciendo click aquí

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