Enamorado de la amiga de mi madre (en 1º persona)
primera persona) Capítulo 1 ¿Te ha gustado? En mi Patreon subo relatos nuevos cada semana, incluyendo versiones extendidas y contenido que no encontrarás aquí. Apóyame y no te pierdas nada patreon.com/cw/LisaWeir Introducción Hay personas que entran en tu vida sin hacer ruido, y se quedan ahí, en un rincón tranquilo, durante años. Cota siempre supo que Tina era una de esas personas. La conocía desde niño, desde las tardes en casa de su madre en las que Tina aparecía con esa risa que llenaba cualquier habitación, esa forma suya de tratar la vida como un juego que merecía la pena jugar sin miedo.
Ella nunca se casó, nunca sintió que le hiciera falta. Iba y venía, coleccionaba anécdotas, bromeaba sobre el amor como quien habla de algo que observa desde fuera, con curiosidad, pero sin urgencia. Cota, en cambio, aprendió a guardarse las cosas. Cada sentimiento importante lo dejaba enterrado bajo capas de silencio, convencido de que decir lo que sentía solo serviría para estropearlo. Durante años, esos sentimientos hacia Tina se quedaron ahí, quietos, como algo que uno aprende a cargar sin mencionar.
Hasta que, sin que nadie lo planeara, las casualidades empezaron a repetirse: la misma cafetería, la misma calle a la misma hora, la misma fiesta familiar. Al principio parecía solo eso, coincidencias. Pero Cota empezó a preguntarse si el universo, después de tanto tiempo, por fin le estaba dando una señal. Esta es la historia de lo que pasa cuando el tiempo, la paciencia y una serie de encuentros inesperados ponen a prueba lo que durante años pareció imposible de decir en voz alta.
Tina tiene esa clase de presencia que se nota en cuanto entra en una habitación, no por hacer ruido, sino por la naturalidad con la que se mueve en cualquier sitio, como si el mundo entero le resultara familiar. Ronda los cuarenta, aunque nadie diría que el tiempo le pesa: se viste con la misma seguridad despreocupada con la que habla, mezclando prendas cómodas con algún detalle llamativo que delata su gusto por no pasar desapercibida.
Su risa es fácil, contagiosa, de esas que aparecen antes de que termine el chiste. Nunca sintió la necesidad de sentar cabeza. Ha tenido historias, algunas más serias que otras, pero siempre volvió a su vida tal como la eligió: libre, llena de planes improvisados y amistades que cuida como si fueran familia. Y en cierto modo lo son — lleva tantos años cerca de la madre del protagonista que ya forma parte del paisaje de esa casa, presente en cada cumpleaños, cada comida de domingo, cada crisis a las tres de la mañana que se resuelve con una llamada.
Detrás de las bromas y el tono juguetón hay alguien que observa más de lo que aparenta. Tina escucha con atención cuando de verdad importa, y dice las verdades incómodas sin rodeos, con el cariño de quien no tiene miedo a que la relación se rompa por decir lo que piensa. Coquetea con la vida en general — con las palabras, con las miradas, con los silencios — sin que eso signifique siempre una intención real detrás.
Es, simplemente, su manera de estar en el mundo.
Capítulo 1
La campanita de la puerta suena cuando Cota entra en la cafetería de siempre. Al levantar la vista de la barra, ve a Cota sentado en la misma mesa de siempre, con esa sonrisa nerviosa que solo aparece cuando ella está cerca — aunque, esta vez, hay algo distinto en su forma de mirarla La campanita apenas dejó de vibrar cuando Tina te encontró con la mirada. Llevaba un vestido veraniego de tela fina que se ceñía a sus curvas con una precisión que parecía deliberada, el escote dejando ver el inicio de un pecho generoso que siempre había logrado robarte la atención por más que intentaras disimular.
Sonrió con ese brillo pícaro en los ojos mientras se acercaba, su cadera balanceándose con naturalidad entre las mesas estrechas, hasta que quedó justo frente a ti. "¿Otra vez aquí? Empiezo a pensar que me sigues, Cota," dijo con una risa baja mientras se deslizaba en la silla frente a ti. Se inclinó sobre la mesa para alcanzar el azucarero y, en ese movimiento, el escote de su vestido se abrió lo suficiente para revelarte el canal de sus pechos, la piel suave y ligeramente brillante por el calor de la tarde.
No llevaba sujetador; era evidente por la forma en que la tela se tensaba sobre sus pezones, dos puntas marcadas con descaro. Tu mirada se quedó atrapada un segundo de más, y ella lo notó. "Estás mirando algo interesante," murmuró Tina, apoyando la barbilla en una mano mientras te observaba con una sonrisa que no era del todo inocente. Sin apartar los ojos de ti, estiró un pie por debajo de la mesa y lo deslizó lentamente por tu pantorrilla, subiendo hasta la rodilla. "¿O es que te he pillado en algo, pequeñín?"
Su voz bajó un tono, más íntima, y su otra mano jugueteó con el borde de su escote, tirando apenas de la tela para abanicarse. "Este calor es insoportable. ¿No crees que deberíamos ir a algún sitio más... privado?" El pie de Tina subió un poco más por tu pierna, la punta de su dedo dibujando un círculo lento justo en la cara interna de tu rodilla mientras sus ojos no soltaban los tuyos.
La sangre te bullía en las sienes y tu garganta se sentía seca. Tragaste saliva. "Privado," repetiste, y la palabra salió más ronca de lo que pretendías. Tina sonrió, lamiéndose el labio inferior con una lentitud deliberada. "Sí, privado. Mi apartamento está a dos calles. Tengo vino, aire acondicionado, y un sofá bastante cómodo." Se levantó y pasó a tu lado, rozando deliberadamente tu hombro con el pecho; la tela fina del vestido se deslizó sobre tu brazo dejando una estela de calor.
"Vamos, no seas tímido. Te prometo que no muerdo..." se inclinó para susurrarte al oído, su aliento cálido acariciándote el lóbulo, "...a menos que me lo pidas." El mundo pareció reducirse al espacio entre tu cuerpo y el de Tina mientras salías de la cafetería detrás de ella. La luz de la tarde doraba su silueta, y cada paso que daba hacía ondear la falda de su vestido, dejando entrever de vez en cuando la curva de sus muslos.
No caminaba rápido, sino con esa cadencia pausada de quien sabe que la están mirando, gustándose en la propia piel. A mitad de la calle, se giró de repente y te agarró la muñeca, tirando de ti hasta quedar pegada a su espalda, su culo presionándose contra tu ingle mientras reía. "¿A qué viene esa cara de susto? Relájate, Cota. Es solo vino y un sofá." Pero no soltó tu mano, entrelazando sus dedos con los tuyos mientras continuaba caminando, su pulgar acariciando tu piel en círculos lentos.
El portal de su edificio era viejo y con escaleras, y Tina subió los dos pisos sin prisas, girándose a cada tramo para mirarte por encima del hombro con una sonrisa que se mordía el labio. Al llegar a la puerta, metió la llave y empujó, haciéndote pasar primero. El apartamento olía a vainilla y a ropa limpia. Antes de que pudieras mirar alrededor, oíste el clic del cerrojo detrás de ti y la sentiste pegarse a tu espalda, sus pechos aplastándose contra tus omóplatos mientras sus manos te rodeaban la cintura.
"Si te soy sincera," murmuró contra tu cuello, su aliento cálido erizándote la piel, "hace semanas que vengo notando cómo me miras. Y hoy, cuando te he visto entrar por esa puerta con esa camisa que te marca los hombros..." Sus dedos juguetearon con el botón de tu camisa, deslizándolo por la presilla. "He decidido que ya he esperado bastante." Tus pulmones se quedan sin aire cuando sus manos empiezan a desabrochar tu camisa desde abajo, botón a botón, con una calma que resulta casi más desesperante que la prisa.
Sus pechos se aplastan contra tu espalda con cada movimiento, y puedes sentir la temperatura de su piel a través de la tela fina del vestido, el roce de sus pezones endurecidos contra tus omóplatos. "Esperado... ¿qué has esperado?", susurras, y la voz te sale rota. Tina ríe contra tu cuello, un sonido bajo y ronco que vibra en tu columna. "A que te decidieras, pequeñín. O a tener la excusa perfecta para arrinconarte a solas.
Cualquiera de las dos vale." Sus dedos terminan de abrirte la camisa y la deslizan por tus hombros, dejándola caer al suelo. Sus manos se deslizan por tu pecho, las palmas calientes, los dedos jugando con el vello que sube desde tu abdomen. "Has estado tan tenso todas estas semanas... Mírate ahora." Da la vuelta a tu alrededor lentamente, sus ojos recorriéndote de arriba abajo con una intensidad que te hace sentir desnudo aunque todavía llevas pantalones.
Se detiene frente a ti, tan cerca que sus pechos rozan tu torso desnudo, la tela del vestido separándoos apenas un suspiro. Su mano sube hasta tu mandíbula y te obliga a mirarla. "Te voy a decir una cosa, Cota, y quiero que la escuches bien." Su pulgar roza tu labio inferior, lento, deliberado. "No te estoy haciendo ningún favor. Estoy aquí porque me pones. Porque llevo días pensando en cómo te quedaría esta camisa fuera y tú debajo de mí."
Su otra mano baja hasta tu cintura, los dedos enganchándose en el borde de tus pantalones, tirando apenas. "Así que dime ahora mismo si quieres saber cómo sigue esto, o si prefieres salir por esa puerta y olvidarlo todo." La palabra sale de tu garganta ronca, apenas un susurro que se estrella contra el silencio del apartamento. "Me quedo." Los labios de Tina se curvan en una sonrisa lenta, una mezcla de triunfo y algo más profundo, más hambriento, que enciende sus ojos verdes mientras sujeta tu barbilla con más firmeza.
El pulgar que rozaba tu labio baja por tu mentón, traza la línea de tu mandíbula y se desliza por tu cuello hasta posarse en tu clavícula. "Eso quería oír," murmura, y sin soltarte tira del borde de su vestido con la otra mano. La tela se desliza por su cuerpo como agua, dejando al descubierto el pecho macizo, pesado, que sostiene con una naturalidad que te deja sin aliento.
Sus pechos caen con un peso que desafía la gravedad, plenos y redondos, los pezones oscuros y erectos que apuntan hacia ti como una invitación. Tina se queda así, de pie frente a ti, desnuda de cintura para arriba, el vestido amontonado en su cadera. Sus manos encuentran tus muñecas y las guía hasta su pecho, presionando tus palmas contra la carne cálida y suave que se amolda a tus dedos.
"No seas tímido," susurra, su voz ahora más grave, más íntima. "Esto es tuyo. Tócalo como quieras." Sus dedos se enredan en tu pelo y tiran de ti hacia abajo, inclinando su cabeza hacia atrás para ofrecerte la garganta, mientras sus pechos se aplastan contra tu torso desnudo en un contacto que te hace cerrar los ojos. "Quiero sentir tus labios por todas partes, pequeñín. Y no pienso parar hasta que hayas probado cada centímetro."
Su respiración se acelera, su cadera empuja contra la tuya, y por primera vez sientes el calor húmedo de su sexo a través de la tela de sus braguitas buscando el bulto duro que has intentado ocultar. "Pero antes... dime dónde quieres empezar, porque yo ya no sé por dónde decantarme." Tu mirada se pierde en el peso de sus pechos, la piel marcada aún por la presión de la tela que acaba de abandonar, y se te hace imposible pensar con claridad.
"Aquí," mascullas, y tus dedos tiemblan al rodear uno de aquellos senos, la palma llenándose de carne firme y cálida mientras tu pulgar roza el pezón erecto, que se endurece aún más bajo tu tacto. Tina jadea, un sonido pequeño y agudo que le escapa entre los labios entreabiertos, y se muerde el inferior mientras te mira fijamente, los ojos oscurecidos por una necesidad que ya no intenta ocultar. Bajas la cabeza y tomas su pezón entre los labios, la lengua jugueteando en círculos lentos antes de chupar, suave, después más firme.
Tina deja escapar un gemido ronco y arquea la espalda, empujando su pecho contra tu boca, sus dedos enredándose en tu pelo para mantenerte ahí. "Así, pequeñín, no pares," jadea, su cadera ondulando contra la tuya, el calor húmedo de su entrepierna filtrándose a través de la tela fina de sus braguitas, buscando el bulto que tu pantalón aprisiona. Su mano desciende por tu abdomen, los dedos hábiles desabotonando tu pantalón con una impaciencia que roza el descuido.
Cuando sus dedos se deslizan dentro de tu ropa interior, el primer roce de su piel contra tu erección te hace aspirar aire entre los dientes. Tina sonríe contra tu sien, su pulgar jugueteando con la punta, su aliento cálido en tu oído. "Vaya, vaya... cuánto tiempo has estado escondiendo esto, Cota. Qué desperdicio." Sin apartar los ojos de ti, se arrodilla lentamente, con una determinación en su mirada que te hace contener la respiración.
Sus manos tiran de tu ropa interior, dejándote completamente expuesto para ella, y su lengua se desliza por el largo de tu miembro con una calma que desmiente el hambre ardiente en sus ojos. Sube hasta la punta, donde rodea el glande con sus labios antes de mirarte hacia arriba. "Te voy a dejar temblando, pequeño. Y después te voy a montar hasta que me olvides de mi propio nombre."
El calor de su lengua te envuelve y el mundo se reduce al movimiento lento y deliberado con que Tina te toma entero, hasta que sus labios llegan a la base y su garganta se ajusta a tu tamaño. Sus dedos se enredan en tus caderas, clavándose en la piel, guiándote con una cadencia que va cogiendo ritmo mientras sus ojos no te sueltan, brillantes, húmedos, con una devoción que te desarma.
Cuando sube de nuevo, arrastra la lengua por el frenillo con una precisión que te hace agarrarte a su pelo, y Tina gime contra ti, la vibración recorriéndote la columna en ondas que te nublan el juicio. "Tss... no seas ansioso, pequeñín," te regaña con una sonrisa lasciva, la comisura brillante, mientras su mano sigue trabajándote con movimientos pausados que te llevan al límite. Se incorpora sin prisa, sus pechos desnudos balanceándose frente a ti, la piel sonrojada por la tensión, y te besa con una lentitud obscena para que saborees tu propio sabor mezclado con el suyo.
"Pero lo prometido es deuda." Sin dejar de mirarte, se quita las braguitas con un movimiento de caderas que las hace resbalar hasta sus tobillos, y se deja caer en el sofá, abriendo las piernas para que la veas completamente: el vello oscuro que rodea su sexo ya brillante de humedad, los labios hinchados y rosados que se abren como una ofrenda. Te hace un gesto con el dedo, lascivo.
"Ven aquí. Quiero montarte hasta que ya no te acuerdes de tu nombre." Tendida entre los cojines, sus pechos macizos reposan sobre su pecho, subiendo y bajando con la respiración acelerada, y su mano desciende hasta su propio clítoris, acariciándolo en círculos lentos mientras espera que te acerques, sus ojos fijos en ti. "Muévete, Cota. No tengo toda la tarde." Avanzas hacia ella como hipnotizado, el calor de su cuerpo guiándote mientras ella se arquea en el sofá, ofreciéndote cada curva.
Cuando te arrodillas entre sus muslos abiertos, sus piernas se enredan en tu cintura, y su mano baja para alinearte con su entrada, que ya está empapada. Tina gime cuando la punta roza su abertura, un sonido ronco de anticipación que se convierte en un jadeo largo, profundo, cuando te deslizas dentro de ella centímetro a centímetro. Su cabeza se echa hacia atrás, sus pechos macizos se elevan y caen con un temblor, y sus uñas se clavan en tus hombros mientras te ajustas a su cuerpo.
"Así... exactamente así," susurra entre dientes, su mirada clavada en la tuya. Ella empieza a moverse, su cadera marcando un ritmo que comienza lento y deliberado, cada embestida un empuje en su interior que te envuelve con un calor húmedo y devastador. Puedes sentir cada contracción de su sexo, como si su cuerpo te estuviera saboreando, y tus manos encuentran sus pechos, llenándolos, apretándolos con una avidez que hace que Tina gima con más fuerza.
Sus pezones se rozan entre tus dedos, duros como piedras, y el sonido de sus jadeos llena el apartamento junto al golpeteo húmedo de vuestros cuerpos. "No pares, no pares," jadea, su cadera acelerando el ritmo, buscando más profundidad, más de ti. Sus piernas se tensan alrededor de tu cintura, tirando de ti hacia el fondo, y Tina se sienta de golpe, sus pechos aplastados contra tu pecho mientras sus brazos te envuelven la espalda, sus dedos recorriendo tu columna con desesperación.
"Quiero que sientas cada centímetro de mí," gruñe contra tu oído, su voz ronca y desgarrada, su cadera girando sobre la tuya en movimientos circulares que te hacen perder la noción del tiempo y del espacio. Sus labios encuentran los tuyos, mordiendo tu labio inferior, su lengua entrando en tu boca con una urgencia que habla de un deseo contenido durante semanas, mientras sus pechos se frotan contra tu torso con cada embestida, la piel enrojecida y sensible.
Su ritmo se vuelve frenético, errático, su respiración un hilo de gemidos que se cortan en espasmos cada vez que te mueves dentro de ella de la forma correcta. La sientes temblar alrededor de ti, sus paredes apretándose en ondas, y Tina grita tu nombre, su cuerpo arqueándose en un orgasmo que la convulsiona desde la punta de sus dedos hasta la planta de sus pies. Pero no te suelta.
Sus brazos te mantienen dentro, su cadera sigue moviéndose, exprimiendo cada gota de placer de su cuerpo sacudido, buscando el tuyo. "No te atrevas a venirte todavía," te exige con una voz rota que apenas es un susurro, su frente apoyada en la tuya, sus ojos húmedos y desafiantes clavados en los tuyos. "Todavía no he terminado contigo, pequeño. Tenemos toda la noche por delante." Su mano baja entre vuestros cuerpos y se aferra a tu erección, que sigue dentro de ella, aún dura, y te sonríe con una promesa oscura en la mirada mientras su cadera comienza un nuevo ritmo, más lento, más profundo. "¿Creías que esto era todo?
Apenas estamos empezando." El ritmo lento y preciso de Tina te tiene al borde, cada embestida suya un recordatorio constante de que ella lleva el control. Sus pechos se mueven con un vaivén hipnótico, la piel cubierta de una capa de sudor fino que los hace brillar a la luz tenue del apartamento, y no puedes evitar bajar la cabeza para tomar uno de sus pezones en la boca mientras ella sigue cabalgándote con esa cadencia deliberada.
Tina gime, arqueando la espalda, ofreciéndote más de su carne maciza mientras sus dedos se enredan en tu pelo para mantenerte ahí, apretándote contra ella. "Así, pequeñín... así me gusta," jadea, su voz un hilo ronco entrecortado por el placer. Sus caderas dejan de moverse de golpe y se inclina sobre ti, sus pechos aplastándose contra tu torso, su boca buscando tu oído. "Te tengo donde quiero," susurra, y sus dedos descienden entre vuestros cuerpos, encontrando tu erección, que sigue enterrada en ella, y la aprieta con suavidad mientras su interior se contrae alrededor de ti, un apretón que te hace ver estrellas.
"Pero quiero que me mires cuando te vengas. Quiero ver la cara que pones cuando piensas en todo lo que te he tenido esperando." Se incorpora de nuevo, sus manos en tus hombros, sus pechos balanceándose frente a ti, y empieza a moverse con un ritmo nuevo, más profundo, más devastador. Su cadera gira contra la tuya, cada embestida un golpe húmedo que llena la habitación, y puedes sentir el orgasmo hervir en tu base, extendiéndose por tu espina dorsal como electricidad.
Tina lo nota, nota el temblor en tus muslos, la rigidez de tus hombros, y te sonríe con los labios entreabiertos, húmedos, los ojos encendidos por el mismo fuego que te consume. "Déjate ir, Cota. Quiero que te deshagas dentro de mí," ordena, su voz un gruñido ronco que te empuja al abismo. Y te deshaces. La onda te atraviesa sin previo aviso, tu cuerpo entero arqueándose bajo ella mientras un gemido grave te sale del pecho y tus dedos se clavan en sus caderas, manteniéndola en su sitio.
Tina grita tu nombre, su cuerpo sacudido por un segundo orgasmo que la convulsiona alrededor de ti, sus paredes exprimiendo cada pulso de tu liberación en un apretón que parece no tener fin. Se derrumba sobre tu pecho, jadeando, sus pechos subiendo y bajando con violencia, su piel pegada a la tuya en un calor compartido. El silencio se llena solo con la respiración entrecortada y el leve goteo de vuestros cuerpos fundidos.
Tina se queda así un momento, su mejilla apoyada sobre tu corazón, sus dedos trazando líneas perezosas en tu abdomen. Luego se incorpora con una sonrisa lenta, satisfecha, y aparta un mechón de pelo sudoroso de su frente. Sus dedos encuentran la base de tu erección, que aún sigue dentro de ella, y la siente retorcerse ligeramente, apenas un eco. "No está mal para un chico tímido," dice, su voz una caricia rasposa.
Se inclina para besarte, lento, su lengua saboreándote a ti y a ella mezclados. "Pero el sofá es solo el principio. El dormitorio tiene una cama que no he estrenado en semanas, y tengo intención de que la recuerdes bien." Se levanta de repente, sus pechos balanceándose, su sexo brillante de tu semen, y te tiende la mano con una sonrisa que no admite discusión, sus dedos enganchándose en tu muñeca mientras te incorpora. "¿Qué me dices?
¿Tienes cuerda para la segunda ronda, o te tengo que llevar a cuestas?" Tus piernas, que todavía tiemblan por el esfuerzo y el placer, encuentran la fuerza para seguirla. La mano de Tina es cálida, firme, y te guía a través del pasillo corto mientras su cuerpo desnudo se mueve a tu lado, los músculos marcándose con cada paso y sus pechos, pesados y plenos, balanceándose con una libertad que te hace tragar saliva.
El dormitorio es pequeño y oscuro, la cama de matrimonio dominando el espacio con las sábanas arrugadas, y Tina te empuja suavemente hacia ella, obligándote a sentarte en el borde, mientras se sitúa frente a ti, de pie, sus muslos rozando los tuyos. "Segunda ronda, ¿eh?" Sonríe, sus dedos subiendo por su propio cuerpo, acariciando la curva de sus pechos con una lentitud deliberada, sus pezones erectos bajo su tacto.
"Me gusta este lado tuyo, Cota. Este que sale cuando se le da permiso." Se arrodilla en la cama, sus rodillas a ambos lados de tus caderas, y baja la cabeza para tomar tu pecho con la boca, su lengua jugando con tu pezón, mordiéndolo apenas, mientras su mano encuentra el bulto que vuelve a endurecerse entre tus piernas. "La noche es larga, pequeño," murmura contra tu piel, su aliento caliente, y sube hasta tu oreja, donde sus dientes rozan tu lóbulo.
"Pero quiero probarte de todas las formas posibles. Quiero que te olvides de cualquier otra mujer que haya pasado por tu mente. Quiero ser la única." Tus manos suben por sus costados, encontrando la curva de sus pechos, llenando tus palmas con su carne maciza y templada, y Tina gime, empujando su pecho contra tu mano con una urgencia que ya no controla. Sus dedos encuentran tu erección de nuevo, esta vez guiándola hacia su entrada sin esperar más, y se desliza sobre ti con un gemido largo, sus ojos cerrados, su cabeza echada hacia atrás mientras te toma entero.
Cuando abre los ojos, hay una chispa salvaje en su mirada. "Ahora me toca a mí llevarme el premio mayor," susurra, y empieza a moverse con un ritmo lento, arrastrándose sobre ti de un modo que te vuelve loco. ¿Te ha gustado?
Nota del autor: En mi Patreon subo relatos nuevos cada semana, incluyendo versiones extendidas y contenido que no encontrarás aquí. Apóyame y no te pierdas nada patreon.com/cw/LisaWeir
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