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Puta de mecánicos

Dolores Sexo con maduros 137 min de lectura 3065 lecturas 24 de septiembre de 2026
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Capítulo 125: Martes 12 de mayo del 2026 en mi habitación

7:35 p.m. Ay Dios… estoy parada frente al espejo de mi closet, girando despacito de un lado al otro, y el corazón me late tan fuerte que parece que quiere salirse. El vestido que elegí es cortito, ajustado en la cintura. Me veo… rica. Y eso me encanta. Pero también me pone nerviosa. Mucho. Esta noche voy otra al taller de Javier y sus mecánicos. La verdad es que estoy emocionadísima, como una niña con juguete nuevo, pero al mismo tiempo tengo un nudo en la panza que no se me quita.

Nunca había hecho algo así tan… intencional. La otra vez fue más casual, más juego. Hoy siento que estoy probando algo más grande. Como si fuera una pequeña probadita de lo que sería bailar en ese putero que me invitó mi instructor de pole dance. Solo cuatro hombres y Javier. Nada más. Pero igual… me tiemblan un poquito las piernas. Me miro de nuevo, me acomodo el pelo, me paso la mano por la cadera.

Espero que a Javier le guste. Él es mi hombre, mi macho de esta noche. Y obvio que también quiero que sus amigos se queden con la boca abierta. Quiero que me miren, que me deseen, que se pongan calientes viéndome atenderlos. Eso me prende. Mucho. Saco el teléfono y me tomo una foto rápida frente al espejo, de cuerpo entero. Para el recuerdo. Luego abro el cajón de la cómoda al lado de mi cama y agarro una tira de diez condones.

Los meto en mi bolsita. No tengo planeado coger con ninguno de los amigos de Javier… pero una nunca sabe. Mejor precavida que arrepentida, ¿no? Salgo de la habitación y bajo las escaleras. Mi padrastro está sentado en la sala, viendo televisión. Le mentí. Le dije que iba a pasar toda la noche en casa de Emily porque ella hacía una fiestita pequeña. No es que me guste mentirle… pero tampoco quiero explicarle todo esto.

Me acerco a él despacito y me siento directo en sus piernas, cruzando las mías con coquetería. Le paso los brazos por el cuello y le doy besitos suaves en la mejilla, luego en la comisura de la boca.

—Gracias por dejarme ir, papi… —le digo con voz empalagosa, casi aniñada—. Sé que mientras mi mamá está volando yo debería quedarme aquí calentándote la cama y atendiéndote como se merece el hombre de la casa… pero esta fiestecita de Emily no me la quiero perder.

¿No me vas a extrañar mucho? Él sonríe y me acaricia las piernas con la mano grande y cálida, subiendo un poco por el muslo. Yo le sigo dando besitos tiernos, cortitos, empalagosos.

—No te preocupes, mi reina.

Diviértete —me dice con esa voz grave que me gusta tanto. Le doy un último beso más largo, más amoroso, en los labios. Nos quedamos así un segundo, mirándonos. Luego me levanto. Antes de que me aleje, me da una buena nalgada que resuena en toda la sala. Me río bajito, contenta.

—Portate bien —me dice con una sonrisa.

—Siempre, usted sabe —le contesto guiñándole un ojo.

Salgo de la casa y el Uber Confort ya está esperándome afuera. Subo al asiento de atrás y le doy la dirección del taller. El conductor, un muchacho como de unos veinte años, me mira por el retrovisor más de lo normal. Lo noto de inmediato. Y claro… me gusta. Mientras salimos de la zona exclusiva, con sus casas enormes, jardines perfectos y calles iluminadas como si fuera de día, empiezo a platicar con él de cosas normales: el clima, el tráfico, si le gusta trabajar de noche.

Poco a poco la conversación se pone más íntima. Él me pregunta qué voy a hacer tan lejos, si tengo novio, si estudio o trabajo. Yo le sonrío coqueta por el espejo y le contesto con indirectas, dándole cuerda.

—Ay, usted es muy preguntoncito… —le digo riéndome suave—. ¿Siempre les pregunta tanto a sus pasajeras o nomás a las que le gustan?

Él se ríe nervioso y se pone rojo. Perfecto. Sigue intentando: me dice que soy muy guapa, que tengo una sonrisa bonita, que le gustaría adolescente vaginacerme mejor. Yo le doy mi número… pero equivocado, claro. Cambio tres dígitos nomás. Él lo anota emocionado. Cuando ya estamos saliendo de las calles bonitas y empezamos a meternos en los barrios más humildes —las casas se vuelven más chiquitas, los postes de luz tienen cables colgando por todos lados, hay perros callejeros, paredes con manchas de humedad y música que se escucha desde alguna casa—, yo ya estoy coqueteando más descarada.

—Oye guapo… ¿sabes que me gusta cuando un hombre me mira tanto por el retrovisor?

Me hace sentir… huy —le digo con voz juguetona, cruzando las piernas para que el vestido se suba un poquito más. El pobre chico ya no sabe ni qué decir. Está claramente ilusionado. Yo, en cambio, solo sonrío por dentro. Qué lindo es ver cómo se emocionan tan fácil. Pero los dos sabemos (bueno, yo sé) que él no tiene ninguna oportunidad real conmigo. Llegamos al taller mecánico. El lugar se ve exactamente como me lo describio Javier: un local grande con paredes de block pintadas de un azul descolorido, rodeado de piezas de carro viejas y un letrero medio roto que dice “Taller Mecánico El Güero”.

El conductor frena y se queda mirando la dirección en su teléfono, desconcertado.

—¿Estás segura que es aquí? —me pregunta, volteando a verme con cara de preocupación.

—Sipi…

Aquí es —le contesto sonriendo, toda tranquila. Él insiste dos veces más. Yo solo me río bajito y le repito que sí, que no se preocupe. Cuando por fin acepta que este es el lugar, bajo del auto. Antes de cerrar la puerta, me inclino un poquito hacia la ventana y le guiño un ojo.

—Gracias por traerme, guapo.

Que tengas buena noche. El muchacho se queda ahí, viéndome con cara de “¿qué carajos acaba de pasar?”. Yo espero a que el Uber se aleje y, cuando ya no lo veo, me doy media vuelta. Respiro profundo. El corazón me late fuerte otra vez. Nervios y excitación mezclados. Desde adentro del taller se escucha música: una cumbia sonidera bien sonada. Me hace acordar de inmediato de aquel chico de Tlaxcala, hace un año, que me llevó a un baile sonidero y terminamos cogiendo en mi casa.

Sonrío sola. Y me preparo para memorisar todo loque pasara y no olvidarlo y así poder compartirlo con mis amigos de patreon Me acerco a la enorme puerta de lámina que sirve de entrada para los autos y toco fuerte con los nudillos. Espero. Escucho pasos adentro y cómo alguien arrastra la pesada lámina para abrirla. La pesada puerta de lámina chirría fuerte cuando Chuy la arrastra para abrirla del todo.

Apenas doy un paso adentro, siento su mirada recorriéndome de arriba abajo como si me estuviera desnudando con los ojos. Se queda un segundo callado, tragando saliva, y luego sonríe de lado.

—Órale… miren nomás lo que nos trajo el destino —murmura, pero lo dice lo suficientemente fuerte para que los demás lo escuchen.

El taller huele a aceite quemado, gasolina y metal caliente. El piso es de cemento rugoso, lleno de manchas oscuras de grasa y aceite de años y años de trabajo. Hay cuatro autos adentro: dos están a medio desarmar, con capós abiertos y piezas tiradas alrededor; el tercero es pura chatarra vieja, más lata oxidada que otra cosa, al que le van sacando piezas poco a poco como si fuera un cadáver mecánico.

A un lado, más limpio, está el auto humilde de Javier, un Tsuru gris que ya ha visto mejores días. Al fondo, debajo de un toldo de lámina que hace como techo extra, hay una mesa hecha de lámina con el logo descolorido de Cerveza Victoria. Sentados alrededor están los cuatro mecánicos y Javier, con cartas en las manos y cervezas abiertas. Atrás de ellos hay otra mesa de trabajo llena de piezas de motor, pistones, bujías y herramientas colgadas en la pared de block pintado de un azul gastado.

Chuy cierra la puerta con esfuerzo y grita hacia el fondo: —¡Ey cabrones! ¡Ya llegó la putita! Todos voltean al mismo tiempo. Cuando me readolescente vaginacen, empiezan a aplaudir fuerte, a chiflar de forma bien vulgar y a soltar vitores: —¡Uuuuyyyy, Lolita ya está aquí!

—¡Qué chingonería, carnal!

¡Mírala cómo viene!

—¡Esta noche sí que nos vamos a divertir, verga!

—¡Qué buena está la puta, Javier!

¡Te luciste otra vez! Siento que me sube un calorcito a la cara. Nervios y emoción mezclados. Me gusta que me miren así, que me digan esas cosas tan directas… pero igual me pone un poquito ansiosa porque sé que esta noche es diferente. Es como una prueba. Javier se pone de pie despacio, con esa presencia de macho maduro que me encanta. Yo no espero a que llegue hasta mí; camino directo hacia él porque esta noche él es mi hombre.

Me pego a su cuerpo, le paso los brazos por el cuello y le digo bajito, con voz dulce y coqueta: —Buenas noches, papi… ya llegué. Él me agarra de la cintura y nos damos un beso profundo, de esos que no dejan duda. Su lengua entra sin permiso y yo le correspondo con ganas. Los demás vitorean y aplauden más fuerte. Siento una de sus manos grandes bajar directo a mi culito y apretarlo con fuerza por encima del vestido, como marcando territorio delante de todos.

“Madre mía… ya empezó. Me está apretando el culo frente a sus amigos y yo estoy feliz como una tonta. Qué loca soy.” Cuando nos separamos, Javier me mira de arriba abajo y sonríe satisfecho.

—Qué rico te ves, mi reina.

Ese vestidito te queda de puta madre. Ven, siéntate. Me explica rápido mientras caminamos de regreso a la mesa: —Acabamos de empezar la partida, Lolita. Si quieres ir al baño, está adentro del cuarto que usamos de almacén y oficina. Y hay un refri lleno de chelas y tus Coca-Cola bien frías, sírvete las que quieras. Todo me lo dice con esa voz ronca mientras se sienta de nuevo en su silla y me jala sin pedir permiso para que me siente en sus piernas.

Me acomodo de lado, cruzando las mías con cuidado, sintiendo su muslo fuerte debajo de mí. Su mano izquierda sigue tomando cartas, pero la derecha no pierde el tiempo: empieza a acariciarme la pierna despacio, subiendo y bajando por el muslo, justo frente a todos los demás. Los hombres empiezan a hacerme plática. Preguntas que suenan normales pero están cargadas de doble sentido: —¿Y qué, Lolita? ¿Ya extrañabas a los hombres de verdad o nomás venías por las chelas? —dice uno, el más viejo, con una sonrisa pícara.

Yo me río suavecito y contesto con mi voz juguetona: —Ay, usted… pues yo solo tomo coca-cola, pero la compañía es lo mejor, ¿no cree? Otro, el más joven, me mira el escote sin disimulo: —Estás bien hermosa hoy, muñeca. Ese vestido te queda pintado. ¿Lo elegiste pensando en nosotros o nomás en Javier?

—Pensando en todos, claro —respondo sonriendo, aunque en realidad lo elegí más para Javier Entiendo algunos dobles sentidos y otros no tanto, pero cuando los capto me hacen gracia y suelto una risita.

Ellos me siguen echando piropos: —Qué piernas tan suaves tienes, carajo.

—Se te ve bien rico el culito con ese vestido, Lolita.

—Estás para comerte enterita.

Yo les contesto con bromas ligeras, manteniendo el respeto pero sin cortarme: —Ay, ustedes son unos exagerados… pero gracias. Mientras tanto, Javier sigue jugando con una mano y con la otra me acaricia la pierna cada vez más arriba, rozando el borde de mi panty. Siento sus dedos fuertes apretando de vez en cuando, como recordándome que soy suya esta noche. Yo estoy feliz. Muy feliz. La diversión ya empezó con todo y, aunque todavía tengo ese nudo de nervios en la panza pensando en lo que pueda pasar después, no puedo dejar de sonreír.

“Qué rico se siente esto… estar sentada en las piernas de mi papi mientras sus amigos me miran y me tocan con la mirada. Espero portarme bien… y que ellos también se porten rico conmigo.” Así pasan dos rondas completas del juego de cartas. Apuestan monedas de a peso y de a cinco, nada serio, solo para tener algo que pelear. Mientras juegan, los hombres no dejan de hacerme plática.

Preguntas que empiezan normales y terminan cargadas de segundas intenciones. Yo les respondo con bromas, usando mi tono juguetón y sarcástico de siempre, pero siempre tratándolos de “usted”.

—Ay, usted… me lo puse porque me gusta sentirme bonita.

Pero si a ustedes les da calor, eso ya es problema suyo, ¿no cree? Todos se carcajean. Otro, el que le dicen El Gordo, suelta: —Pues a mí ya me está dando calorcito, muñeca. ¿No quieres sentarte en mis piernas un rato también?

—Una a la vez, señor —le respondo con una sonrisita inocente pero pícara—. Si no, Javier se pone celoso y ya valió todo.

Javier suelta una risa ronca y me aprieta el muslo con más fuerza, orgulloso. La tercera ronda también pasa entre risas y monedas que cambian de mano. Para la cuarta partida, Javier me ordena con esa voz gruesa que no admite discusión: —Lolita, tráenos otra ronda de chelas. Todos estamos secos.

—Sí, papi —le contesto suave, solo para él.

Me levanto de sus piernas y camino hacia el cuartito que sirve de almacén y oficina al mismo tiempo. El lugar es chiquito y huele a aceite y a humedad. Hay estantes metálicos llenos de cajas de refacciones, llantas viejas apiladas en una esquina y un pequeño refrigerador blanco que zumba fuerte. Me fijo de reojo que hay un sillón nuevo, grande y negro, recién comprado. Se ve igualito al que tiene Javier en la oficina de la tienda.

Abro el refri, saco cinco cervezas bien frías y las cargo como puedo entre los brazos. Regreso a la mesa, las voy abriendo una por una con el abridor que está tirado ahí y se las reparto. Cuando termino, vuelvo a sentarme en las piernas de Javier, acomodándome bien pegadita. Entre partida y partida sigo repartiendo las cartas. Cada vez que le toca a alguien, me piden lo mismo: —Dame un besito de la suerte en las cartas, Lolita.

Si no, no gano. Yo me divierto con eso. Me inclino, les doy un besito sonoro en las cartas que tienen en la mano y les digo con voz dulce: —Ahí tiene, señor. Que le traiga buena suerte… o por lo menos que no pierda todo. Algunos se ríen, otros me miran el escote cuando me agacho. La noche sigue así: yo repartiendo cartas, sirviendo cervezas, riéndome de sus bromas y soltando las mías.

Poco a poco noto cómo cambia el ambiente. Las voces se ponen más altas, más trabadas. Se están emborrachando. Y la forma en que me hablan también cambia: se vuelve más abierta, más cruda, más morbosa.

—Qué rico culito se te ve cuando caminas, Lolita…

—Esa boquita está hecha para otra cosa, ¿verdad, princesita?

—Javier, dile a tu putita que se siente un rato en mis piernas, nomás para calentarlas.

Yo solo sonrío, les sigo el juego con bromas ligeras y miro de reojo a Javier para ver su reacción. Él parece disfrutar que me hablen así. Un rato después, Javier vuelve a pedirme con tono mandón: —Otra ronda de chelas, Lolita. Muévete.

—Sí, papi —respondo obediente.

Cuando me levanto, Javier me da una nalgada fuerte y sonora que retumba en todo el taller. Todos vitorean y aplauden como si fuera un gol.

—¡Así se hace, Javier!

—¡Qué rico suena eso!

Yo doy un pequeño brinco por la sorpresa y suelto una risita. Luego camino hacia el cuarto moviendo el culito más de lo necesario, sabiendo que todos me están mirando. “Qué tontos… pero qué rico se siente que me vean así.” Regreso con las cervezas nuevas. Mientras las voy repartiendo, uno de ellos (El Gordo) me da una nalgada bien puesta cuando paso a su lado. El golpe me hace brincar un poquito.

Yo solo le sonrío coqueta, sin decir nada, y sigo hasta terminar de servir. Cuando por fin me siento de nuevo en las piernas de Javier, él ya no solo me acaricia las piernas por debajo de la falda. Su mano sube más, rozando la orilla de mis bragas. Al mismo tiempo empieza a darme besitos morbosos en el cuello, chupando despacito y mordisqueando. Siento su barba raspándome la piel y me da cosquillas mezcladas con calor.

Me remuevo un poquito en sus piernas, riéndome bajito.

—Ay, Javier… me hace cosquillas —le digo con voz suave, casi aniñada, pero sin apartarme.

Él solo gruñe contra mi cuello y me aprieta más fuerte contra su cuerpo. Yo siento cómo se le está poniendo duro debajo de mí. El corazón me late fuerte otra vez. Nervios y excitación pura. La noche se está poniendo cada vez más caliente y, aunque todavía tengo ese nudo en la panza pensando en lo que pueda pasar después, no puedo negar que me encanta estar aquí, siendo el centro de atención de todos estos hombres.

“Esto es exactamente lo que quería probar… y está saliendo mejor de lo que imaginaba. Solo espero no ponerme demasiado nerviosa cuando las cosas se pongan más serias.” La noche sigue avanzando así, entre risas, cervezas y monedas que van y vienen sobre la mesa de lámina. En algún momento Javier me mira con esa cara de macho caliente y me ordena con voz ronca: —Lolita, pon otro disco en la grabadora.

Esta música ya está vieja.

—Sí, papi —le contesto obediente.

Me levanto de sus piernas y, como era de esperarse, recibo otra nalgada fuerte de Javier que resuena en todo el taller. Yo suelto una risita divertida, me giro un poquito y le mando un beso de piquito al aire, coqueta.

—Qué manos tan rápidas tienes papi…

Camino hasta la mesa de trabajo que está atrás de ellos. La grabadora vieja está ahí, rodeada de herramientas y piezas sueltas. Saco el CD pirata que estaba sonando y miro la pequeña fila de discos baratos que tienen. Escojo uno que dice “Reggaetón y Perreo 2025” con letras brillantes. Lo meto y le doy play. De inmediato sale un sonido fuerte, una mezcla bien perrona entre reggaetón y música de antro, con un DJ que grita “¡Sube, sube!” cada tanto.

El bajo hace vibrar un poco la mesa. Ya de pie aprovecho para ir otra vez al cuartito del refri. Saco otras cinco cervezas frías y regreso balanceándolas con cuidado. Cuando las empiezo a repartir, uno de los hombres (el que le dicen El Pelón) en lugar de darme una nalgada me acaricia el culito con la mano abierta, despacio y tierna, como si estuviera apreciando mercancía. No la quita rápido.

La deja ahí un rato, apretando suave. Yo solo sonrío, sintiendo el calor de su palma a través del vestido fino.

—Qué suave está esto… —murmura él.

Yo sigo repartiendo sin decir nada, solo con una sonrisita pícara. Cuando termino de servir y me voy a sentar de nuevo en las piernas de Javier, de repente uno de sus amigos me toma de la cintura con las dos manos y me jala fuerte hacia él. Suelto un gritito de sorpresa mezclado con risa: —¡Ay! ¡Qué bruto! jajajajaja… El hombre me sienta en sus piernas a la fuerza, bien pegada contra su cuerpo.

Se llama Raúl. Es el más joven de los cuatro, como de cuarenta y siete, fuerte y con manos callosas de tanto trabajar con herramientas.

—Ahora es mi turno, princesita —dice riéndose, abrazándome por detrás.

Yo volteo a ver a Javier, buscando su reacción. Él solo asiente con la cabeza y me dice con tono posesivo: —Está bien, Lolita. Siéntate ahí un rato. Yo sonrío y me acomodo mejor en las piernas de Raúl, cruzando las mías con coquetería.

—Ay, nene… qué fuerte me jalaste —le digo con voz dulce y coqueta, llamándolo “nene” para provocarlo un poquito.

Los otros hombres empiezan a quejarse de inmediato, entre risas y morbo: —¡Órale, no seas egoísta, Raúl!

—¡Nosotros también queremos!

—¡Que se siente con todos, carajo!

Y así empieza el juego nuevo. Durante las siguientes partidas, cada vez que me levanto para repartir cartas o traer más cervezas, termino sentada en las piernas de uno diferente. Cada uno me trata a su manera y me acaricia distinto. Con Chuy (el que me abrió la puerta) es más directo y posesivo: me aprieta los muslos con fuerza y me huele el cuello. Con El Gordo es más suave pero muy baboso: me pasa las manos por la cintura y me dice al oído lo rica que me veo.

Con El Pelón es juguetón: me da palmadas suaves en el culo y se ríe cuando me remuevo. Y con Raúl… bueno, Raúl ya está más atrevido y me mantiene bien pegada contra su paquete, que ya se siente duro. Mientras más avanza la noche, más borrachos se ponen. Las voces se traban, las risas son más fuertes y las caricias se vuelven más morbosas. Ya no se cortan tanto.

En una de las partidas, el hombre que me tiene en las piernas en ese momento (El Pelón) ya ni siquiera juega. Deja las cartas sobre la mesa y se dedica por completo a acariciarme el cuerpo de forma descarada. Sus manos suben por mis costados, me aprietan la cintura, bajan a los muslos y luego intentan subir más. Yo estoy muy excitada para ese momento, el vestido ya se me ha subido bastante y siento el calor de su cuerpo contra el mío.

Me río con ellos, sigo haciendo bromitas, pero también tengo que moverme rápido para evitar que me toquen directo la vagina o los senos. Algunas veces sí lo logran por unos segundos. Una mano se cuela entre mis piernas y roza mi intimidad por encima de las bragas. Otra me aprieta una teta por un instante. Yo doy un pequeño brinco y me río, quitando la mano con suavidad pero firme.

—Ay, nene… quietecito —le digo juguetona, aunque por dentro pienso: “Dios… ya me tienen bien caliente.

Me está gustando demasiado esto, pero todavía tengo que controlarme un poquito”. Estoy feliz. Muy feliz. El corazón me late fuerte, tengo calor por todo el cuerpo y esa mezcla de nervios y excitación no se me quita. Verlos cada vez más borrachos y más morbosos conmigo me prende de una forma que no esperaba. Siento que soy el centro de todo, la putita que trajeron para divertirse… y la verdad es que yo también me estoy divirtiendo mucho.

Javier nos mira desde su lugar, sonriendo satisfecho, como el dueño del juguete que todos quieren probar. Yo lo miro de vez en cuando, buscando su aprobación, porque al final de la noche él es mi hombre.

—Ahora te toca con ese cabron, Lolita —me dice Javier con una sonrisa posesiva.

Yo camino los dos pasos que me separan de El Gordo y me siento en sus piernas anchas y fuertes, acomodándome bien pegadita contra su barriga grande.

—Ay, bebé… qué calentito estás —le digo con voz dulce y coqueta, pasándole un brazo por el cuello para mantenerme estable.

El Gordo suelta una risa ronca y me rodea la cintura con uno de sus brazos gruesos. Seguimos jugando la partida. Yo estoy repartiendo las cartas desde su regazo, inclinándome hacia la mesa cada vez que toca. Cuando termino de dar la última carta, me distraigo un segundo acomodando el montón y, sin pensarlo, me abrazo a su cuello como he estado haciendo con todos. En ese preciso momento El Gordo aprovecha.

Me planta un beso directo en la boca, fuerte y húmedo, metiendo la lengua sin pedir permiso. Siento su bigote rozándome los labios y el sabor a cerveza en su aliento. Yo suelto un sonido de sorpresa contra su boca y luego me separo riéndome, apenada pero divertida. Me cubro la boca con la mano un segundo y le digo con tono juguetón: —Ay, bebé… qué ladroncito eres. Ni me avisaste.

¿Así nomás se roba un beso en este taller? Todos se ríen fuerte. El Gordo también se carcajea, orgulloso de su jugada. Mientras tanto, siento su mano grande subiendo despacio por la cara interna de mi muslo. Al principio lo dejo. Me gusta la sensación caliente de su palma contra mi piel. Pero cuando sus dedos gruesos llegan muy cerca de mi vagina, rozando el borde de mis bragas, me retuerzo en su regazo y tomo su mano con la mía, deteniéndolo suavemente.

—Bebé… quietecito por ahí —le digo bajito, con una sonrisa nerviosa pero firme.

Los demás, que siguen jugando sus cartas, no pierden detalle y empiezan a soltar comentarios morbosos y obscenos: —¡Órale Gordo, métale mano de una vez!

—¡Mírala cómo se retuerce la putita!

—Dale otro besito, carnal, a ver si se abre más.

—Javier, dile a tu hembra que no sea tan tímida.

Yo me río, pero siento el calor subiéndome por todo el cuerpo. Estoy muy excitada ya. El Gordo no se da por vencido. Me mira con ojos vidriosos por el alcohol y me dice casi gruñendo: —Dame un beso de verdad, Lolita. Uno rico, como Dios manda. Intenta besarme otra vez a la fuerza, acercando su cara. Yo me hago un poquito para atrás. Le pongo un dedo en los labios y le hablo con voz suave y aniñada: —Ay, bebé… no seas ansioso.

Los hombres vitorean y aplauden. El Gordo insiste, pero yo sigo jugando, moviendo la cara de un lado a otro con sonrisitas, hasta que finalmente cedo. Me acerco despacio, le tomo la cara con las dos manos y le doy un beso profundo, lento y húmedo. Dejo que su lengua entre, le correspondo con ganas, moviendo la mía contra la suya. Siento su bigote raspándome, su aliento caliente y el sabor fuerte de la cerveza.

El beso dura varios segundos, mojado y cargado de morbo. Escucho los aplausos, los vitores y los comentarios subidos de tono a nuestro alrededor: —¡Así se besa, carajo!

—¡Qué puta tan rica!

—¡Mírala cómo le entra!

Cuando nos separamos, tengo los labios hinchados y un poco de saliva en la comisura. Me limpio con el dorso de la mano y suelto una risita bajita, todavía sentada en sus piernas. El corazón me late rapidísimo. Ese beso me dejó caliente por dentro: sentí su deseo crudo, su hambre, y cómo me trataba como algo que podía tomar. Me gustó. Mucho. Aunque también me puso más nerviosa porque sé que la noche apenas está empezando a ponerse seria.

“Dios… qué beso tan rico me dio. Me dejó toda mojada ya. Pero todavía tengo que controlarme un poquito… no quiero que se emocionen demasiado pronto.” El Gordo se ve satisfecho y me aprieta el muslo con más fuerza. Los demás siguen jugando, pero el ambiente ya está cargado de pura lujuria borracha. Yo sigo repartiendo cartas, sirviendo cervezas y cambiando de piernas cuando me lo ordenan, usando los apodos de cariño con cada uno: —Aquí tienes tu carta, cariño…

—Bebé, no mires tanto…

—Corazón, te toca a ti…

—Nene, pórtate bien…

Y así continúa la noche, cada vez más caliente, más borracha y más peligrosa. Yo estoy feliz, excitada y con ese nudo de nervios en la panza que no se me quita, porque sé que en cualquier momento Javier puede decidir subir el nivel. Ya están completamente borrachos. Se nota en todo: en cómo arrastran las palabras, en las risas que se les salen sin control y en la forma tan descarada en que me miran y me tocan.

Cada vez que me siento en las piernas de uno de ellos pasa prácticamente lo mismo. Intentan meterme mano en los senos o directo entre las piernas. Yo me retuerzo juguetona, me río y les quito la mano con suavidad, aunque por dentro estoy cada vez más caliente y nerviosa. Cuando por fin me toca sentarme de nuevo con Javier, no espero a que él haga nada. Me inclino y lo beso apasionadamente, metiendo mi lengua en su boca con ganas.

Él me corresponde apretándome contra su cuerpo. Ese beso sabe a cerveza y a dominio. Me encanta.

—Papi… —le susurro contra los labios antes de separarme.

Un rato después Javier me ordena con voz pastosa: —Lolita, tráenos otra ronda de chelas.

—Sí, papi.

Me levanto y camino al cuartito del refri. De regreso veo a El Pelón ponerse de pie para ir al baño; se tambalea un poco y tiene que apoyarse en la pared. Sonrío para mis adentros. “Pobrecito corazón, ya va bien pedo.” Reparto las cervezas frías y me siento otra vez en las piernas de Javier. Para este momento los hombres ya ven casi normal que haya una mano metida entre mis piernas intentando tocarme la vagina.

Javier lo intenta también. Siento sus dedos gruesos subiendo por el interior de mi muslo. Lo miro a los ojos y pasa algo rápido por mi cabeza: “Es mi hombre de esta noche… él puede”. Sonriendo, sin soltar su mano, dirijo sus dedos hasta mi vagina y los aprieto contra mí por encima de las bragas. Siento el calor de su palma presionando justo ahí. Le doy besitos coquetos en la mejilla y en los labios mientras lo hago.

—Así, papi… tóqueme si quiere —le digo bajito, con voz dulce.

Javier gruñe satisfecho y me frota un poco más fuerte. Yo me muerdo el labio y sonrío. Poco después cambio de hombre otra vez. Ahora estoy sentada con El Pelón. Cuando él intenta tocarme la vagina, miro a Javier. Él solo mueve la cabeza afirmativamente. Entonces lo dejo. Siento los dedos de El Pelón, más torpes por la borrachera, acariciándome por encima de las bragas. Es un roce insistente, caliente y un poco descoordinado.

Me recorre un escalofrío. Siento cómo se me humedece la tela y cómo mi cuerpo responde aunque yo intente controlarme. Es una sensación intensa, casi eléctrica, que me hace apretar los muslos sin querer. Después tengo que levantarme para repartir cartas. Apenas me pongo de pie, los hombres que tengo a cada lado aprovechan y me dan nalgadas fuertes, una tras otra. El sonido seco de sus manos contra mi culo resuena.

Yo sonrío mientras sigo repartiendo las cartas, sin quejarme.

—Qué rico tiene el culito esta putita, carajo —suelta uno.

—Está para cogérsela toda la noche —dice otro.

Yo les contesto con voz tierna y coqueta: —Ay, ustedes… qué cosas tan lindas me dicen. Me siento en las piernas de otro (ahora con Raúl otra vez).

—Nene… —le digo cariñosamente, como si estuviera hablando con un niño chiquito que necesita mimos, pero unos mimos bien morbosos y lujuriosos.

Él está bien borracho y empieza a besarme el cuello de inmediato, chupando y mordisqueando. Yo me dejo hacer, me río bajito y le hago bromitas: —Ay, nene… qué ansioso estás hoy. Vas a dejarme toda marcada. Mientras tanto, consciente de todos, les hablo a todos.

—Bebé, no te pongas celoso…

—Corazón, ya te toca otra carta…

—Cariño, ¿quieres más chela?

El hombre con el que estoy (Raúl) empieza a manosearme los senos por encima del vestido, apretándolos con ganas. Siento sus manos grandes estrujando y sus dedos buscando los pezones. Me excita mucho, pero también me pone nerviosa lo rápido que está avanzando todo. Cambio de hombre otra vez. Ahora estoy con Chuy. Él está bien pedo y me habla con groserías fuertes: —Qué puta tan pendeja eres, Lolita… mírate, toda abierta para nosotros.

A mí me gusta que me hable así. Me prende. Le respondo con cariño y mimos, acariciándole la cara: —Ay, cariño… no me hables tan feo. Yo soy tu putita buena, ¿verdad? Cuando intenta besarme, me dejo. Nos besamos fuerte, con lengua, mientras los demás hacen comentarios morbosos: —Mírala cómo besa al cabrón.

—Qué puta tan golfa.

—Dale duro, Chuy.

Yo tomo su mano y la coloco directamente sobre uno de mis senos para que me lo acaricie. Él lo aprieta con fuerza mientras seguimos besándonos. Cuando termina la siguiente partida tengo que levantarme por más cerveza. El hombre con el que estoy (El Gordo) se pone necio y no me quiere soltar. Me agarra fuerte de la cintura.

—Quédate aquí, pinche puta…

—Ay, bebé… tengo que atender a los demás también.

Pero te prometo que después vuelvo solo contigo y te doy muchos besitos, ¿sí? Sé buenito… Solo así me suelta, y antes de que me vaya me da una nalgada bien fuerte. Yo sonrío y camino al refri. Regreso, reparto las cervezas y me siento con otro (El Pelón otra vez). Casi de inmediato empieza a acariciarme la vagina, esta vez más brusco. Sus dedos frotan con fuerza por encima de las bragas.

Me retuerzo riendo, divertida, pero también tengo que hacer un esfuerzo enorme para no gemir. Me muero de ganas de soltar un gemido, pero me aguanto apretando los labios.

—Ay, corazón… qué manos tan inquietas tienes —le digo entre risitas, tratando de controlar la respiración.

Así termina otra ronda. Cuando estoy repartiendo las últimas cartas de la partida, Javier se pone de pie de golpe. No dice ni una sola palabra cuando me jala del brazo. Su mano grande y callosa me aprieta la muñeca con fuerza posesiva mientras me lleva casi a rastras hacia el cuartito que sirve de almacén y oficina. El corazón me late tan fuerte que lo siento en las sienes y en la garganta.

Apenas cierra la puerta detrás de nosotros con un golpe seco, el bullicio de la música de reggaetón y las voces borrachas de los mecánicos se amortigua un poco, pero todavía se escuchan claramente a través de la lámina delgada. Ese sonido lejano me recuerda que ellos están ahí afuera, esperando, escuchando… y eso me pone todavía más nerviosa y más caliente al mismo tiempo. Estoy exageradamente excitada. Tengo las piernas débiles, las manos ligeramente temblorosas y siento un calor húmedo y pegajoso entre mis muslos que ya empapa mis bragas.

Mi mente no para de correr: “Esto es lo que quería probar… ser la putita de Javier frente a sus amigos. Pero Dios, nunca había sentido tanta mezcla de nervios y deseo en mi vida. ¿Y si gimo muy fuerte? ¿Y si me escuchan todo?” Javier me lleva directo hacia el sillón nuevo que vi antes. Es grande, de piel negra, todavía huele a nuevo. Sin delicadeza alguna, me inclina solo el torso sobre el respaldo alto del sillón, dejando que mis pies queden bien plantados en el piso de cemento frío.

Con su pie derecho me separa las piernas de un movimiento brusco, abriéndome. Siento el aire del cuarto rozando la piel caliente de mis muslos internos. Luego, sin aviso, mete las manos debajo de mi vestido corto y me baja la pantaleta de un solo tirón hasta las rodillas. La tela se queda ahí, enrollada, limitando un poco mis movimientos. Me siento expuesta, vulnerable… y absurdamente deseada. “Madre mía… ya estoy toda abierta para él.

Soy su puta esta noche. Su putita estrecha que solo quiere que la usen. Qué vergüenza tan rica.” Siento la cabeza gruesa de su verga presionando contra mi entrada. Javier es grande y yo, a pesar de lo mojada que estoy, estoy muy estrecha esta noche. La excitación me tiene tan sensible que todo se siente más intenso. Empieza a empujar despacio, pero con fuerza. Siento cómo mi cuerpo se resiste un segundo, cómo mis paredes internas se estiran lentamente alrededor de él.

Es una presión profunda, caliente, que me llena centímetro a centímetro. Cada milímetro que entra me provoca un escalofrío que me recorre toda la columna vertebral. Mi vientre se contrae, mis piernas tiemblan ligeramente y un calor líquido me sube desde lo más profundo de mi sexo hasta el pecho. “Qué rico… Dios santo, qué rico se siente. Me está abriendo toda. Soy su puta” Cuando por fin logra metérmela hasta el fondo, hasta que sus caderas chocan contra mi culo, suelto un fuerte gemido liberador que sale desde lo más profundo de mi garganta.

Es un gemido largo, agudo y lleno de alivio y placer acumulado. No puedo contenerlo. Todo el nerviosismo, las caricias de los otros hombres, las miradas, las nalgadas y la tensión de la noche entera explotan en ese sonido.

—Qué puta tan estrecha estás hoy, Lolita —gruñe Javier contra mi oído, con la voz ronca y cargada de morbo—. Te cuesta trabajo que te la meta, ¿verdad?

Pero mírate… ya te la metí toda hasta el fondo. Eres mía, putita. Empieza a moverse. Al principio con movimientos lentos y profundos, saliendo casi por completo y volviendo a entrar con fuerza. Cada embestida me hace sentir cómo me abre, cómo me llena, cómo mi cuerpo se adapta a él. Y entonces llega. El orgasmo me golpea muy rápido, demasiado rápido. Todo el deseo acumulado explota dentro de mí en una ola caliente y violenta.

Mi vagina se contrae alrededor de su verga en espasmos fuertes, mi cuerpo entero tiembla y mis rodillas casi se doblan. Es un orgasmo intenso, de esos que te dejan sin aire. Me tapo la boca con las dos manos desesperadamente, intentando ahogar los gemidos. Me da mucha vergüenza que los hombres de afuera me escuchen así, gimiendo como una puta en celo. Pero Javier no me lo permite. Con un movimiento brusco y dominante me quita las manos de la boca, las junta detrás de mi espalda y las sujeta con una sola de sus manos grandes.

Me tiene completamente inmovilizada, dominada, con el torso inclinado sobre el sillón y las manos atrapadas en la espalda. Ya no puedo taparme. Y empiezo a gemir fuerte. Muy fuerte. Gemidos que salen sin control, agudos, entrecortados, llenos de placer. Cada vez que él empuja profundo, un gemido nuevo escapa de mi boca. Desde afuera se escucha todo. Los mecánicos empiezan a aplaudir, a gritar y a soltar comentarios morbosos de felicitación: —¡Órale Javier, así se coge!

—¡Dale duro, carnal!

¡Que se oiga bien esa puta!

—¡Escúchenla cómo gime la cabrona!

¡Qué rica suena!

—¡Qué hembra tan caliente trajiste, pinche afortunado!

—¡Cógela más fuerte, Javier!

¡Que grite más! Cada comentario me hace gemir todavía más fuerte. Saber que me están escuchando, que están celebrando cómo Javier me está cogiendo, que comentan lo rico que sueno cuando gimo… todo eso multiplica mi excitación. Mi mente es un caos delicioso: “Me están oyendo… todos me están oyendo gemir como su puta. Qué vergüenza tan grande… pero qué rico se siente. Soy la putita de Javier y ellos lo saben.

Me encanta que me escuchen. Me encanta ser esto esta noche.” Javier sigue moviéndose más fuerte, más profundo, sujetándome las manos con firmeza en la espalda mientras su otra mano me agarra la cadera con rudeza. Cada embestida hace que mi cuerpo se sacuda contra el sillón. Yo solo puedo gemir, temblar y dejar que el placer me recorra una y otra vez. Los orgasmos vienen en oleadas cortas pero intensas.

Mi mente no para de repetirlo: Javier no para. Al contrario, cada vez me coge más rápido. Sus caderas chocan contra mi culo con un ritmo fuerte y constante que hace que todo mi cuerpo se sacuda contra el respaldo del sillón nuevo. Siento cómo su verga entra y sale de mí con más urgencia, más profundidad, llenándome por completo cada vez. El sonido húmedo de nuestros cuerpos chocando se mezcla con mis gemidos que ya no puedo controlar.

De repente siento dos nalgadas fuertes, sonoras, que me queman la piel. Su mano grande cae con fuerza sobre mi culo una vez, y luego otra.

—Qué puta tan rica eres, Lolita —gruñe cerca de mi oído, con la voz ronca y entrecortada por el esfuerzo—. Te encanta que te coja así, ¿verdad?

Te encanta que todos te escuchen gimiendo como mi putita personal. Otra nalgada más.

—Mírate…

Eres mía esta noche. Mi puta estrecha que solo sirve para que yo la llene. Cada palabra suya me recorre el cuerpo como electricidad. Me pone todavía más caliente. Estoy a punto de llegar a mi orgasmo. Lo siento venir, ese nudo apretado en el vientre que se hace más y más intenso. Mis piernas tiemblan, mi respiración se vuelve rápida y superficial. Estoy tan cerca… tan cerca… Javier no para.

Al contrario, cada vez me coge más rápido. Sus caderas chocan contra mi culo con un ritmo fuerte y constante que hace que todo mi cuerpo se sacuda contra el respaldo del sillón nuevo. El sonido húmedo y obsceno de piel contra piel llena el cuartito. Siento cómo su verga entra y sale de mí con más urgencia, más profundidad, golpeando fuerte en lo más hondo. Cada embestida me roba el aliento y me hace soltar gemidos que ya no controlo.

De repente siento dos nalgadas fuertes y sonoras que me queman la piel. Su mano grande cae con fuerza sobre mi culo, una vez y luego otra.

—Qué puta tan rica eres, Lolita —gruñe cerca de mi oído, con la voz ronca y entrecortada—. Te encanta que te coja así, ¿verdad?

Te encanta que todos te escuchen gimiendo como mi putita personal. Otra nalgada más, esta vez más fuerte.

—Mírate… toda abierta para mí en este sillón.

Eres mía esta noche. Mi puta estrecha que solo sirve para que yo la llene. Cada palabra suya me recorre el cuerpo como electricidad. Me pone todavía más caliente. Estoy a punto de llegar a mi orgasmo. Lo siento venir, ese nudo apretado en el vientre que se hace más y más intenso. Mis piernas tiemblan, mi respiración es rápida y superficial. Estoy tan cerca… tan cerca…

—Dime, putita… ¿vas a ser una perrita obediente para mí esta noche?

Yo dudo un segundo. El placer es tan intenso que me cuesta pensar. Mi mente está nublada, pero logro responder entre gemidos entrecortados, con la voz temblorosa pero segura: —Sí… sí, papi… voy a ser una perrita obediente… Javier no se conforma. Sigue cogiéndome fuerte mientras insiste: —¿Segura? ¿Vas a hacer todo lo que yo te diga? ¿Todo? Esta vez no dudo. El placer y la sumisión me recorren el cuerpo entero.

Respondo con más seguridad, gimiendo fuerte: —Sí, papi… voy a hacer todo lo que usted me diga… todo… Javier gruñe satisfecho, pero sigue insistiendo, queriendo asegurarse, queriendo oírlo de mi boca mientras me tiene dominada: —¿Todo, Lolita? ¿Aunque te diga que te dejes coger por quien yo quiera? Dime que sí, perrita. Sin dudar ya, con la voz entrecortada por los gemidos y el placer, respondo claramente: —Sí, papi… todo… haré todo lo que usted me ordene…

Entonces Javier empieza a cogerme muy fuerte, casi con rabia. Embistes profundas, rápidas y brutales que me hacen gritar. Y en ese preciso momento siento cómo se corre dentro de mí. Su verga palpita fuerte, se hincha y empieza a soltar chorros calientes y espesos de leche directamente en lo más profundo de mi vagina. La sensación es intensa y abrumadora. Siento cada pulsación, cada chorro caliente que me llena.

Es un calor espeso, pegajoso, que se expande dentro de mí. Algunos chorros son tan fuertes que casi los siento golpear contra el fondo. Poco a poco mi interior se va llenando, se vuelve más resbaladizo, más caliente. Siento cómo la leche de Javier se mezcla con mis propios jugos y empieza a rebosar, saliendo un poco alrededor de su verga todavía enterrada en mí. Es una sensación sucia, morbosa y deliciosamente prohibida.

Mi cuerpo tiembla sin control mientras él sigue empujando un par de veces más, vaciándose por completo. “Dios mío… me está llenando toda. Siento su leche caliente adentro, tan espesa, tan abundante. Me está marcando por dentro. Soy su puta… su puta que se deja llenar sin condón porque él es mi hombre esta noche. Qué morboso se siente… qué rico y qué sucio al mismo tiempo.” Poco a poco Javier va disminuyendo el ritmo.

Sus embestidas se vuelven más lentas, más cortas, hasta que finalmente se detiene. Yo todavía estoy temblando, con la respiración agitada, pero no llegué al orgasmo completo. Me quedo ahí, frustrada y aún más excitada, con el cuerpo pidiendo más. Siento cómo saca su verga de mí lentamente. Un hilo espeso de leche se escapa inmediatamente y empieza a correr por el interior de mi muslo. Javier me da una última nalgada fuerte que me hace brincar.

—No tardes, putita —me dice con tono mandón y satisfecho—. Todavía falta mucho esta noche.

No creas que ya terminaste de atender a tus hombres. Y sin decir más, se sube el pantalón, abre la puerta y sale del cuartito, dejándome sola. Me quedo unos segundos inclinada sobre el sillón, intentando recuperar el aliento. Tengo espasmos suaves de placer recorriéndome el cuerpo. Siento la leche caliente de Javier saliendo poco a poco de mi vagina y corriendo por mis piernas. Es una sensación pegajosa, tibia, que me recuerda constantemente lo que acaba de pasar.

“Esto ha sido uno de los orgasmos más morbosos que he tenido en mi vida… y ni siquiera me corrí una segunda vez. Todo por la situación: los gritos de afuera, saber que me estaban escuchando, sentirme usada por mi hombre frente a sus amigos… Qué loca estoy, pero qué rico se siente.” Me incorporo lentamente. Las piernas me tiemblan un poco. Me subo la pantaleta hasta los muslos, pero no me la pongo todavía.

Camino con pasos cortos y cuidadosos hacia el baño que está dentro del mismo cuartito. Me sorprende verlo tan limpio. Se nota que lo limpiaron especialmente para mí: el lavabo brilla, hay jabón nuevo y hasta una toalla húmeda preparada. Sonrío por dentro. “Qué detallistas…” Tomo la toalla húmeda y comienzo a limpiarme las piernas con cuidado. La leche de Javier está embarrada en el interior de mis muslos, dejando rastros brillantes y pegajosos.

La limpio lo mejor que puedo, pero todavía siento cómo sigue saliendo un poco de adentro de mí. Pienso mientras me limpio: “He dejado que Javier me la meta sin condón porque él es mi hombre esta noche. Confío en él. Me gusta sentirlo así, natural, sin barreras… aunque sé que después tendré que ser más cuidadosa.” Me apoyo en el lavabo y meto dos dedos suavemente en mi vagina.

El contacto me provoca un espasmo de placer inmediato que me hace soltar un gemidito bajito. Saco los dedos cubiertos de su leche espesa y blanca, y los limpio en la toalla. Repito el proceso varias veces: meto los dedos, saco todo lo que puedo, limpio. Cada vez que lo hago siento oleadas de placer que me recorren el cuerpo. Tengo que morderme el labio para no gemir más fuerte.

Repito el proceso con paciencia, entre pequeños temblores de placer, hasta que siento que ya saqué la mayor parte posible y que mi pantaleta no se va a manchar demasiado. Finalmente me subo la pantaleta, me acomodo el vestido, me paso las manos por el pelo para arreglarme un poco y respiro profundo. “Listo… ya estoy presentable. O por lo menos lo más presentable que puedo estar después de que mi hombre me haya cogido como puta en este sillón.”

Me miro un segundo en el pequeño espejo del baño. Tengo las mejillas sonrojadas, los labios hinchados y los ojos brillantes. Sonrío con picardía. Salgo del cuartito y regreso al área donde están jugando las cartas. El ambiente sigue igual de cargado: música fuerte, risas borrachas y miradas que se clavan en mí en cuanto aparezco. Javier ya está sentado de nuevo en su lugar, con una sonrisa satisfecha en la cara.

—¡Órale, Javier!

¡Sí que eres todo un hombre, cabrón!

—¡Qué manera de coger, carnal!

¡La hiciste gritar como loca!

—¡Escuchamos todo, Lolita!

¡Qué rica gimes, puta madre!

—¡Qué hembra tan caliente!

¡Felicidades por esa voz tan sabrosa! Siento que me arden las mejillas. Me da mucha vergüenza que me digan todo eso tan directo, que sepan exactamente cómo gemí, que hayan escuchado cada sonido que salió de mi boca. Pero al mismo tiempo… me siento alagada. Muy alagada. Una parte de mí disfruta saber que les gustó escucharme, que les excitó oírme gemir mientras Javier me cogía. Sonrío con timidez, bajando un poco la mirada, pero sin dejar de caminar hacia la mesa.

Me siento otra vez en las piernas de quien me toque en ese momento y tomo el montón de cartas para repartir la siguiente ronda. Mientras las voy dando, todavía con las mejillas calientes, respondo con voz suave: —Ay, ustedes… qué exagerados son.

—Dime la verdad, Lolita…

¿Javier te la cogió bien fuerte o nomás te hizo gemir de mentiras? —pregunta con una sonrisa borracha y morbosa. Yo lo miro y respondo con orgullo, queriendo dejar bien a Javier frente a sus amigos: —Ay, cariño… me cogió bien fuerte. Muy fuerte. Javier sabe cómo tratar a una mujer. Chuy sigue manoseándome mientras insiste: —¿Y te dolió? ¿Te dolió cuando te la metió toda? Niego con la cabeza, todavía sonrojada pero cada vez más desinhibida.

—No… fue más el placer que sentí.

Mucho placer. Los demás empiezan a pedir detalles, hablando todos al mismo tiempo: —¿Cómo te la metió? ¿Te la metió hasta el fondo?

—¿Gritaste mucho cuando se corrió adentro?

—¿Te llenó bien la panocha o todavía tienes hambre?

Me siento apenada y alagada al mismo tiempo. Me da vergüenza hablar de eso tan abiertamente, pero también me excita ver cómo se ponen de calientes solo con recordar lo que pasó. Poco a poco voy respondiendo más divertida, más suelta, soltando bromas con mi humor característico: —Ay, bebés… si les cuento todo van a querer que Javier me vuelva a llevar al cuartito y no van a terminar de jugar nunca —digo riéndome bajito—.

Y sí, me llenó… pero una dama no da tantos detalles, ¿o sí? Ellos se ríen fuerte y siguen molestándome con comentarios groseros. Yo ya estoy más relajada y les sigo el juego con bromitas: —Corazón, si sigues preguntando tanto voy a pensar que estás celoso de Javier. Así continúa la noche. Voy cambiando de piernas constantemente. Me siento en uno, luego en otro. Dejo que me toquen los senos, que me los aprieten y acaricien por encima y por debajo del vestido.

Dejo que me besen y chupen el cuello, que me metan la lengua en la boca cuando quieren. Dejo que el que tenga ganas me toque la vagina por encima de la pantaleta. Cada vez que me levanto para repartir otra ronda de cervezas, los hombres que están sentados a cada lado de mí aprovechan. Me tocan el culito al mismo tiempo. A veces me dan nalgadas fuertes que resuenan, otras veces cada uno toma una nalga con su mano y la acaricia, la aprieta, la manosea como si fuera de su propiedad.

Yo solo sonrío y sigo repartiendo las chelas, sintiendo sus manos calientes sobre mi piel. En otra ocasión, mientras estoy de pie sirviendo, uno me acaricia el culito por detrás y otro, más atrevido, mete la mano por debajo de mi falda. Siento cómo hace a un lado mi pantaleta con los dedos y mete un dedo directamente en mi vagina, todavía húmeda y resbaladiza por la leche de Javier y mi propia excitación.

El dedo entra fácil y me hace temblar de golpe. Casi tiro la cerveza que estoy sirviendo en ese momento.

—¡Cuidado, Lolita! —se burlan todos riendo de forma morbosa y grosera—. ¡Mírenla cómo tiembla la putita!

—¡Ya la traes bien abierta y sensible!

—¡Qué dedo tan suertudo, carnal!

Yo tiemblo, apretando los muslos, y le pido al hombre de forma cariñosa y mimosa, con voz dulce y casi aniñada: —Ay, cariño… sé más tranquilo, por favor… no seas tan brusco. No quiero tirar la cerveza, bebé… El hombre se ríe y responde con la voz pastosa: —Está bien apretada todavía, Lolita… se siente rica. Yo le sonrío, todavía temblando un poco por la sensación, y le contesto con ternura: —Gracias, cariño… me alegra que te guste.

Sigo repartiendo las cervezas como si nada, aunque por dentro estoy ardiendo. La noche se ha vuelto completamente loca. Ya no hay límites claros. Voy de pierna en pierna, dejo que me toquen donde quieran, que me besen, que me manoseen. Cada vez estoy más desinhibida, más metida en el papel de su putita de la noche. Y aunque todavía siento ese nudo de nervios en la panza —porque sé que Javier prometió que la noche apenas empieza y que seré su perrita obediente—, también estoy feliz, excitada y sorprendentemente cómoda con todo lo que está pasando.

El hombre que me tiene en sus piernas en este momento (Raúl, mi “nene”) no para de manosearme todo el cuerpo. Sus manos grandes recorren mis muslos, suben por mi cintura, me aprietan las tetas por encima del vestido y luego bajan otra vez. Yo me río bajito y le digo con voz juguetona: —Ay, nene… si sigues tocándome tanto vas a desgastar el vestido. ¿Quieres que me quede desnudita para ti?

Todos se ríen. Yo sigo repartiendo las cartas mientras hago comentarios que los hacen carcajear. Mi humor está en su punto más ácido y coqueto. Me siento ligera, deseada y extrañamente poderosa, aunque sepa que soy yo la que está siendo tocada por todos. De pronto uno de ellos, El Pelón (mi “corazón”), se pone de pie tambaleándose bastante. Va tan pedo que tiene que apoyarse en la mesa y en la pared para caminar hacia el baño.

Se tambalea de un lado a otro como barco en tormenta. Yo lo miro y suelto una risita: —Cuídese, corazón… no se vaya a caer y nos deje sin jugador. Sigo repartiendo cartas. Apenas termino la ronda, cambio de hombre otra vez. Ahora estoy en las piernas de Chuy (mi “cariño”). Apenas me siento, él me toma de la nuca con firmeza, me acerca la cara y me besa con ganas, metiendo la lengua profundamente.

Al mismo tiempo mete su otra mano entre mis piernas, hace a un lado mi pantaleta con los dedos y me mete un dedo directo en la vagina. Ya estoy muy mojada, así que entra fácil. Siento cómo me abre y cómo su dedo se mueve dentro de mí. Estoy completamente desinhibida. Ya no me resisto. Solo gimo bajito contra su boca y le correspondo el beso. Mientras tanto, veo de reojo cómo Javier se levanta solo y camina hacia el almacén-oficina sin decir nada.

No sé qué va a hacer ahí, pero sigo repartiendo cartas como si nada, aunque el dedo de Chuy sigue moviéndose lento dentro de mí. Minutos después Javier regresa. Se sienta y con voz gruesa y mandona me ordena: —Lolita, tráenos otra ronda de chelas.

—Sí, papi —respondo obediente.

Me levanto de las piernas de Chuy y, antes de que me aleje, él me da una nalgada fuerte. Como ya estoy bien desinhibida, camino alrededor de la mesa contoneando las caderas y parando el culito de forma exagerada, ofreciéndome. Paso lento junto a cada uno de ellos, provocándolos. Y efectivamente, todos me dan su nalgada: algunos suaves, otros fuertes y sonoras. Yo solo me río y sigo caminando con una sonrisita pícara.

Voy al refri, saco las cervezas frías Me doy cuenta que el sofa se a convertido en cama pero no le pongo atención proque quiero regresar rapido. Mientras estoy de pie sirviéndolas alrededor de la mesa, dos de ellos empiezan a acariciarme el culito al mismo tiempo. Otro me acaricia las piernas. Las manos se encuentran debajo de mi falda corta. Siento dedos por todos lados: en mis nalgas, en mis muslos internos, rozando mi vagina.

Sonrío divertida, tratando de concentrarme en no tirar ninguna cerveza por el placer que me recorre el cuerpo.

—Ay, bebés… sean delicados, por favor —les digo con voz tierna y consentida, casi mimosa—. No sean tan bruscos… miren que casi tiro la chela.

Mientras lo digo, separo un poquito las piernas para dejarles más espacio. Uno de ellos aprovecha y mete los dedos más adentro, acariciándome la vagina libremente. Otro usa un dedo de la misma mano para acariciarme el ano con círculos suaves. Siento escalofríos de placer que me suben por la espalda. Es una sensación intensa, casi eléctrica. Los hombres están emocionadísimos, casi desesperados. No paran de hablar mientras me tocan: —Qué rica está esta panocha… bien mojada y apretadita.

—Siente nomás cómo palpita… está bien caliente.

—Qué labios tan suaves y gorditos tiene esta puta… me dan ganas de comérmela.

—Está chorreando, carnal… mira cómo se moja los dedos.

Yo sigo repartiendo las cervezas, concentrada en no derramar nada, aguantando a más no poder las ganas de gemir. Cada caricia me hace temblar las piernas. Les respondo con cariño, con voz dulce: —Gracias, cariño… me alegra que les guste tanto. Son muy lindos cuando me dicen esas cosas… Cuando por fin termino de servir las cervezas y repartir las cartas de la nueva ronda, me siento en las piernas de El Gordo (mi “bebé”).

Como él ya no está jugando en esta partida, me abrazo inmediatamente a su cuello y empiezo a darle cariñitos. Le doy besitos coquetos y dulces en la mejilla, en la comisura de la boca, en el cuello. Le acaricio la cara con ternura. Tomo su mano grande y la llevo directamente entre mis piernas, colocándola sobre mi vagina. Mientras lo hago, empiezo a hacerle plática entre mimos y consentimientos: —Dime, bebé… ¿eres casado?

—Sí —responde él con voz pastosa.

—¿Y tu esposa te atiende bien?

¿Te cuida como te mereces?

—Pues… a veces sí, a veces no.

Yo le doy besitos suaves y le acaricio el pecho.

—Pobrecito mi bebé… seguro yo te atendería mucho mejor que ella.

¿Verdad que soy más linda que tu esposa? Él se ríe y responde con palabras bien morbosas: —Estás mucho más buena que ella, Lolita. Tú sí que tienes una panocha rica y apretada… y esas tetas… me dan ganas de cogerte todos los días. Yo solo sonrío y sigo mimándolo, moviendo su mano suavemente contra mí. En ese momento llega el hombre que había ido al baño (El Pelón). Se tardó mucho.

Viene tambaleándose todavía más que antes. Cuando pasa a un lado de mí, sin pedir permiso mete la mano por debajo de mi vestido (que es de hombros descubiertos) y va directo a mis senos. Me los agarra y manosea con ganas, apretando y pellizcando los pezones. Yo suelto una risa fuerte, divertida y excitada al mismo tiempo.

—Ay, corazón… ¡qué impaciente!

Los demás se burlan de él y hacen comentarios de trío: —¡Mírenlo al Pelón! ¡Ya quiere su parte!

—¡Parece que quiere que se la cojamos entre dos!

—¡Qué putita tan consentida tenemos!

Yo dejo que me manosee un rato más, riendo, pero luego con cariño y paciencia le pido: —Corazón… espere su turno, por favor. Sea bueno… ya va a llegar su momento. Él gruñe pero me suelta y se va a sentar tambaleándose. Así pasa el tiempo. Sigo cambiando de piernas, siendo tocada, besada y manoseada por todos. Hasta que de pronto Javier levanta la voz y les pregunta a sus amigos con una sonrisa pícara: —Oigan… ¿quieren ver un espectáculo?

Todos preguntan al mismo tiempo, emocionados: —¿Qué tipo de espectáculo?

—¿De qué hablas, Javier?

Yo también me pregunto lo mismo en mi cabeza. “¿Espectáculo? ¿Qué va a hacer ahora?” Javier me mira directamente a los ojos, con esa mirada dominante que no admite réplica, y me ordena sin contemplaciones: —Lolita, súbete a la mesa de trabajo que está atrás de ellos… y báilales a todos como una teibolera. Todos empiezan a aplaudir y a vitorear fuerte: —¡Sí! ¡Que baile!

—¡Órale, Lolita!

¡Muéstranos cómo te mueves!

—¡Que se quite todo!

Yo siento un revoloteo de nervios y excitación en la panza. Miro a Javier, luego a los demás, y sonrío con una mezcla de vergüenza y picardía. La noche definitivamente se está poniendo todavía más intensa. Los aplausos y vitoreos siguen resonando cuando Javier repite la orden con esa voz gruesa que no admite discusión: —Súbete a la mesa, Lolita. Ya. Dos de los hombres se levantan rápido, todavía tambaleándose un poco por la borrachera, y me ayudan a subir.

Me toman de la cintura y de las manos con fuerza. Siento sus palmas calientes contra mi piel mientras me impulsan hacia arriba. La mesa de trabajo es alta, de lámina gruesa, todavía con algunas herramientas y piezas de motor a los lados. Subo con cuidado, apoyándome en sus hombros, y una vez arriba me enderezo. El corazón me late tan fuerte que parece que se me va a salir del pecho.

Tengo un nudo enorme de nervios en la panza, pero también una emoción divertida y alta que me hace sonreír sin poder evitarlo. “Dios mío… estoy a punto de bailar como teibolera para cinco hombres borrachos en un taller mecánico. Qué loca estoy. Qué nerviosa… pero qué rico se siente esta adrenalina.” La música de reggaetón sigue sonando fuerte desde el parlante viejo. El bajo retumba en la mesa debajo de mis pies.

Empiezo a moverme despacio, sensualmente, al ritmo de la canción. Muevo las caderas en círculos lentos, dejo que el vestido corto se suba un poquito con cada movimiento, arqueo la espalda y paso las manos por mi cuerpo, desde la cintura hasta los muslos. Los hombres se quedan embobados. Sus miradas están clavadas en mí. Algunos tienen la boca ligeramente abierta, otros se inclinan hacia adelante en sus sillas como si no quisieran perderse ni un detalle.

Yo los miro uno por uno mientras bailo y siento una oleada de felicidad, diversión y excitación pura. Estoy feliz. Muy feliz. Divertida por lo absurdo y caliente de la situación, y excitada porque sé que cada movimiento mío los está volviendo locos. Muevo el culo con más ritmo, hago que mis caderas giren y se ondulen, levanto los brazos por encima de la cabeza y dejo que mi pelo caiga sobre mi cara.

Me inclino un poco hacia adelante, dejando que el escote del vestido se abra más, y luego me enderezo con una sonrisa pícara. Los comentarios no se hacen esperar, y a mí me encantan: —Qué rico se mueve la puta…

—Miren ese culito cómo tiembla…

—Está bien caliente, Javier… qué hembra tan rica tienes.

—Bájate las bragas, Lolita… déjanos ver todo.

Yo me río bajito, sigo bailando y, en un momento de provocación, meto los dedos en los bordes de mi pantaleta y hago el amago de bajármela despacio. La bajo solo un poquito, dejando ver la parte superior de mis caderas y el comienzo de mi monte de Venus, pero al final no me la quito. Solo juego con ellos. Los hombres gruñen y protestan entre risas y morbo.

—Ay, no sean ansiosos… —les digo con voz juguetona mientras sigo moviéndome—. Todavía no.

En ese momento escucho claramente la voz de Javier por encima de la música: —El que gane la siguiente partida se va a coger a Dolores. Y tú, Lolita, no dejes de bailar mientras juegan. Me quedo sorprendida un segundo. Siento un golpe de calor en la cara y en el vientre. “¿Qué acaba de decir? ¿En serio? ¿Delante de todos?” Pero también me da risa. Entiendo perfectamente lo que está haciendo Javier: está convirtiendo todo en un juego, en un espectáculo, en una forma de presumirme y de ponerme aún más en el centro.

Me excita y me pone nerviosa al mismo tiempo. “Madre mía… va en serio. Uno de ellos me va a coger porque ganó una partida de cartas. Y yo le prometí a Javier que sería su perrita obediente. Qué situación tan loca… pero qué divertida también.” Los hombres se emocionan al instante. Sus caras se iluminan con una mezcla de lujuria y competencia. Empiezan a repartir las cartas de forma torpe, casi desesperada.

Las manos les tiemblan, se les caen las cartas, se equivocan al contar. Tienen que repetir la repartición dos veces porque no pueden dejar de mirarme mientras me muevo en la mesa.

—Concentren, cabrones —les grita Javier riéndose Yo sigo bailando sin parar.

Muevo las caderas más lento y sensual, hago que mi cuerpo ondule al ritmo del reggaetón, giro sobre mí misma y les lanzo miraditas coquetas a cada uno. Cada vez que uno de ellos levanta la vista de las cartas para mirarme, yo le sonrío o le hago un movimiento más provocador. Soy la distracción perfecta. El juego se vuelve más difícil, más caótico, y eso me divierte muchísimo. Van jugando entre risas, groserías y comentarios constantes hacia mí: —Qué culo tan perfecto…

—Muévete más despacio, Lolita…

—Voy a ganar solo para cogerte, putita.

Yo sigo bailando, feliz, divertida y cada vez más excitada. Siento el calor entre mis piernas, el corazón acelerado y esa mezcla deliciosa de nervios y placer que no se me quita. Después de varias rondas torpes y repetidas, finalmente uno de ellos gana la partida. Levanta las cartas con una sonrisa triunfal y borracha, mirando hacia mí con ojos llenos de deseo. El hombre que levanta las cartas con una sonrisa triunfal es El Pelón, mi “corazón”.

Apenas grita “¡Ganó!” con la voz trabada por el alcohol, todos los demás empiezan a protestar al mismo tiempo.

—¡Trampa!

¡Hiciste trampa, cabrón!

—¡No mames, estabas viendo mis cartas!

—¡Eso no vale!

El Gordo se ve realmente molesto. Tiene la cara roja y golpea la mesa con la mano, quejándose fuerte: —Pinche Pelón, siempre haces lo mismo… Yo sigo parada sobre la mesa, todavía moviendo las caderas suavemente al ritmo de la música, pero con una sonrisa divertida en los labios. La situación me causa mucha gracia. Javier levanta la voz con autoridad y pone orden de inmediato: —¡Ya cállense, carajo! El que gana, gana.

No hay reclamos. Si no se pueden concentrar con Lolita bailando, ese es su problema. El Pelón ganó. Punto. Los hombres se quejan un poco más, pero terminan callándose. Nadie se atreve a contradecir a Javier cuando habla así. El Pelón se pone de pie con dificultad, tambaleándose, pero con una sonrisa enorme de oreja a oreja. Se acerca a la mesa y me extiende las manos para ayudarme a bajar.

Yo tomo sus manos y bajo con cuidado, sintiendo cómo tiemblan un poco por la emoción y el alcohol. Estoy muriéndome de la risa por dentro. Me da una ternura enorme ver lo emocionado que está. En mi mente pasa la idea clara y dulce: “Pobrecito corazón… nunca en su vida, ni en sus sueños más locos, un hombre como él hubiera imaginado que podría cogerse a una nenita tierna como yo.

Una adolescente de clase alta, guapa, arreglada, que vive en una casa de lujo… y aquí está, emocionado como niño en Navidad porque le tocó ganar una partida de cartas. Qué tierno. Debería hacerlo pasar un muy buen momento.” Lo tomo de la mano con cariño, le sonrío con ternura y le digo suavemente: —Felicidades, corazón… ganaste. Ven, vamos. Lo llevo de la mano hacia el almacén-oficina. Él camina a mi lado, casi tropezando de la emoción.

Mientras avanzamos, no deja de decir cosas morbosas y ricas, con la voz pastosa: —Ay, Lolita… por fin te voy a coger… estás tan rica… voy a meterte toda la verga… qué puta tan hermosa eres… Yo le contesto con voz tierna y consentidora, apretándole la mano: —Ay, corazón… qué cosas tan lindas me dices. Tranquilo, vas a pasar un rato muy rico conmigo. Yo te voy a atender bien.

Cuando entramos al cuartito y veo el sillón-cama nuevo, todo encaja. Ahora entiendo por qué Javier lo compró. Sonrío divertida para mis adentros: “Claro… lo compró exactamente para esto. Qué listo es mi macho.” Nos acercamos al sillón-cama. El Pelón está emocionado a más no poder. Respira agitado, tiene los ojos vidriosos y no deja de mirarme como si fuera un sueño. Yo saco un condón de mi pequeña bolsita que dejé antes en el cuartito y se lo muestro.

—Corazón… ¿me quieres desnuda? —le pregunto con voz suave y coqueta.

—Sí… sí, te quiero toda desnuda —responde casi desesperado—. Ábrete de patas para mí, Lolita.

Quiero verte toda. Me río con ternura ante su ansiedad y empiezo a quitarme la ropa despacio. Como llevo muy poca ropa, termino desnuda primero. Me recuesto en el sillón-cama, abro las piernas con naturalidad y me quedo ahí, expuesta, mirándolo con una sonrisa dulce. El Pelón se desnuda con torpeza y desesperación. Se quita la playera como si le quemara, se baja el pantalón y casi se cae tratando de sacárselo.

Está muy borracho. Su cuerpo es fuerte por el trabajo duro, pero tiene una barriga de cerveza y está sudado. Aun así, me da mucha ternura verlo tan emocionado. “Pobrecito… míralo. Tan nervioso y tan feliz. Nunca pensó que esto le pasaría. Voy a hacerle sentir que vale la pena.” Cuando por fin se queda desnudo, se sube al sillón-cama. Le entrego el condón con una sonrisa.

—Toma, corazón… póntelo.

Él lo intenta, pero por la borrachera y los nervios le tiemblan las manos y no logra ponérselo bien. Yo me incorporo un poco, le ayudo con cariño, desenrollo el condón sobre su verga dura y se lo coloco con cuidado, acariciándolo suavemente mientras lo hago.

—Listo, bebé… ya estás preparado.

Él se acomoda entre mis piernas abiertas. Yo lo recibo con ternura, abriéndome más para él. Me penetra lentamente, con cuidado, como si tuviera miedo de romperme. Siento cómo entra poco a poco, estirándome. No es el más grande, pero está muy duro por la excitación.

—Ay, corazón… qué rico lo haces —le digo con voz suave y alentadora, acariciándole la espalda—. Métemela despacito… así… muy bien.

Me gusta cómo me la metes. Él gime y empieza a moverse dentro de mí, todavía con algo de torpeza por el alcohol. Yo sigo consolándolo, mimándolo y disfrutando del momento. Le acaricio la cara, le doy besitos en el cuello y le hablo con ternura: —Estás muy rico, corazón… me encanta sentirte adentro. Eres un hombre muy fuerte… me gusta mucho que me hayas ganado. Mientras él se mueve sobre mí, yo pienso con una sonrisa interna llena de ternura: “Qué lindo se ve tan emocionado.

Hoy le estoy dando un recuerdo que nunca va a olvidar. Una muchacha como yo, dejándose coger por él en un taller… Pobrecito, se lo merece.” Disfruto del momento con calma, sintiendo su cuerpo contra el mío, sus embestidas torpes pero llenas de deseo, y la calidez de saber que estoy haciendo que pase un buen rato. La noche sigue, y yo sigo siendo la putita obediente de Javier… pero también la que decide hacer que cada uno de estos hombres se sienta especial a su manera.

El Pelón se acomoda mejor entre mis piernas abiertas y empieza a moverse. Al principio lo hace despacio, casi con cuidado, como si todavía no creyera que de verdad está dentro de mí. Siento su verga dura entrando y saliendo con movimientos cortos y torpes. No es la verga más grande que he sentido, pero está muy rígida por la excitación y el alcohol. Cada vez que empuja, noto cómo me abre poco a poco, cómo mi interior se adapta a su grosor.

Es una sensación cálida, resbaladiza, todavía mezclada con los restos de lo que Javier me dejó antes.

—Así, corazón… métemela despacito —le digo con voz suave y mimosa, acariciándole la espalda sudorosa—. Qué rico se siente… me gusta cómo me la metes.

Poco a poco va perdiendo la timidez. La borrachera y el deseo lo hacen más atrevido. Sus caderas empiezan a moverse más rápido, más fuerte. Sus embestidas se vuelven más profundas, más urgentes. Siento cómo su verga me golpea más adentro con cada empujón. No tiene un ritmo constante; a veces empuja fuerte y rápido, otras veces se queda un segundo dentro de mí, como disfrutando el calor. Porque está muy borracho, sus movimientos son un poco descoordinados, a veces demasiado bruscos, pero eso mismo lo hace más crudo y real.

“Qué rico se siente… su verga está tan dura. Me llega profundo, aunque no sea la más gruesa. Cada vez que empuja fuerte siento cómo me llena, cómo me abre. Es una cogida torpe pero honesta… llena de ganas.” Empieza a cogerme más fuerte. Sus caderas chocan contra las mías con más violencia. El sonido húmedo de nuestros cuerpos se escucha claramente en el cuartito. Siento cómo su verga entra y sale con más rapidez, golpeándome en un punto que me hace temblar las piernas cada vez.

Mi vagina se contrae alrededor de él, apretándolo, y eso parece volverlo más loco.

—Ay, corazón… sí… cógeme más fuerte —lo alabo con voz entrecortada, gimiendo bajito—. Qué rico lo haces… me estás cogiendo muy bien.

Eres un hombre muy fuerte… Él gruñe y acelera todavía más. Sus manos se clavan en mis caderas, sujetándome con fuerza mientras me embiste. Siento cada centímetro de su verga deslizándose dentro de mí: la cabeza gruesa entrando y saliendo, el tronco rozando mis paredes sensibles, la forma en que se hincha cuando empuja profundo. Porque está borracho, a veces pierde el control y me da embestidas muy fuertes y repentinas que me hacen soltar gemidos más altos.

Otras veces se queda enterrado hasta el fondo, moviendo las caderas en círculos, frotándose contra mí. Disfruto enormemente. Mi cuerpo responde con oleadas de placer. Siento calor en el vientre, en los senos, en las piernas. Cada vez que me la mete fuerte, un escalofrío me recorre la espalda y me hace arquearme contra él.

—Qué bien me la estás metiendo, corazón… —le sigo diciendo con ternura, acariciándole la cara y el pelo—. Me encanta sentirte tan adentro… cógeme así… no pares… eres un hombre muy rico…

Él está sudando mucho. Gotas de sudor caen sobre mis senos mientras me coge cada vez más fuerte. Sus movimientos son ya casi salvajes: entra y sale rápido, profundo, sin ritmo fijo. A veces me la mete tan fuerte que el sillón-cama se mueve un poco. Siento cómo mi vagina se pone más mojada, cómo lo aprieto sin querer cada vez que me llega al fondo. La sensación es intensa, cruda y muy placentera.

“Me está cogiendo como un hombre desesperado… torpe, borracho, pero con tantas ganas que se siente delicioso. Su verga me llena bien, me roza justo donde me gusta. Cada embestida fuerte me hace vibrar por dentro. Qué rico… qué rico se siente dejarme coger así.” Sigo alabándolo y consintiéndolo entre gemidos: —Así, mi corazón… más fuerte… me estás haciendo sentir muy rica… qué verga tan dura tienes… cógeme todo lo que quieras…

Él responde con gruñidos y palabras entrecortadas: —Estás tan apretada… qué puta tan rica… te voy a coger toda… Sus embestidas se vuelven más rápidas y descontroladas. Siento cómo su verga palpita dentro de mí, cómo se hincha todavía más. Mi cuerpo tiembla de placer con cada golpe profundo. Estoy disfrutando muchísimo: la combinación de su torpeza borracha, su entusiasmo desmedido y la ternura que me provoca verlo tan emocionado hace que todo se sienta más intenso y más morboso.

Lo abrazo con las piernas alrededor de su cintura, lo acaricio y sigo hablándole con cariño mientras me coge cada vez más fuerte: —Qué rico me coges, corazón… no pares… me encanta cómo me la metes… eres un hombre muy bueno… El Pelón sigue cogiéndome con todo lo que tiene, sudado, borracho y completamente entregado al momento. Yo sigo recibiéndolo con placer, alabándolo y consintiéndolo, disfrutando cada segundo de esta cogida torpe pero llena de deseo crudo.

La cogida del Pelón se vuelve cada vez más intensa. Sus embestidas, que al principio eran torpes y descoordinadas, ahora son más rápidas, más profundas y más desesperadas. Siento cómo su verga entra y sale de mí con fuerza, golpeándome en lo más profundo. El sillón-cama cruje con cada empujón. Su cuerpo sudado se pega al mío, sus caderas chocan contra las mías con un ritmo cada vez más frenético.

Yo lo abrazo con las piernas alrededor de su cintura y sigo alabándolo entre gemidos: —Así, corazón… cógeme más fuerte… qué rico me la estás metiendo… sí… así… Él gruñe como animal y acelera todavía más. Sus manos se clavan en mis caderas con fuerza. Siento su verga hinchándose dentro de mí, palpitando, rozando todas mis paredes sensibles. El placer se acumula rápido en mi vientre, caliente y apretado. Mis gemidos se vuelven más altos, más seguidos.

De pronto, el orgasmo nos llega a los dos casi al mismo tiempo. El suyo es fuerte e intenso. Siento cómo su verga se hincha al máximo y empieza a palpitar violentamente dentro de mí. Chorros calientes y espesos llenan el condón mientras él empuja profundo, gruñendo fuerte contra mi cuello. Su cuerpo se tensa por completo, tiembla y se sacude sobre mí. Siento cada pulsación, cada contracción de su verga mientras se vacía.

Al mismo tiempo, mi orgasmo explota. Una ola caliente y poderosa me recorre desde el centro de mi sexo hasta la punta de los dedos de los pies. Mi vagina se contrae con fuerza alrededor de él, apretándolo, ordeñándolo. Siento espasmos intensos que me hacen arquear la espalda y soltar un gemido largo y agudo. Todo mi cuerpo tiembla sin control. Es un orgasmo profundo, de esos que te dejan sin aliento, mezclado con la sensación de su verga palpitando dentro de mí.

“Qué intenso… siento su orgasmo tan fuerte, cómo palpita y se vacía… y el mío al mismo tiempo… todo mi cuerpo está vibrando. Qué rico se siente correrme con él adentro.” Nos quedamos así unos segundos, los dos respirando agitados, temblando. Yo lo dejo bajar de mi cuerpo solo cuando él quiere. No lo apresuro. Cuando finalmente se retira y se deja caer a un lado, jadeando, yo me incorporo con una sonrisa dulce.

—Estuviste fantástico, corazón —le digo con ternura, acariciándole la cara—. Me cogiste muy rico… me hiciste sentir muy bien.

Eres un hombre muy bueno. Él sonríe orgulloso, todavía recuperando el aliento. Yo me levanto, le quito el condón con delicadeza, lo anudo y lo tiro a la basura. Mientras comienzo a vestirme, él todavía está acostado y aprovecha para manosearme el cuerpo como en un juego: me aprieta las tetas, me acaricia el culo, me pasa las manos por los muslos. Yo me río divertida y le hago bromas: —Ay, corazón… ya te cogiste a tu premio y todavía quieres más, ¿eh?

Qué ansioso eres. Déjame vestirme o los demás van a pensar que te quedaste dormido aquí. Él se ríe también y sigue tocándome un rato más, pero finalmente me deja terminar de vestirme. Cuando estoy lista, le doy un último besito en la mejilla y le digo con cariño: —Vamos, corazón… hay que regresar con los demás. Lo dejo solo poniéndose la ropa y salgo del cuartito. Al llegar al área de las cartas, los hombres siguen jugando, aunque claramente distraídos.

Yo me siento sola en las piernas de Chuy (mi “cariño”). Apenas me acomodo, él empieza a llenarme de preguntas: —¿Cómo estuvo? ¿Te cogió rico el Pelón? ¿Te hizo gemir mucho? ¿Te llenó bien? Yo me río y le respondo con bromas morbosas, pero sin entrar en detalles: —Ay, cariño… estuvo muy rico, pero una dama no cuenta todo. Solo te digo que el corazón se portó muy bien… y que todavía tengo las piernitas temblando un poquito.

Los demás se ríen y siguen preguntando, pero yo solo les doy respuestas juguetona y cortas. Javier me mira y dice con voz calmada: —Seguimos jugando cartas, Lolita. Reparte más chelas. Me levanto y empiezo a servir cervezas otra vez. Como antes, me dejan manosear descaradamente. Mientras camino alrededor de la mesa, una mano me acaricia el culito con ganas, apretando y abriendo. Otra mano se mete directamente por debajo de mi falda, hace a un lado mi pantaleta y me mete dos dedos en la vagina sin aviso.

Siento cómo entran fácil, todavía sensible por lo anterior. Me tiemblan las piernas, pero sigo sirviendo las cervezas. Javier, desde su lugar, me mira y dice con tono claro y dominante: —Ahora tú escoges, Lolita. Elige a uno de ellos para que te coja. Me emociono de inmediato. Siento un revoloteo fuerte en la panza. Todos los hombres alzan la mano al mismo tiempo, emocionados y gritando: —¡Yo! ¡Escógeme a mí!

—¡Yo soy el siguiente!

—¡Elígeme, Lolita!

Yo los miro uno por uno, sonriendo. Finalmente me acerco al que es más rudo y grosero: Chuy. Lo tomo de la mano con ternura y le digo con voz dulce: —Ven, cariño… acompáñame a la bodega. Mientras caminamos hacia el cuartito, paso junto a los demás y recibo varias nalgadas fuertes que me hacen brincar y reír. Chuy, mientras me lleva de la mano, me dice con voz ronca y directa: —Te voy a tratar como la puta que eres, Lolita.

Estás bien deliciosa… y yo sí sé coger como se debe. Te voy a dar duro. Yo le respondo con cariño, apretándole la mano: —Ay, cariño… trátame rico, pero sé un poquito tierno conmigo también, ¿sí? Quiero disfrutarlo. Entramos juntos al almacén-oficina. La puerta se cierra detrás de nosotros y el ruido de la música y las voces queda un poco más lejano. Chuy cierra la puerta del cuartito con un golpe seco y apenas entramos ya se nota la diferencia.

No hay ternura en él. Sus ojos están oscuros de deseo y alcohol, y su forma de mirarme es directa, casi animal. Yo lo miro con una sonrisa suave y le hablo con cariño: —Ay, cariño… aquí estamos solos tú y yo. Trátame rico, ¿sí? Él no responde con palabras. En cambio, me agarra de la cintura con fuerza y me empuja contra la pared. Con un movimiento brusco mete la mano debajo de mi vestido, agarra mis bragas con los dedos y las rompe de un tirón seco.

Escucho el sonido de la tela rasgándose. La pantaleta queda hecha jirones y cae al piso. Siento un escalofrío de excitación y nervios. “Qué bruto es… pero me gusta que no pida permiso.” Chuy me baja el vestido de los hombros con rudeza. El escote cede fácilmente y mis senos quedan al aire. Sin decir nada, se agacha un poco y me chupa los senos con fuerza. Su boca es caliente y hambrienta.

Chupa fuerte, casi mordiendo, succionando mis pezones mientras una de sus manos me aprieta el otro seno con rudeza. Me duele un poco, pero también me excita mucho.

—Ay, cariño… qué ansioso estás —le digo con voz dulce, acariciándole el pelo mientras gimo bajito—. Chúpame rico… me gusta sentir tu boca.

Él gruñe contra mi piel y sigue chupando más fuerte, dejando marcas rojas alrededor de mis pezones. Luego, sin quitarme del todo el vestido (solo lo tiene bajado hasta la cintura), me da la vuelta con brusquedad, me empuja hacia el sillón-cama y me pone de perrita. Siento sus manos grandes abriéndome las nalgas con fuerza. No hay preámbulos suaves. Se baja el pantalón, se pone un condón con rapidez y, sin avisar, me mete la verga de un solo empujón fuerte y profundo.

Suelto un gemido agudo. Su verga es gruesa y me entra con rudeza, abriéndome de golpe. Siento cómo me llena por completo en una sola embestida. Duele un poco al principio por lo brusco, pero el placer llega rápido.

—Qué puta tan rica estás… —gruñe él detrás de mí, agarrándome las caderas con fuerza—. Te voy a coger como te mereces.

Empieza a cogerme con rudeza, de perrita. Sus embestidas son fuertes, profundas y rápidas. Cada vez que empuja, sus caderas chocan contra mi culo con un sonido seco y fuerte. Siento su verga entrando y saliendo con violencia, golpeándome en el fondo. El vestido sigue enrollado en mi cintura, mis senos cuelgan y se mueven con cada embestida. Yo gimo fuerte, pero sigo hablándole con cariño y ternura entre gemidos: —Ay, cariño… qué fuerte me la metes… sí… cógeme así… me gusta sentirte tan adentro…

Él no es delicado. Me agarra del pelo con una mano, tirando un poco hacia atrás mientras sigue cogiéndome con fuerza. Con la otra mano me da nalgadas fuertes que resuenan en el cuartito. Cada nalgada me hace brincar y gemir más alto.

—Así te gusta, ¿verdad, puta? —me dice con voz ronca y grosera—. Te gusta que te cojan duro.

Yo respondo con voz suave y consentidora, aunque estoy gimiendo sin control: —Sí, cariño… me gusta que me cojas fuerte… pero no me lastimes mucho, ¿sí? Trátame rico… Él sigue cogiéndome como un animal. Sus embestidas son brutales, profundas, sin ritmo suave. Siento su verga gruesa abriéndome, rozando todas mis paredes, golpeándome justo en el punto que me hace temblar. El placer es intenso y crudo. Mi cuerpo responde aunque él sea tan rudo: me mojo más, mi vagina lo aprieta y mis gemidos se vuelven más agudos.

Chuy gruñe, me tira más del pelo y acelera todavía más. El sonido de su cuerpo chocando contra el mío llena el cuarto. Mis senos se mueven con violencia, mis rodillas tiemblan sobre el sillón-cama. Siento que el orgasmo se acerca rápido por lo intenso y salvaje que es todo. Él sigue tratándome con rudeza: me da más nalgadas, me insulta suavemente llamándome puta y golfa, pero yo sigo respondiéndole con cariño y consentimiento, disfrutando la mezcla de su fuerza y mi dulzura.

“Qué diferente se siente con él… tan rudo, tan directo… me está cogiendo como si fuera solo un objeto para su placer, pero yo estoy disfrutando mucho. Me gusta esta fuerza… aunque también me da un poquito de miedo lo bruto que puede ser.” Chuy sigue cogiéndome de perrita con toda su rudeza, sin quitarme del todo el vestido, mientras yo gimo, lo alabo y lo consiento con mi voz dulce.

Chuy sigue cogiéndome con fuerza brutal. Cada embestida es más dura que la anterior. Su verga gruesa entra y sale de mí con violencia, golpeándome profundo y sin control. Mis rodillas se clavan en el sillón-cama y mis manos se aferran al respaldo para no caerme. El vestido sigue enrollado en mi cintura, mis senos se balancean con cada golpe y el sonido seco de su pelvis chocando contra mi culo llena todo el cuartito.

Al principio el placer era intenso, pero ahora… ya me está doliendo de verdad. Siento cómo me abre demasiado, cómo me golpea en el fondo con rudeza. Cada empujón fuerte me provoca un dolor agudo que se mezcla con el placer. Mis paredes están sensibles y él no baja la intensidad. Las nalgadas que me da son cada vez más fuertes y sus dedos se clavan en mis caderas con tanta fuerza que sé que me van a dejar marcas.

Empiezo a suplicarle con voz temblorosa pero todavía cariñosa: —Ay, cariño… por favor… sé un poquito más delicado… me está doliendo un poco… Él se ríe con burla, sin detenerse. Sus embestidas siguen siendo igual de fuertes.

—¿Delicado? —se burla con voz ronca y grosera—. ¿Ahora quieres que sea delicado, putita?

Hace rato te gustaba que te cogiera duro. Mírate… toda abierta para mí. Sigo hablándole con cariño, intentando que me escuche, mientras gimo de dolor y placer mezclado: —Corazón… por favor… sé más suave conmigo… me gusta que me cojas fuerte, pero no tanto… sé delicado, ¿sí? Yo te estoy dejando hacer todo… sé bueno conmigo… Él solo se ríe más fuerte y me da otra nalgada que me hace brincar.

—Qué puta tan consentida eres… pidiendo delicadeza ahora.

Te voy a coger como yo quiero. Sus embestidas se vuelven todavía más rudas. Me tira del pelo hacia atrás con más fuerza y me penetra con golpes secos y profundos. El dolor es real ahora. Siento ardor, presión fuerte y un malestar que me hace apretar los dientes.

—Ay, cariño… por favor… un poquito más suave… me duele… sé tierno conmigo… yo te estoy dejando cogerme como quieras, pero sé más delicado…

Él no me hace caso. Al contrario, parece que mi súplica lo excita más. Gruñe como animal y acelera el ritmo, cogiéndome con todo lo que tiene. Sus manos me aprietan las caderas con brutalidad. Siento cómo su verga se hincha dentro de mí, cómo palpita fuerte. De pronto se corre con fuerza. Empuja profundo una última vez y se queda enterrado hasta el fondo mientras su verga palpita violentamente dentro del condón.

Siento los chorros calientes llenándolo, su cuerpo tensándose por completo sobre mí, sus gruñidos roncos contra mi espalda. Su orgasmo es fuerte e intenso, pero yo… yo no llego. El dolor ha sido más fuerte que el placer en los últimos minutos y mi cuerpo no logra relajarse lo suficiente para correrme. Me quedo ahí, respirando agitada, con una mezcla de alivio porque terminó y un ligero malestar entre las piernas.

Chuy se queda unos segundos más dentro de mí, recuperando el aliento, antes de salir lentamente. Yo me incorporo con cuidado. Las piernas me tiemblan un poco. Me duele la vagina y siento las nalgas calientes por las nalgadas. Aun así, le hablo con cariño mientras me acomodo el vestido: —Ay, cariño… qué fuerte terminaste… te corriste muy rico, ¿verdad? Él solo gruñe satisfecho y se deja caer sentado en el sillón, todavía jadeando.

Yo me siento un poco adolorida, pero sigo tratándolo con ternura. En mi mente pienso: “Qué rudo es… me dolió de verdad hacia el final. Pero le prometí a Javier que sería obediente… y él se corrió muy fuerte. Al menos le di ese gusto.” Me arreglo la ropa lo mejor que puedo, sintiendo todavía el ardor entre las piernas y las marcas de sus manos en las caderas. Salgo del cuartito todavía con las piernas un poco temblorosas y una ligera molestia entre ellas por la forma tan ruda en que me cogió Chuy.

Siento las nalgas calientes por las nalgadas y la piel sensible donde me apretó con fuerza. Camino despacio hacia la mesa principal, donde los hombres siguen sentados entre cervezas y cartas medio olvidadas. Sin pensarlo demasiado, me dirijo directo hacia Javier y me siento en sus piernas. Me acomodo bien pegadita contra su cuerpo grande y cálido, paso un brazo alrededor de su cuello y apoyo la cabeza en su hombro por un momento.

Siento su mano grande posarse inmediatamente en mi muslo, apretándome con posesión.

—Aquí estoy otra vez, papi… —le susurro cerca del oído, con voz suave y un poco cansada—. Ya regresé con usted.

Javier no dice mucho, solo gruñe satisfecho y me aprieta más contra él mientras sigue mirando sus cartas. Su presencia me hace sentir segura, aunque todavía tengo el cuerpo sensible por lo que acaba de pasar. Así pasan un par de partidas más. Los hombres intentan seguir jugando, pero ya se nota que el alcohol les está ganando terreno. Las risas son más lentas, las bromas se repiten y las manos tiemblan un poco al repartir las cartas.

Yo me quedo quietecita en las piernas de Javier, sintiendo su calor corporal y el ritmo de su respiración. De vez en cuando su mano sube y baja por mi muslo por debajo del vestido, acariciándome con calma, como recordándome que sigo siendo suya. Poco a poco el juego se va disolviendo. Ya casi nadie se concentra realmente en las cartas. Solo siguen bebiendo cerveza tras cerveza. Yo, aunque estoy un poco adolorida y cansada, sigo cumpliendo mi rol: me levanto cada cierto tiempo, voy al refri del cuartito y traigo más chelas frías para todos.

Camino alrededor de la mesa repartiendo las botellas, sonriendo y dejando que me miren. En uno de esos viajes, mientras estoy de pie sirviendo una cerveza, Raúl (mi “nene”) mete la mano por debajo de mi vestido sin ningún aviso. Sus dedos suben por el interior de mi muslo y cuando llega a mi vagina se detiene de golpe. Siento cómo abre los ojos con sorpresa al darse cuenta de que no traigo pantaleta puesta.

—¡No mames! —exclama riéndose fuerte y con voz pastosa—. ¡La Lolita anda sin calzones!

¿Qué pasó aquí? ¿Quién te los quitó, putita? Todos voltean inmediatamente hacia mí. Raúl levanta la mano como si hubiera descubierto un tesoro y presume con orgullo a sus amigos: —¡Miren, cabrones! ¡Lolita no trae panty! ¡Está toda libre por abajo! Siento que me arden las mejillas, pero también me da risa la situación. Con una sonrisita juguetona respondo: —Ay, nene… no me las quitaron. Me las rompió el que se las ganó hace rato.

Culpen a Chuy, no a mí. Él fue el bruto. Los hombres estallan en carcajadas y empiezan a hacer bromas pesadas: —¡Qué hijo de puta el Chuy! ¡Te dejó sin calzones y ni te dio chance de ponerte otros!

—Ahora sí que estás lista para el que sigue, ¿eh?

Sin tanta tela estorbando.

—Qué puta tan práctica… viene preparada para que la toquen cuando quieran.

Yo sigo repartiendo las cervezas con una sonrisa, aunque por dentro pienso: “Qué vergüenza… pero también qué divertido ver cómo se emocionan por algo tan simple como que no traiga pantaleta.” Cuando termino de servir, me siento en las piernas de Raúl. Apenas me acomodo bien, él mete la mano directo entre mis piernas sin pedir permiso. Sus dedos rozan mi vagina desnuda, todavía sensible e hinchada por las cogidas anteriores.

Me acaricia despacio, explorando. Mientras los hombres empiezan una plática típica de borrachos —hablando de trabajo, de mujeres del pasado, de carros y de tonterías que no tienen mucho sentido—, yo tengo mi propia conversación suave y mimosa con Raúl. Le hablo con voz dulce, casi como gatita consentida: —Ay, nene… qué manos tan traviesas tienes esta noche… ¿te gusta tocarme así? ¿Te sientes rico tocando a tu Lolita? Él me manosea el cuerpo con ganas mientras yo lo consiento.

Le acaricio la cara, le doy besitos suaves en la mejilla y en el cuello, le paso los dedos por el pelo. Él, por su parte, me aprieta los muslos, me acaricia la cintura y sube hasta mis senos. En un momento sus manos grandes están acariciándome los senos por encima de la ropa, amasándolos, pellizcando los pezones a través de la tela del vestido. Siento cómo se endurecen bajo sus dedos y cómo mi cuerpo responde a pesar del cansancio.

Yo sigo mimándolo con ternura: —Qué rico me tocas las tetitas, nene… apriétalas suavecito… sí… así me gusta… eres muy cariñoso cuando quieres… Los demás siguen platicando entre ellos, cada vez más trabados por el alcohol, riéndose de sus propias bromas. Yo estoy ahí, en medio de todo, siendo el centro de atención sin hacer mucho esfuerzo: repartiendo cervezas cuando me lo piden, dejando que me manoseen descaradamente y consintiendo al que me toca en ese momento con mi voz dulce y gatita.

Aunque todavía siento un poco de ardor y molestia entre las piernas por la rudeza de Chuy, el ambiente cálido, las manos calientes y mi propia excitación mezclada con cansancio hacen que todo se sienta extrañamente placentero y natural. Raúl me manosea el cuerpo con ganas: me aprieta los muslos, me acaricia la cintura y sube hasta mis senos. En un acto juguetón y travieso, agarra el borde de mi vestido por los hombros y empieza a bajármelo lentamente, con una sonrisa pícara.

—Vamos a ver esas tetitas… —dice riéndose.

—Ay, nene… ¡no! —le digo riéndome también, sujetando el vestido con las dos manos para que no baje—. No seas malo, déjalo ahí.

Ya estoy bastante expuesta. Él insiste, tirando un poco más fuerte: —Claro que sí… al fin y al cabo ya no traes calzones. ¿Qué más da que te veamos las tetas también? Los demás escuchan la conversación y de inmediato se emocionan. Varios voltean con ojos brillantes y empiezan a corear: —¡Sí! ¡Bájale el vestido!

—¡Queremos ver esas tetas!

—¡Quítatelo todo, Lolita!

—¡No seas tímida, ya estás casi desnuda!

Siento un golpe fuerte de vergüenza. El corazón se me acelera y quiero cubrirme. De verdad no quiero quedar completamente desnuda frente a todos. Intento resistirme con una sonrisa nerviosa y voz cariñosa: —Ay, por favor… no sean así. Déjenme un poquito de ropa, ¿sí? Ya estoy bastante expuesta… Pero entonces Javier me mira fijamente desde su lugar. Su mirada es seria, dominante, sin espacio para negociación. Con voz grave y clara dice: —Encuérate, pendeja.

Me quedo congelada un segundo. Siento un calor intenso subiéndome por todo el cuerpo. La orden es humillante y directa, pero también me excita de una forma extraña y profunda. Trago saliva, respiro profundo y, sin decir una palabra más, obedezco. Me pongo de pie lentamente frente a todos. Con las manos temblorosas agarro el borde de mi vestido y lo subo por mi cuerpo hasta quitármelo por completo. Los aplausos, silbidos y vitoreos estallan de inmediato: —¡Síííí!

—¡Qué buena está la puta!

—¡Mírenle esas tetas tan ricas!

—¡Qué cuerpo tan perfecto tiene la cabrona!

—¡Ahora sí que está completa!

¡Mírenle la panocha! Entre los aplausos y los comentarios morbosos, le entrego el vestido a Javier. Él lo toma con una sonrisa satisfecha y lo deja doblado a un lado, como si fuera un trofeo que acaba de ganar. Ahora estoy completamente desnuda frente a todos ellos. Solo llevo mis zapatos. Siento el aire fresco del taller rozando cada centímetro de mi piel: mis senos libres, mis pezones endurecidos por la vergüenza y la excitación, mi vagina expuesta y mi culo completamente a la vista.

Estoy muy, muy avergonzada. Quiero cubrirme los senos con un brazo y la vagina con la otra mano, pero me contengo. El corazón me late tan fuerte que lo siento en los oídos. “Dios mío… estoy desnuda frente a cinco hombres borrachos… Qué vergüenza tan grande. Me siento tan expuesta…” Pero al mismo tiempo, una parte de mí también está divertida. Es tan absurdo, tan extremo, tan fuera de lo normal que no puedo evitar encontrarle un lado gracioso.

Estoy completamente desnuda en un taller mecánico, rodeada de hombres que me miran como si fuera lo mejor que les ha pasado en la vida. Al principio es terrible. Cada vez que me muevo siento todas las miradas clavadas en mi cuerpo desnudo. Sirvo cervezas con las manos ligeramente temblorosas, caminando desnuda alrededor de la mesa. Siento mis senos moverse libremente con cada paso, el aire rozando mi vagina y la sensación de vulnerabilidad total.

Pero poco a poco… me voy desinhibiendo. Después de unos minutos, la vergüenza inicial empieza a mezclarse con una extraña sensación de libertad y diversión. Me acostumbro al hecho de que me estén viendo. Ya no intento cubrirme. Camino con más naturalidad, incluso exagero un poco el movimiento de mis caderas. Cuando me siento en las piernas de uno de ellos, ya no me tenso tanto. Dejo que me toquen los senos, que me metan mano entre las piernas, que me acaricien el culo sin resistirme.

Empiezo a participar más de lo divertido que es todo esto. Sonrío, hago bromitas y me río con ellos: —Ay, ya me tienen completamente desnudita… ¿están contentos ahora? ¿Les gusta lo que ven? Cuando me siento en las piernas de Chuy, él me aprieta las tetas con ganas y yo solo me río y le digo con voz juguetona: —Cuidado, cariño… que están sensibles después de tanto manoseo. La noche ya está muy avanzada, pero los hombres siguen bebiendo sin parar.

Yo, completamente desnuda salvo por mis zapatillas de tacón alto, sigo atendiendo como buena putita. Camino alrededor de la mesa repartiendo otra ronda de cervezas frías. Mis senos se mueven libremente con cada paso y siento el aire fresco del taller rozando mi piel desnuda, especialmente entre las piernas. Cuando me detengo entre dos de ellos —Chuy a mi izquierda y El Gordo a mi derecha— empiezan a manosearme sin piedad.

Chuy me da una nalgada fuerte y sonora en la nalga izquierda que me hace brincar un poco. El sonido retumba en el taller.

—Qué rico culo tienes, puta —dice riéndose.

Casi al mismo tiempo, El Gordo me da otra nalgada en la nalga derecha, igual de fuerte. Luego, ambos comienzan a acariciar mi cuerpo por todos lados. Chuy pasa su mano grande y callosa por mi espalda, baja hasta mi culo y lo aprieta con fuerza, abriendo mis nalgas ligeramente. El Gordo, por su parte, me acaricia el vientre, sube hasta mis senos y los amasa con ganas, pellizcando mis pezones entre sus dedos gruesos.

Siento sus manos por todas partes: una apretándome el culo, otra estrujando mis tetas, dedos rozando mi cintura, mi espalda, mis muslos. Mis pezones se endurecen rápidamente bajo sus caricias y un calor familiar empieza a subir por mi vientre. Yo intento concentrarme en no tirar las cervezas. Tengo una botella en cada mano y estoy sirviendo con mucho cuidado, pero es difícil. Mis piernas tiemblan un poco por las sensaciones y por el cansancio acumulado.

—Ay, cariño… qué manos tan ansiosas tienen —les digo riéndome, con voz feliz y divertida a pesar de todo—. Van a hacer que tire la chela… sean un poquito más tranquilos, ¿sí?

Chuy se ríe y me da otra nalgada mientras sigue apretándome el culo.

—Qué puta tan rica estás toda desnudita… mira cómo se te mueven las tetas cuando caminas.

El Gordo pellizca más fuerte uno de mis pezones y añade: —Estas tetitas están bien duritas… ¿te gusta que te las toquen así, Lolita? Yo respondo entre risitas, tratando de mantener el equilibrio mientras sirvo: —Ay, bebés… sí me gusta… pero si siguen así no voy a poder servir las cervezas. Miren qué bonitas están las chelas, no las vayan a desperdiciar por tocarme tanto. Los dos se ríen y siguen manoseándome sin parar: uno apretando mi culo y metiendo los dedos entre mis nalgas, el otro amasando mis senos y tirando suavemente de mis pezones.

Yo sigo concentrada, mordiéndome el labio inferior para no gemir, mientras respondo feliz y divertida a sus comentarios morbosos. Después de servir esa ronda, me siento en las piernas de El Pelón. Paso unos minutos ahí, dejando que me toque con más calma. Él me acaricia los muslos y me besa el cuello mientras yo le doy besitos suaves en la mejilla y le hablo con ternura. Pero pronto tengo que levantarme otra vez para servir una ronda más de cervezas.

Apenas me pongo de pie, vuelve a pasar lo mismo, pero esta vez es más intenso. Chuy y Raúl están a cada lado de mí. Chuy me da una nalgada fuerte y Raúl mete la mano directamente entre mis piernas. Siento cómo uno de ellos (Raúl) mete dos dedos en mi vagina sin aviso. Al mismo tiempo, Chuy intenta meter un dedo en mi ano. Cuando siento lo que están intentando hacer, yo misma, entre nervios y excitación, abro más las piernas para facilitarles el acceso.

Dejo que me metan un dedo cada uno en mis dos hoyos al mismo tiempo. Siento una presión intensa y extraña. El dedo en mi vagina entra fácil porque estoy mojada, pero el del ano es más apretado y me hace tensarme por completo. Mi cuerpo se pone rígido. Casi derramo la cerveza que tengo en la mano derecha. La botella tiembla peligrosamente. Uno de ellos (Chuy) se burla de mí con voz grosera y borracha: —¡Mírenla!

¡La pendeja inútil no sabe ni servir una cerveza! ¡Se pone toda tiesa porque le meten un dedito en el culo! Los demás estallan en risas y hacen comentarios morbosos: —Qué puta tan apretada del culito…

—Miren cómo tiembla… le gusta que le llenen los dos hoyos.

—Está chorreando por la panocha y apretando el dedo del culo… qué rica.

Yo estoy tensa, concentrada en no tirar la cerveza, con los dos dedos dentro de mí moviéndose lentamente. Siento el dedo en mi vagina frotando mis paredes sensibles y el del ano presionando y abriéndome poco a poco. Es una sensación llena, extraña y muy intensa.

—Ay, cariños… por favor… déjenme terminar de servir —les digo con voz temblorosa pero todavía cariñosa—. No sean tan bruscos… me van a hacer tirar todo.

Finalmente logro terminar de servir las cervezas. Cuando termino, me siento en las piernas de uno de los que todavía no me ha cogido esa noche. Estoy cansada, las piernas me duelen un poco de tanto tacón y tanto movimiento, pero sigo sonriendo. Javier, desde su lugar, me mira y dice con voz calmada pero autoritaria: —Se está haciendo tarde. Llévate a tu amigo a la bodega para que te coja y después regresas por el otro.

Yo asiento contenta, aunque por dentro siento el cansancio acumulado. Estoy desnuda, solo con mis zapatillas de tacón alto, pero acepto con una sonrisa. Me levanto, tomo de la mano al hombre que me toca en ese momento (El Gordo, mi “bebé”) y le digo con voz dulce y cariñosa: —Ven, bebé… acompáñame a la bodega para que me cojas a gusto. Él se levanta emocionado y me sigue. Mientras caminamos hacia el cuartito, paso junto a los demás y recibo varias nalgadas fuertes en el culo desnudo.

Cada golpe resuena y me hace brincar un poco. Los hombres se ríen y gritan comentarios mientras avanzo: —Qué rico culo se te ve cuando caminas desnuda…

—Dale duro, Gordo…

—Regresa pronto, Lolita, que todavía falto yo.

Yo solo sonrío y sigo caminando de la mano de El Gordo hacia la bodega, completamente desnuda, con el corazón latiendo fuerte y el cuerpo cansado pero todavía dispuesto a seguir jugando. Entro al cuartito tomada de la mano de El Gordo. La luz amarilla del foco colgante ilumina débilmente el espacio. Estoy completamente desnuda, solo con mis zapatillas de tacón alto, y siento el cansancio acumulado en las piernas y en la parte baja de la espalda.

Aun así, mantengo una sonrisa dulce en los labios. Saco un condón de mi pequeña bolsita y me coloco frente a él. Con voz suave y cariñosa le pregunto mientras abro el paquetito con cuidado: —Dime, bebé… ¿cómo quieres cogerme? ¿Cómo te gustaría hacerlo? El Gordo se baja el pantalón y el bóxer con torpeza. Su verga queda libre, dura y apuntando hacia arriba, palpitando ligeramente por la excitación y el alcohol.

Respira pesado y responde con voz ronca: —Acuéstate en el sillón… ábrete de piernas bien anchas para mí. Quiero verte toda abierta, Lolita. Yo asiento con ternura y obedezco. Me siento primero en el borde del sillón-cama y luego me recuesto lentamente de espaldas. Flexiono las rodillas y separo las piernas lo más que puedo, abriéndome completamente frente a él. Siento cómo mis labios vaginales se abren con el movimiento y cómo el aire fresco del cuartito roza directamente mi vagina todavía sensible e hinchada por todas las cogidas anteriores.

El Gordo se sube al sillón-cama y se coloca entre mis piernas abiertas. Su cuerpo grande y pesado se acerca. Antes de penetrarme, me mira a los ojos y me dice con voz pastosa pero dominante: —Sé buena puta… guíame la verga. Métetela tú misma. Yo le sonrío con cariño. Aunque estoy cansada, quiero que se sienta deseado y especial. Tomo su verga con delicadeza entre mis dedos. La siento caliente, muy dura y gruesa.

La acaricio suavemente de arriba abajo un par de veces, disfrutando de su textura y de cómo palpita en mi mano. Luego, con mucho cuidado, la apunto hacia mi entrada. Froto la cabeza gruesa de su verga contra mis labios hinchados varias veces, lubricándola con mis propios jugos. Siento cómo se desliza entre mis pliegues sensibles. Cuando la tengo bien colocada justo en la entrada de mi vagina, levanto un poco la mirada hacia él y le digo con voz suave y consentidora: —Ya está, bebé… ya estoy lista.

Métemela cuando quieras. El Gordo empuja lentamente. Siento primero la presión de la cabeza gruesa contra mi entrada. Mi vagina, sensible y un poco adolorida por todo lo que ha pasado esta noche, se resiste ligeramente al principio. Poco a poco, centímetro a centímetro, voy sintiendo cómo me abre. Es una penetración lenta pero constante. Siento cada detalle: la cabeza redonda abriéndose paso entre mis labios, estirándome, forzando mis paredes internas a expandirse alrededor de su grosor.

Hay un ligero ardor mezclado con placer cuando me va llenando. Un gemido suave se me escapa cuando ya lleva la mitad dentro. Siento cómo mi vagina lo envuelve, cómo mis paredes se adaptan a su forma. Es una sensación de plenitud profunda. Duele un poco —un dolor cálido y profundo por el roce constante y por tanto sexo seguido—, pero el placer es mayor. Siento cómo me llega más adentro, cómo roza zonas sensibles que me hacen temblar las piernas.

—Ay, bebé… qué rico se siente… —susurro con voz temblorosa, acariciándole la espalda—. Métemela despacito… así… muy bien… lléname toda…

Cuando por fin me la mete hasta el fondo, siento sus caderas pegadas contra las mías. Su verga está completamente enterrada en mí. Siento una presión intensa en lo más profundo, casi como si me estuviera tocando el útero. Mi vagina palpita alrededor de él, apretándolo sin querer. El dolor y el placer se mezclan de una forma intensa y abrumadora. El Gordo comienza a moverse. Sus embestidas son lentas pero profundas, constantes.

No es rudo como Chuy, pero sí intenso. Cada vez que empuja hasta el fondo, siento cómo su verga me llena por completo, cómo roza todas mis paredes internas, cómo la cabeza golpea suavemente en lo más profundo. El dolor está ahí —un ardor constante por el roce repetido—, pero el placer lo supera. Mi clítoris se frota ligeramente contra su cuerpo con cada movimiento y eso me provoca pequeñas oleadas de placer que me hacen gemir bajito.

Yo sigo tratándolo con mucho cariño todo el tiempo. Le acaricio la espalda con las manos, le beso el cuello y le hablo con voz dulce entre gemidos suaves: —Qué rico me la metes, bebé… me gusta sentirte tan adentro… eres muy bueno… cógeme así… despacito pero profundo… sí… así me gusta… El Gordo gruñe bajito y sigue moviéndose con ese ritmo constante e intenso. Sus caderas chocan suavemente pero firmemente contra las mías.

Siento cada centímetro de su verga deslizándose dentro y fuera de mí: la cabeza gruesa abriéndome al entrar, el tronco grueso rozando mis paredes al salir. A veces duele un poco más cuando llega muy profundo, especialmente después de tantas cogidas, pero el placer es mayor y más constante. Yo sigo consintiéndolo con ternura: —Ay, corazón… qué bien me coges… me tienes toda mojada… sigue así… me encanta sentirte dentro de mí… eres un hombre muy rico…

Aunque mi cuerpo está cansado y sensible, disfruto esta cogida más calmada y profunda. Le abrazo con las piernas alrededor de su cintura y sigo acariciándolo mientras él sigue penetrándome con ese ritmo intenso pero no violento. El Gordo sigue moviéndose encima de mí con ese ritmo constante y profundo. Al principio todavía sentía una mezcla de placer y molestia, pero poco a poco, con cada embestida, el cansancio y el roce constante comienzan a pasar factura.

Mi vagina está cada vez más sensible, hinchada y adolorida después de tantas cogidas seguidas en la noche. Lo que antes era placer ahora se convierte en una incomodidad creciente que va transformándose en dolor real. Siento ardor. Un ardor caliente y constante cada vez que su verga entra y sale de mí. Mis paredes internas están irritadas, y cada penetración profunda me provoca una sensación de rozamiento incómodo, casi como si estuviera raspando.

El dolor no es insoportable, pero sí es persistente y va en aumento. Él empieza a cogerme más fuerte. Sus caderas empujan con más urgencia, más profundidad. Ya no es ese ritmo lento y constante de antes. Ahora me embiste con más fuerza, golpeando más duro contra mí. Siento cómo su verga me llega más profundo, golpeando en un punto que antes me gustaba pero que ahora solo me causa molestia y dolor.

Comienzo a quejarme bajito, con voz temblorosa pero todavía cariñosa: —Ay, bebé… duele un poquito… sé más tierno, por favor… más suavecito… Él obedece por unos segundos. Baja el ritmo, hace las embestidas más cortas y suaves. Yo respiro aliviada y le acaricio la espalda con ternura: —Así… muy bien, corazón… así me gusta… más despacito… Pero solo dura unos momentos. Pronto se le olvida. El deseo y el alcohol lo dominan otra vez y vuelve a cogerme más fuerte, más rápido, más profundo.

Sus caderas chocan contra las mías con más violencia. Siento cada embestida como un golpe seco y ardiente dentro de mí. El dolor se vuelve más claro, más presente. Ya no hay placer. Solo incomodidad, ardor y una sensación de roce excesivo que me hace apretar los dientes.

—Bebé… por favor… —suplico con voz más débil, casi un gemido de molestia—. Sé más tierno… me duele… no tan fuerte…

Él gruñe, pero no baja mucho la intensidad. Sigue cogiéndome con fuerza, aunque en algunos momentos intenta suavizarlo un poco. Sin embargo, vuelve a acelerarse. Sus embestidas se vuelven más brutales otra vez. Siento cómo mi vagina se irrita más con cada golpe. El ardor es constante, casi quemante. Mis piernas tiemblan, pero ya no de placer, sino de incomodidad. Ya no estoy disfrutando nada. Solo quiero que termine. Solo espero que se corra rápido para que esto acabe.

En mi mente repito una y otra vez: “Por favor, córrete ya… por favor, que se termine pronto…” Él sigue cogiéndome sin piedad, diciendo vulgaridades entre gruñidos y respiraciones agitadas: —Qué puta tan rica… qué panocha tan apretada tienes… te voy a llenar… qué buena puta eres, Lolita… te estoy cogiendo bien duro… Cada palabra suya me hace sentir más usada, más objeto. Yo ya casi no respondo. Solo gimo bajito de molestia y le acaricio la espalda con menos entusiasmo, esperando que termine.

Finalmente, después de varios minutos que se me hacen eternos, El Gordo acelera todavía más. Sus embestidas se vuelven cortas, rápidas y muy fuertes. Siento cómo su verga se hincha dentro de mí y comienza a palpitar con violencia. Se corre en un orgasmo intenso. Gruñe fuerte contra mi cuello mientras su cuerpo se tensa por completo. Siento las pulsaciones de su verga dentro del condón, los chorros calientes llenándolo mientras empuja profundo una última vez.

Yo me quedo quieta, respirando agitada, sintiendo el ardor y la molestia en mi vagina. Mentalmente agradezco con alivio: “Gracias a Dios… por fin se corrió. Qué largo se me hizo… ya no aguantaba más.” Él se queda unos segundos encima de mí, jadeando pesadamente, antes de salir lentamente de mi interior. Siento un alivio inmediato cuando su verga sale de mí, aunque el ardor sigue ahí, palpitante. Aun así, le hablo con cariño, como siempre: —Ay, bebé… te corriste muy rico… ¿te gustó?

Pero por dentro solo pienso: “Aún falta uno más… solo uno más y podré descansar.” Me quedo recostada en el sillón-cama unos momentos después de que El Gordo termina. Estoy boca arriba, con las piernas todavía abiertas y la respiración agitada. Mi mano derecha baja lentamente hasta mi vagina y la acaricio con mucha suavidad, como si estuviera consolándola. La siento caliente, hinchada y palpitante. Duele. No es un dolor insoportable, pero sí una molestia constante, ardorosa y profunda.

Cada pequeño roce de mis dedos me hace hacer una mueca. “Pobrecita… ya estás muy cansada”, pienso mientras la acaricio con ternura. “Tanto sexo en una sola noche… ya no das más.” El Gordo se levanta, se sube el pantalón con torpeza y sale del cuartito sin decir mucho, todavía con una sonrisa satisfecha. Yo me quedo sola unos minutos más. Cierro los ojos, respiro profundo varias veces, intentando recuperar un poco de energía.

Me acaricio la vagina una vez más, suavemente, como pidiéndole perdón. Luego me incorporo lentamente. Las piernas me tiemblan un poco al ponerme de pie. Estoy completamente desnuda, solo con mis zapatillas de tacón alto. Me miro un segundo en el pequeño espejo del baño del cuartito: tengo el pelo revuelto, las mejillas sonrojadas y la vagina visiblemente hinchada. Suspiro. “Vamos, Lolita… solo uno más. Tú puedes.” Salgo del almacén caminando con paso lento pero decidido.

Al llegar al área principal me doy cuenta de que el ambiente ha cambiado. Uno de los hombres (El Pelón) está profundamente dormido sentado en su silla, con la cabeza echada hacia atrás y la boca abierta. Otro (no estoy segura cuál) ya no está. Solo quedan Javier y dos más despiertos. Camino directo hacia el último hombre que falta: Raúl (mi “nene”). Me detengo frente a él, completamente desnuda, y le tomo la mano con cariño.

—Perdóname por ser el última, nene… —le digo con voz suave y un poco cansada—. Ven… vamos juntos al almacén para que te diviertas tú también.

Raúl me mira de arriba abajo con deseo y sonríe.

—No hay problema, preciosa.

Además, el último siempre es el mejor. Yo le devuelvo una sonrisa divertida y lo llevo de la mano hacia el cuartito. Entramos al almacén. Raúl comienza a desnudarse con prisa. Yo tomo otro condón de mi pequeña bolsa. Me arrodillo frente a él con elegancia a pesar del cansancio y, mientras le pongo el condón, hago bromas para aligerar el ambiente: —Ay, nene… mira qué verga tan ansiosa tienes… parece que tenía muchas ganas de verme —le digo con una risita suave mientras desenrollo el condón con cuidado—.

Qué bonita está… toda dura y caliente. Él se ríe y mueve la cadera, agitando su verga frente a mi cara de forma vulgar. Yo sigo poniéndole el condón con delicadeza, alabándola con voz juguetona. Ya listo, Raúl me mira y me dice con una sonrisa: —Ponte como lo que eres. Yo entiendo perfectamente. Me doy la vuelta, me subo al sillón-cama y me pongo en cuatro patas, de perrita.

Miro por encima de mi hombro y le digo casi en súplica, con voz cansada pero cariñosa: —Nene… por favor sé delicado… me duele un poco ya… Raúl sonríe de forma burlona y responde: —Claro que sí, princesa… voy a ser muy delicado. Se acomoda detrás de mí. Siento cómo acaricia mi vagina con la cabeza de su verga, frotándola varias veces de arriba abajo, mojándola. Luego, sin prisa pero tampoco lento, comienza a penetrarme.

La primera penetración duele. Siento cómo la cabeza gruesa empuja contra mi entrada hinchada y sensible. Mi vagina, ya muy irritada por todas las cogidas anteriores, se resiste. Siento un ardor fuerte y profundo cuando me abre. Centímetro a centímetro voy sintiendo cómo me llena. No es brusca, pero tampoco suave. Es una penetración firme que hace que me queje bajito y apriete los dientes. El dolor es real: un ardor constante, una molestia punzante que se extiende por toda mi zona íntima.

Mis paredes internas están tan sensibles que cada roce se siente como fuego. “Duele… Dios, cómo duele… Ya no soporto más. Cinco hombres en una noche son demasiados. Solo disfruté los dos primeros… después de eso solo ha sido molestia y dolor. ¿En qué estaba pensando? Me arrepiento de haber llegado tan lejos…” Raúl empieza a cogerme. No es tan violento como Chuy, pero sí es fuerte. Sus embestidas son profundas y constantes.

Cada vez que empuja hasta el fondo siento un golpe seco y ardiente dentro de mí. Ya no siento placer. Solo molestia, ardor y una sensación de roce excesivo que me hace apretar los puños contra el sillón. Aun así, le hablo con cariño: —Nene… por favor… más suavecito… me duele… Él me responde con voz tierna, casi cariñosa, pero sin detener su ritmo: —Tranquila, mi reina… aguanta un poquito más.

Estás preciosa así… con ese culito levantado para mí. Eres una mujer muy fuerte, Lolita. Aguanta rico… mira qué cuerpo tan hermoso tienes. Te ves increíble. Sigue cogiéndome fuerte, aunque sus palabras sean dulces. Me acaricia la espalda, me aprieta las caderas y sigue entrando y saliendo con fuerza. Yo ya solo resisto. En mi mente repito una y otra vez: “Solo quiero que termine… por favor que se corra rápido…

Ya no estoy disfrutando nada. Me duele mucho… Me arrepiento tanto de haber aceptado todo esto. Cinco es demasiado… solo quería probar, no llegar hasta este punto. Pero ya estoy aquí. No voy a quedar mal con Javier. No voy a rendirme ahora. Puedo aguantar un poco más… solo un poco más.” Raúl sigue moviéndose detrás de mí, hablándome con cariño mientras me coge como a él le gusta: —Qué rica estás… qué vagina tan apretada… aguanta, mi niña… ya casi… eres una puta muy buena… muy valiente…

Su verga gruesa y venosa entraba y salía con fuerza, golpeando contra el fondo de mi vagina con un ritmo brutal y constante. Cada embestida hacía que mi cuerpo se sacudiera hacia adelante sobre la vieja cama improvisada con colchón delgado y sábanas arrugadas. Yo no gemía como en las películas. Lo que salía de mi garganta eran pujidos roncos, guturales, de pura resistencia: — ¡Ughhh!… ¡Hnnngh!… ¡Aaaahhh!… ¡Mmmph!… ¡Hnnnghh!…

Cada vez que me la clavaba hasta el fondo, sentía cómo mis paredes internas se estiraban al límite y soltaba uno de esos sonidos involuntarios, casi animales.

— Tranquila, mi reina… —murmuraba Raúl con una voz sorprendentemente cariñosa y ronca, contrastando brutalmente con la fuerza de sus caderas—. Eres tan jodidamente hermosa… mira nada más este culazo que tienes, tan redondo, tan firme…

¡Plas! ¡Plas! ¡Plas! Sus nalgadas eran fuertes, sonoras, y dejaban la piel de mis nalgas ardiendo. Sin embargo, su tono era tierno, casi amoroso, como si estuviera alabando a su novia favorita.

— ¡Ay!…

Por favor… sé más delicado… —supliqué entre pujidos, con la voz entrecortada y temblorosa. Él se inclinó sobre mí, su pecho sudoroso pegándose a mi espalda, y me susurró al oído mientras seguía follándome con la misma rudeza: — No puedo, mi amor… este coñito tan apretado y caliente me tiene completamente loco. Eres perfecta, Dolores. Tan delicada por fuera y tan puta por dentro… ¡Plas! ¡Plas! Mientras hablaba, sus manos grandes subieron hasta mis senos y los apretaron con fuerza, estrujándolos, pellizcando mis pezones entre sus dedos callosos.

— ¡Qué tetas tan deliciosas tienes, princesa!

Tan grandes, tan suaves… Me encanta cómo rebotan cuando te cojo así. Aguanta un poquito más, ¿sí? Sé que puedes, mi princesita hermosa. Aguanta para mí… En mi mente solo había un pensamiento repetitivo, desesperado: “Que se corra ya… por favor, Dios, que se corra pronto… no aguanto más…” Me agarró del cabello largo con fuerza, tirando mi cabeza hacia atrás y arqueando mi espalda en un ángulo casi doloroso.

Sus embestidas se volvieron más salvajes, más profundas, más rápidas. El sonido húmedo y obsceno de su pelvis chocando contra mis nalgas llenaba todo el almacén. Mis pujidos se volvieron más intensos y seguidos: — ¡Hnnnghh!… ¡Ughhh!… ¡Aaaahh!… ¡Mmmph!… ¡Hnnngh!… ¡Ugh!… Sentía cómo mis jugos le cubrían su barra de carne, cómo mis piernas temblaban sin control. Él seguía hablándome con cariño mientras me destruía: — Eso es, mi reina… así… apriétame… qué rica eres… qué cuerpo tan espectacular tienes… aguanta un poco más, mi amor… solo un poco más…

Después de varios minutos más de esa cogida intensa y despiadada, finalmente sentí cómo todo su cuerpo se tensaba. Sus manos apretaron mis caderas con fuerza y empezó a correrse con potencia dentro del condón.

— ¡Joder, Dolores!…

¡Qué puta tan perfecta eres!… ¡Me estás haciendo correr como un animal!… ¡Toma toda mi leche, mi reina!… ¡Ahhh, sí!… Muy bien, princesa… muy bien… te felicito… me has dado un placer increíble… eres la mejor… la más rica… ¡Ahhh!… Sentí claramente las fuertes pulsaciones de su polla gruesa mientras se vaciaba violentamente. Aunque el látex separaba su semen de mi interior, la presión, el calor y la intensidad de su orgasmo fueron tan potentes que me provocaron un escalofrío profundo.

Era como si estuviera marcándome por dentro con cada chorro grueso. Cuando por fin terminó de correrse, se quedó unos segundos más dentro de mí, respirando agitado contra mi nuca. Luego se retiró lentamente. Mi cuerpo, exhausto, se derrumbó completamente sobre la cama, quedando extendida boca abajo, con las piernas abiertas, el cabello revuelto y la piel brillante de sudor. Raúl me dio una última nalgada fuerte y cariñosa en el culo enrojecido.

— ¡Plas!

Buen trabajo, mi reina. Se quitó el condón lleno, y lo lanzó con despreocupación sobre mi espalda. Sentí el peso caliente y viscoso del preservativo. Segundos después, parte de su semen espeso empezó a escurrirse lentamente por mi piel, trazando un camino caliente por mi nalga izquierda hasta llegar al colchón. Raúl se inclinó, me dio una palmada más suave, casi tierna, en el culo y murmuró: — Descansa, preciosa.

Luego salió del almacén, cerrando la puerta metálica con un ruido seco, dejándome completamente sola. Me quedé allí tirada, respirando con dificultad. Tenía lágrimas corriendo por mis mejillas, pero al mismo tiempo una sonrisa suave, satisfecha, se dibujaba en mis labios. Con esfuerzo estiré el brazo hacia atrás, agarré el condón lleno que descansaba sobre mi piel y lo lancé con debilidad hacia un rincón del almacén. Cayó con un sonido húmedo y pesado contra el suelo de concreto.

Me quedé acostada boca abajo, completamente desnuda, con el cuerpo palpitante, el adolescente vagina adolorido y el culo marcado de nalgadas. Aunque los dos últimos hombres no me habían hecho correrme, sentía una extraña y profunda satisfacción. Había aguantado una cogida dura, casi brutal, y lo había soportado. Aunque en algunos momentos fue traumático por la intensidad, me sentía orgullosa de mí misma. Orgullosa de mi cuerpo, de mi resistencia, de mi capacidad para entregarme así.

Una sonrisa amplia y serena se quedó en mi rostro mientras cerraba los ojos, todavía respirando agitada contra la sábana arrugada. “Sí… soy una zorra… pero soy mi zorra. Y hoy… hoy me siento jodidamente viva.” Todavía estaba tirada boca abajo cuando escuché el chirrido metálico de la puerta del almacén abriéndose de golpe. No me moví. Ni siquiera levanté la cabeza. Solo giré ligeramente los ojos. Un segundo después, sentí el peso ligero de mi vestido verde cayendo sobre mi espalda desnuda y mi cabello revuelto.

Javier lo había aventado con esa rudeza tan característica suya, como si yo fuera un objeto más que recoger.

— Ya es hora de irnos, Dolores —dijo con voz firme, sin un ápice de dulzura—. Vístete.

Te espero afuera. Y que sea rápido. Hizo una pausa corta y añadió con ese tono bajo y autoritario que siempre usaba conmigo: — Para ti la noche todavía no ha terminado, preciosa. No respondí. No tenía fuerzas ni ganas de contestarle en ese momento. Solo escuché sus pasos alejándose y la puerta cerrándose de nuevo con un golpe seco. Me quedé unos segundos más respirando contra la sábana arrugada, sintiendo cómo mi cuerpo protestaba con cada pequeño movimiento.

Finalmente, con un suspiro largo y cansado, me incorporé lentamente. Mis músculos gritaban. El vestido se deslizó de mi espalda y cayó sobre mis muslos. Lo tomé entre mis dedos y me lo puse con movimientos lentos y pesados. No llevaba panty —los chicos me la habían roto hace rato— así que al bajarlo sentí inmediatamente el aire fresco rozando mi adolescente vagina hinchado y sensible, y la humedad que aún quedaba entre mis piernas.

Me levanté con cuidado y caminé hacia el pequeño baño que había al fondo del almacén. Cada paso era una molestia: sentía las nalgas calientes e irritadas, el interior de mi vagina adolorida por las embestidas brutales, y un cansancio profundo en las piernas. Una vez dentro del baño, encendí la luz amarillenta y me miré en el espejo. Mi reflejo era impresionante, como siempre. Objetivamente, la mujer más hermosa que la mayoría de estos hombres verán en su vida: rostro angelical con rasgos delicados, labios carnosos, ojos grandes y expresivos, cabello largo y sedoso ligeramente revuelto, y un cuerpo escultural de curvas perfectas.

Sin embargo, mi expresión delataba la verdad: párpados pesados, mirada cansada, un leve enrojecimiento en las mejillas. Tomé varias toallas de papel húmedas que encontré en un dispensador y comencé a limpiarme con cuidado. Primero pasé la toalla entre mis piernas, abriendo ligeramente los muslos. Aunque todos se habían corrido dentro del condón, mi adolescente vagina seguía hinchado, enrojecido y mojado por mis propios jugos. Limpié con delicadeza los labios mayores e inferiores, sintiendo la sensibilidad extrema al tacto.

Luego subí por mi vientre, limpié mis senos (todavía marcados por las huellas de dedos fuertes), el valle entre ellos, mi cuello y finalmente mi rostro, quitando el sudor y los restos de lágrimas secas. Aunque no uso maquillaje —no lo necesito—, pasé los dedos por mi cabello para acomodarlo lo mejor posible, dándole un poco de volumen y orden. Me miré nuevamente al espejo. Por fuera volvía a parecer la misma Dolores de siempre: elegante, impecable, peligrosamente hermosa.

Pero por dentro estaba exhausta, adolorida. Una sonrisa pequeña y satisfecha asomó en mis labios. “Aunque duela… lo disfruté”, pensé. Salí del baño con pasos lentos y cuidadosos. El vestido se deslizaba sobre mi piel desnuda, rozando mis nalgas sensibles con cada movimiento. Tomé mi bolsita pequeña del suelo y salí del almacén. En la zona del taller, uno de los hombres seguía profundamente dormido en un sillón viejo, roncando con la boca abierta.

Otro estaba medio despierto, medio dormido, con los ojos entrecerrados y un cigarro apagado en la mano. Me miró con una sonrisa perezosa pero no dijo nada. Javier me esperaba recargado contra su auto humilde. Tenía los brazos cruzados y esa mirada posesiva que siempre me dedicaba. Cuando me acerqué con paso lento por la incomodidad que sentía al caminar, él descruzó los brazos y abrió la puerta del copiloto sin decir una palabra.

Al pasar a su lado para entrar, sentí su mano grande deslizarse por debajo de mi vestido y acariciarme el culito desnudo con descaro. Sus dedos rozaron la piel aún caliente y marcada de las nalgadas, apretando ligeramente una de mis nalgas antes de soltarme. Me senté con cuidado en el asiento. Javier cerró la puerta, rodeó el auto y se subió al lado del conductor. El motor rugió al encenderse.

Mientras salíamos del taller mecánico hacia la noche, el aire acondicionado golpeó mis piernas desnudas y sentí claramente la ausencia de ropa interior. Mi adolescente vagina seguía palpitando, adolorido, y una gota de humedad (mía o resto de sudor) se deslizó lentamente por el interior de mi muslo. El auto avanzaba por las calles irregulares del barrio humilde mientras yo intentaba mantener los ojos abiertos. Javier conducía con una mano en el volante y la otra descansando posesivamente sobre mi muslo desnudo.

El vestido corto apenas cubría lo necesario, y sin panty sentía cada movimiento del asiento contra mi delicada vagina todavía hinchado y sensible. De pronto, rompió el silencio con voz ronca pero satisfecha: — Te felicito, Dolores. En serio. No pensé que fueras tan puta. Cuatro hombres seguidos… y aguantaste como una campeona. Estoy orgulloso de ti. Sonreí débilmente, mirando por la ventanilla las luces amarillentas de los postes.

— Fue… divertido —respondí con voz cansada—. Yo tampoco pensé que iba a aguantar tanto.

Quedé bien adolorida, Javier. El último, me cogió muy fuerte. Solo aguanté para no dejarte mal frente a tus amigos. En mi mente, sin embargo, me corregí a mí misma con total honestidad: “No solo fue por ti, Javier. También lo hice por mí. Quería poner a prueba mis límites. Quería saber hasta dónde podía llegar mi cuerpo y mi mente. Y lo logré. Me follé a cuatro hombres seguidos esta noche… y sobreviví.

Me siento orgullosa de mí misma, aunque duela.” Seguimos platicando durante el trayecto. La conversación fluía lenta, casi perezosa. En un momento le dije con sinceridad: — Esta experiencia fue la primera y la última de mi vida, Javier. No pienso repetir algo así nunca más. Fue demasiado. Él soltó una risa baja, conciliadora, casi cariñosa, mientras su mano subía un poco más por mi muslo.

— Tú estás hecha para esto, mi reina.

Mírate… eres una puta natural. Tan hermosa, tan obediente, tan capaz de recibir verga como nadie. Deberías estar orgullosa de lo que hiciste hoy.

— Para mí fue demasiado —insistí suavemente, con voz cada vez más débil—. De verdad.

Con una vez es suficiente. No creo volver a hacerlo. Javier me miró de reojo, evaluándome, y finalmente asintió sin insistir más.

— Entendido.

No te voy a presionar. Para ese momento yo ya estaba luchando contra el sueño. Mis párpados pesaban toneladas. El cansancio extremo de la noche me caía encima como una manta gruesa. Continuamos hablando un rato más mientras salíamos del barrio humilde hacia zonas más iluminadas de la ciudad. Javier me hacía preguntas —sobre cómo me había sentido con cada uno, qué había pensado cuando me jalaban del cabello, si me había dolido mucho— y yo respondía con monosílabos y balbuceos cada vez más incoherentes.

— Mmm… sí… dolió un poco… pero… aguanté…

Poco a poco mis respuestas se volvieron más cortas, más lentas, hasta que simplemente dejé de hablar. Me quedé dormida con la cabeza recostada contra el asiento, el cuerpo rendido. Medianamente recuerdo algunos fragmentos del camino, como destellos borrosos: En un semáforo, sentí la mano grande de Javier acariciando mi pierna desnuda con lentitud posesiva. En otro, mientras esperábamos la luz verde, se inclinó hacia mí y me besó el cuello con labios calientes y húmedos, mordisqueando suavemente mi piel sensible.

En algún momento distinguí las luces brillantes de edificios elegantes y modernos; supe que ya habíamos entrado en la zona más acomodada de la ciudad. En otro semáforo, Javier bajó la parte superior de mi vestido con un movimiento hábil, dejando mis senos al descubierto. Sus manos grandes los manoseaban con deseo, apretando, pellizcando mis pezones, mientras yo flotaba entre el sueño y la vigilia. No sé cuánto tiempo pasó.

Cuando finalmente desperté, estaba siendo cargada en brazos. Javier me llevaba con una delicadeza sorprendente, como si yo fuera algo frágil. Estábamos dentro de su tienda. Caminaba directo hacia la oficina que tenía al fondo del local, donde guardaba un sofá-cama que ya estaba desplegado y listo. Me obligué a despertar del todo, parpadeando varias veces. Javier me depositó con cuidado sobre el sofá-cama. La superficie era suave comparada con la cama dura del almacén.

Se sentó a mi lado, a la altura de mi rostro, y me miró con esos ojos oscuros llenos de deseo acumulado.

— Ahora es mi turno, Dolores —dijo con voz baja y ronca—. Es hora de que me atiendas a mí.

Aquí estaremos más cómodos. Mientras hablaba, se acercó lentamente y comenzó a besarme. Sus labios eran firmes, demandantes. Al principio yo solo recibía el beso, todavía algo aturdida. Pero poco a poco empecé a correspondérselo, moviendo mis labios contra los suyos, dejando que mi lengua se encontrara con la suya en un beso cada vez más profundo y húmedo. Mientras nos besábamos, mi mente no dejaba de dar vueltas: “Esta noche ha sido una de las experiencias más extremas de toda mi vida.

Cuatro y el mas. Uno tras otro. Cogidas brutales, nalgadas, jalones de cabello, palabras sucias mezcladas con halagos cariñosos… Nunca voy a olvidar esto. Nunca.” Tenía muy presente la palabra de seguridad que habíamos acordado con Javier desde el principio. Solo tenía que decirla y él se detendría inmediatamente. Confiaba en que cumpliría su palabra. Sin embargo, algo más profundo dentro de mí me decía que no la usara esta noche.

Una voz retorcida susurraba: “Javier es tu hombre. Debes complacerlo. Aunque estés cansada. Aunque estés adolorida. Aunque ya hayas dado todo.” Mientras seguíamos besándonos, reflexionaba sobre él. Todavía no entiendo del todo qué tiene este hombre que me empuja a complacerlo de esta manera tan extrema. Me trata con rudeza, como si yo fuera un objeto sexual sin sentimientos ni pensamientos propios. Solo se preocupa por su placer, por usarme, por saciarse en mi cuerpo.

Y, de una forma retorcida y oscura que aún no logro explicarme del todo… eso me excita. Me gusta. No puedo decirle que no. Sus manos ya empezaban a subir por mis muslos desnudos, levantando el vestido, mientras el beso se volvía más intenso. Yo seguía besándolo, agotada pero dispuesta, con el cuerpo dolorido y la mente llena de pensamientos contradictorios. Seguía sentada en el borde del sofá-cama cuando, sin pensarlo mucho, levanté los brazos y abracé a Javier por el cuello, atrayéndolo hacia mí y haciendo el beso mucho más profundo.

Mi lengua buscó la suya con hambre, entrelazándose, succionando, mientras mis dedos se enredaban en su cabello corto. Sabía perfectamente lo que venía. Después de haber sido cogida por sus amigos, mi adolescente vagina estaba hinchada, roja y extremadamente sensible. Javier siempre me cogía con fuerza bruta, sin contemplaciones, y esta noche no sería la excepción. Iba a dolerme. Lo sabía. Pero igual estaba dispuesta a entregarle mi cuerpo entero.

Javier separó sus labios de los míos solo unos centímetros, respirando agitado contra mi boca, y preguntó con voz ronca y cargada de curiosidad: — ¿les mamaste la verga a mis amigos esta noche? Lo miré directamente a los ojos y respondí con total sinceridad: — No. A ninguno. Ninguno me pidió que se la mamara. Una sonrisa lenta y profundamente satisfecha se dibujó en el rostro de Javier. Sus ojos brillaron con un orgullo posesivo que solo él podía tener conmigo.

Se puso de pie frente a mí, todavía entre mis piernas abiertas, y sin apartar la mirada se desabrochó el pantalón. Sacó su verga gruesa, ya completamente dura, pesada y venosa. El glande estaba hinchado y brillaba ligeramente por la precum que ya empezaba a brotar. Sin decir nada, comenzó a acariciar mi tierno rostro con su barra de amor, caliente y rígida. Sentí primero el glande rozando suavemente mi mejilla derecha, dejando un rastro tibio y pegajoso de precum.

Luego lo pasó con lentitud por mi pómulo, bajando hasta la línea de mi mandíbula, subiendo de nuevo hasta mi sien. Después acarició mi frente, bajó por el puente de mi nariz y rozó suavemente mis labios entreabiertos. La piel suave y caliente de su verga contrastaba con la dureza de su erección. Sentía cada vena palpitante contra mi rostro, el peso de su miembro descansando momentáneamente sobre mi mejilla, el calor que irradiaba.

Era una caricia extraña, casi tierna en su crudeza. Me sorprendí a mí misma disfrutándola profundamente. Había algo íntimo y posesivo en la forma en que usaba su carne para marcar mi cara, como si estuviera reclamando cada centímetro de mi belleza solo para él. Javier deslizaba su verga con calma: por mis párpados cerrados, por mis cejas, por el lóbulo de mi oreja, regresando una y otra vez a mis labios, golpeándolos suavemente con el glande hinchado.

Yo abrí la boca, ansiosa, intentando atrapar su polla entre mis labios. Pero Javier se divertía negándomela. Cada vez que yo avanzaba, él retiraba la cadera con una sonrisa juguetona, dejando que solo el glande rozara mi lengua por un segundo antes de alejarla de nuevo. Empezamos un juego delicioso y travieso: yo intentaba cazar su verga con la boca abierta mientras él la movía por todo mi rostro, acariciándome las mejillas, la nariz, la frente y los labios.

Nuestras risas suaves llenaban la oficina. Yo reía entre intentos fallidos y él se reía de mi desesperación juguetona. Por fin, después de varios intentos, logré atraparla. Con una risa triunfante de ambos, cerré mis labios alrededor de su glande caliente y grueso y comencé a mamársela con devoción. Empecé despacio, saboreándolo. Mi lengua giraba lentamente alrededor de la cabeza, lamiendo el precum salado que no dejaba de brotar. Chupé con fuerza suave, hundiendo las mejillas, mientras mis labios subían y bajaban por los primeros centímetros.

Javier soltó un gruñido bajo de placer. Poco a poco fui metiendo más de su verga en mi boca, sintiendo cómo se deslizaba sobre mi lengua caliente y húmeda, rozando el cielo de mi boca y llegando casi hasta mi garganta. Saqué su polla de mi boca con un sonido húmedo y bajé aún más. Empecé a lamer y chupar sus huevos pesados con dedicación. Los tomé uno por uno en mi boca, succionándolos suavemente, sintiendo su textura arrugada y caliente contra mi lengua.

Los lamí con lentitud, dibujando círculos, besándolos, mientras mi mano derecha masturbaba su verga mojada con movimientos largos y firmes. Javier gemía más fuerte, una de sus manos se posó en mi cabeza, acariciando mi cabello sin empujar todavía. Volví a subir. Esta vez me la metí más profundo. Relajé la garganta y dejé que su polla gruesa entrara varios centímetros más, hasta que sentí el glande presionando contra el fondo de mi garganta.

Empecé a mover la cabeza con ritmo constante: bajando hasta donde podía, tragando alrededor de su verga, subiendo hasta dejar solo el glande dentro de mi boca para chuparlo con fuerza mientras mi lengua lo azotaba por debajo. Saliva abundante corría por su polla, goteando hasta sus huevos. Hacía sonidos húmedos y obscenos cada vez que la sacaba y la volvía a meter: gluck… gluck… gluck… Alternaba entre chupar solo el glande con succiones fuertes y rápidas, lamer toda la longitud de su verga desde los huevos hasta la punta, y volver a metérmela hasta el fondo.

De vez en cuando lo miraba desde abajo con mis grandes ojos, sabiendo el efecto que eso tenía en él. Después de varios minutos chupándosela con devoción, Javier me tomó suavemente del cabello y apartó mi boca de su verga brillante de saliva. Su voz salió grave, cargada de deseo y autoridad: — Quítate el vestido. Desnúdate para mí. Obedecí sin decir una palabra. Me puse de pie frente a él, todavía con las piernas algo temblorosas por todo lo que había vivido esa noche.

Deslicé el vestido por mis hombros y dejé que la tela se deslizara lentamente por mi cuerpo hasta caer al suelo. Quedé completamente desnuda frente a él: mis senos firmes, mis pezones ya endurecidos, mi cintura estrecha, mis caderas anchas, mi culo redondo todavía marcado con huellas rojizas de nalgadas, y mi adolescente vagina completamente depilado, hinchado, enrojecido y brillante por los jugos acumulados de tantas horas de sexo. Me quedé de pie, esperando que él también se desnudara, pero Javier solo se quitó la camisa con rapidez, revelando su torso fuerte y marcado por el trabajo duro.

Luego se acostó completamente desnudo en el sofá-cama, con la verga gruesa, dura y mojada apuntando hacia arriba, palpitante.

— Ahora haz tu trabajo —ordenó con voz ronca, mirándome con intensidad.

Entendí perfectamente lo que quería. Me subí sobre él con movimientos lentos y cuidadosos, colocándome a horcajadas sobre sus caderas. Mi adolescente vagina quedó justo encima de su polla erecta. Sabía que esta noche Javier, como mi hombre principal, no iba a usar condón conmigo. Iba a cogerme a pelo, directo, piel con piel. Me apoyé con una mano en su pecho y con la otra agarré su verga gruesa, alineándola con mi entrada.

Respiré profundo, preparándome. Sabía que me iba a doler. Después de sus amigos, mi vagina estaba inflamada, sensible y castigada. Aun así, bajé lentamente. La primera penetración fue intensa y contradictoria. Sentí el glande grueso abriéndose paso entre mis labios hinchados, forzando mis paredes internas que ya estaban irritadas y sensibles al extremo. Un dolor agudo y profundo me recorrió el vientre cuando su polla empezó a entrar centímetro a centímetro, estirándome sin piedad.

Era como si mi adolescente vagina protestara después de tanto uso, como si cada terminación nerviosa estuviera en carne viva. Solté un gemido ahogado, mezcla de queja y placer inesperado. Pero al mismo tiempo —y esto me sorprendió incluso a mí— una ola de placer extraño y profundo se mezcló con el dolor. Sentía cada vena de su verga rozando mis paredes internas, sentía su calor directo, sin barrera de látex, llenándome por completo.

Era un placer retorcido, casi masoquista, que nacía precisamente del dolor. Mi cuerpo, exhausto y abusado, respondía de forma traicionera a Javier.

— Mmm… duele, papi… —susurré con voz entrecortada, pero sin detenerme.

Seguí bajando hasta que lo tuve completamente enterrado dentro de mí. Su verga gruesa me llenaba hasta el fondo, presionando contra mi cervix. Me quedé quieta unos segundos, respirando agitada, adaptándome a la sensación de estar tan llena y tan adolorida. Sorprendida por ese placer inesperado que sentía a pesar de todo, me propuse consentirlo de verdad. Javier se lo merecía. Esta noche yo había sido la puta de sus amigos, pero ahora era su momento.

Empecé a moverme sobre él con lentitud al principio, subiendo y bajando con movimientos suaves pero profundos. Mis caderas giraban en círculos lentos mientras lo cabalgaba, apretando mi adolescente vagina alrededor de su verga cada vez que bajaba. Tomé las manos grandes de Javier y las guie hacia mi cuerpo. Coloqué una en mi pecho izquierdo y la otra en mi nalga derecha, animándolo a tocarme, a apretarme, a poseerme.

— Ninguno de tus amigos se compara contigo, papi… —le dije con voz suave, cariñosa y seductora, mientras seguía moviéndome sobre su polla—. Ninguno tiene una verga tan gruesa y tan perfecta como la tuya…

Ellos me cogían fuerte, pero ninguno me llena como tú lo haces… Ahh… siento cada centímetro tuyo dentro de mí… Aceleré un poco el ritmo, subiendo más alto para luego dejarme caer con más fuerza, aunque el dolor seguía ahí, latente.

— Tus amigos tenían vergas grandes… pero la tuya es más gruesa, más caliente… me abre más… me llega más profundo…

Ninguno sabía cómo cogerme como tú… Tú sabes exactamente cómo usar mi cuerpo… cómo hacerme sentir tuya… Javier apretaba mis senos con fuerza mientras yo hablaba, pellizcando mis pezones. Yo seguía cabalgándolo con dedicación, moviendo las caderas en ochos, apretando mi adolescente vagina alrededor de él con cada bajada.

— Ellos solo me cogían como animales… pero tú… tú eres mi hombre, papi.

Tu verga se siente diferente… más rica… más mía… Me duele… pero me gusta que me duela contigo… Nadie me hace sentir tan puta y tan deseada al mismo tiempo como tú… Mis movimientos se volvieron más fluidos y profundos. Subía casi hasta sacar su polla por completo y luego bajaba de golpe, tragándomela entera, sintiendo cómo mi adolescente vagina palpitaba dolorosamente alrededor de su grosor. Seguía guiando sus manos por todo mi cuerpo: por mi cintura, por mis senos, por mi culo adolorido, por mi clítoris hinchado.

— Ninguno sabía cómo apretarme las tetas mientras me cogian…

Tú sí… Tú sabes cómo tocarme… cómo reclamarme… Eres mucho mejor que todos ellos juntos, papi… Miraba el rostro de Javier: sus ojos entrecerrados, la boca ligeramente abierta, la mandíbula tensa de puro placer. Era evidente que estaba disfrutando cada segundo. Sus manos grandes no dejaban de recorrer mi cuerpo, acariciando mis senos pesados, apretando mis pezones entre sus dedos, bajando por mi cintura estrecha hasta agarrar mis caderas y guiar mis movimientos.

— Joder, qué puta tan hermosa eres… —gruñó con voz ronca, llena de humillación y deseo—. Mira nada más este cuerpo de diosa que tienes… estas tetas perfectas… este culazo que se abre cada vez que bajas…

Eres demasiado rica, Dolores. Demasiado puta para ser real. Sus palabras me encendían tanto como me avergonzaban. Aunque me dolía muchísimo cada vez que su polla gruesa rozaba mis paredes internas castigadas, el placer seguía creciendo, pulsando en mi clítoris hinchado y en lo más profundo de mi vientre. Dolor y placer peleaban por el dominio, y yo estaba atrapada en medio, gimiendo bajito con cada bajada. En un momento, mientras yo seguía moviéndome sobre él, Javier me miró con una sonrisa oscura y dijo: — El premio por haberte portado tan bien esta noche… es que te voy a dar toda mi leche.

Toda para ti, mi puta favorita. Sonreí con los labios entreabiertos, todavía cabalgándolo con lentitud.

— Me encanta tu premio, papi…

Me encanta —respondí con voz dulce y seductora—. ¿Dónde quieres correrte? Dime dónde quieres dejarme tu leche… Javier soltó una nalgada fuerte que resonó en la oficina y abrió mis nalgas con ambas manos, exponiendo completamente mi culito estrecho. Metió la punta de un dedo grueso en mi ano, presionando suavemente mientras hablaba: — Te voy a dar tu premio aquí… en este culito tan rico y apretado que tienes.

Gemí fuerte, un sonido largo y entrecortado entre el dolor y el placer que me provocó su dedo invadiendo mi ano.

— ¡Ahhh!… —sonreí a pesar de todo, mirándolo con ojos brillantes—. Puedes correrte donde quieras, papi…

Es tuyo. Continuamos moviéndonos así varios minutos más, con una conversación cada vez más morbosa y sucia. Javier me decía lo puta que era por haber dejado que sus amigos me cogieran, cómo le excitaba saber que mi adolescente vagina todavía estaba lleno de los rastros de la noche aunque él fuera el único que me usaba a pelo. Yo le respondía entre gemidos, diciéndole que solo su verga me hacía sentir así de llena, que nadie me estiraba como él.

Después de un rato, su voz se volvió más autoritaria: — Basta. Ponte de perra. Ahora. Obediente, me bajé lentamente de su cuerpo, sintiendo cómo su polla salía de mi adolescente vagina con un sonido húmedo. Me coloqué en cuatro patas sobre el sofá-cama, arqueando la espalda y ofreciéndole mi culo. Javier se arrodilló detrás de mí. Yo miré por encima del hombro con expresión coqueta, tomé su verga gruesa y caliente con la mano y la masturbe un par de veces, sintiendo su grosor y su dureza.

Coloqué la punta hinchada directamente contra la entrada de mi culito estrecho y le dije con voz suave: — Estoy lista, papi… Javier comenzó a empujar. La primera penetración anal fue extremadamente lenta, difícil y dolorosa. Mi culito es naturalmente muy estrecho y pequeño, y después de la noche tan intensa que había tenido, mis músculos estaban tensos y poco receptivos. El glande grueso presionaba con fuerza contra mi esfínter, forzándolo a abrirse milímetro a milímetro.

Sentí un dolor ardiente, punzante, como si me estuvieran abriendo con un objeto demasiado grande para mi cuerpo. Mi ano resistía, apretándose instintivamente alrededor de la cabeza de su verga.

— Relájate… —gruñó Javier, con la voz tensa por el esfuerzo y el placer—. Deja que entre, Dolores… abre ese culito para mí… así… déjame entrar…

Enterré las uñas con fuerza en el sofá-cama, agarrando la tela con desesperación mientras intentaba relajarme. Respiraba agitada, sudando, haciendo todo lo posible por abrirme para él. Empujé hacia afuera con los músculos internos, tratando de relajar el esfínter. Poco a poco, muy lentamente, el glande grueso logró pasar el anillo muscular. Sentí un “pop” interno cuando la cabeza de su polla entró por completo en mi culo. El dolor fue intenso, un ardor profundo que me hizo soltar un gemido largo y ahogado.

— ¡Aaaahhh!…

¡Duele, papi!… —gemí, pero no me moví. Javier se quedó quieto unos segundos, dejando que me adaptara, pero siguió empujando con lentitud implacable. Centímetro a centímetro su verga gruesa y venosa se fue abriendo paso dentro de mi intestino, estirándome de una forma brutal. Sentía cada vena, cada relieve de su polla raspando mis paredes internas ultra sensibles. Mi culito estaba tan apretado que parecía que iba a partirme en dos.

El dolor era casi insoportable, pero debajo de él latía un placer oscuro, prohibido, que me hacía temblar.

— Eso es… buena puta… déjame entrar más… relaja ese culito tan estrecho… míralo, cómo me aprieta… —murmuraba Javier mientras seguía empujando, sus manos firmes sujetando mis caderas.

Yo hacía todo lo posible: respiraba profundo, empujaba hacia afuera, intentaba relajar los músculos. Poco a poco, después de un esfuerzo largo y doloroso, sentí cómo casi la mitad de su verga gruesa quedaba enterrada en mi culo virgen de esa noche. El ardor era constante, mi ano palpitaba alrededor de su grosor, y lágrimas de esfuerzo se acumulaban en mis ojos. Pero seguía allí, de perra, ofreciéndole mi culo más estrecho, decidida a recibirlo completo.

Poco a poco Javier comenzó a aumentar el ritmo. Al principio sus embestidas eran lentas y profundas, permitiéndome adaptarme al grosor invasor en mi culito ultraestrecho. Pero pronto sus caderas empezaron a moverse con más fuerza y velocidad. Cada vez que sacaba casi toda su verga gruesa y la volvía a clavar hasta el fondo, sentía cómo mi ano se abría violentamente alrededor de él. Al comienzo todavía sentía placer.

Un placer oscuro, intenso, prohibido, que nacía de la sensación de estar completamente llena y poseída. Pero mientras más rápido y más fuerte me follaba el culo, más crecía el dolor. El ardor se volvió abrasador. Cada embestida era como un golpe interno que me atravesaba el vientre. Mi culito, tan pequeño y estrecho, no estaba preparado para recibir una cogida tan salvaje después de la noche que había tenido.

Pronto dejé de gemir de placer y empecé a pujar con fuerza, soltando sonidos guturales y roncos cada vez que me la metía hasta las bolas: — ¡Hnnnghh!… ¡Ughhh!… ¡Aaaahh!… ¡Mmmph!… ¡Hnnngh!… Los pujidos se convirtieron en gritos más fuertes y agudos cuando el dolor se volvió casi insoportable: — ¡Aaaahhh!… ¡Aaahh!… ¡¡Ayyy!!… A pesar del dolor lacerante, no le dije nada a Javier. No le pedí que fuera más despacio.

No le dije que me estaba doliendo demasiado. Simplemente me quedé allí, en cuatro patas, con la espalda arqueada y el culo ofrecido, aguantando como una buena puta. Quería aguantar por él. Sentía que se lo debía. Después de haber sido la zorra de sus cuatro amigos, ahora era su turno de usarme como quisiera. Y yo estaba dispuesta a resistir por él. Javier me usaba el ano con fuerza brutal.

Sus caderas chocaban contra mis nalgas con golpes secos y violentos. El sonido húmedo y obsceno de su polla entrando y saliendo de mi culito apretado llenaba toda la oficina. Cada embestida profunda hacía que mi cuerpo se sacudiera hacia adelante, obligándome a clavar las uñas con más fuerza en el sofá-cama. Sus manos no dejaban de manosear todo mi cuerpo con avidez posesiva. Una mano grande apretaba y estrujaba mis senos redondos y firmes, pellizcando mis pezones con fuerza, tirando de ellos mientras me cogía.

La otra mano bajaba por mi espalda, agarraba mi cintura estrecha, luego subía de nuevo para jalarme del cabello y arquearme más. A veces abría mis nalgas con ambas manos para ver cómo su verga gruesa desaparecía dentro de mi ano rosado y estirado al límite. Me daba nalgadas fuertes y sonoras, dejando la piel de mi culo aún más roja y caliente. Sus dedos bajaban hasta mi adolescente vagina hinchado, frotaban mi clítoris hinchado con rudeza, metía dos dedos dentro de mi vagina empapada y los movían al mismo ritmo de sus embestidas anales.

Me sentía completamente usada. Cada rincón de mi cuerpo era suyo en ese momento: mis tetas, mi cintura, mi culo, mi cabello, mi adolescente vagina… todo era juguete de sus manos mientras su polla gruesa me destruía el ano sin piedad. De pronto noté que sus embestidas se volvían más cortas, más rápidas y erráticas. Su respiración se volvió pesada y gruñona. Supe que estaba a punto de correrse.

— ¡Joder, qué culo tan apretado tienes, puta!… —gruñó entre dientes, con voz entrecortada y morbosa—. Te voy a llenar este culito… te voy a dejar toda mi leche bien adentro… vas a sentir cómo te marco por dentro…

Eres mía, Dolores… mi puta favorita… Sus palabras fueron el detonante. De repente Javier empujó con toda su fuerza y se quedó enterrado hasta el fondo en mi ano. Sentí cómo su verga se hinchaba aún más dentro de mí y luego comenzó a correrse con potencia brutal. La primera descarga fue fuerte y caliente. Chorros gruesos y abundantes de semen caliente explotaron directamente contra las paredes de mi intestino.

Sentí cada pulsación violenta de su polla mientras me inundaba el culo con su leche espesa. Eran chorros largos, potentes, que me llenaban por dentro con un calor profundo e intenso. Sentía cómo su semen se acumulaba en mi interior, cómo presionaba contra mis paredes internas mientras él seguía corriéndose sin parar, gruñendo como un animal. Y entonces, de forma completamente inesperada, ese calor intenso y la presión de su corrida desencadenaron un fuerte orgasmo anal en mí.

El placer me golpeó como una ola violenta. Empezó en lo más profundo de mi culo, un calor eléctrico que se expandió hacia mi vientre, hacia mi clítoris y hacia toda mi columna vertebral. Mis paredes anales se contrajeron con fuerza alrededor de su verga palpitante, ordeñándola mientras yo temblaba sin control. El orgasmo fue profundo, diferente a cualquier orgasmo clitoriano o vaginal que hubiera tenido antes. Era un placer interno, casi visceral, que me hizo arquear la espalda con violencia y soltar un grito largo y ronco.

Sentía cómo mis músculos internos se apretaban rítmicamente alrededor de su polla, succionando su semen aún más profundo dentro de mí. Oleadas de placer caliente recorrían todo mi cuerpo, haciendo que mis piernas temblaran, que mis senos se sacudieran y que mi visión se nublara por unos segundos.

— ¡Aaaahhhhh!… —grité, sin poder contenerme.

Mi orgasmo anal fue largo e intenso. Sentía cómo mi culo palpitaba alrededor de su verga, cómo cada contracción enviaba nuevas descargas de placer hacia mi vientre. El orgasmo anal fue tan intenso y abrumador que mi cuerpo simplemente no pudo soportarlo más. Una ola tras otra de placer profundo y eléctrico me recorría desde lo más hondo de mis entrañas, haciendo que mis músculos se contrajeran de forma incontrolable alrededor de la verga de Javier.

Mis piernas temblaban violentamente, mis brazos perdieron toda fuerza y, con un gemido largo y entrecortado, me dejé caer completamente sobre el sofá-cama, estirada boca abajo, con el cuerpo laxo y sudoroso. Javier cayó encima de mí, cubriéndome por completo con su cuerpo caliente y pesado. Su verga gruesa permaneció enterrada hasta el fondo en mi culito, todavía palpitando con las últimas gotas de su corrida. Sentía su pecho pegado a mi espalda, su respiración agitada contra mi nuca y el peso deliciosamente aplastante de su cuerpo sobre el mío.

Me quedé allí, con algunas lágrimas calientes rodando por mis mejillas, mezcla de agotamiento extremo, dolor y una felicidad extraña y profunda. De pronto, sin poder evitarlo, empecé a reír. Una risa suave al principio, que luego se convirtió en risitas entrecortadas de pura felicidad y sorpresa. Reía por todo lo que había pasado esa noche: por haber sido usada por sus amigos, por haber aguantado tanto, por el brutal orgasmo anal que Javier acababa de provocarme, y sobre todo, por sentirme tan viva, tan sexualmente poderosa y autodesarrollada.

Entre risitas de sorpresa y diversión, todavía con su verga dentro de mi culo, le pregunté: — ¿Disfrutaste cogiéndome por el culito, papi? Javier soltó una risa baja y satisfecha, y mientras respondía no dejó de acariciar mi cuerpo con sus manos grandes y cálidas: recorriendo lentamente mi espalda, mis costados, mis nalgas abiertas, mis muslos y mis senos aplastados contra el colchón.

— Joder, claro que sí, mi puta hermosa.

Ese culito tan estrecho y caliente me apretó la verga como si no quisiera soltarme nunca. Me corrí como un animal dentro de ti. Eres una diosa, Dolores. Nos quedamos así varios minutos más, descansando mientras nuestros cuerpos dejaban de temblar. Sus manos seguían acariciándome con pereza: dedos trazando círculos en mi piel sudorosa, apretando suavemente mis nalgas, subiendo por mi columna vertebral y bajando hasta mis muslos. Era un toque posesivo pero extrañamente tierno después de la brutalidad anterior.

Finalmente, Javier rompió el silencio: — Entonces… ¿es verdad que no quieres repetir una noche como esta nunca más? Aun sonriendo, con ligeras risitas que no podía controlar, respondí: — No, papi. Esta noche fue demasiado extrema para mí. De verdad. No creo repetirla nunca. Con una vez es suficiente… para tenerla como recuerdo. Javier no insistió más. Solo besó mi nuca y siguió acariciando mi cuerpo en silencio. Un rato después se levantó lentamente.

Sentí cómo su verga, ya más suave pero todavía gruesa, salía poco a poco de mi culito. Un chorro caliente de su semen comenzó a escaparse inmediatamente de mi ano abierto y palpitante. Javier se medio vistió mientras yo, con muchísimo esfuerzo y el cuerpo exhausto, me ponía de pie. Me puse el vestido verde corto, sin panty (los chicos me la habían roto horas antes), y me arreglé el cabello como pude.

Cuando estuve lista, Javier me acompañó hasta la puerta pequeña de su tienda. Antes de abrirla, me dijo con voz calmada: — Desde aquí te voy a cuidar hasta que entres a tu área residencial. Se ve perfectamente la puerta principal desde la tienda. En la puerta nos despedimos. Me dio un beso amoroso, profundo pero suave, y terminó con un fuerte apretón en mi culo adolorido. Sonreí contra sus labios.

Comencé a caminar hacia la esquina donde estaba el semáforo para cruzar la avenida de cuatro carriles que separaba la tienda de Javier del exclusivo conjunto residencial. Caminaba lento, con esa forma característica de una mujer que acaba de ser cogida con extrema intensidad: piernas ligeramente abiertas, pasos cortos y cuidadosos, caderas moviéndose con rigidez. Esperé la luz verde y crucé. Mientras caminaba hacia la puerta principal, sentía con claridad cómo la leche abundante, caliente y espesa de Javier seguía saliendo de mi culito.

Gruesos hilos de semen se deslizaban lentamente por el interior de mis muslos, dejando rastros brillantes y viscosos sobre mi piel. Estaba preocupada de que los guardias de seguridad se dieran cuenta. Llegué a la puerta principal. Volteé hacia la tienda y vi que Javier estaba parado afuera, mirándome desde lejos. Lo saludé con un ademán de la mano. Él levantó la suya en respuesta. Los guardias me saludaron con su habitual tono respetuoso pero claramente morboso, recorriendo con la mirada mi cuerpo y mis piernas desnudas bajo el vestido corto.

— Buenas noches, señorita Dolores —dijeron con sonrisas cargadas de intención.

Puse todo mi esfuerzo en caminar de forma normal, erguida y elegante, y les respondí con una sonrisa alegre y natural: — Buenas noches, chicos. Pasé al interior del conjunto residencial. El trayecto hasta mi casa se me hizo eterno. Aún era de noche profunda y el lugar estaba en silencio. Miré mi reloj: marcaba las 4:15 de la madrugada. Mi casa estaba al otro lado del área, en la zona más exclusiva y apartada.

Cada paso era una molestia: el culo me ardía, el adolescente vagina me palpitaba, las piernas me temblaban de cansancio. Por fin llegué. Noté inmediatamente que el auto de lujo de mi padrastro no estaba en la entrada. Saqué mi iPhone y encontré un mensaje suyo: “Tuve que salir por una emergencia en el trabajo. No sé si llegaré mañana. Descansa.” Le escribí rápidamente: “¿Todo está bien? Me preocupo por ti.”

Sabía que no recibiría respuesta inmediata, así que guardé el teléfono y entré a la casa.


Nota del autor: Subí las escaleras con mucha dificultad, agarrándome del barandal pensando como escribir esta historia para mis seguidores de patreon. Entré a mi habitación, me quité el vestido y las zapatillas, quedando completamente desnuda. Al bajar la mirada vi sonriendo ese hilo grueso y brillante de semen que tenía embarrado en el interior de mis muslos y que seguía escapándose lentamente de mi culito. Me metí en la cama tal como estaba, totalmente desnuda. Me tapé con la sábana suave y fresca, cerré los ojos y seguí sintiendo con cosquillitas cómo la leche espesa de Javier continuaba saliendo poco a poco de mi ano. Con un último pensamiento claro y definitivo, me quedé dormida: “Esta fue la primera y última vez…”

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