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El padre de su ex

Relatante32 Sexo con maduros 11 min de lectura 3398 lecturas 24 de septiembre de 2026
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La boda era en una finca a las afueras, una de esas con jardín amplio, luces cálidas y una carpa blanca donde ya sonaba música de fondo. Clara llegó de la mano de Marcos, su novio desde hacía ocho meses. Él iba impecable en traje oscuro. Ella llevaba un vestido negro ceñido, escote moderado, el pelo suelto y un collar fino. Sonreía, saludaba, hacía exactamente lo que se esperaba de una invitada educada.

No había visto a Héctor desde la ruptura con su hijo. Cuatro años. Cuatro años en los que había evitado pensar demasiado en el hombre que siempre la miraba un segundo más de lo necesario cuando iba a recoger a Adrián a casa. Ahora tenía cincuenta y nueve años. El pelo más canoso, las arrugas más marcadas alrededor de los ojos, pero la misma presencia pesada, la misma forma de ocupar el espacio como si el resto de la gente sobrara.

Lo vio por primera vez junto a la barra de bebidas. Traje gris oscuro, camisa blanca sin corbata, la manga arremangada hasta el codo. Hablaba con alguien y reía por lo bajo. Cuando levantó la vista y la encontró, la risa se le apagó. No sonrió. Solo la miró. Largo. Sin disimulo. Clara apretó la mano de Marcos sin darse cuenta.

—¿Pasa algo? —preguntó él.

—Nada.

Hace calor. Durante la ceremonia se sentaron en la tercera fila. Héctor estaba dos bancos más adelante, del lado del novio. Cada vez que giraba la cabeza ligeramente, Clara sentía la mirada. No era insistente. Era paciente. Como si tuviera todo el tiempo del mundo. En el cóctel, Marcos se entretuvo hablando con un primo. Clara se quedó sola un momento junto a una de las mesas altas, con una copa de vino blanco en la mano.

No vio venir a Héctor hasta que estuvo a su lado.

—Clara.

La voz era exactamente igual. Grave, calmada, con ese deje de quien está acostumbrado a que lo escuchen.

—Héctor —contestó ella, forzando una sonrisa educada—. Qué sorpresa.

—No tanto.

Sabía que vendrías. Adrián mencionó que seguíais en contacto por Instagram. Ella asintió, incómoda.

—Vine con mi novio.

Marcos.

—Lo he visto.

Parece… correcto. La forma en que dijo la palabra hizo que a Clara se le contrajera el estómago. Héctor levantó su propia copa y bebió un sorbo sin apartar los ojos de ella.

—Sigues igual de guapa.

El negro te sienta bien. Te marca la cintura. Clara sintió el calor subiéndole por el cuello. Miró alrededor. Nadie les prestaba atención. Marcos seguía de espaldas, riendo con el primo.

—No deberías decir esas cosas.

—¿Por qué no?

Ya no sales con mi hijo. Y yo nunca fui de los que muerden la lengua. Se quedó callado un segundo, mirándole el escote sin ningún pudor.

—Siempre pensé que Adrián no te merecía.

Era demasiado blando contigo. Demasiado… cuidadoso. Clara tragó saliva. La copa le temblaba un poco entre los dedos.

—No sé de qué hablas.

—Sí sabes.

—Héctor dio un paso más cerca.

El olor a colonia cara y a piel caliente le llegó de golpe—. Yo te miraba cuando él no se daba cuenta. Cuando te reías de sus chistes malos. Cuando te tocaba la espalda con esa delicadeza de quien tiene miedo de romper algo. Yo no hubiera tenido ese miedo. Ella abrió la boca para contestar, pero no salió nada. Él sonrió apenas, una sonrisa pequeña, privada.

—Voy al baño.

El de abajo, al final del pasillo. Dentro de cinco minutos. Si no vienes, no pasa nada. Sigo disfrutando de la boda. Si vienes… entonces hablamos de verdad. Se alejó sin esperar respuesta. Clara se quedó quieta, la copa todavía en la mano, el corazón golpeándole las costillas. Miró a Marcos. Seguía ocupado. Contó hasta sesenta. Después hasta ciento veinte. Después dejó la copa sobre la mesa y caminó hacia el interior de la casa.

El pasillo de abajo estaba en penumbra. Solo una luz tenue salía de debajo de la puerta del aseo del fondo. Clara se detuvo delante. El pomos estaba frío. Empujó. Héctor estaba apoyado en el lavabo, las manos en el borde de mármol, esperándola. Había quitado la chaqueta. La camisa blanca le marcaba el pecho amplio, el principio de la barriga de hombre maduro, los brazos fuertes. Cuando ella entró, él giró la llave por dentro.

—Cierra con pestillo —dijo.

Ella lo hizo. El clic sonó demasiado fuerte en el silencio. Héctor no se movió de inmediato. La miró de arriba abajo, despacio, como si estuviera decidiendo por dónde empezar.

—Acércate.

Clara dio tres pasos. Se detuvo a un metro. Él extendió una mano, le agarró la muñeca y la atrajo hacia sí. El contacto fue seco, seguro. La otra mano le subió por la cadera, rozando la tela del vestido, hasta detenerse en la cintura.

—Cuatro años —murmuró—. Cuatro años pensando en cómo te follaría si tuviera ocasión.

La besó. No fue un beso suave. Fue profundo, posesivo, con lengua y con dientes. Clara soltó un sonido ahogado contra su boca. Él la giró y la sentó de un empujón sobre el lavabo de mármol. El frío le llegó a los muslos a través del vestido. Héctor se colocó entre sus piernas y siguió besándola mientras le subía la tela hasta la cadera.

—Bragas negras —dijo al verlas—. Qué previsible.

Quítatelas. Ella dudó un segundo. Él no. Le enganchó los dedos en la cintura de la tela y tiró hacia abajo. Las bragas bajaron por los muslos, por las rodillas, hasta quedar colgando de un tobillo. Héctor las apartó del todo y las guardó en el bolsillo del pantalón.

—Ábrete.

Clara separó las piernas. El aire fresco del aseo le rozó el coño ya húmedo. Héctor bajó la mirada y observó sin prisas. Después pasó dos dedos entre los labios, los separó, y los metió hasta el fondo de un solo movimiento. Clara arqueó la espalda y soltó un gemido.

—Empapada.

Y todavía no te he tocado de verdad.

—Movió los dedos despacio, curvándolos—. ¿Tu novio te toca así?

¿O es de los que te hacen el favor de cinco minutos y se duermen?

—No… hables de él.

—Hablaré de lo que me dé la gana.

—Le sacó los dedos, se los llevó a la boca y los chupó mirándola a los ojos—. Sabes a ganas contenidas.

A mujer que lleva demasiado tiempo follando con alguien que no sabe lo que tiene entre manos. Se desabrochó el cinturón con calma. El sonido del cuero y de la cremallera llenó el aseo. Se bajó los pantalones y los calzoncillos lo justo. La polla saltó gruesa, pesada, completamente dura. La cabeza ya brillaba. Clara tragar saliva al verla. Era más gruesa que la de Marcos. Más que la de Adrián.

Tenía el aspecto de una polla de hombre que sabe exactamente lo que hace con ella. Héctor le agarró la nuca y la obligó a bajar la mirada.

—Chúpala.

Despacio. Quiero sentir la lengua. Clara se inclinó. El olor a piel limpia y a excitación le llenó la nariz. Sacó la lengua y lamió desde la base hasta la cabeza, lenta, saboreando. Después abrió la boca y se la metió. Héctor soltó un sonido grave, casi un gruñido, y le sujetó el pelo sin apretar demasiado.

—Así.

Más profundo. Usa la garganta. Ella obedeció. Bajó hasta donde pudo, sintiendo cómo la cabeza le empujaba el fondo de la boca. La saliva empezó a resbalarle por la barbilla. Héctor no embistió. Solo la mantuvo allí, dejándola trabajar, mirándola desde arriba con una expresión de concentración casi clínica.

—Tu ex se corría en cuanto le hacías esto dos minutos —dijo en voz baja—. Yo puedo aguantar todo el rato que quiera.

Y tú vas a chupar hasta que yo diga. Clara siguió. Subía, bajaba, lamió las pelotas cuando él se lo indicó, volvió a meterla entera. Los ojos se le empezaron a llenar de lágrimas por el esfuerzo. Héctor le limpió una con el pulgar sin soltarle el pelo. Cuando decidió que era suficiente, la levantó de la nuca y la volvió a sentar en el lavabo. Le separó las piernas con las manos grandes y colocó la polla contra la entrada.

No empujó de inmediato. Solo frotó la cabeza arriba y abajo, empapándola con la humedad de ella.

—Mírate —ordenó.

Clara giró la cabeza hacia el espejo. Se vio a sí misma: el vestido subido hasta la cintura, las piernas abiertas, el coño brillante, la cara sonrojada, el pelo revuelto. Detrás, Héctor, camisa todavía abrochada, la polla gruesa a punto de entrar.

—Así es como deberías haberte visto siempre —murmuró él—. No con mi hijo intentando ser delicado.

Con un hombre de verdad abriéndote. Empujó. Entró de un solo golpe, hasta el fondo. Clara soltó un grito ahogado que él le tapó con la mano. El estiramiento fue intenso, casi doloroso. Héctor no se movió al principio. Solo la llenó por completo y esperó a que ella se acostumbrara, respirando contra su cuello.

—Joder… qué apretada.

Cuatro años cerrada a cal y canto para esto. Empezó a moverse. Embestidas largas, profundas, sin prisa. Cada vez que entraba del todo, el hueso de la cadera le golpeaba el clítoris. Clara se agarró al borde del lavabo con las dos manos. El mármol estaba frío bajo los muslos. El espejo le devolvía la imagen de cómo la polla desaparecía dentro de ella una y otra vez.

—Di mi nombre —ordenó él.

—Héctor…

—Más alto.

—Héctor…

Él aceleró un poco. La mano que no le tapaba la boca bajó hasta el clítoris y empezó a frotar con el pulgar, preciso, sin piedad. Clara sintió el orgasmo subir demasiado rápido. Intentó avisar, pero él le apretó los dedos sobre la boca y siguió follándola exactamente al mismo ritmo. Se corrió con las piernas temblando, el coño apretándose en oleadas alrededor de la polla gruesa. Héctor no se detuvo.

La folló a través del orgasmo, aprovechando cada contracción, hasta que ella soltó un quejido agudo y se quedó blanda contra el espejo. Solo entonces se sacó. La polla brillaba, oscura, cubierta de los jugos de ella. Héctor la agarró de la nuca otra vez y la obligó a bajarse del lavabo. La puso de rodillas sobre el suelo de baldosas.

—Abre.

Clara abrió la boca. Él se masturbó tres veces y se corrió directamente sobre la lengua y los labios. Los chorros fueron espesos, calientes, abundantes. Parte le cayó en la barbilla y le resbaló hasta el escote. Héctor le sujetó la cabeza hasta que terminó de vaciarse.

—Traga.

Ella obedeció. El sabor amargo le llenó la garganta. Él le limpió un resto de la comisura con el pulgar y se lo metió en la boca. Clara lo chupó por reflejo. Héctor se subió los pantalones con calma, se abrochó el cinturón y se miró en el espejo. Se pasó una mano por el pelo, ajustó la camisa. Parecía casi el mismo hombre que había entrado. Solo la respiración un poco más pesada lo delataba.

Clara seguía de rodillas, el vestido todavía subido, las bragas guardadas en el bolsillo de él, la cara manchada.

—Levántate.

La ayudó a ponerse en pie. Le bajó el vestido, le alisó la tela sobre las caderas, le apartó el pelo de la cara. El gesto fue casi tierno. Después le dio un suave golpe en el culo.

—Vuelve con tu novio.

Siéntate a su lado. Sonríe. Y cada vez que te mire, acuérdate de que acabas de tragarte la polla de tu ex suegro. Abrió el pestillo. Antes de salir se giró un segundo.

—Si alguna vez te cansas de lo correcto… ya sabes dónde encontrarme.

Adrián todavía tiene mi número. O puedes venir directamente. Yo no le diré nada. A él nunca le conté lo que pensaba de ti. Salió. La puerta se cerró con un clic suave. Clara se quedó sola en el aseo. Se miró al espejo. Los labios hinchados, las mejillas rojas, un resto brillante de semen todavía en el cuello. Se lo limpió con el dedo y se lo llevó a la boca sin pensar.

Después se bajó el vestido del todo, se pasó agua fría por la cara y salió. Marcos la estaba buscando cerca de la barra.

—¿Dónde te habías metido?

Te he estado llamando.

—Al baño.

Había cola. Él le pasó un brazo por los hombros y la besó en la sien. Clara sonrió. El sabor de Héctor todavía le llenaba la boca. Entre las piernas notaba el pulso del orgasmo y la humedad que no había podido limpiar del todo. Al otro lado del jardín, Héctor conversaba con unos conocidos, la copa en la mano, la expresión tranquila. Cuando sus miradas se cruzaron por encima de las cabezas de la gente, él levantó la copa apenas un milímetro, en un brindis privado.

Clara apartó la vista. Se apoyó un poco más en Marcos y dejó que la música y las risas la envolvieran otra vez. Pero cada vez que se movía, sentía el recuerdo de aquella polla gruesa abriéndola. Y cada vez que Marcos le tocaba la espalda con delicadeza, pensaba en las manos grandes de Héctor sujetándola sin ningún cuidado. La boda siguió. Los brindis, el baile, la tarta. Clara sonrió en todas las fotos.

Bailó con su novio. Felicitó a los novios.

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