Protegida por el hombre que deseo
Capítulo 3: No vuelvas a besarme
si puedes. A las 2:36 de la madrugada alguien tocó tres veces la puerta de la habitación de Renata. Ella abrió los ojos lentamente, desorientada. Durante unos segundos no supo qué la había despertado hasta que los golpes volvieron a sonar, esta vez un poco más fuertes.
—¿Renata?
La voz terminó de despertarla. Adrián. Se incorporó de golpe y miró el reloj sobre el buró. Dos treinta y seis de la mañana. Su primer pensamiento fue que algo había ocurrido. El segundo, mucho menos apropiado, fue el recuerdo de cómo la había besado apenas unas horas antes: la firmeza de su boca, el roce de la barba, la forma en que su mano había cerrado la cintura y la había atraído hasta sentir la dureza de él contra su vientre.
Se llevó dos dedos a los labios casi por reflejo.
—Renata, abra la puerta.
—Ya voy.
Apartó las sábanas y se levantó. Dormía con un pequeño conjunto de satén rosa pálido: shorts muy cortos y una camiseta de tirantes que apenas le cubría el pecho y dejaba al descubierto el vientre. No se molestó en ponerse una bata. Si Adrián estaba tocando su puerta a aquella hora, probablemente tenía problemas bastante más importantes que su pijama. Abrió. Adrián estaba del otro lado vestido exactamente igual que cuando la había dejado unas horas antes, aunque ahora llevaba el saco abierto y la expresión había perdido cualquier rastro de aquella tensión juguetona que había existido entre ambos.
Hasta que la miró. Sus ojos bajaron durante una fracción de segundo. Renata lo notó, naturalmente.
—Qué raro —murmuró ella todavía adormilada—. Pensé que habías dicho que no ibas a volver a besarme.
Adrián levantó nuevamente los ojos.
—Necesito que se vista.
—Eso no respondió.
—Renata.
La seriedad en su voz eliminó la sonrisa de ella.
—¿Qué pasó?
—Encontramos al hombre del bar en las grabaciones del intento de secuestro.
El sueño desapareció completamente.
—¿Qué?
Adrián entró cuando ella se apartó de la puerta y la cerró detrás de sí.
—Se llama Iván Salgado.
Tenemos un noventa por ciento de coincidencia. Quiero moverla de aquí antes de que amanezca. Renata lo observó.
—¿Moverme adónde?
—A una propiedad segura.
—Esta casa tiene guardias, cámaras, acceso controlado y una barda enorme.
—Y alguien sabía exactamente dónde iba a cenar esta noche.
Eso la hizo callar. Adrián se acercó al ventanal y separó apenas la cortina para mirar hacia el jardín.
—Su salida a la Roma no estaba programada.
Usted aceptó la invitación alrededor de las seis de la tarde y Salgado estaba en el restaurante poco después de las ocho. Eso reduce bastante la cantidad de personas que pudieron saberlo. Renata sintió un escalofrío que no tenía nada que ver con la temperatura.
—¿Crees que alguien cercano está diciéndoles dónde estoy?
—Creo que todavía no podemos descartar nada.
Ella se abrazó a sí misma. Adrián volvió la cabeza y entonces pareció reparar nuevamente en cómo estaba vestida: los hombros desnudos, las piernas descubiertas, el satén fino cayendo suavemente sobre su cuerpo. Apartó los ojos. Renata, pese al miedo, casi sonrió.
—Ahora sí puedes fingir que no estás mirando.
—Haga una maleta.
—Adrián...
—Tres o cuatro días.
Ropa cómoda. Su computadora y lo indispensable. Renata frunció el ceño.
—¿Tres o cuatro días?
Tengo trabajo.
—Puede hacerlo desde allá.
—Tengo juntas.
—Por videollamada.
—Tengo vida.
Adrián la miró.
—Y quiero que siga teniéndola.
La respuesta llegó tan tranquila que desarmó inmediatamente cualquier discusión. Renata permaneció callada mientras Adrián se acercaba un poco más.
—Sé que esto no le gusta.
—No.
—A mí tampoco.
—Tú puedes salir.
—No mientras esté con usted.
Renata levantó la mirada.
—¿Vas a quedarte?
—Sí.
Aquella palabra produjo una reacción completamente distinta a la que debería haber provocado. Miedo, encierro, posible filtración de información... y aun así una parte absurda de su cerebro se había quedado únicamente con una idea: Adrián iba a quedarse con ella durante varios días.
—Ah.
Él arqueó ligeramente una ceja. —¿“Ah”?
—Nada.
Renata caminó hacia el vestidor.
—Voy a cambiarme.
Adrián se quedó junto a la puerta. Ella se giró.
—¿Piensas quedarte ahí?
—Sí.
Renata miró su pijama y después lo miró a él.
—¿Mientras me cambio?
La mandíbula de Adrián se tensó.
—El baño tiene puerta.
Una sonrisa apareció lentamente en los labios de Renata.
—Era curiosidad.
—Mal momento para tener curiosidad.
—Últimamente tengo mucha.
Entró al vestidor antes de que Adrián pudiera responder. Él soltó lentamente el aire. Aquella mujer iba a matarlo antes que los secuestradores. Veinticinco minutos después, Mauricio, Elena, Renata y Adrián estaban reunidos en el estudio. Mauricio había pasado del sueño a la furia en aproximadamente treinta segundos.
—¿Cómo pudieron saber dónde estaba?
—Eso precisamente tenemos que averiguar —respondió Adrián—. La salida fue improvisada.
Estamos revisando llamadas, movimientos y cámaras.
—Entonces voy con ella.
—No.
Mauricio lo miró.
—¿Perdón?
Renata tuvo que ocultar una sonrisa. Finalmente, otra persona descubría lo irritante que resultaba escuchar aquel “no”. Adrián continuó con absoluta tranquilidad.
—Mover a toda la familia aumenta la exposición.
La propiedad está preparada para una persona protegida y un equipo reducido. Usted y su esposa estarán mejor aquí con seguridad reforzada.
—Es mi hija.
—Precisamente.
Mauricio se levantó.
—Serrano...
—Papá.
Ambos la miraron. Renata estaba sentada en uno de los sillones con jeans, tenis blancos y una sudadera gris. El cabello recogido en una coleta la hacía parecer todavía más joven.
—Está bien.
Mauricio frunció el ceño.
—Renata...
—No me gusta.
Pero si alguien realmente sabía dónde estaba anoche, prefiero que Adrián averigüe cómo. El propio Adrián pareció sorprendido de no tener que discutir con ella. Renata lo señaló.
—No te acostumbres.
—Ni pensarlo.
Mauricio suspiró.
—Quiero saber dónde estará.
—Por ahora no —respondió Adrián.
—¿Tampoco yo?
—Mientras menos personas tengan la ubicación exacta, mejor.
—¿Y pretendes que entregue a mi hija sin siquiera saber dónde está?
Adrián sostuvo su mirada.
—Pretendo llevármela a un lugar donde alguien que evidentemente conoce sus movimientos no pueda encontrarla.
Renata observó a los dos hombres. Por primera vez comprendió verdaderamente algo sobre Adrián: aquel aplomo no era solamente una forma de irritarla. El hombre realmente podía plantarse frente a Mauricio Alcázar, uno de los empresarios más poderosos que conocía, y decirle que no sin titubear. Aquello volvió a provocarle ese pequeño estremecimiento tan inconveniente. Definitivamente tenía un problema. Salieron a las 4:03. Esta vez Renata viajó junto a Adrián en la parte trasera de la camioneta.
No preguntó dónde iban. Al menos no durante los primeros seis minutos.
—¿Cuánto falta?
—Un rato.
—Eso no es una medida de tiempo.
—Correcto.
—¿Estamos saliendo de la ciudad?
—No.
—¿Estado de México?
Adrián giró hacia ella.
—Renata.
—Solo estoy preguntando.
—Y yo no voy a responder.
Ella apoyó la cabeza contra el asiento.
—Ayer me besabas y hoy ni siquiera me dices adónde me secuestras.
Adrián cerró los ojos. El conductor mantuvo heroicamente la mirada al frente.
—No utilice esa palabra.
La sonrisa de Renata desapareció.
—Perdón.
—Está bien.
Pasaron varios segundos en silencio. Después ella volvió a mirarlo.
—Pero sí me besaste.
Adrián soltó lentamente el aire.
—Sabía que esto iba a pasar.
—¿Qué cosa?
—Que no iba a dejarlo.
—Me conoces muy rápido.
—Demasiado.
Renata se acomodó hacia él.
—Dijiste que había sido un error.
—Lo fue.
—Dos veces.
—Sí.
—Cometiste exactamente el mismo error dos veces en menos de un minuto.
Adrián la miró.
—¿Tiene un punto?
—Estoy decidiendo.
Él volvió hacia la ventana. Renata sonrió.
—¿Te gustó?
Adrián no respondió.
—Adrián.
—Son las cuatro de la mañana.
—No tiene relación.
—Duerma.
—No tengo sueño.
—Hace media hora no podía abrir los ojos.
—Eso fue antes de que mi guardaespaldas entrara a mi habitación.
Adrián giró lentamente.
—No empiece.
Renata levantó una ceja.
—¿Qué pasa si empiezo?
Aquella vez él no respondió inmediatamente. Sus ojos bajaron hacia los labios de Renata solo un instante. Suficiente. Ella sonrió.
—Eso pensé.
Adrián volvió al frente.
—Duerma.
—Mandón.
—Consentida.
Renata abrió la boca. Él sonrió. Por primera vez ella no encontró una respuesta rápida.
—Te odio.
—Claro.
Cinco minutos después terminó apoyando la cabeza contra su hombro. Adrián bajó la mirada. Renata ya dormía. No la apartó. La propiedad de seguridad estaba en una zona residencial privada de Huixquilucan, escondida detrás de una fachada tan discreta que Renata habría pasado frente a ella cien veces sin imaginar lo que era. No parecía un refugio. Parecía una casa moderna de revista: concreto, madera oscura, enormes cristales, jardín interior y una terraza con vista hacia las zonas boscosas que todavía sobrevivían entre el desarrollo urbano.
—¿Esto es un lugar seguro? —preguntó Renata al entrar.
—Sí.
—Parece Airbnb de lujo.
—Supongo que es parte del objetivo.
Había dos integrantes de Vanguardia en el exterior y otro en una habitación preparada como centro de monitoreo. Dentro de la casa, sin embargo, permanecerían solamente Renata y Adrián. Aquella información consiguió que Renata recuperara el interés inmediatamente.
—¿Solo tú?
—Sí.
—¿Toda la noche?
Adrián dejó su maleta junto a una habitación.
—También.
—Interesante.
Él se giró.
—No.
—Ni siquiera dije nada.
—Lo estaba pensando.
Renata sonrió.
—¿Ahora también lees mentes?
—La suya no es especialmente difícil.
Eso debería haberla ofendido. En cambio, le hizo gracia. Adrián abrió la puerta de la habitación principal.
—Esta es suya.
Renata asomó la cabeza. Cama king size, baño completo, vestidor y una pequeña terraza interior.
—¿Y tú?
—La habitación de enfrente.
Ella miró ambas puertas. Separadas por apenas tres metros.
—Muy lejos.
—Sobrevivirá.
—No hablaba de mí.
Adrián apretó los labios para no sonreír.
—Descanse.
—¿Qué hora es?
—Cinco veinte.
Renata bostezó.
—¿Y qué vamos a hacer cuando despierte?
—Trabajar.
—Qué emocionante.
—Su vida depende de que yo sea aburrido.
Renata lo miró durante unos segundos.
—No eres tan aburrido.
La mirada de Adrián volvió a caer sobre su boca. Esta vez ambos lo notaron. Ninguno dijo nada. Renata entró a la habitación.
—Buenas noches... otra vez.
—Buenas noches.
—Adrián.
—¿Qué?
Ella apoyó una mano sobre la puerta.
—El tercer beso sigue pendiente.
Y cerró. Adrián se quedó mirando la madera.
—Dios dame paciencia.
Desde detrás de la puerta se escuchó la risa de Renata. Cuando despertó eran casi las once. Durante unos segundos Renata no reconoció la habitación. Entonces recordó todo: el hombre del bar, la llamada de madrugada, el traslado, Adrián y, naturalmente, los besos. Sonrió contra la almohada. Después se regañó mentalmente. Había un posible grupo criminal siguiendo sus movimientos y ella estaba sonriendo porque su guardaespaldas besaba demasiado bien. Tenía las prioridades completamente destruidas.
Se dio una ducha y decidió vestirse cómoda: shorts deportivos negros, una camiseta corta blanca y calcetas. No tenía intención de arreglarse para nadie. Absolutamente nadie. Se cepilló el cabello y salió. Encontró a Adrián en la cocina. Y tuvo que detenerse. No llevaba saco, ni camisa, ni siquiera zapatos. Una camiseta negra sencilla se ajustaba sobre su espalda y hombros, y un pantalón deportivo gris caía bajo sobre sus caderas.
Tenía el cabello ligeramente desordenado, la barba sin arreglar desde la noche anterior y preparaba café como si aquel hombre relajado pudiera ser la misma persona que varias horas antes había ordenado cerrar una propiedad completa. Renata lo observó demasiado tiempo. Adrián, sin girarse, habló.
—Buenos días.
—¿Tienes ojos atrás?
—Reflejo de la ventana.
Renata vio entonces su propia imagen perfectamente visible sobre el cristal.
—Ah.
Él giró. Y ahora fue Adrián quien se quedó callado. Sus ojos descendieron hacia los shorts. Luego hacia las piernas. Después a la pequeña franja de piel que quedaba entre la camiseta y la cintura. Renata sonrió.
—Buenos días.
—Buenos días.
—Estabas mirando.
—Estaba verificando que fuera usted.
—Claro.
Podía ser otra mujer de metro sesenta y cinco caminando por esta casa secreta. Adrián dejó una taza frente a ella.
—Café.
Renata se sentó en la barra.
—Gracias.
Tomó un sorbo.
—Está bueno.
—Sé hacer café.
—Primera habilidad útil que descubro.
—La traje viva hasta aquí.
—Segunda habilidad útil.
Adrián negó con la cabeza. Renata lo observó moverse por la cocina. Sin el uniforme prácticamente invisible de trajes oscuros, parecía otra persona. Más joven. Más accesible. Aunque quizá todavía más atractivo.
—¿Dormiste?
—Dos horas.
—Eso no es dormir.
—Estoy acostumbrado.
—¿Siempre eres así?
—¿Así cómo?
—Como si descansar fuera opcional.
Adrián se apoyó frente a ella.
—Cuando alguien depende de mí, sí.
Renata sostuvo la taza entre ambas manos.
—¿Siempre te tomas tan en serio a la gente que proteges?
—Sí.
La respuesta le provocó una decepción ridícula.
—Ah.
Adrián la estudió.
—¿Qué?
—Nada.
—Otra vez ese “nada”.
Renata bebió café.
—Pensé que tal vez conmigo era diferente.
Silencio. Aquello había salido mucho más vulnerable de lo que pretendía. Adrián no se burló.
—Es diferente.
Renata levantó los ojos.
—¿Por qué?
Él la observó durante un largo momento.
—Precisamente por eso tenemos un problema.
El corazón de Renata comenzó a acelerarse.
—¿Qué problema?
Adrián se apartó de la barra.
—Desayune.
—Cobarde.
Él dejó escapar una pequeña risa.
—Come.
Renata sonrió. Esa vez decidió dejarlo escapar. A mediodía Adrián recibió una mochila de uno de sus compañeros. Y detrás del hombre apareció Bruno. El golden retriever entró a la casa como si fuera su propietario, moviendo la cola con tanta fuerza que golpeó una mesa. Renata abandonó inmediatamente la videollamada que estaba preparando.
—¿De quién es?
—Mío.
Ella abrió los ojos.
—¿Tú tienes un golden?
Bruno llegó hasta ella y apoyó las patas delanteras contra sus piernas. Renata se agachó de inmediato.
—Hola, precioso.
La transformación fue instantánea. Toda la heredera orgullosa, caprichosa y permanentemente dispuesta a discutir desapareció mientras abrazaba al perro y hundía los dedos entre su pelaje dorado. Adrián la observó desde la puerta.
—Bruno, abajo.
—Déjalo.
—Le está ensuciando la ropa.
Renata miró sus shorts.
—Creo que sobreviviré.
Bruno intentó lamerle la cara. Ella comenzó a reír.
—¿Cómo puedes tener un perro tan bonito siendo tan desagradable?
—Compensación.
Renata levantó los ojos hacia él.
—¿Duerme contigo?
—A veces.
—Qué injusticia.
Adrián arqueó una ceja. Renata continuó acariciando al perro como si no hubiera dicho absolutamente nada.
—Me cae mejor que tú.
—La relación lleva diez minutos.
—Ya avanzamos más rápido.
Adrián sonrió. Renata lo vio. Aquella era una sonrisa distinta. Completamente relajada. Por primera vez entendió que Adrián no era naturalmente frío. Simplemente vivía controlándose. Eso hizo que besarlo resultara todavía más interesante. Porque ella ya sabía qué ocurría cuando ese control desaparecía. Después de comer, Adrián decidió que Renata necesitaba aprender algunas cosas básicas de seguridad.
—No voy a convertirme en guardaespaldas.
—No necesito que lo sea.
Estaban en una pequeña habitación de entrenamiento en la planta baja. Habían apartado algunos muebles y colocado un tapete sobre el piso. Renata llevaba los mismos shorts. Adrián ya empezaba a arrepentirse.
—Si alguien consigue acercarse a usted, el objetivo no es pelear —explicó—. Es crear suficiente espacio para escapar.
—Sé patear.
—No dudo que haya pateado gente.
—Una vez.
Adrián la miró.
—¿En serio?
—Universidad.
—No quiero saber.
Renata sonrió.
—Fue divertido.
Adrián negó con la cabeza.
—Deme la muñeca.
Ella extendió la mano. Él la sujetó.
—Si alguien la toma así, no tire directamente.
—¿Por qué?
—Porque probablemente será más fuerte.
Renata intentó soltarse. No pudo.
—Qué humillante.
—Gire hacia el pulgar.
Adrián guió el movimiento. Ella consiguió liberar la mano.
—Otra vez.
Repitieron varias veces. Después cambió la posición.
—Ahora si la sujetan desde atrás.
Adrián se colocó detrás de ella. Renata dejó de sonreír. Su cuerpo estaba apenas a unos centímetros del de él.
—Voy a colocar una mano en su cintura.
—Qué sacrificio.
—Renata.
—Estoy escuchando.
La mano de Adrián rodeó su cintura. El contacto fue profesional. Eso no evitó que ella sintiera inmediatamente cada dedo sobre la camiseta.
—El atacante intentará inmovilizarla así.
La acercó hacia atrás. La espalda de Renata encontró su pecho. Ambos guardaron silencio durante medio segundo.
—Luego... —continuó Adrián— baja el centro de gravedad.
Renata intentó hacerlo.
—¿Así?
—Más.
Su otra mano se apoyó en su cadera para corregirla. Error. La respiración de Renata cambió. Adrián lo notó. Ella también notó que él lo había notado.
—¿Esto sigue siendo entrenamiento?
—Sí.
—Qué completo.
—Concéntrese.
Renata sonrió y volvió a intentarlo. Adrián la sujetó otra vez. Esta vez ella debía girar dentro de su brazo y separarse. Lo hizo demasiado rápido. Terminó frente a él. Pegada. Una mano de Adrián seguía rodeando su cintura y la otra descansaba sobre su cadera. Renata tenía ambas manos apoyadas contra su pecho. Ninguno se movió.
—Creo que lo hice mal —murmuró ella.
—Sí.
—¿Repetimos?
Adrián sostuvo sus ojos.
—Está haciéndolo a propósito.
Renata inclinó ligeramente la cabeza.
—Tal vez.
—Renata.
—¿Sí?
—Le dije que no jugara conmigo.
—Y yo ya descubrí que cuando dices eso normalmente terminas besándome.
Aquella vez Adrián no consiguió ocultar la reacción. Renata sonrió.
—¿Ves?
Intentó alejarse. Él no la soltó. Su sonrisa desapareció lentamente.
—Adrián...
—Usted quería jugar.
La voz había bajado. Renata sintió que todo el cuerpo se le tensaba.
—Tal vez.
—Entonces no cambie las reglas cuando va perdiendo.
—¿Quién dijo que estoy perdiendo?
Adrián la acercó apenas. Renata dejó escapar el aire. Sus cuerpos quedaron pegados. No había miedo. Ni prisa. Solo aquella tensión que llevaba creciendo desde el primer día. Renata levantó lentamente el rostro.
—Bésame.
Adrián se quedó inmóvil. Ella sostuvo su mirada.
—No estoy jugando.
Eso fue suficiente. La besó. Renata cerró los ojos apenas sintió su boca. Esta vez no hubo sorpresa. Sus brazos rodearon inmediatamente el cuello de Adrián y se acercó todo lo que pudo. El beso comenzó lento, como si ambos estuvieran midiendo cuánto podían permitirse. Duró poco así. Adrián profundizó el contacto y Renata sintió esa misma pérdida de equilibrio del día anterior. Una de sus manos permaneció firme en la cintura mientras la otra subía por su espalda, sujetándola contra él.
Renata lo besó con la misma necesidad. Ya sabía cómo se sentía su boca. Eso no ayudaba. Lo empeoraba. Los dedos de ella entraron en el cabello oscuro de Adrián. Él soltó una respiración contra sus labios y la hizo retroceder un paso hasta que la espalda de Renata encontró suavemente la pared. Aquello encendió inmediatamente un recuerdo. Su fantasía. La pared. Adrián frente a ella. Renata abrió los ojos por un instante.
Él se separó apenas.
—¿Qué?
—Nada.
—Renata.
Ella sonrió, respirando todavía deprisa.
—He imaginado esto.
Adrián permaneció completamente quieto.
—No me diga eso.
—¿Por qué?
—Porque estoy intentando detenerme.
La sonrisa de Renata desapareció.
—No quiero que te detengas.
Los ojos de Adrián se oscurecieron. Volvió a besarla. Esta vez con una intensidad que le arrancó a Renata un pequeño sonido contra la boca. Adrián dejó lentamente sus labios y rozó su mandíbula antes de bajar hacia su cuello. Renata inclinó la cabeza casi sin pensarlo.
—Adrián...
Él se detuvo. Respiraba contra su piel. Durante algunos segundos ninguno hizo nada. Entonces Adrián se apartó. Ella abrió los ojos.
—¿Por qué paras?
Él pasó una mano por el cabello.
—Porque estamos en una habitación cerrada, lleva unos shorts que deberían ser ilegales y acabo de olvidar durante aproximadamente tres minutos que soy el hombre responsable de su seguridad.
Renata miró sus propios shorts.
—A mí me gustan.
Adrián soltó una carcajada incrédula. La tensión se rompió. Ella comenzó a reír también.
—Entonces ¿terminó la clase?
—Definitivamente.
—Aprendí bastante.
—Eso me preocupa.
Renata caminó hacia la puerta. Antes de salir se giró.
—Adrián.
—¿Qué?
—Ya fueron tres.
Él tardó un segundo en entender. Los besos. Renata sonrió.
—Voy ganando.
Y salió. Adrián cerró los ojos.
—Dios dame paciencia.
Aquella noche cenaron juntos en la cocina. Por primera vez desde que se conocían, no discutieron durante casi veinte minutos. Bruno dormía debajo de la mesa con la cabeza sobre el pie de Renata. Ella comía pasta que Adrián había preparado y lo observaba como si hubiera descubierto una nueva especie.
—Cocinas.
—Sí.
—Tienes perro.
—También.
—Sabes sonreír.
—A veces.
—¿Qué más escondes?
Adrián bebió agua.
—Muchas cosas.
—Eso sonó interesante.
—No lo era.
Renata enrolló pasta en el tenedor.
—¿Siempre trabajaste en seguridad?
—No.
—¿Ejército?
Él la miró.
—¿Quién le dijo?
—Nadie.
Se nota.
—¿Cómo?
—Das órdenes como si te pagaran por hacerlo.
—Me pagan por hacerlo.
Renata sonrió. Después se puso un poco más seria.
—¿Por eso eres así?
—¿Así cómo?
—Tan... controlado.
Adrián se quedó pensando.
—Supongo.
—¿Nunca haces algo sin pensarlo?
Él sostuvo su mirada. Ambos pensaron exactamente en lo mismo. Los besos.
—Últimamente sí.
Renata bajó los ojos hacia el plato para ocultar una sonrisa.
—Qué raro.
—Muchísimo.
Silencio. Después ella preguntó: —¿Has estado casado?
—No.
—¿Novia?
—No actualmente.
Renata intentó que su interés no resultara demasiado evidente. Fracasó.
—¿Desde hace cuánto?
Adrián arqueó una ceja.
—Eso ya parece interrogatorio.
—Tengo tiempo.
—Tres años.
Renata abrió un poco los ojos.
—¿Tres?
—Trabajo demasiado.
—Eso ya lo noté.
—Además, mis relaciones no suelen llevar bien que desaparezca durante semanas.
Renata jugó con el tenedor.
—¿Y si alguien lo entendiera?
Adrián la observó.
—¿Estamos hablando hipotéticamente?
—Obviamente.
—Claro.
Renata levantó la mirada.
—¿Qué?
—Nada.
—Te odio cuando haces eso.
—¿Cuando qué?
—Cuando sabes exactamente qué estoy preguntando y finges que no.
Adrián sonrió.
—Aprendo rápido.
Ella le lanzó una servilleta. Bruno levantó la cabeza. Adrián comenzó a reír. Renata se quedó mirándolo. Aquella risa. No la sonrisa controlada. No la pequeña curva irónica de los labios. Una risa de verdad. Y de pronto algo se volvió peligroso de una forma completamente distinta. Porque hasta ese momento Renata había estado obsesionada con besar a Adrián. Ahora empezaba a querer conocerlo. Y aquello podía ser mucho peor.
Cerca de las once Renata seguía despierta. Había escuchado una motocicleta a lo lejos y todo su cuerpo había reaccionado antes de que pudiera controlarlo. Se quedó mirando el techo, respiró e intentó repetirse que había guardias afuera. Cámaras. Adrián. Sobre todo Adrián. Se levantó. Cruzó el pasillo y encontró luz en la sala. Adrián estaba sentado frente a una laptop revisando grabaciones. Levantó la mirada.
—¿Qué pasa?
—Nada.
—Renata.
Ella suspiró.
—Escuché una moto.
Adrián cerró inmediatamente la computadora.
—Ven.
No “venga”. Ven. Renata caminó hasta él. Adrián señaló el sofá. Ella se sentó a su lado.
—No fue nada —explicó—. Uno de los guardias ya lo verificó.
Renata asintió.
—Lo sé.
—Pero se asustó.
Ella tardó en responder.
—Sí.
Adrián no dijo que era absurdo. No le recordó que estaba segura. Simplemente tomó su mano. Renata miró sus dedos entrelazados.
—Odio esto.
—Lo sé.
—Antes podía salir sola.
Podía manejar. Podía ir con mis amigas. Nunca pensaba en quién estaba detrás.
—Va a volver a hacerlo.
—¿Cómo sabes?
—Porque voy a encontrar a quien está haciendo esto.
Renata levantó la mirada. La seguridad en su voz era absoluta.
—¿Siempre estás tan seguro?
—No.
—Pareces.
Adrián apretó ligeramente su mano.
—Es parte del trabajo.
Renata apoyó la cabeza contra su hombro.
—Otra vez el trabajo.
Él sonrió apenas.
—No todo.
Ella levantó los ojos.
—¿Qué parte no?
Adrián permaneció callado. Renata se incorporó.
—Adrián.
—El beso.
—¿Cuál?
Él la miró. Renata sonrió.
—Ya fueron tres.
—Los besos.
—Ah.
—Eso no es trabajo.
Renata acercó ligeramente el rostro.
—Menos mal.
Adrián no se movió.
—Y debería parar.
—¿Quieres?
Él la observó durante varios segundos.
—No.
La respuesta fue tan sencilla que Renata perdió la sonrisa burlona.
—Entonces no pares.
Esta vez fue ella quien lo besó. Renata llevó una mano hasta la mandíbula de Adrián y acercó su rostro al suyo. Él respondió casi inmediatamente, aunque durante los primeros segundos todavía intentó contenerse. Ella lo notó en la manera cuidadosa en que la rodeó por la cintura, como si incluso entonces siguiera preguntándose hasta dónde tenía permitido llegar. Renata no quería cuidado. No aquella noche. Habían pasado demasiados días imaginándolo, provocándolo y preguntándose qué ocurriría cuando Adrián dejara finalmente de tratarla como una responsabilidad dentro de un expediente.
Se separó apenas de su boca.
—No vuelvas a detenerte.
Adrián respiró profundamente.
—Renata...
—No estoy asustada de ti.
—No dije eso.
—Entonces ¿qué?
Los ojos de Adrián recorrieron su rostro.
—Hace una hora vino aquí porque tuvo miedo.
—Y ahora estoy aquí porque quiero estar contigo.
Silencio. Renata sostuvo su mirada. Esta vez no había sonrisa provocadora ni juego.
—Quiero esto, Adrián.
Aquellas palabras terminaron con cualquier excusa que todavía le quedara. Adrián volvió a besarla. Y Renata sintió inmediatamente la diferencia. Ya no era uno de aquellos besos interrumpidos frente a una puerta, ni la tensión contenida durante el entrenamiento. Esta vez Adrián dejó de actuar como si en cualquier momento tuviera que recuperar la distancia. Sus manos rodearon la cintura de Renata y la acercaron contra él. Ella respondió pasando los brazos alrededor de su cuello, pegándose todavía más mientras el beso se volvía lento, profundo y deliberado.
La respiración de ambos comenzó a cambiar. Renata podía sentir el corazón de Adrián golpeando bajo su palma. Aquello le produjo una satisfacción casi absurda. El hombre que parecía incapaz de perder el control estaba exactamente igual de afectado que ella.
—Así que sí te pongo nervioso —murmuró contra su boca.
Adrián dejó escapar una pequeña risa.
—¿Todavía quiere discutir?
—Siempre.
Él volvió a besarla antes de que pudiera añadir algo más. Renata terminó recostándose contra el respaldo del sofá y Adrián se inclinó sobre ella. La diferencia de tamaño se hizo todavía más evidente desde aquella posición. Renata sintió un estremecimiento recorrerle el cuerpo cuando él apoyó una mano junto a su cabeza y la miró durante unos segundos. Era casi exactamente la imagen que había creado en su cabeza la primera noche.
Solo que ahora era real.
—¿Qué? —preguntó Adrián.
Renata sonrió.
—Nada.
—Esa cara no es de nada.
—Te he imaginado así.
Adrián se quedó completamente quieto.
—Renata.
—¿Qué?
—No debería preguntar.
Ella sonrió todavía más.
—Entonces no preguntes.
La besó nuevamente. Esta vez su boca abandonó lentamente los labios de Renata y descendió hacia su mandíbula. El roce de la barba contra la piel hizo que ella inclinara la cabeza instintivamente, ofreciéndole el cuello. Adrián dejó un beso allí. Después otro. Renata cerró los ojos. Aquello era ridículamente mejor que imaginarlo. Sus dedos se deslizaron por los hombros de Adrián hasta encontrar el borde de su camiseta.
—Esto sobra.
Él levantó ligeramente el rostro.
—¿Siempre da órdenes?
—Últimamente estoy aprendiendo del mejor.
Adrián sonrió. Renata tiró suavemente de la tela y él terminó quitándose la camiseta. Durante unos segundos ella simplemente lo miró. Había imaginado lo que se escondía debajo de aquellas camisas oscuras y trajes perfectamente acomodados, pero la realidad consiguió dejarla callada. Hombros anchos, pecho firme, abdomen marcado sin parecer construido exclusivamente para exhibirse. Algunas pequeñas cicatrices rompían la piel aquí y allá, recuerdos de una vida que Renata todavía apenas conocía.
Extendió una mano. Rozó lentamente una de ellas.
—¿Esta?
—Después.
—Siempre dices después.
—Porque siempre pregunta demasiado.
Renata levantó la mirada.
—Estoy desnudando mi dignidad frente a ti y tú ni siquiera me cuentas de dónde salió una cicatriz.
Adrián miró su camiseta. Después a ella.
—Todavía conserva bastante dignidad.
Renata arqueó una ceja.
—Eso se puede arreglar.
Aquella vez fue Adrián quien se quedó sin respuesta. Renata sonrió, satisfecha, y llevó las manos al borde de su propia camiseta. La dejó a un lado poco después. La mirada de Adrián cambió. Renata sintió inmediatamente el calor subirle hasta las mejillas. Había llevado ropa mucho más reveladora en playas y albercas. Aquello, sin embargo, se sentía completamente distinto. Porque era Adrián. Porque estaban solos. Porque él la observaba como si llevara varios días prohibiéndose exactamente aquel momento.
—¿Qué? —preguntó ella, intentando mantener la seguridad.
Adrián levantó los ojos.
—Nada.
Renata sonrió.
—Mentiroso.
Él se inclinó y volvió a besarla. Sus manos recorrieron lentamente su espalda, sus costados y la curva de su cintura. No había prisa. Eso fue quizá lo que más afectó a Renata: Adrián parecía decidido a conocerla poco a poco, a descubrir cada reacción. Ella comenzó a hacer lo mismo. Sus dedos recorrieron el pecho de él, el abdomen y la espalda. Cada vez que encontraba alguna nueva cicatriz tenía que resistir el impulso de preguntar.
Ya habría tiempo. Eso esperaba. El pensamiento la sorprendió. No estaba imaginando únicamente aquella noche. Estaba imaginando después. Adrián pareció notar el cambio en su expresión.
—¿Todo bien?
Renata asintió.
—Sí.
—¿Segura?
—Adrián.
—¿Qué?
Ella tomó su rostro entre las manos.
—Si vuelves a preguntarme si estoy segura cada treinta segundos voy a empezar a ofenderme.
Él soltó una risa.
—Es difícil apagarlo.
—¿El trabajo?
—Sí.
—Pues inténtalo.
Renata volvió a besarlo. Poco después dejaron el sofá. Ninguno necesitó decir hacia dónde iban. Adrián tomó su mano y Renata lo siguió por el pasillo hasta la habitación que le habían asignado. Cuando llegaron a la puerta, él se detuvo. Renata también. Durante unos segundos simplemente se miraron. Aquello parecía ser la última oportunidad para retroceder. Adrián habló primero.
—Todavía puede decir que no.
Renata soltó lentamente el aire.
—¿Y tú?
—¿Yo qué?
—¿Puedes?
Los ojos de Adrián descendieron hacia su boca.
—Cada vez menos.
Renata sonrió.
—Entonces entra.
Cerró la puerta detrás de ambos. Lo que siguió fue mucho menos ordenado que cualquiera de los dos había imaginado. Hubo besos contra la puerta, manos impacientes buscando piel y una pausa absurda cuando Adrián tuvo que apartar a Bruno, que había aparecido en el pasillo convencido de que aquello también era asunto suyo.
—Tu perro arruina momentos —susurró Renata entre risas.
—No normalmente.
—¿Cómo sabes?
—Renata.
—Era una pregunta válida.
Adrián cerró la puerta.
—¿Dónde estábamos?
Ella lo miró.
—Creo que ibas a dejar de hablar.
La besó inmediatamente. Esta vez llegaron hasta la cama. Renata perdió rápidamente la noción del tiempo. Solo registraba fragmentos: el calor de Adrián contra su cuerpo, sus manos recorriéndola, la propia respiración haciéndose cada vez más difícil de controlar, las pausas en las que él buscaba su mirada y el deseo cada vez más evidente entre ambos. Había imaginado que Adrián sería dominante. Lo era. Pero no de la forma simplista que había construido en sus fantasías.
Había firmeza en sus movimientos, seguridad en la manera en que la guiaba y una facilidad casi irritante para darse cuenta de qué la hacía estremecerse, pero también había cuidado, besos lentos y preguntas murmuradas muy cerca de su oído que Renata respondía acercándolo todavía más. En algún momento dejó de provocarlo. Ya no necesitaba hacerlo. Adrián estaba completamente ahí. Y ella también. La ropa terminó olvidada en algún lugar del cuarto y, cuando finalmente dejaron de contenerse, la noche borró la última línea que ambos habían intentado mantener desde que se conocieron.
No fue delicado todo el tiempo. Tampoco fue apresurado. Fue una mezcla de todo lo que habían acumulado: el desafío de Renata, el autocontrol de Adrián finalmente roto, las risas inesperadas entre besos y esa intensidad que ambos habían estado evitando nombrar. Renata comprendió muy pronto que todas aquellas fantasías de los días anteriores habían tenido un problema: ninguna había incluido lo mucho que le gustaría que Adrián la mirara a los ojos mientras estaban juntos.
Eso resultó mucho más íntimo que cualquier cosa que hubiera imaginado. Cuando finalmente todo quedó en silencio, Renata estaba acostada contra el pecho de Adrián, respirando todavía algo deprisa, con una pierna entrelazada con las suyas y el cabello negro completamente desordenado sobre ambos. Durante varios minutos ninguno habló. Renata fue la primera.
—Bueno.
Adrián soltó una pequeña risa. —¿“Bueno”?
—Estoy procesando.
—¿Necesita un informe?
Renata levantó la cabeza.
—No te burles.
—Jamás.
Ella entrecerró los ojos.
—Definitivamente te estás burlando.
Adrián sonrió. Renata volvió a apoyar la cabeza contra su pecho y escuchó el latido debajo de su oído. Aquello era extrañamente cómodo. Demasiado.
—Entonces —dijo después de un rato—, ¿esto también fue un error?
Adrián tardó en responder. Renata comenzó a incorporarse.
—Adrián.
Él pasó una mano por su espalda y la hizo quedarse.
—No.
Ella lo miró.
—¿No?
—No voy a llamarlo error.
La respuesta produjo una calidez completamente distinta a todo lo que había sentido durante aquella noche. Renata intentó ocultarla con humor.
—Bien.
Porque habría sido un error bastante largo. Adrián soltó una carcajada.
—Vaya manera de arruinar el momento.
—Soy buena para eso.
—Lo he notado.
Renata sonrió. Después se quedó en silencio.
—¿Te arrepientes?
Adrián negó.
—No.
—Yo tampoco.
Por primera vez desde que habían comenzado aquella extraña relación, no hubo discusión. Renata se acomodó nuevamente junto a él y cerró los ojos.
—Me quedo aquí.
—Eso parece.
—¿Algún problema?
Adrián la cubrió mejor con la sábana.
—Ninguno.
—Qué raro.
—Duerma, Renata.
Ella sonrió contra su pecho.
—Buenas noches, Adrián.
—Buenas noches.
Adrián despertó cerca de una hora después por la vibración de su teléfono. Durante un instante olvidó dónde estaba. Después sintió el peso de Renata contra su costado. El recuerdo regresó completo. Miró hacia ella. Dormía profundamente, una mano apoyada sobre su pecho y el rostro relajado de una forma que no había visto desde que aceptó protegerla. Adrián tomó el teléfono procurando no despertarla. Encontramos algo. Necesitas verlo. La calma desapareció inmediatamente.
Con mucho cuidado apartó el brazo de Renata y salió de la cama. Se vistió parcialmente y abandonó la habitación en silencio. Cerró la puerta. Llamó.
—Habla.
—Revisamos los objetos de la señorita Alcázar que llegaron esta mañana.
Adrián caminó hacia la sala.
—¿Y?
—Había un transmisor.
Se detuvo.
—¿Dónde?
—Dentro del forro de su bolso de trabajo.
GPS. Batería de larga duración. Adrián miró hacia el pasillo. Hacia la habitación donde Renata dormía. Hacía menos de diez minutos había estado pensando en lo absurdo que resultaba sentirse tan tranquilo con ella entre sus brazos. Ahora la sensación había desaparecido por completo.
—¿Desde cuándo transmite?
—Todavía lo estamos determinando, pero tiene memoria interna.
Estamos descargando los registros.
—¿Podrían haberla encontrado con eso?
—Sin ninguna dificultad.
Adrián apretó la mandíbula. Entonces quizá no había filtración. O quizá sí. Porque alguien tenía que haber colocado el dispositivo.
—Quiero una lista completa de cualquiera que haya tenido acceso al bolso desde antes del ataque.
—Ya estamos trabajando.
La llamada terminó. Segundos después llegó otro mensaje. Tenemos los primeros registros. Adrián abrió el archivo. Casa. Oficina. Restaurantes. Hospital. La residencia Alcázar. Todos los movimientos de Renata. Y entonces encontró el primer registro. Oficinas corporativas de Grupo Alcázar. El transmisor se había activado allí. No afuera. No durante el ataque. Dentro del edificio de su propia familia. Adrián volvió a mirar hacia la habitación. Renata dormía creyendo que, al menos durante unas horas, aquel lugar era completamente seguro.
Él acababa de descubrir que alguien había conseguido acercarse lo suficiente como para manipular una de sus pertenencias personales. Al amanecer tendría que contarle. Y probablemente destruir con ello la poca confianza que todavía le quedaba en la gente que la rodeaba. Adrián apretó el teléfono entre los dedos. Ahora el asunto era todavía más personal. Mucho más de lo que debería. Porque detrás de aquella puerta ya no dormía únicamente la mujer que tenía que proteger.
Dormía la mujer con la que acababa de pasar la noche.
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