Mi jefa contrata mis servicios personales
Una reluciente torre de oficinas corporativas en la bulliciosa ciudad de Nueva York, con reuniones hasta altas horas de la noche, salas de conferencias de paredes acristaladas y una suite en el último piso donde tenían lugar encuentros privados. Trabajar para Brenda Lane y hacer lo que ella quería fue la decisión que marcó mi vida. Por aquel entonces yo tenía veintisiete años y trabajaba como coordinadora del área de ‘Atención al cliente’...
Se trataba de una empresa de bienestar y yo servía de enlace con clientes especiales. Era mi primer empleo corporativo tras haber pasado por varios puestos de atención al cliente... La vida corporativa no es para todo el mundo, pero mi sueño era trabajar en la ciudad, en un edificio enorme, para gente de traje. Brenda Lane vio algo en mí... Ella era ejecutiva y cofundadora de la empresa... Nuestra relación era estrictamente profesional, dada la cantidad de horas que ella trabajaba...
Sólo hablaba conmigo de trabajo, de nada más, y jamás mostró interés por mi vida personal. Un día me hizo llamar a su despacho mientras contemplaba las vistas del centro de la ciudad... Nunca olvidaré su postura: impecable, precisa... Cuando se volvió hacia mí, supe que quería algo de índole personal... No me invitó a sentarme... En su lugar, se acercó a mí sin dejar de estar de pie. - “Quiero hacerte una propuesta...
Si todo sale bien, pronto me convertiré en la próxima directora ejecutiva, pero soy una mujer extremadamente ocupada, como ya sabes, y no puedo estar en todas partes a la vez... Tengo muchas obligaciones tanto profesionales como personales.”, empezó a decirme y continuó: “Por eso quiero proponerte un trato... Esto sale de mi bolsillo, no de la empresa, así que en este asunto me rendirás cuentas directamente a mí... Si me ayudas con asuntos personales, yo me ocuparé de recompensarte económicamente...
Esto quedará entre nosotras. - “De acuerdo... Acepto el trabajo”, le respondí. Brenda interpretó mi lenguaje corporal tenso y sonrió... Le divertía mi ingenuidad ante la propuesta y mi respuesta... Era como si no tuviera ni idea de en qué me estaba metiendo. La conversación duró unos quince minutos y aún recuerdo la mayoría de los detalles... No cada palabra, pero si sus expresiones faciales, sus pequeños gestos y la mirada en sus ojos...
Había entusiasmo en ella por introducirme en un mundo nuevo... Y vi esa mirada de alivio porque ahora tendría una nueva ayudante. Nuestro trato era sencillo... Brenda Lane estaba desbordada por responsabilidades corporativas que debía mantener para conseguir el puesto de directora ejecutiva, así que me asignó tareas relacionadas con mujeres de su red de contactos... Lo que eso implicaba exactamente era, para mí, una incógnita en esos momentos. Nos dimos la mano y el trato quedó sellado y comencé mi trabajo...
La primera clienta particular a la que atendí fue: Jane Murray, una Inversora bastante estresada. Una semana después, me encontraba con ella en un hotel del centro... Los cimientos del negocio en que trabajaba mi jefa eran sólidos, pero seguíamos dependiendo en gran medida de los inversores... Por eso, nuestra prioridad absoluta era mantenerlos satisfechos, y eso incluía a personas como Jane Murray. Me habían dicho que Jane estaba estresada tras el fracaso de una operación en otro proyecto...
La mentalidad de los inversores se basa en la confianza. Si Jane Murray estaba de mal humor, podría paralizar sus inversiones con nosotros... Así que se me encomendó la tarea de hacer un seguimiento personal... También había recibido una transferencia de 5.000 dólares de mi jefa. ¿Por qué?... Estaba a punto de descubrirlo. Jane estaba descalza y con la parte superior de la blusa desabrochada cuando abrió la puerta... Era una mujer delgada, que rondaba el final de los cincuenta...
No le hizo ninguna gracia verme... Habría preferido estar sola... Llevaba el maquillaje algo corrido, como si hubiera estado llorando... Le entregué una cesta que contenía vino de reserva, aceites y una nota escrita a mano por mi jefa. Me invitó a pasar y se puso a examinar el contenido de la cesta. - “¿Te ha enviado Brenda?”, preguntó Jane. - “¿Pasa algo que así sea?” - “No, querida... Todo está bien...
Sólo me preguntaba por qué enviarían a una empleada... Esto se podría haber hecho con un servicio de mensajería.” - “Trabajo para la señora Lane y ella quería que me encargara de esto personalmente.” El ambiente en la habitación del hotel cambió y Jane arqueó una ceja, como si conociera un secreto que yo ignoraba... Revisó la cesta, examinando los aceites, sus aromas y sus marcas... Mientras revisaba las botellas, empezó a preguntarme cosas sobre mí: mi nombre, de dónde era, dónde había estudiado, si tenía pareja, etc.
Me miró y comenzó a desabrocharse la blusa... Tenía el pecho plano y esbelto, y se quitó la prenda superior... Se quedó descalza, vestida solo con el pantalón y un sujetador negro. - “¿Alguna vez has dado un masaje?”, me preguntó. - “La verdad es que no... Y menos con aceites, si es eso lo que pregunta.” - “Lo único que tienes que hacer es frotar.” Jane se dio la vuelta y se desabrochó el sujetador, dejándolo caer al suelo...
Luego se quitó los pantalones... Su culo quedó al descubierto, salvo por unas braguitas finas... Era una mujer delgada y de belleza elegante... Se tumbó boca abajo en la cama tras apartar la manta. No se pronunció ni una palabra, pero era evidente que esperaba un masaje con aceite... No quería dejar a Jane plantada ni volver a la oficina con una jefa decepcionada, así que miré los aceites y elegí el de lavanda...
Lo abrí y vertí un poco en mis manos... Luego me acerqué a la cama y me senté junto a ella. Unté su espalda con aceite... Su piel se sentía suave y conservaba la tenue marca del bronceado del bikini... A menudo se oye decir a los masajistas que pueden sentir la tensión en el cuerpo de una persona... Comprobé que eso era muy cierto en el caso de Jane y el estrés que soportaba...
Su cuerpo estaba tenso al principio, pero pareció relajarse a medida que aplicaba más presión. Me hizo desnudarme y con mi cuerpo desnudo masajearla hasta lograr que tuviera un fuerte orgasmos... me solicitó muchas veces. Con el tiempo supe que Jane Murray acudía con frecuencia a masajistas y tratamientos de spa. Mi jefa me estaba poniendo a prueba para ver hasta dónde llegaba con las mujeres... Debo admitir que dar masajes resultaba excitante, pero mi principal motivación era el dinero y por eso lo hacía.
Dos semanas después de lo del masaje, se celebró un gran almuerzo organizado por una prestigiosa revista de moda... Se rendía homenaje a mujeres líderes del mundo empresarial y habían también líderes del sector del bienestar... Entre ellas figuraban mi jefa una tal Rosina Bering, nuestra rival empresarial... Esto sería mi segundo ‘trabajo’. Mi jefa recibió una invitación y yo acudí como su acompañante... El almuerzo tuvo lugar en un salón de baile de techos altos y mesas vestidas con manteles de lino blanco...
El evento consistía en breves discursos sobre innovación y liderazgo... Mi jefa también intervendría en algún momento... Sinceramente, fue divertido, y además pude vestir ropa de diseño a costa de mi jefa. Lo curioso de la rivalidad femenina es que se puede percibir... Se nota esa tensión en el ambiente... Mi jefa e Rosina Bering estaban sentadas a dos mesas de distancia y ni una sola vez dirigieron la mirada la una hacia la otra...
Ni siquiera cuando Rosina habló, mi jefa miró hacia el escenario. A mitad del evento, Rosina Bering fue al baño mientras alguien daba un discurso y, mientras yo cenaba un filete, mi jefa me hizo una seña... Me levanté y me acerqué a ella, inclinándome para no obstaculizar la vista de nadie... Ella me entregó una nota. - “Síguela... Entrégale esta nota”, me susurró. - “Claro... Por supuesto.” Tuve que ir al baño durante un discurso, lo cual ya era bastante mortificante con la gente mirándome...
Supuse que la nota era una oferta de paz para calmar las tensiones, ya que mi jefa era demasiado orgullosa para hacerlo ella misma... Lo que no había considerado era hasta dónde llegaba la depravación de mi jefa. Cuando entré al baño, se oyó la descarga del inodoro e Rosina salió mientras se arreglaba el vestido... Es una directora ejecutiva joven y de mente aguda... Su belleza me impresionó, como a la mayoría de la gente, y me lanzó una mirada de reojo sabiendo para quién trabajaba...
No se sentía intimidada, más bien, era ella quien me intimidaba a mí... Se lavó las manos y se arregló frente al espejo... Le entregué la nota. - “Esto es de parte de la señora Lane.” - “¿Así que eres su mensajera?” - “¡Si!”, le dije simplemente porque no sabía que otra cosa decir. Ella tomó la nota después de secarse las manos... La leyó y, por el movimiento de sus ojos, sé que la leyó al menos dos veces antes de empezar a sonreír...
Era como una broma privada... Se humedeció los labios antes de doblar la nota y tirarla a la basura. - “Los términos son aceptables... No pensé que fueras de ese tipo de mujer”, me dijo. - “Trabajo con clientas”, le respondí. Ahora, en retrospectiva, mi respuesta fue una tontería, pero no sabía qué más decir... Tenía el presentimiento de lo que iba a suceder, pero parecía demasiado increíble... Era imposible que mi jefa me pusiera en una situación comprometida con alguien a quien había llamado ‘la enemiga’ a puerta cerrada en repetidas ocasiones.
Rosina apoyó un pie en el lavabo y se levantó el vestido... Sus tacones costaban más que todo mi atuendo... Llevaba las uñas de los pies pintadas de rojo... Sus piernas, en mi opinión, eran el resultado de hacer sentadillas con muchas repeticiones y, tal vez, algo de carrera... Y luego estaban sus bragas: finas, casi transparentes, con un corte triangular estrecho que ella apartó hacia un lado... Allí estaba su coño...
Depilado... Recuerdo que mi mente me jugaba malas pasadas; era como si pudiera oler su excitación. - “Trato hecho, trato cumplido”, dijo en voz alta Hasta el día de hoy, nunca supe cuál era exactamente el trato, pero la señora Lane me recompensó muy bien por aliviar la tensión que había entre ellas. Para mi, fue la primera vez que le hacía un oral a una mujer y resultó ser toda una lección...
Creo que parte de lo que lo hizo tan excitante fue el subidón de adrenalina que tuve. Mientras, fuera, el almuerzo seguía su curso y existía una gran probabilidad de que otras asistentes usaran el mismo baño. Así que me arrodillé e hice lo que tenía que hacer, por dinero... Lo observé de cerca... El coño de Rosina, parecía humedecerse más a cada segundo, y empecé a lamerlo tal como ella quería...
Me dio instrucciones sobre cómo le gustaba que la complacieran... Era evidente que estaba acostumbrada a enseñar a las demás mujeres cuáles eran sus preferencias. Al terminar me dio su número de teléfono móvil y me dijo que esto lo íbamos a repetir numerosas veces... Y así fue... Me convertí en una gran mamadora de coños y culos. Mientras hacia estas degradaciones, pensé en la boda de mi hermana mayor, que sería dentro de seis meses...
Tenía que reservar hotel y se esperaba que llevara un gran regalo y también pensaba darle dinero... Así son las tradiciones. La gente de mi numerosa familia sabía que yo tenía un empleo en una gran empresa de la ciudad y que ganaba muchos dólares... Nadie sabía que vivía al límite hasta que el dinero de Brenda Lane me salvó de apuros. La tercera mujer a la que mi jefa me encargó el trabajo fue, nada más, ni nada menos, que Beth Taylor, su ex amante.
Sin duda, el momento más impactante de aquella etapa fue lidiar con Beth Taylor, la ex amante secreta de mi jefa... Era la cosa que más la preocupaba... Era algo que podía hundir su reputación y arruinar sus posibilidades de convertirse en directora ejecutiva. Beth Taylor era una reconocida artista local, de unos treinta y tantos años y con un estilo arrollador... Tenía una personalidad explosiva... Su larga cabellera negra lucía siempre suelta y con rizos naturales...
Pechos grandes... Culo grande... Era una mujer que llamaba la atención. La idea de que Brenda y Beth fueran amantes parecía descabellada porque eran muy diferentes, pero, para ser sincera, nunca hubo amor... Sólo se trataba de sexo, de mucho sexo. Recuerdo que estaba trabajando en mi despacho cuando mi teléfono vibró y vi que era Brenda quien me llamaba... Ella nunca lo hacía... Siempre nos comunicábamos por mensaje de texto.
- “Ven a mi oficina de inmediato... Beth, mi ex, está aquí fuera y no se quiere ir... Te pagaré muy bien... Deshazte de ella”, me dijo Brenda. - “¿Ahora?” - “¡SI!... Haz lo que te digo... Ven, ahora.” Cuando colgó, caminé por el pasillo hacia la oficina de Brenda y vi el alboroto... Beth estaba discutiendo con la secretaria mientras la puerta de la oficina de Brenda permanecía cerrada...
Claramente, mi jefa estaba dentro, escondiéndose de la situación que estaba ocurriendo fuera. Beth repetía cosas como: ‘Necesito hablar con ella’ y ‘Me debe una explicación, maldita sea’, mientras la secretaria intentaba calmarla. Intervine... Yo ya había mediado en discusiones entre mujeres anteriormente, durante mis días en la hermandad universitaria... Al verme, Beth se detuvo en seco, tal vez preguntándose si yo era el nuevo ligue de la jefa. - “¿Podemos hablar en privado, por favor?”, le pregunté.
Tengo una forma sincera de desarmar a la gente, y Beth se mostró receptiva a lo que yo tuviera que decir... Aceptó y fuimos a la sala de juntas... Gracias a la nueva tecnología, pulsé un botón y las paredes de cristal dejaron de ser transparentes... Teníamos total privacidad y yo estaba preparada para lo que ella me dijera... O eso creía. - “¿Te acuestas con ella?”, me preguntó Beth de forma directa. - “¿A qué te refieres?”
- “Brenda Lane... ¿Eres su último juguete?... Tienes toda la pinta de serlo, me dijo ella enfurecida de rabia. - “No, no... Por supuesto que no... Trabajo aquí... Brenda es mi jefa.” - “¿Por qué se esconde en su oficina?” - “Mira, acabamos de conocernos... ¿Podrías calmarte, por favor?... Estoy segura de que hay una forma racional de arreglar esto... Disculpa, pero, ¿necesitas dinero?” Ofrecerle dinero me pareció la mejor idea en ese momento, ya que la gente solía quejarse del dinero con mi jefa, pero aquello la hizo estallar y apretó los dientes, diciéndome: - “¿Crees que esto es por dinero?...
Me perdí París por ella... ¿Entiendes eso?... Renuncié a mi primera residencia artística, esa sobre la que la gente construye su carrera... Me quedé aquí, todo porque ella no soportaba estar sola”, me dijo enfadada Beth. Por muy descabellado que pareciera en aquel entonces, cobraba sentido que mi jefa se estuviera escondiendo y que a mí me hubieran contratado para hacer el trabajo sucio... Brenda Lane, a su edad y con su estatus, no quería que el mundo corporativo supiera que estaba ‘saliendo’ con una joven artista sexy, cuyo estilo era el polo opuesto a la cultura empresarial.
Beth vio la expresión de confusión en mi rostro... Sabía que aquello me había tomado por sorpresa, y eso era precisamente lo que la enfurecía: que mi jefa la hubiera mantenido oculta, apartada como algo sin importancia... Pero lo que Beth Taylor no sabía era que a mí me pagaba muy bien pagada por mantener el asunto bajo control. - “¿Cómo puedo arreglarlo?... ¿Qué hace falta para resolver esta situación al menos a corto plazo y poder llegar a una solución positiva?”, le pregunté. - “¿Quieres arreglarlo?...
Si Brenda es demasiado cobarde para enfrentarse a mí, tal vez tú puedas ocupar su lugar.” - “Si quiero arreglarlo como sea”, le respondí. Me miró a los ojos mientras se desabrochaba la blusa... Su piel bonceada quedó al descubierto cuando la prenda se abrió... Al abrirla por completo, vi que el sujetador que llevaba no era tal, al menos no en el sentido convencional... La copa de color blanco solo cubría la parte inferior de los pechos para mantener su forma, pero toda la parte superior estaba libre, dejando a la vista la mayor parte de sus pezones oscuros...
No era una lencería tradicional. La situación dio un giro más intenso cuando vació el contenido de su bolso sobre la mesa de reuniones... Arrojó sobre su superficie, el teléfono, la cartera, el maquillaje y otros objetos. Entre esos objetos había un consolador, unas esposas para las muñecas y un lubricante... También había un vibrador con forma de pétalo de rosa que sé que muchas de mis compañeras usan a escondidas en la oficina para darse placer.
La prioridad de Beth no era cerrar el asunto sentimental, ni mucho menos... Había venido buscando un encuentro sexual en la oficina. Las palabras de Brenda resonaron en mi cabeza: ‘Te pagaré muy bien’... En ese instante comprendí por qué... Su sexo debió de ser muy intenso... En lugar de tener un encuentro apasionado en su despacho con su amante despechada, mi jefa me había asignado a mí esa tarea tan poco convencional.
Iba a suceder de una forma u otra... Beth Taylor no estaba esperando mi permiso... Se quitó la falda y dejó a la vista unas braguitas blancas abiertas en la entrepierna, provistas de un arnés, parte del cual estaba metido en su coño. Tardé un momento en darme cuenta de que las braguitas blancas abiertas por la entrepierna servía para sujetar el consolador... Se trataba de un arnés de doble penetración...
Y la correa descansaba sobre su oscura y abundante mata de vello púbico. - “Ponte de rodillas”, me dijo ella. - “¿Qué estás haciendo?” - “Cobrándome lo que se me debe... Brenda tendrá su turno más adelante.” Era la tercera mujer con la que hacía sexo... La excitación que sentía era distinta a la que sentí en los dos casos anteriores.. Con Rosina Bering, la directora ejecutiva rival de mi jefa, cualquiera pudo haber entrado y sorprendernos...
Pero en la sala de juntas corporativa, la puerta estaba cerrada y los cristales oscurecidos, por lo que era menos probable que alguien entrara. A diferencia de las experiencias anteriores, esta vez seguía los pasos de mi jefa... Saboreaba lo que ella había saboreado... Besaba donde ella había besado. Asumí el papel sexual como si yo fuera mi jefa... Disfrutaba del sexo con Beth, aunque no fuera necesariamente una elección propia.
Admito que jamás habría hecho algo así con Beth de no ser por haber aceptado este trabajo... Así que, mientras lamía y succionaba, me decía a mí misma que era una cuestión de supervivencia... Pero mi cuerpo me traicionó... Nunca había sentido tanta adrenalina durante un encuentro sexual. Su orgasmo tenía un sabor más intenso que el de la primera mujer, la inversora cincuentona, Jane Murray, y resbalaba por mi boca en un flujo constante.
Me esforcé por tragarlo todo, para mantenerla satisfecha... Para eso me pagaba mi jefa. Comprendí por qué mi jefa mantenía a Beth Taylor cerca como un juguete sexual... Era una mujer fuerte y dominante, con un cuerpo exótico y una sexualidad desbordante. Más tarde supe que Beth había crecido en un hogar musulmán estricto y canalizaba su represión sexual a través del arte y del deseo de experimentar cosas nuevas y tabús.
Después, Beth me hizo inclinarme sobre la mesa de conferencias. Ella estaba totalmente desnuda y llevaba puesto el arnés. Yo, en cambio, conservaba toda la ropa puesta... Ella me quitó toda la ropa y me aplicó lubricante. En ese instante, recuerdo haberme preguntado si mi jefa solía ser la que penetraba el coño de su pareja o la que recibía la penetración, aunque ambas cosas podrían ser posibles. Podía imaginar a Brenda disfrutando al usar el arnés con otras mujeres...
También podría imaginarla deseando invertir los papeles en algún momento, situándose en el otro extremo de la sumisión. Antes de follarme, Beth me dijo que pusiera las manos a la espalda... Fue como si me estuvieran arrestando sobre el capó de un coche... Me esposó las muñecas y quedé con la cara apoyada de lado sobre la mesa... Nunca me había sentido tan indefensa en mi vida... Estaba totalmente a su merced.
Cuando se produjo la penetración en mi coño, gemí con fuerza, pero enseguida me contuve... Los cristales de las salas de reuniones amortiguaban el sonido para preservar la intimidad, pero la idea de que alguien pasara por allí rondaba constantemente mi cabeza... La secretaria, cualquiera que fuera o viniera del despacho de Brenda... Me aterraba pensar que pudieran oír mis gemidos fuertes, entrar y encontrarme en una situación que acabaría con mi carrera.
Entendí por qué Brenda se acostaba con aquella mujer... La experiencia con el arnés fue intensa y el ritmo fue aumentando gradualmente... Fue, con diferencia, el encuentro más salvaje de mi vida, al menos hasta aquel momento... Y el orgasmo que tuve fue también el mejor que había experimentado jamás. Al terminar, Beth me quitó las esposas y me ayudó a ponerme en pie, como una amante que ofrece cuidados posteriores, besándome en la mejilla y frotándome los hombros, porque aquello no era una cuestión de amor.
Me miró a los ojos y me ordenó que lamiera la mesa hasta dejarla limpia... Pensé que bromeaba, pero no era así. - “Lámela... Déjala limpia.” Me incliné y lamí la mancha húmeda que había dejado, saboreando mis propios fluidos del orgasmo. La realidad me golpeó con fuerza mientras hacía algo tan denigrante... Pasé de la euforia del orgasmo a lo más bajo de la humillación... Todo por dinero... Todo por haber aceptado servir a mi jefa y cumplir sus deseos...
¿Valió la pena?... Sinceramente, sí. Todo lo que estoy haciendo con estas mujeres me abrió los ojos a un mundo de sexo y me permitió explorar cosas que normalmente no habría probado. Ver vestirse a Beth fue un placer extraño... Observar cómo se recogía los pechos grandes, metiendo aquellos pezones oscuros en ese ‘sujetador’ especial, si es que se le podía llamar así... Ni siquiera se molestó en ponerse bragas, porque quería que su coño respirara...
Ella guardó sus bragas en el bolso, junto con todo lo demás. Beth me besó en los labios y se marchó... Antes de irse me dejo su tarjeta y me dijo que le llamase o vendría a buscarme. Nadie en la oficina tenía la menor idea de lo que había sucedido... Fui directo a mi móvil y le envié un mensaje a Brenda Lane avisándole que el trabajo estaba hecho y que el asunto del amante despechada había quedado resuelto por el momento.
Mi jefa no respondió... En su lugar, me hizo una generosa transferencia bancaria... Ella es así de esplendida conmigo. Ahora, pasadas unas semanas, hago un balance de mi situación... Yo, además de atender a los distintos nuevos ‘trabajos’ que mi jefa pudiera ordenarme, tengo que atender a sus clientas: a Jane Murray, la inversora estresada a la que debo darle masaje y atender a su sexo según le apetece... A Rosina Bering, la directora ejecutiva rival de mi jefa, a la que le gusta que le lama el coño y el culo...
Y a Beth Taylor, la ex amante de mi jefa, a la que le gusta follarme con su dildo.
Nota del autor: Espero que la lista de mi jefa no se haga muy larga porque me dejan muy agotada cada vez que voy a sus requerimientos F I N Recuerden que mi correo esta a su disposición
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