La mercería - Fin
Cuatro días en los que, debajo de la bata gris abrochada hasta el cuello, no llevaba bragas. Cuatro días en los que cada vez que el timbre sonaba su coño se contraía y su culo, todavía sensible, recordaba el grosor de aquella polla. El lunes por la tarde, a las siete y cuarto, estaba doblando un corte de sábana cuando el timbre volvió a sonar. No levantó la vista de inmediato.
Terminó el pliegue, lo dejó sobre el mostrador y solo entonces miró hacia la puerta. Era él. Y no venía solo. A su lado había otro chico. Más bajo, un poco más delgado, pelo castaño claro y una cara que Lucía reconoció al instante. El corazón se le detuvo un segundo. Martín. El hijo de la señora Pilar de la cuarta. El chico al que le había vendido botones para la chaqueta del instituto, hilos de bordar para su madre, cremalleras para los pantalones que se le quedaban pequeños cada año.
El mismo que, con dieciséis años, había venido a pedirle un trozo de tela para un disfraz de carnaval y se había puesto rojo cuando ella le midió la cintura. Ahora debía de tener veintidós o veintitrés. Y estaba mirándola de arriba abajo con una expresión que no había tenido nunca. El chico (el primero, el de la polla gruesa, el que la había convertido en la puta de la mercería) sonrió con esa misma sonrisa pequeña y segura del portal.
—Traje compañía —dijo—. Creo que os conocéis.
Lucía sintió cómo se le secaba la boca. Las manos le temblaban sobre el mostrador.
—Martín… —logró decir.
Martín no contestó. Solo la miraba. La bata gris, el moño bajo, la misma cara de siempre… y sin embargo algo en sus ojos había cambiado. Como si de pronto viera debajo de la tela. El chico cerró la puerta tras ellos y giró el cartel de “Cerrado”. Después bajó la persiana a medias, lo suficiente para que desde la calle no se viera con claridad, pero no del todo.
Un rectángulo de luz de la farola seguía entrando por el escaparate.
—Quítate la bata —ordenó.
Lucía miró a Martín. Él seguía sin hablar. Solo observaba.
—Dije que te la quites.
Con dedos torpes, Lucía se desabrochó los botones uno a uno. La bata se abrió. Debajo solo llevaba el sujetador blanco de siempre y nada más. El coño afeitado ya estaba húmedo solo de verlos allí. Se sacó la bata de los hombros y la dejó caer sobre el taburete. Martín soltó el aire en un silbido bajo.
—Joder… —murmuró por fin—. Siempre pensé que eras… distinta.
El chico se rió.
—¿Distinta?
Pregúntale cómo limpia pollas después de que se las metan en el culo. Lucía sintió el calor subiéndole por el cuello hasta las orejas. Quiso hablar, decir que no, que por favor no delante de él, pero la voz no le salió. El chico se acercó, le agarró el moño y la obligó a mirar a Martín.
—Dile la verdad.
Dile lo que eres. Lucía tragó saliva. La vergüenza le quemaba la cara.
—Soy… la puta de la mercería —susurró.
—Más alto.
—Soy la puta de la mercería.
Martín se pasó una mano por la cara, como si no pudiera creer lo que estaba oyendo. Pero su polla ya se le marcaba dura contra los vaqueros. El chico soltó el moño de Lucía y le dio un suave empujón hacia el mostrador.
—Súbete.
De rodillas. Encima. Lucía obedeció. Se subió al mostrador de madera, el mismo donde él la había follado la primera vez, y se colocó de rodillas. El frío de la superficie le llegó a las piernas desnudas. El chico le separó los muslos y le mostró el coño a Martín.
—Míralo.
Empapado. Y todavía no la hemos tocado. Martín se acercó. Extendió una mano temblorosa y le rozó los labios del coño con dos dedos. Lucía soltó un gemido bajo. Estaba resbaladiza.
—Joder, señora Lucía… —murmuró Martín.
El chico se bajó la bragueta y sacó la polla. Ya estaba dura, gruesa, la cabeza brillante. Se la puso delante de la cara de Lucía.
—Chúpala.
Y mientras lo haces, él te va a tocar. Lucía abrió la boca. El sabor a piel caliente y a líquido pre-seminal le llenó la lengua. Empezó a chupar con la misma dedicación de siempre, subiendo y bajando, lamiendo la ranura, bajando hasta las pelotas. Martín, detrás de ella, le metió dos dedos de golpe. El sonido húmedo llenó la mercería.
—Está muy caliente —dijo Martín, la voz un poco rota—. Y apretada.
—Mételos más.
Hazla gemir con la polla en la boca. Martín obedeció. Curvó los dedos y encontró ese punto. Lucía soltó un gemido ahogado alrededor de la polla. El chico le agarró la cabeza y empezó a follarle la boca con embestidas cortas y profundas. La saliva le resbalaba por la barbilla hasta los pechos, todavía dentro del sujetador. Al cabo de un rato el chico se sacó de la boca de ella con un sonido húmedo.
—Ahora tú —le dijo a Martín—. Sácala.
Métela. Martín se bajó los vaqueros y los calzoncillos de un tirón. Su polla era más delgada que la del otro, pero larga y muy dura. Se colocó detrás de Lucía, le separó las nalgas y empujó. Entró de un solo golpe. Lucía gritó contra el mostrador. El sonido de piel contra piel empezó a llenar el local. Martín la agarró de las caderas y empezó a embestir con fuerza, como si llevara años queriendo hacerlo y no se hubiera atrevido.
—Señora Lucía… joder… señora Lucía…
El chico se colocó delante de ella otra vez y le metió la polla en la boca mientras Martín la follaba. Lucía quedó atrapada entre los dos: una polla embistiendo su coño, otra embistiendo su garganta. Los pechos le rebotaban dentro del sujetador con cada golpe. El sujetador terminó bajado, los pezones duros y al aire. Martín se corrió primero. Lo hizo dentro, profundo, con un gemido largo. Lucía sintió los chorros calientes llenándola.
Cuando él se sacó, el semen le resbaló por los muslos internos hasta el mostrador. El chico no le dio tiempo a recuperarse.
—Ahora el culo —dijo—. Ella ya sabe cómo va.
Lucía negó con la cabeza, pero no se apartó.
—Por favor… él no…
—Calla.
El chico le escupió en el agujero, se pasó la polla (todavía brillante de la saliva de ella) por encima y empujó. La cabeza abrió el anillo de músculo con el mismo ardor de la primera vez. Lucía soltó un grito agudo. Martín, todavía jadeando, se quedó mirando cómo la polla gruesa desaparecía centímetro a centímetro dentro del culo de la mujer que había conocido toda la vida.
—Joder… —susurró.
El chico empezó a follárselo con ritmo duro y constante. Cada embestida hacía que Lucía se aplastara contra el mostrador. Los pechos le rozaban la madera. El semen de Martín le seguía resbalando por los muslos.
—Tócala —le ordenó el chico a Martín—. Haz que se corra mientras le abro el culo.
Martín se acercó y le metió los dedos en el coño otra vez. Lucía se corrió en menos de un minuto, el cuerpo sacudido, el culo apretándose alrededor de la polla que no paraba de entrar y salir. Gritó contra la madera. Las lágrimas le corrían por la cara. El chico se sacó de golpe.
—De rodillas en el suelo.
Los dos. Lucía bajó del mostrador con las piernas temblando. Se arrodilló en el suelo de baldosas frías. Martín se colocó a su lado, todavía con la polla semi-dura y brillante de semen. El chico se puso delante de los dos.
—Limpia primero la mía.
Después la suya. Y no te dejes nada. Lucía abrió la boca. El sabor a culo y a sexo le llenó la lengua. Chupó, lamió, limpió el tronco, las pelotas, la cabeza. Después se giró hacia Martín y hizo lo mismo con la suya, saboreando su propio semen mezclado con el de él. Martín le agarró el pelo y la obligó a tomarla más profundo. Cuando terminó, el chico la levantó por el moño y la volvió a subir al mostrador, esta vez de espaldas, las piernas abiertas, el culo y el coño al aire.
—Uno más cada uno —dijo—. Y esta vez os corréis donde yo diga.
Martín se colocó entre sus piernas y la folló otra vez, más lento, mirándola a la cara. Lucía tenía los ojos vidriosos, el maquillaje corrido, el pelo completamente deshecho. Cada embestida sacaba un gemido roto de su garganta. El chico se subió al mostrador, se colocó a horcajadas sobre su pecho y le metió la polla en la boca otra vez. La follaron los dos a la vez: uno abajo, otro arriba.
El sonido era obsceno, húmedo, constante. Martín se corrió por segunda vez, esta vez sacándola y disparando sobre el vientre y los pechos de Lucía. El semen le cayó caliente, espeso. El chico se sacó de la boca de ella, se masturbó tres veces y se corrió en su cara: mejillas, labios, frente, cuello. Lucía cerró los ojos y recibió todo. Cuando terminaron, los dos se bajaron del mostrador. Lucía se quedó allí, tumbada de espaldas sobre la madera, las piernas todavía abiertas, el coño y el culo goteando, el semen de los dos resbalándole por la cara, el cuello, los pechos y el vientre.
La respiración le salía en jad eos cortos. No tenía fuerzas ni para cerrar las piernas. El chico se subió la bragueta con calma. Martín hizo lo mismo, todavía mirándola como si no pudiera creer lo que acababa de hacer.
—Mañana vuelvo —dijo el chico—. Solo.
O con él. Como me apetezca. Tú estate igual de lista. Martín se acercó un segundo, le apartó un mechón de pelo de la cara manchada y murmuró: —Nunca pensé… joder, señora Lucía. Después los dos se dieron la vuelta y salieron. La puerta se cerró con un golpe suave. La persiana seguía a medias. Desde la calle, a través del cristal del escaparate, cualquiera que se acercara lo suficiente podía ver el interior de la mercería: el mostrador, la mujer de cuarenta y siete años tumbada encima, desnuda de cintura para abajo, el sujetador bajado, la cara y el cuerpo cubiertos de semen, el coño y el culo todavía abiertos y chorreando sobre la madera.
Lucía no lo sabía. No tenía fuerzas para moverse. Solo sentía el frío de la madera bajo la espalda, el ardor del culo usado, el semen secándosele en la piel y el olor a sexo mezclado con el de tela nueva y naftalina. Cerró los ojos. Fuera, la farola seguía encendida. Y el escaparate, a medias abierto, ofrecía la imagen completa a quien quisiera mirar.
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