Inesperado verano, capítulo 2
Capítulo 3
Durante la cena todo había cambiado entre nosotros. Cenamos sin comentar nada respecto a lo ocurrido en el baño, pero nuestra complicidad se habían disparado y su feminidad estaba exultante. Ella se sentía una mujer deseada y yo me moría de ganas de que me hiciera otra paja o de besarle las tetas. Después de aquellos días de convivencia por fin la espita de la pasión sexual, de la atracción entre los dos, se había abierto de forma definitiva.
No hubo tampoco durante esa cena más contacto físico entre nosotros. Solamente en un momento dado, al retirarme el plato, me acarició suavemente la cara, como antes me había acariciado la polla. Terminó de fregar los platos y cubiertos, y soltándose el delantal dijo: “Por hoy ha sido suficiente. Me voy a mi casa.” Una losa de decepción cayó sobre mí. No podía creerlo. No podía ser que la fiesta terminara así, lo sucedido en la bañera debería tener una continuidad.
“Podrías quedarte aquí, no hace falta que vayas a tu casa” le pedí, soñando con tenerla para mí toda la noche. “Qué pensará la gente si ven que no salgo de la casa. Esto es un pueblo, las habladurías corren y todo el mundo está pendiente de los pasos de los demás.” Puso su mano sobre mi pecho, sonrío coquetamente y me dio un beso suave en los labios. “Mañana será otro día” se despidió.
Esa noche me pajeé como si no hubiera un mañana.
Al día siguiente a media mañana, salí de nuevo a hacer deporte. A la vuelta, sudoroso, regresé hacia mi casa caminando por el paseo principal del pueblo, donde había cafeterías a ambos lados. Hacía un día estupendo, con un sol radiante y una temperatura ideal. Mucha gente disfrutaba de la mañana, paseando y conversando aquí y allá. Deambulaba perezoso, dejando que el sol acariciara mis ojos, cuando alguien me habló desde una de las mesas de la terraza de una cafetería: “Estos chicos jóvenes no pueden parar” oí en tono jovial.
Volví mi cabeza para ver quién me hablaba. Era Matilde, una mujer mayor de pelo corto y ojos rasgados que conocía a mis padres, y que estaba tomando un café con croasanes junto a dos amigas de su edad: Aurora y… Águeda. Las tres me miraban sonriendo. “Seguro que vienes de hacer deporte… ¡hay que quemar toda esa energía” insistía Matilde animada. De repente, una sensación de incomodidad me invadió, como la de alguien que teme ser pillado o acusado de algo.
Posé mis ojos sobre Águeda por un segundo. Las tres me sonreían, pero en la sonrisa de Águeda había un matiz provocativo y cómplice, que, al estar su cara vuelta hacia mí, sus amigas no podían observar. “¿Tus padres que tal?” preguntó Matilde. “Bien –acerté a decir al fin- están bien, trabajando, todavía no tienen vacaciones” Me había aproximado un poco a la mesa mientras hablaba y miraba a Matilde, aunque mi atención estaba toda en Águeda.
Si hubiera tenido que descifrar su expresión, parecía oscilar entre “conozco un secreto” o “estoy prometiendo algo”. “Disfruta aquí, que en el pueblo se está muy bien” añadió Aurora, la otra amiga, con voz aflautada. “Bueno, dales recuerdos a tus padres… ¡Y no le des mucho trabajo a Águeda!” concluyo Matilde. “No, claro que no” me apresuré a asegurar. Lancé una mirada fugaz a Águeda, y seguí el camino hacia mi casa, acelerando instintivamente el paso.
“Parece muy formal” acerté todavía a escuchar que decía Matilde a sus amigas. “Sí, es buen chico” respondió Águeda con cierta indiferencia, tratando de no dejar traslucir ninguna emoción en su respuesta.
Oí como abría la puerta de la casa. Por fin. Después de ducharme, llevaba veinte minutos esperándola, vestido solo con una toalla anudada a mi cintura. Salí a su encuentro. Venía con una bolsa con algo de compra, que debía haber hecho tras dejar a sus amigas. Sonrió complacida cuando me vio aparecer así, con solo aquella pequeña toalla cubriéndome. Me acerqué hacia ella y al hacerlo me quité la toalla y balanceé muy ligeramente mis caderas, para que la polla y los huevos oscilaran de un lado al otro al ir a su encuentro.
Sin dejar de sonreír miró mis pelotas, dejó con cuidado la bolsa de la compra en el suelo y dio dos pasos hacia mí. Me incliné para besarla y ella me ofreció sus labios. Mientras nos besamos ella agarró mi polla con su mano y comenzó a juguetear con ella. Al mínimo contacto de su mano mi polla ya estaba tiesa, desde ayer había echado de menos aquellas manos. Por su parte mi mano, que comenzó acariciando su mentón, cayó como por descuido hacia su hombro y luego la fui a posar sobre su teta izquierda, que agarré con ansia y empecé a masajear.
Ella interrumpió el beso: “Pero… qué estás haciendo” dijo con voz sorprendida. Aparté mi mano y quedé paralizado mirándola… hasta que su repentina sonrisa me hizo ver que estaba jugando conmigo. Le encantaba desconcertarte, dejarte cómo en fuera de juego, para enseguida mostrar que era una broma, un tonteo, su humor era así. Soltó pausadamente dos botones de su camisa, hizo un rápido movimiento en su sujetador, y sacó una de sus enormes tetas.
Qué teta. Blanca, voluminosa, con el pezón grande y tieso y una enorme aureola rosada. No podía creerlo. ¡Qué momento! Aquellas tetas que había espiado durante tanto tiempo, que había visto bambolearse debajo de vestidos y blusas, aquellas tetas que había masajeado en mi imaginación mientras me pajeaba, estaban allí a mi alcance. Me incline casi con adoración y empecé a besar aquella maravilla, poco a poco, queriendo que mis besos recorrieran cada milímetro de esa teta hasta llegar al pezón soñado.
Agueda respiraba ya aceleradamente por el placer, pero, poniéndome el índice en la boca, me detuvo un momento. Acabó de soltar los botones de su blusa, se la quitó mientras me miraba provocativamente a los ojos, se desabrochó el sujetador, lo tiró al suelo y volvió a agarrarme de la polla mientras yo hundía mi cara en sus tetas. La pasión me desbordaba y quería comerme las dos tetas a la vez, iba de una a otra como si no supiera cual elegir para saciar mi sed, las lamía, las besaba, me comía a mordisquitos los pezones.
Me sentía en el paraíso, pero a veces un sonido lejano te devuelve de los sueños a la realidad. Sonó un ding dong inesperado, inoportuno, torpe, innecesario. Alguien llamaba a la puerta de la casa. Nos quedamos los dos parados. Tras un par de segundos grité: “¿Quién es?” Se oyó una voz al otro lado de la puerta: “Soy Juanlu, vengo a por las palas de padel, que vamos a ir a las pistas ahora”.
Joder, no me acordaba. Habíamos ido a jugar al padel un día de estos, y al regresar yo había guardado las palas de todos en mi casa, que era la que venía más a mano. “Un minuto, que ahora las saco” acerté a decir. No hace falta explicar que hubiera matado a Juanlu en ese mismo momento. Reaccionamos los dos con celeridad. Yo subí las escaleras de dos en dos hacia mi cuarto para ponerme algo de ropa, y ella recogió del suelo el sujetador y la blusa y, sin olvidar la bolsa de la compra que había dejado en el suelo, fue rauda hacia la cocina.
Capítulo 4
Esa noche le pedí que después de la cena no se fuera a su casa. Pero era complicado. Siendo verano, ella salía de mi casa y se iba a la suya. Pero no directamente. Antes solía quedarse hablando con un grupo de gente de su edad que salían a una zona de bancos de madera, donde había buenas vistas de los alrededores del pueblo. Las tertulias se alargaban a veces hasta la una de la mañana.
Pero Águeda también, yo a pesar de mi inexperiencia lo estaba notando, tenía unas ganas enormes de follar. Aquellos juegos habían sido excitantes, llenos de erotismo y placer, pero Águeda quería ser follada. Hacia muchos años que no sentía una polla dentro de sí, y aunque me esté mal decirlo, ella había apreciado el tamaño considerable de la mía. Por suerte teníamos una cosa a nuestro favor. Mi casa tenía una pequeña puerta trasera, y después de abandonar la tertulia nocturna con la excusa de irse a dormir, Águeda podría acceder a mi casa por ella, con cuidado de no ser vista.
Era una zona poco transitada, y no parecía ser blanco de ojos indiscretos. La esperé impaciente. Las once y cuarto, las once y media. Yo miraba la tele sin verla, y solo consultaba la hora cada dos minutos. Las doce y Águeda no venía. Empezaba a pensar que se lo habría pensado mejor, o que simplemente un imprevisto había impedido que viniera. Pero a las doce y dieciséis minutos, la puerta trasera, que yo había dejado sin cerrojo, se abrió.
Me levanté como un resorte y fui hacia allí. Ella estaba ya a mitad de pasillo. Nos encontramos en la penumbra y no nos dijimos nada. La agarré por la cintura y la besé con una pasión que no conocía y ella colgó sus brazos de mi cuello. Nos estuvimos besando en la semi oscuridad del pasillo durante minutos, mientras yo frotaba mi polla ya tiesa contra su tripa. Vi brillar los ojos de aquella mujer cincuentona a unos centímetros de los míos.
De aquella mujer modosa y recatada. Luego solo me dijo una palabra, como un susurro: “Fóllame” Subimos las escaleras besándonos como dos enamorados desesperados, tratando de quitarnos torpemente la ropa y metiéndonos mano como podíamos. Por fin pude palpar su culo, agarrarlo con fuerza, tratar de abarcarlo con mis manos. Llegamos a la habitación, que estaba envuelta en la pálida luminosidad que llegaba de la calle. Hice amago de encender la luz, pero ella detuvo mi mano; prefería estar en esa luz tenue.
Luego se quitó el vestido por encima de la cabeza, quedándose solo con el sujetador y las bragas. Yo ya no llevaba la camiseta y, a toda velocidad, me quité el pantalón corto y el bóxer, liberando mi polla enhiesta. Me acerqué despacio hacia ella. No nos decíamos nada, nuestros ojos hablaban lo suficiente. Pegados el uno al otro, ella acarició mi cabeza, y luego me besó el pecho y lamió uno de mis pezones.
Yo, tras una lucha breve con su sujetador, logré desabrocharlo. Cogí sus tetas con mis manos, con más tranquilidad que aquella mañana, y me recreé magreando y masajeando aquellos soberbios pechos. Besé su cuello mientras ella inclinaba la cabeza ligeramente hacia atrás suspirando, y luego hinqué una rodilla y luego la otra frente a ella, situándome ante sus bragas. Ella gimió antes de que yo hiciera nada. Luego, cerró un poco las piernas para que se las bajara y, con una mano en cada muslo, arrié aquellas bragas.
Su coño depilado apareció frente a mí, bajo la débil luz que entraba por las ventanas. Con ansia, froté mi boca y mi nariz contra ese coño, besando el clítoris, dos, tres, cinco veces. Pero yo ya no podía aguantar más preliminares. Las ganas de follármela, acumuladas durante todos estos días, después de tantas pajas, me urgían más que cualquier cosa. La cogí de la mano y nos aproximamos a la cama.
Por primera vez en ella, noté un cierto nerviosismo, una inquietud no disimulada. Besándome suavemente en la boca me susurró: “Con cuidado cariño, hace tiempo que no me meten un rabo hasta el fondo.” Me sorprendió que usara ese término, ese lenguaje no iba con la mujer prudente y decorosa que era, pero aquello me excitaba aún más. Y desde luego Águeda era una caja de sorpresas. Quería meterle mi rabo y empotrarla una y otra vez.
Estaba cerrada, mojada y caliente. Una oleada de placer subió por mi cuerpo al sentir como mi polla se abría paso entre las paredes de su coño, mientras ella giraba la cabeza de un lado a otro, con los ojos entrecerrados, y gemía de dolor y placer. Yo quería reventarla con mi polla, y sobre todo resistir lo máximo posible. Pero aquella primera vez me fui rápido, no controlaba aún bien mis orgasmos.
Afortunadamente esa noche volví a follarla tres veces más, es el privilegio de la juventud. Tras la cuarta vez, los dos yacíamos boca arriba sobre la cama. Águeda, pasando lentamente dos dedos por mi cara me dijo: “Cariño, mañana me va a costar poder andar normal. Eres un salvaje, mi coño no está acostumbrado a esto, voy a estar escocida todo el día.” Que aquella mujer modosa y formal me dijera esas cosas con ese tono juguetón, disparaba mi lujuria, aunque mi polla estaba ya prácticamente fuera de servicio.
Se levantó un momento al baño, y al volver recogió sus bragas y su sujetador para vestirse. Debía volver a su casa mientras aún pudiera ampararse en la oscuridad de la noche, pues por la mañana la gente tendría que verla salir a primera hora por su puerta, sin contar que alguien pudiera acudir a su casa a llamarla antes por cualquier eventualidad. Le pedí que me dejara sus bragas al menos, que quería olerlas y lamerlas ya que ella no estaría allí.
Vi en la penumbra reir con ganas a aquella mujer madura, creo que era la primera vez que la veía reír de aquella manera. Luego me lanzó las bragas. Yo pegué mi nariz a ellas y cerré los ojos.
Capítulo 5
A Águeda le encantaba cogerme por la polla. Se notaba que hacía muchos años que no había disfrutado del sexo, y ahora que tenía el cuerpo de un chico de 18 años, en la plenitud de su vigor sexual, a su entera disposición, no quería dejar pasar la oportunidad… (Continuará)
¿Qué te ha parecido?
Todavía no lo ha votado nadie.