El Club de tenis Élite, capítulo 30
En ese instante, la puerta principal se abrió con un clic suave. Melissa, todavía sentada en el sofá con los pies apoyados sobre el cuerpo de gusano, levantó la cabeza al oír el sonido. Carlos permanecía boca abajo, inmóvil, la nuca aplastada por la zapatilla de Melissa y la zona lumbar recibiendo el peso del otro pie. Los pasos de Andrea se oyeron claramente en el recibidor: el sonido seco y característico de sus Converse golpeando el suelo.
Llevaba unos vaqueros negros ajustados que marcaban perfectamente sus piernas largas y una camiseta blanca sencilla, ligeramente ceñida al torso. El pelo rubio le caía suelto sobre los hombros, un poco revuelto por el viento de la calle. Tenía la expresión relajada, casi contenta, como si el día en la universidad hubiera ido bien. Apenas cruzó el umbral del salón, Melissa se incorporó de golpe.
—Señorita Andrea… —susurró con voz temblorosa de emoción.
Se levantó del sofá y fue rauda a arrodillarse en el suelo frente a Andrea. Bajó la cabeza de inmediato y se inclinó hacia adelante, buscando los pies de su dueña con los labios. Carlos, al oír la voz de Andrea, reaccionó con un temblor. Empezó a arrastrarse hacia ella, barriga contra el suelo, brazos extendidos, la cara pegada al parquet. Se movía con dificultad, las nalgas todavía doloridas y en carne viva, pero no se detuvo.
Llegó hasta los pies de Andrea un poco después que Melissa. Los labios carnosos de Melissa rozaron la puntera derecha con reverencia, abiertos, lamiendo suavemente la goma desgastada. Inhaló profundamente el olor de la zapatilla de Andrea: sudor seco de Andrea, un toque de polvo de la calle y el aroma personal que solo ella tenía. Besó el empeine, el lateral, el talón… con una devoción lenta y casi desesperada.
Luego pasó a la zapatilla izquierda y repitió el mismo ritual, gimiendo bajito de pura sumisión. Carlos llegó arrastrándose y se unió de inmediato. Su cara, todavía manchada de polvo y restos de lágrimas, se pegó a la puntera de la Converse derecha, justo al lado de los labios de Melissa. Besó con torpeza, pero con urgencia, la lengua temblando mientras lamía la goma de la puntera. El sabor a goma y sudor de Andrea le llenó la boca.
Sollozó en silencio mientras besaba, como si el simple hecho de poder tocar de nuevo los pies de su dueña fuera un alivio y un castigo al mismo tiempo. Andrea se detuvo y los miró desde arriba. Los dos esclavos arrodillados a sus pies, compitiendo en silencio por besar sus Converse. Melissa con más elegancia y devoción; Carlos con desesperación y miedo. Andrea sonrió. Estaba de buen humor.
—Qué bonito recibimiento —dijo con voz suave, casi divertida—. Los dos a mis pies nada más llegar… me gusta.
Levantó ligeramente el pie derecho y lo apoyó sobre la cabeza de Carlos, empujándolo un poco hacia abajo para que su cara quedara aplastada contra el suelo, mientras Melissa seguía besando el empeine de la otra zapatilla.
—Melissa —llamó Andrea—. Acércate más.
Melissa se arrastró un poco más cerca, casi pegada a la pierna de Andrea, y volvió a besar la Converse con más intensidad, la lengua pasando por el cordón deshilachado, por la costura, por la puntera agrietada. Andrea miró hacia abajo, observando la escena con calma.
—Veo que has estado entretenida con él —comentó, notando las marcas en las nalgas de Carlos y la posición en la que lo había encontrado—. ¿Lo has usado de reposapiés?Melissa levantó la vista apenas un segundo, los ojos brillantes.
—Sí, Señorita Andrea…
Después de que limpiara todos los inodoros con la lengua… lo usé de reposapiés. Estaba muy cómodo. Andrea soltó una risa baja, genuina.—Bien hecho. Luego bajó la mirada hacia Carlos, que seguía con la cara aplastada bajo su Converse.
—¿Y tú, gusano?
¿Has servido bien a Melissa mientras yo no estaba? Carlos, con la voz ahogada contra el suelo, respondió con dificultad: —S-sí… Señorita Andrea… creo que sí… En el mismo instante en que las palabras salieron de su boca, Andrea levantó el pie derecho y lo bajó con fuerza. El golpe fue seco, contundente. La suela de goma se estrelló contra la nuca y la parte posterior de la cabeza de gusano con un ruido sordo y seco.
La cabeza de Carlos rebotó ligeramente contra el parquet y un gemido ahogado se le escapó de la garganta. El impacto no fue lo suficientemente fuerte como para hacerle perder el conocimiento, pero sí lo bastante para que el dolor le subiera como una descarga eléctrica por el cuello y le nublara la vista un segundo. Andrea mantuvo el pie apoyado sobre su cabeza, presionando con más peso ahora, hundiendo la puntera de la Converse en su pelo y en la piel de la nuca.
—Los gusanos no hablan —dijo con voz fría, aunque todavía conservaba ese tono de buen humor que traía al llegar—. ¿Lo has olvidado tan rápido?
Carlos sollozó bajo la zapatilla, el cuerpo temblando. Intentó hablar de nuevo por instinto, pero solo salió un sonido ahogado. Andrea giró ligeramente el pie, frotando la suela sucia y gastada contra su cara, empujándolo más contra el suelo.
—Silencio.
Un gusano no responde. Un gusano no dice “sí, Señorita Andrea”. Un gusano se arrastra, lame, obedece y calla. Si vuelve a abrir la boca… te aplastaré la cabeza de verdad. Mantuvo la presión unos segundos más, disfrutando del temblor que recorría el cuerpo de Carlos bajo su pie. Luego alivió un poco el peso, pero de forma que recordara cual era su lugar. Al fin, Andrea retiró el pie de su cabeza y se quedó mirando a los dos.
—Levantaos un poco.
Quiero veros mejor. Melissa se incorporó hasta quedar de rodillas con la espalda recta, las manos apoyadas en los muslos, la cabeza aún baja. Carlos se arrastró un poco hacia atrás y se quedó tumbado boca abajo. Andrea se quedó de pie frente a ellos, con las manos en los bolsillos de los vaqueros, observándolos con una expresión satisfecha.
—Qué bien se ve esto… —dijo en voz baja—. Mis dos esclavos esperándome.
Se acercó un paso más y levantó de nuevo el pie derecho, ofreciéndoselo primero a Melissa.
—Bésamelos otra vez.
Los dos. Despacio. Melissa se inclinó de inmediato y volvió a besar la Converse con devoción, labios abiertos, lengua lenta. Carlos, un segundo después, se unió, lamiendo el lateral de la misma zapatilla, más abajo, en una posición claramente inferior. Andrea los dejó así un rato, disfrutando del silencio solo roto por el sonido húmedo de los besos y los sollozos ahogados de Carlos. Andrea miró a Melissa y le dedicó una pequeña sonrisa.
—Tú sí puedes hablar.
Cuéntame con detalle qué le has hecho hoy mientras yo no estaba. Quiero oírlo todo. Pero antes voy a ponerme cómoda. Estoy molida, ha sido un día de Universidad muy duro. Andrea se dirigió al sofá con pasos tranquilos, dejando que sus dos esclavos posaran su mirada en el trasero de Andrea. El culo de Andrea, en esos vaqueros negros ajustados, era una de esas visiones que se clavaban en la retina y no se olvidaban.
La tela negra, de un denim grueso pero elástico, se ceñía a ella como una segunda piel. No había ni un solo pliegue de más: la tela se adaptaba con precisión casi obscena a cada curva, marcando la forma redonda, alta y firme de sus glúteos. El corte del pantalón subía justo lo suficiente para resaltar el nacimiento del culo, creando esa línea perfecta donde la espalda baja se curvaba hacia atrás en un arco suave y provocativo.
Cada glúteo era redondo, lleno, pero sin exceso. Firmes, atléticos, con esa tensión natural que solo tienen las mujeres que se mueven con seguridad. Cuando caminaba hacia el sofá, los dos lados se movían con un balanceo lento y pesado, subiendo y bajando apenas, como si el vaquero negro los estuviera abrazando y al mismo tiempo los empujara hacia afuera. La costura central se hundía ligeramente entre ellos, dibujando una línea vertical que dividía el culo en dos mitades perfectas, y el denim se tensaba de tal forma que se podía adivinar la suavidad de la piel debajo, la firmeza de la carne, incluso el leve temblor cuando daba un paso más largo.
Cuando se giró ligeramente de lado para sentarse, el perfil fue aún más demoledor. El vaquero marcaba el inicio de la nalga, subía en una curva pronunciada y luego descendía hacia el muslo con una fluidez que invitaba a la imaginación. No era un culo “bonito”. Era un culo que pedía ser agarrado, apretado, golpeado, mirado desde abajo. Un culo que, incluso cubierto, transmitía poder y deseo al mismo tiempo.
Andrea se sentó en el sofá con naturalidad, abriendo ligeramente las piernas, y el movimiento final hizo que la tela se estirara todavía más sobre sus glúteos antes de acomodarse contra el asiento. Se recostó contra el respaldo y miró a Melissa, que permanecía de rodillas en el suelo.
—Cuéntamelo todo —dijo con voz suave—. Qué le has hecho exactamente mientras yo no estaba.
Melissa tragó saliva. Su corazón latía con fuerza, no por miedo, sino por la necesidad casi religiosa de complacer a la mujer que tenía delante. Para ella, Andrea no era solo su dueña: era su centro, su razón, la figura a la que adoraba con una entrega absoluta. Hablar delante de ella era un acto de ofrenda. Andrea escuchó en silencio, sin interrumpir. Cuando Melissa terminó, asintió lentamente.
—Bien —dijo—. Muy bien.
Has hecho exactamente lo que esperaba de ti. Se quedó unos segundos mirando a gusano, que seguía boca abajo en el suelo, temblando.
—Gusano —ordenó Andrea—. Quítame las Converse.
Con la boca. Solo con la boca. No uses las manos. Gusano se arrastró hasta sus pies. Con dificultad, y usando únicamente los labios y los dientes, empezó a tirar de los cordones de la primera zapatilla. El proceso fue lento, humillante y torpe. Cada vez que fallaba, Andrea presionaba ligeramente la punta de la Converse contra su cara. Finalmente consiguió sacar la primera zapatilla y después la segunda, dejándolas a un lado con la boca.
Sus labios quedaron marcados y brillantes de saliva. Andrea movió los pies descalzos y miró a Melissa.
—Siéntate aquí.
Junto a mí. Y tú gusano, dame un masaje en los pies. Melissa se levantó y se sentó en el sofá, a su lado, con la espalda recta y las manos sobre los muslos, como si todavía no se creyera del todo el privilegio de estar a esa altura. Estar sentada al lado de Andrea, y no a sus pies, le producía una mezcla de orgullo tembloroso y miedo a no merecerlo.
Andrea se giró ligeramente hacia ella. Por un momento, su expresión perdió parte de la frialdad habitual. Habló con una sinceridad poco común en ella: —Cuando te convertí en mi esclava, Melissa, no buscaba solo a una esclava. Buscaba algo más profundo. Quería a alguien que me adorara de verdad. Alguien que me mirara como si yo fuera lo único importante en su mundo. Hizo una pausa, observando la reacción de Melissa.
—Al principio eras solo eso: una sumisa perfecta.
Me gustaba cómo temblabas. Me gustaba cómo olías las zapatillas donde habían estado mis pies segundos antes, como si fueran sagradas. Pero desde que está gusano y te he ido conociendo… creo que algo ha cambiado. Andrea apoyó un brazo en el respaldo del sofá, detrás de Melissa, en un gesto casi posesivo.
—Ahora ya no eres solo mi esclava.
Eres algo más. Una sierva, si lo quieres denominar así. Evitarás las humillaciones y el dolor físico extremo. Para eso tengo a gusano. Hizo una pausa breve, observando la reacción de Melissa.
—No vas a ser mi amiga.
Eso nunca va a ocurrir. La distancia entre nosotras se mantiene. Yo mando y tú obedeces. Pero ya no necesito romperte cada día ni recordarte tu lugar a través del dolor o de la vergüenza constante. Gusano existe para eso. Él absorbe lo más sucio, lo más degradante, lo que antes quizá te hubiera tocado a ti. Andrea movió ligeramente el pie que Carlos tenía entre las manos, como si ordenara sin palabras que continuara el masaje.
—Tú estás en otro nivel.
Te quiero cerca. Disponible. Atenta a lo que necesito. Quiero que me sirvas con la misma devoción de siempre, pero desde un lugar distinto. Ya no eres el objeto que usar y tirar. Permanecerás a mi lado el tiempo que yo decida, y entenderás lo que quiero incluso antes de que lo diga. Miró a Melissa con fijación.
—Eso no te hace libre.
Ni me hace a mí más blanda. Simplemente significa que tu valor para mí ha cambiado. Y yo protejo lo que tiene valor. Se quedó en silencio unos segundos, dejando que las palabras se asentaran.
—¿Lo entiendes?
Melissa permaneció en silencio unos segundos después de que Andrea terminara de hablar. Tenía la mirada baja, las manos quietas sobre los muslos y la respiración ligeramente agitada. Cuando por fin levantó la vista, sus ojos estaban húmedos, pero no por tristeza. Era otra cosa: una emoción más densa, más profunda, casi solemne. Habló con voz baja, pero clara y sin titubeos: —Lo entiendo, Señorita Andrea. Lo entiendo completamente. Tragó saliva antes de continuar, como si necesitara ordenar algo que le pesaba en el pecho.
—Desde el primer día supe que yo no era como las demás personas para usted.
Y nunca pretendí serlo. No busco su amistad. No busco que me trate como una igual. No busco que me quiera de la forma en que se quiere a alguien cercano. Eso nunca lo he esperado ni lo he deseado. Lo único que he deseado… es servirla. Estar cerca de usted. Existir en función de lo que usted necesite. Bajó la mirada un instante hacia las manos de gusano, que seguían masajeando los pies de Andrea, y luego volvió a mirarla.
—Cuando me dijo que ya no iba a ser humillada ni a recibir castigos físicos, no sentí alivio.
Sentí… reconocimiento. Como si me estuviera colocando en un lugar que yo misma no me atrevía a imaginar. No porque quiera estar por encima de gusano, sino porque usted ha decidido que ese es mi sitio. Y si usted lo decide, entonces es correcto. No hay otra medida para mí. Su voz se volvió un poco más temblorosa, pero no se detuvo.—Yo no necesito que me rompa para saber que le pertenezco.
Ya lo sé. Cada vez que me mira, cada vez que me permite estar cerca, cada vez que me habla con esa calma… siento que mi lugar se confirma. Si mañana decide que debo volver al suelo, volveré. Si decide que debo sufrir, sufriré. Si decide que debo quedarme a su lado en silencio, me quedaré. No hay resistencia en mí. No la hay desde hace tiempo. Melissa inspiró hondo, como si estuviera ofreciendo algo más íntimo todavía.
—Usted habla de valor.
Yo no sé si lo tengo. Solo sé que todo lo que soy está orientado hacia usted. Mi obediencia, mi atención, mi cuerpo, mi tiempo… todo. No existe una parte de mí que no esté disponible para lo que usted quiera hacer con ella. Y si ahora mi función es diferente, si ya no soy solo la que recibe el castigo sino la que sostiene, la que ordena a gusano… entonces esa será mi forma de servirla.
Con la misma entrega. Con la misma necesidad. Se quedó en silencio un segundo y añadió, casi en un susurro: —No le pido nada a cambio. Solo le pido que me use como necesite. Mientras yo pueda estar cerca de usted… y ser útil… eso me basta. Melissa bajó finalmente la cabeza, como cerrando su respuesta, y se quedó quieta a su lado, esperando. La devoción en su voz no era teatral.
Era real y absoluta. Andrea sonrió. No fue una sonrisa amplia ni abierta. Fue lenta, contenida. Una curva suave en los labios que no necesitaba palabras para hacerse notar. Miró a Melissa en silencio unos segundos, como si estuviera saboreando cada una de las frases que acababa de escuchar. Melissa no pudo sostenerle la mirada mucho tiempo. La emoción le subió de golpe y las lágrimas empezaron a asomarse en sus ojos.
Lágrimas de emoción, lágrimas por estar sirviendo a la mujer que para ella no era solo su dueña, sino una diosa. Una lágrima resbaló primero por su mejilla derecha. Después otra. Y otra. Andrea no dijo nada. Levantó el brazo y lo pasó con calma alrededor de los hombros de Melissa, atrayéndola hacia sí con una firmeza suave pero innegable. El contacto fue inmediato: el calor del brazo de Andrea, el leve aroma de su piel mezclado con el de la camiseta blanca, la sensación de ser sostenida.
Melissa tembló al sentirlo. Andrea inclinó la cabeza y acercó los labios a su mejilla. El primer beso cayó justo sobre una lágrima. Los labios de Andrea, cálidos y suaves, recogieron la humedad salada con una lentitud deliberada. Melissa sintió el roce húmedo, el calor de la boca de su dueña contra su piel, y un escalofrío le recorrió la espalda.
—Señorita Andrea, por favor, no… no lo merezco, usted es una diosa, no...
Pero Andrea no se detuvo. Siguió el rastro de las lágrimas con la boca: besó la mejilla, el pómulo, el borde de la nariz, cada vez que una nueva gota bajaba. Cada beso era lento, casi reverente en su propia forma de dominio, como si estuviera aceptando la ofrenda emocional de Melissa sin necesidad de palabras. Melissa cerró los ojos. No podía creer que lo que le estaba sucediendo. Cada beso le arrancaba un temblor más profundo.
No era solo placer. Era entrega. Era la confirmación física de todo lo que acababa de confesar. Andrea subió despacio hasta la comisura de sus labios. Se detuvo un segundo allí, respirando contra su boca. Luego la besó. El beso fue sensual y profundo desde el primer instante. No fue agresivo, pero tampoco tímido. Los labios de Andrea se cerraron sobre los de Melissa con una lentitud calculada, saboreándola. La lengua de Andrea rozó primero el labio inferior de Melissa, pidiendo paso sin pedir permiso, y cuando Melissa abrió la boca con un suspiro tembloroso, la invadió con calma.
El sabor se mezcló: las lágrimas todavía saladas, el calor de la boca de Andrea, un leve rastro de su aliento. Melissa gimió suavemente contra sus labios, el cuerpo rindiéndose por completo al contacto. Andrea profundizó el beso sin prisa. Una mano se mantuvo en su hombro, sosteniéndola, mientras la otra se elevó para tocarle la mandíbula con los dedos, inclinándole un poco más la cabeza. El beso se volvió más húmedo, más íntimo.
Lenguas entrelazándose con lentitud, respiraciones compartidas, el sonido suave y obsceno de bocas que se buscan sin urgencia pero con una intensidad contenida. Melissa sentía que se derretía. Cada segundo del beso le confirmaba lo mismo: pertenecía a esa mujer de una forma que iba mucho más allá de la obediencia. Y Andrea, al besarla así, estaba aceptando esa pertenencia. Cuando por fin se separaron, apenas unos centímetros, Andrea apoyó la frente contra la de Melissa durante un instante.
Sus labios todavía brillaban por la humedad del beso. No dijo nada de inmediato. Solo la sostuvo contra sí, mientras gusano seguía en el suelo, masajeando en silencio los pies de su dueña, ajeno y a la vez testigo de todo.
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