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Dos negros y la francesa, capítulo 4

Dolores38 Interracial 41 min de lectura 770 lecturas 24 de septiembre de 2026
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Parte 4: La carne se hizo cuerpo y el cuerpo ya no puede volverse atrás

Capítulo 16: La culpa no existe pero el cuerpo la inventa

Dos semanas sin Thabo. Beatrice las contó cómo se cuentan las semanas de embarazo: con la mano en la panza y la certidumbre de que algo crece aunque uno no lo vea. Thabo no vino el martes siguiente. Ni el jueves. Ni el martes después. El sendero de tierra que unía la aldea con la reserva amanecía vacío cada mañana, con las marcas de neumáticos de la moto de Thabo que se iban borrando con el viento y la arena.

Jabari no se movió del camper. Desde el martes en que volvió con el tajo en el brazo, no se fue. Dormía en la cama de Beatrice, no en el escalón. Comía lo que ella comía, que era poco porque las náuseas le tapaban todo. Se levantaba antes que ella, le hervía agua, le pelaba el mango que encontraba en el árbol del depósito, y se lo dejaba en la mesa al lado del frasco de ácido fólico.

No le hablaba de Thabo. No le hablaba de nada. Había días en que Jabari no decía más de diez palabras y ninguna era te quiero. El tajo del brazo se le curó mal. La piel se le juntó fea, formando una cresta de carne oscura que parecía un gusano seco. Beatrice le pidió que fuera al hospital. Jabari dijo que no. Dijo que no con la cabeza, una vez, y eso fue todo.

Lo que pasaba en la aldea les llegaba como les llegaba todo a la reserva: por goteo. El hijo de un primo de Jabari que pasaba por el santuario a ver las jirafas le contó que Thabo y Jabari se habían peleado en la casa de Thabo. Que Thabo le había dicho a Jabari que se fuera. Que Jabari se había quedado. Que Thabo le había pegado con un cuchillo de cocinar, no de cazar, de cocinar, de esos de mango de madera que se usan para descuartizar cabras.

Que Jabari había agarrado al padre del cuerpo y lo había empujado contra la pared. Que la pared se había rajado. Que Amina había gritado. Que los chicos más chicos de la casa habían llorado. Que Thabo había dicho algo en hausa que nadie quiso traducir. Beatrice escuchó todo esto de pie, con la manguera de regar en la mano, regando un acacia que no necesitaba agua porque era época de lluvias y llovía cada tres días.

El chico le hablaba rápido, mezclando palabras en hausa con el francés que había aprendido de los voluntarios de la ONG, y gesticulaba como si estuviera contando un combate de boxeo. Beatrice no decía nada. Regaba el acacia. Cuando el chico se fue, dejó la manguera abierta en el piso. El agua hacía un charco en la tierra roja. El charco crecía. Ella lo miró crecer. Esa noche, Jabari la acostó en la cama.

Le puso la mano en la panza. Ya había algo. Un bulto chiquito, firme, que no estaba antes. Doce semanas. La panza empezaba a redondearse debajo del ombligo, apenas, como si hubiera comido mucho, pero no había comido mucho porque no podía comer nada. Jabari le acarició la panza. Despacio. Con la yema de los dedos. Le puso la oreja encima.

—¿Late?

—No.

Es muy pronto para escucharlo. Jabari asintió. Le dejó la oreja un rato más. Le pasaba la mano por la panza como quien pasa la mano por un mapa que no conoce bien. Beatrice lo miró. Jabari tenía la cara de un hombre que está esperando algo que no sabe si va a llegar. Ojos grandes, oscuros, con ojeras profundas de no dormir. La cicatriz del brazo le dolía porque la apoyaba en la cama y se le abría.

—Jabari.

Él levantó la cabeza.

—Tenés que hablar con él.

—No.

—Tenés.

Es tu padre.

—Es mi padre y me cortó con un cuchillo.

Beatrice cerró la boca. No era un argumento que pudiera rebatir. Thabo le había pegado a su propio hijo con un cuchillo de cocinar por una francesa que no sabía si el hijo que cargaba era del padre o del hijo. Si uno lo pensaba frío, era absurdo. Si uno lo pensaba caliente, era una tragedia griega en el Sahel. Jabari le agarró la mano. Se la apretó. Le puso los dedos entrelazados con los de ella sobre la panza.

—Me quedo —dijo—. Me quedo acá.

Beatrice no respondió. Pensó en Thabo solo en la aldea. En Amina que no hablaba. En los trece hijos vivos que miraban al padre que había pegado al hermano mayor. En los quince muertos que no miraban nada. Se quedaron así, con las manos entrelazadas en la panza, hasta que se durmieron. A las tres de la mañana, Beatrice se levantó a vomitar. Jabari la alcanzó a sostener del pelo.

Ella vomitó arroz y agua y algo verde que no sabía qué era. Se limpió la boca. Se sentó en el inodoro. Hizo pis. Se lavó las manos. Se miró en el espejo del baño que era un espejo de mano cuarteado que colgaba de un clavo. La cara que la miraba no era la misma que llegó a Níger hace dos años. Estaba más flaca de la cara, más gruesa del cuerpo.

Los ojos verdes se le habían vuelto más oscuros, como si la sabana se los hubiera ido tiñendo. Tenía granos en la barbilla, algo que nunca tuvo, y las ojeras le llegaban hasta los pómulos. Se tocó la panza en el espejo. El bulto se veía. Pequeño. Pero se veía. No le puso la mano encima. Le puso la mano al lado, en la cintura, y comparó. La cintura izquierda era más hundida que la derecha.

El cuerpo se le estaba deformando de un lado. Como una fruta que crece torcida en la rama. Volvió a la cama. Jabari dormía con la boca abierta. Tenía la cicatriz del brazo brillando en la oscuridad. Beatrice se acostó al lado de él. Le puso la cabeza en el pecho. Le escuchó el corazón. Latía despacio, fuerte, como un tambor sordo. No podía dormir. El calor le pegaba en la nuca, en la espalda, entre las piernas.

Pero no era el calor de afuera. Era otro. Era un calor que le nacía en la concha y le subía por la panza y le llegaba a las tetas y le apretaba los pezones y le hacía apretar los muslos. once semanas de embarazo y el cuerpo se le había vuelto una cosa que no entendía. Las hormonas. El ácido fólico. Los cambios. Lo que fuera. La concha le ardía.

Le puso la mano a Jabari en el pecho. Él no se movió. Le bajó la mano al pantalón. Le tocó la pija por encima de la tela. Blanda. Dormida. La apretó. La sintió moverse. La sintió crecer.

—Jabari.

Él abrió un ojo. La miró con la cara aplastada contra la almohada.

—Estoy caliente —dijo Beatrice—. Estoy recaliente.

No puedo dormir. Jabari no respondió. Le puso la mano en la cara. Le agarró la mejilla. Le pasó el pulgar por la boca. Beatrice le chupó el pulgar. Se lo metió en la boca y lo chupó como si fuera otra cosa. Jabari se despertó del todo. Se sentó en la cama. La miró. La miró con esos ojos que le cambiaban de color según la luz, a veces marrones, a veces negros, siempre hambrientos.

—¿Qué necesitás?

—Tu pija.

Necesito tu pija. Ahora. Lo dijo así. Sin darle vuelta. Sin pedir perdón. Sin sonrojarse. Estaba preñada y caliente y las dos cosas le parecían igual de naturales y ninguna de las dos le daba vergüenza. La concha le dolía de tanta calentura. Tenía la bombacha empapada. Se la tocó. Se la sacó. Le mostró a Jabari que estaba mojada. Le mostró la bombacha empapada como si le mostrara una prueba.

Jabari le agarró la muñeca. Fuerte. Le clavó los dedos en la piel. La miró con una cosa que no era ternura.

—Sos una puta —dijo.

No era insulto. Era constatación. La constatación de que esta francesa de ojos verdes que cargaba un hijo que podía ser suyo o de su padre estaba acostada en su cama a las tres de la mañana con la concha empapada pidiéndole pija. Sos una puta. Era la verdad más clara que alguien había dicho en ese camper.

—Soy una puta —dijo Beatrice—. Tu puta.

Y necesito que me cojas. Ahora. Fuerte. Jabari le soltó la muñeca. Se sacó el pantalón. La pija le saltó parada, larga, oscura, con las venas marcadas que le latían igual que el corazón. Beatrice la miró. Se le llenó la boca de saliva. La quería. La quería en la concha, en la boca, en el culo. La quería en todos lados. Diez semanas de embarazo y el cuerpo le pedía más pija que antes.

Mucho más. Como si el hijo que le crecía adentro le hubiera abierto una canilla que no se cerraba. Jabari la agarró de los pelos. Le tiró la cabeza para atrás. Le puso la boca en el cuello. Le mordió. No chupó. Mordió. Le marcó los dientes en la piel. Beatrice gritó. No de dolor puro. De eso y de la concha que se le apretó sola.

—Más —dijo ella.

—Callate.

Le agarró las tetas. Se las agarró de abajo, pesándolas, como su padre. Se las apretó. Le torció los pezones. Beatrice arqueó la espalda. Le dolían los pezones, estaban sensibles de mierda por las hormonas, y el dolor le bajó a la concha como un rayo.

—Me duele.

—Que te duela.

Le metió la mano en la concha. Dos dedos. De golpe. Beatrice levantó la cadera. Estaba mojada, mojada de verdad, los dedos de Jabari entraron sin fricción y la cogió con la mano. Adentro, afuera, adentro, rápido, con la palma golpeándole el clítoris cada vez que entraba. Beatrice le agarró el brazo. Le clavó las uñas en la cicatriz. Jabari no se inmutó.

—Me vas a hacer acabar así —dijo ella—. Como una pendeja.

—Vas a acabar como yo quiera.

La cogió con los dedos más rápido. Le agregó un tercero. La concha le sonaba húmeda, chapoteando, en el silencio del camper a las tres de la mañana. Beatrice sentía que se venía. Se venía desde el fondo de la panza, desde el lugar donde el hijo crecía, y eso le daba una cosa que no era culpa pero se le parecía.

—No —dijo—. No quiero acabar así.

Quiero tu pija. Jabari sacó los dedos. Se los limpió en la cara de ella. Le pasó los dedos mojados por la mejilla, por la boca, por la nariz. Beatrice le chupó los dedos. Sabía a ella misma. Sabía a concha y a hierro y a algo dulzón que era el embarazo.

—Dale —dijo ella—. Cogeme.

Jabari la volteó. La agarró de la cadera y la giró como si fuera un saco. La puso boca abajo. La panza le quedó contra la cama. El bulto de once semanas aplastado contra el colchón. Beatrice apoyó la cara en la almohada. Levantó el culo. Se lo levantó alto. Le abrió las piernas con las rodillas. Le mostró la concha y el culo. Todo. Mojado. Oscuro. abierto. Jabari le pegó una nalgada.

Fuerte. El ruido retumbó en el camper como un tiro. La nalga le quedó roja con la marca de la mano. Beatrice dio un gemido que le salió por la nariz.

—Otra —dijo.

Jabari le pegó otra. Más fuerte. En la misma nalga. La piel le ardía. Beatrice hundió la cara en la almohada. Sentía la concha que le goteaba. Le goteaba la leche de la excitación en la sábana.

—Sos una desesperada —dijo Jabari.

—Soy lo que quieras.

Pero cogeme. Jabari le puso la pija en la concha. Le frotó la cabeza arriba y abajo. Le mojó el culo con la leche de la concha. Le pasó la cabeza de la pija por el agujero del culo. Beatrice se tensó.

—No —dijo—. Eso no. —callate puta- —No, Jabari.

Es muy grande. No me entra.

—Va a entrar.

Le escupió el culo. Le metió un dedo. Beatrice se apretó. El dedo le dolía. Le dolía pero le calentaba. Le dolía y le daba una cosa en la panza que era miedo y placer y la concha que le goteaba más.

—Me vas a lastimar.

—Ya te estás lastimando sola con esta concha que no cierra.

Le metió el dedo más adentro. Lo sacó. Le escupió otra vez. Le metió dos dedos. Beatrice gritó en la almohada. Dolía. Dolía de verdad. Pero la concha le respondía. La concha le decía que sí. La concha le decía que el culo era el siguiente y que no iba a pedir permiso.

—Sos una perra —dijo Jabari.

—Soy una perra.

Cogeme el culo. Rompémelo. Pero hacelo ya porque si no lo hago ahora no lo hago más. Jabari le puso la punta de la pija en el culo. Le empujó despacio. La cabeza entró. Beatrice agarró las sábanas. Las agarró con los puños y las sábanas se le rompieron en la mano. Dolía. Dolía como un hierro caliente. El culo se le abrió alrededor de la pija de Jabari y le dolió y le dolió y le dolió.

—Ahí está —dijo Jabari—. Tomá.

Le empujó más. La pija le entró centímetro por centímetro y cada centímetro era un dolor nuevo que le subía por la columna y le explotaba en la cabeza. Beatrice lloraba. Lloraba de verdad. Las lágrimas le caían en la almohada y le mojaban la cara y le entraban en la boca y sabían a sal.

—Para —dijo ella—. Para, para, para.

Jabari no paró. Le agarró las caderas. Se la enterró hasta el fondo. Beatrice dio un grito que no era grito, era un quejido animal que le salió del fondo del fondo, del lugar donde el hijo crecía y la pija de Jabari le pegaba contra la pared que separaba el culo de la concha y todo le dolía y todo le quemaba.

—Te dije que pararas —gritó ella.

—Y te dije que callaras.

Le pegó una nalgada. En el culo. Más fuerte que las anteriores. La mano de Jabari era grande y la piel de Beatrice era blanca y blanda y el ruido fue seco y húmedo al mismo tiempo. La nalga le quedó con la marca de los cinco dedos. Roja. Ardida.

—Me estás rompiendo el culo —gritó Beatrice. —las perras preñadas insatisfechas necesitan eso.

La cogió. La cogió el culo despacio primero. Saca y mete. Saca y mete. El culo de Beatrice se le fue abriendo. Se le fue aflojando. El dolor se le fue transformando en otra cosa. En una cosa caliente que le bajaba del culo a la concha y le hacía apretar los dedos de los pies.

—Más —dijo ella.

Con la cara en la almohada. Con las lágrimas todavía en la cara.

—¿Más?

—Más fuerte.

Rompémelo. Jabari la cogió más fuerte. Le agarró las caderas y la clavó contra la cama y le metió la pija hasta el fondo con cada empujón. Las bolas le pegaban contra la concha. La concha le goteaba. El camper se movía. La cama crujía. El ventilador seguía girando como si nada.

—Sos una puta —dijo Jabari—. Sos una puta francesa preñada que le gusta que le rompan el culo.

—Sí —dijo Beatrice—. Sí.

Sí. Sí.

—¿Te gusta?

—Me duele.

—Pero te gusta.

—Me gusta y me duele, van en el mismo plato.

Jabari le pegó otra nalgada. En la otra nalga. Más fuerte. Beatrice gritó. Gritó y lloró y la concha le goteaba y el culo le ardía y la pija de Jabari le pegaba contra el fondo y el hijo le crecía en la panza y todo se mezclaba. El dolor. El placer. Las lágrimas. La leche que le goteaba de la concha. El sudor. El calor del camper a las tres de la madrugada.

La voz de Jabari que le decía puta y perra y desesperada y ella que decía sí y más y rómpemelo.

—Me voy a venir —dijo Jabari.

—Acabá adentro.

Acabá en el culo. Llenámelo. Jabari le dio cinco empujones finales. Duros. Que la deslizaron en la cama. Que le hundieron la cara en la almohada. Que le aplastaron la panza contra el colchón. Y acabó. Acabó en el culo. Le llenó el culo de leche. La leche le salía caliente y le goteaba por los bordes de la pija que seguía adentro. Se quedó arriba de ella. Pesado. La pija blanda adentro del culo.

La cara en la espalda de ella. Le respiraba en la nuca. Le daba jadeos cortos y calientes que le pegaban en los pelos. Beatrice lloraba. Lloraba bajito. No de dolor. De algo que no tenía nombre. De algo que le había salido del cuerpo con el grito y que no sabía qué era. Las lágrimas le caían en la almohada y la nariz le goteaba y los ojos le ardían.

Jabari se salió. La pija le salió con un ruido húmedo. Le escupió la espalda. Se acostó al lado de ella. Le agarró la cara. Le sacó los pelos de la frente. Le besó los ojos. Le besó las mejillas. Le besó la boca. Le besó las lágrimas.

—Perdoname —dijo—. Perdoname.

Te lastimé. Beatrice abrió los ojos. Lo miró. Tenía la cara mojada, los ojos rojos, la nariz tapada. Le dolía el culo. Le dolía la panza. Le dolía todo. Sonrió.

—No me lastimaste —dijo—. Lo necesitaba.

Le agarró la cara. Le besó la boca. Le chupó el labio inferior. Le puso la frente contra la frente de él. Los dos respiraban fuerte. Los dos sudaban. Los dos olían a sexo y a llanto y a mijo y a tierra roja.

—Lo necesitaba —repitió—. No sabés cuánto lo necesitaba.

Jabari le acarició la panza. Le puso la mano plana, abierta, en el bulto de diez semanas. Le besó la panza. Le besó el lugar donde el hijo crecía. Le besó las nalgas que le ardían con la marca de su mano. Se acostaron. Beatrice le puso la cabeza en el pecho. Le escuchó el corazón. Latía despacio, fuerte, como un tambor sordo. Jabari se movió en sueños. Le agarró la cadera.

La acercó. La pija le pegó contra el culo que no se lavaría hasta el día siguiente. Estaba blanda., Durmiente. Beatrice la sintió contra la nalga, roja de la dureza de esas manos de hombre y no hizo nada. El ventilador giraba. La mancha de humedad seguía siendo África.

Capítulo 17: El deseo no se embaraza pero el cuerpo sí

Doce semanas. La panza ya no se podía esconder. Beatrice se ponía las camisas más anchas que tenía, las de Jabari, las que Thabo dejó en el camper meses atrás y que olían a un hombre que ya no venía. Se las ataba abajo, como un fardo, y caminaba por la reserva haciendo como si nada. Pero las jirafas no juzgan y los humanos sí. El guardián del santuario, un tuareg viejo llamado Moussa que no hablaba francés ni hausa sino tuareg y que pasaba los días sentado en una piedra mirando el horizonte, la miró una mañana y dijo algo en su idioma.

Beatrice no entendió. Moussa señaló su panza. Se rio. Le mostró tres dedos. Tres meses. Hasta Moussa sabía. Martine llamó un miércoles. Beatrice vio el nombre en la pantalla del satelital y respiró hondo antes de contestar. Martine era la directora de Save the Long Necks, la ONG con sede en Lyon, la que pagaba su sueldo miserable que llegaba tres meses tarde, la que mandaba el ventilador roto y las pastillas para las jirafas.

Martine tenía cincuenta años, pelo corto gris y la voz de alguien que da órdenes en conferencias.

—Beatrice, ¿cómo estás?

—Bién, Martine.

Todo bien.

—¿Las jirafas?

—Bien.

Marguerite crece. Simone está sana.

—¿Y vos?

Tenés una voz... La voz. Martine detectaba cosas en las voces como un perro detecta cosas en los olores. Beatrice se aclaró la garganta.

—Cansancio.

El calor.

—¿Estás más flaca?

La pregunta le pegó en la nuca. Más flaca. Martine no podía verla. Martine estaba en Lyon, en un departamento con aire acondicionado, y le preguntaba si estaba flaca.

—Un poco.

Es el calor.

—Deberías tomarte vacaciones.

Llevás dos años allá sin volver. Vacaciones. Beatrice casi se rio. Vacaciones a dónde. A Lyon, a explicar la panza. A París, a llorar en un baño con calefacción. A Tahití, a buscar a Julien y decirle "mirá lo que me pasó".

—Lo estoy pensando.

—Tu mamá me llamó.

Está preocupada. Dice que no respondés los mensajes. Su madre. Que la llamaba al número de Lyon que era el de la ONG y que le dejaba mensajes que Beatrice no respondía porque responder era mentir y mentir le costaba energía que no tenía.

—La voy a llamar.

—Beatrice...

—¿Sí?

Un silencio. El satelital crujía. Martine respiraba del otro lado.

—¿Estás embarazada?

Beatrice cerró los ojos. Los abrió. Miró la panza que no se podía esconder debajo de una camisa de Thabo. Miró el frasco de ácido fólico. Miró el paño azul con bordados rojos.

—No.

—Beatrice.

—No, Martine.

No estoy embarazada. Martine no respondió. El silencio duró cinco segundos que pesaron como años. Cuando habló, su voz era de otra persona. De una persona que ya no preguntaba.

—Te mando un mail.

Léelo. Colgó. Beatrice se quedó con el satelital en la mano. Lo apoyó en la mesa. Se sentó en la silla plegable. Se puso la mano en la panza. Le mintió a Martine. Le mintió a su madre. Le mintió a Julien, que ni le escribía. Le estaba mintiendo a todo el mundo menos a Thabo, que ya sabía, y a Jabari, que la acunaba, y a Amina, que le había tocado la panza con dedos de comadrona, y a Moussa, que le había mostrado tres dedos.

El mail de Martine llegó esa tarde. Beatrice lo leyó en la pantalla chiquita del satelital que tardaba tres minutos en cargar cada página. Decía que su contrato terminaba en cuatro meses. Que la ONG no tenía presupuesto para renovarlo. Que debía volver a Lyon para la evaluación final del proyecto. Que podía quedarse una semana más para la transición. Que lo sentía mucho. Cuatro meses. En cuatro meses, el hijo nacería en Níger o en Lyon o en un hospital a tres horas por camino de tierra.

En cuatro meses, Beatrice tenía que decidir si se quedaba en la sabana cogiendo con negros y pariendo como Amina o si volvía a Lyon a ser veterinaria y madre sola. Cuatro meses. Se lo dijo a Jabari esa noche. Jabari estaba afuera, sentado en el escalón, mirando las estrellas que en Kouré eran tantas y tan brillantes que el cielo parecía un mantel sucio de luz. Beatrice se sentó al lado de él.

Le puso la mano en el brazo, en la cicatriz.

—Mi contrato termina en cuatro meses.

Jabari no se movió. Miró las estrellas.

—Tengo que volver.

—¿Volver a dónde?

—Lyon.

Francia. Jabari giró la cabeza. La miró. La miró con unos ojos que se le llenaron de algo que no era lágrimas porque Jabari no lloraba pero que era peor que lágrimas. Era una cosa seca, caliente, que le quemaba la cara desde adentro.

—¿Y el bebé?

—No sé.

—¿Lo vas a llevar?

Beatrice no respondió. Se rascó la panza. Se rascó despacio, donde la piel se le estaba estirando y le picaba. No sabía si quería quedárselo. No sabía si quería dejarlo. No sabía si quería verlo nacer en Lyon o en Kouré. No sabía nada.

—No sé —repitió.

Jabari le agarró la cara con las dos manos. Le agarró la mandíbula, las mejillas, las orejas. Le hizo mirarlo.

—Si te vas, yo voy.

—No podés venir.

No tenés pasaporte. No tenés plata.

—Yo voy.

Lo dijo con una fuerza que no era volumen. Era algo más denso. Algo que venía del mismo lugar donde salía la pija cuando se le paraba: del fondo. Del instinto. Beatrice le agarró las manos. Se las sacó de la cara. Se las apretó.

—Vamos a ver.

Jabari no respondió. Se levantó. Entró al camper. Se acostó en la cama. Se puso de costado, mirando la pared. La cicatriz le brillaba en la oscuridad. Beatrice se quedó en el escalón. Miró las estrellas. Pensó en cuatro meses. Pensó en Lyon. Pensó en Jabari sin pasaporte. Pensó en el hijo que le picaba la panza desde adentro. No entró al camper en un rato. Se quedó sentada donde Jabari se sentaba cada noche, en el escalón de metal que quemaba de día y helaba de noche, y miró la sabana que no juzgaba a nada ni a nadie.

Esa noche no cogieron. No se tocaron. Se durmieron espalda contra espalda en la cama estrecha del camper, con la panza de Beatrice apuntando hacia la pared y la espalda de Jabari apuntando hacia la puerta.

Capítulo 18: El padre que no es padre y el hijo que no es hijo

Thabo vino un sábado. Beatrice lo vio desde lejos, caminando por el sendero, y supo que algo había cambiado porque Thabo no venía caminando. Thabo venía en la moto. La moto de Thabo era una Yamaha vieja que hacía un ruido de tos crónica y que escupía humo azul por el caño de escape. La moto apareció en el sendero levantando polvo rojo y se paró frente al camper con un rugido que espantó a tres jirafas que estaban comiendo hojas de acacia a veinte metros.

Thabo se bajó. Estaba más flaco. No mucho. Un hombre de ese tamaño no se ve más flaco sino que se ve menos enorme, como si alguien le hubiera sacado aire. Tenía la camisa limpia. Los pantalones limpios. Se había bañado. Se había afeitado. La barba gris y negra ya no estaba. La cara le quedaba más angosta, más vieja, más huesuda. No miró a Beatrice. Miró a Jabari, que estaba sentado en el escalón del camper con un cuchillo de pelar mangos en la mano.

Los dos se miraron. Padre e hijo. El cuchillo y la cicatriz. Thabo no dijo nada. Se acercó al camper. Le puso un bolso en la mesa. Un bolso de cuero gastado, con una correa rota. Adentro había cosas. Beatrice se asomó. Había un bidón de aceite de karité, una gallina muerta y desplumada, un paquete de mijo, y tres paños más. Azules, rojos, verdes. Paños para bebés. Thabo se sentó en la silla plegable.

La silla crujió. Se rascó las manos. Se rascó despacio, como si las manos le dolieran. Jabari no entró al camper. Se quedó en el escalón. Con el cuchillo. Beatrice parada. Mirando a Thabo. Thabo sentado. Mirando el piso.

—¿Qué venís a hacer? —preguntó Jabari desde afuera.

Thabo no giró la cabeza. Miró el piso. Respiró.

—Vengo a ver a la mujer.

—Es mi mujer.

La frase cortó el aire del camper como una cuchilla. Beatrice sintió que le faltaba el piso. No le faltó. Era algo que le pasaba en el estómago, como las náuseas pero diferente, como si el hijo le diera una patada de advertencia. A los tres meses no pateaba. Pero algo le dio. Thabo levantó la cabeza. Miró hacia afuera, hacia el escalón, hacia la cara de su hijo que era una versión más joven y flaca de la suya.

—No es tu mujer.

Es la mujer que quizás carga mi hijo.

—O el mío.

—O el mío, sí.

Pero el mío primero. El mío primero. Como si la paternidad fuera una cola. Como si el hijo fuera un turno. Thabo la cogió primero, Thabo acabó adentro primero, Thabo la preñó primero. Siempre primero. Jabari era el segundo. El segundo en cogerla, el segundo en acabar, el segundo en preñarla. El segundo siempre. Jabari se levantó del escalón. El cuchillo en la mano. No lo levantó. Lo tenía colgando al costado del cuerpo, con la hoja hacia abajo.

Entró al camper. Se paró frente a Thabo. Era más alto que su padre. Más flaco. Más joven. Los dos se miraron desde alturas distintas. Beatrice se paró entre los dos. Con la panza de doce semanas que no se podía esconder debajo de una camisa de Thabo.

—Paren —dijo—. Paren los dos.

Thabo la miró. La miró de abajo, porque estaba sentado, y la miró como la miraba siempre: con hambre. Pero hoy el hambre tenía otra forma. Era un hambre que le pedía algo que no era sexo. Le pedía algo que Thabo no sabía pedir porque nunca lo había pedido en su vida.

—¿Te vas? —preguntó Thabo.

—¿Qué?

—Jabari dice que te vas.

Lyon. Francia. Beatrice miró a Jabari. Jabari no la miró. Miró al padre.

—No sé —dijo ella.

Thabo se levantó. El camper se movió. Era un camper chico y Thabo era un hombre grande y cuando se levantó de la silla plegable todo el vehículo se inclinó un milímetro. Se paró frente a Beatrice. Le miró la panza. Le puso la mano. La mano enorme, de trabajar la tierra, de agarrar mujeres como melones, de pegar cuchillazos a su propio hijo. Le puso la mano en la panza y la presionó.

Despacio. No como un médico. Como un hombre que palpa el suelo para ver si está duro.

—Está acá —dijo.

—Sí.

—Es mío.

—No lo sé.

—Es mío.

Lo dijo dos veces. La primera fue constatación. La segunda fue orden. Thabo no preguntaba. Thabo afirmaba. Y lo que afirmaba era verdad porque él lo decía y porque siempre había sido así en la aldea de Kouré, donde los hombres deciden y las mujeres paren y los hijos obedecen. Jabari dio un paso. Beatrice le puso la mano en el pecho. Lo empujó atrás. Jabari la dejó empujarlo. No empujó a su padre.

No levantó el cuchillo. Se quedó parado con la mandíbula apretada y el músculo saltándole debajo de la oreja. Thabo se agachó. Se agachó despacio, con las rodillas que le crujieron como troncos secos. Le puso la boca en la panza. Le besó la panza por encima de la camisa. La boca de Thabo era grande y caliente y húmeda y le dejó una mancha de saliva en la tela.

Se levantó. Se limpió la boca con el dorso de la mano.

—No te vas —dijo.

Se fue. Se subió a la moto. La moto tosió. Escupió humo azul. Se alejó por el sendero levantando polvo rojo. Jabari tiró el cuchillo en la mesa. El cuchillo rebotó y casi cae al piso. Se sentó en la silla plegable. Se cubrió la cara. Beatrice se sentó en la cama. Las piernas le temblaban. No de miedo. De algo que le pasaba entre la panza y la garganta, como un nudo que subía y bajaba y no se quedaba quieto.

Le puso la mano en la panza. Le puso la mano donde Thabo había puesto la boca. La tela estaba húmeda. No lloró. No tenía ganas de llorar. Tenía ganas de vomitar. Fue al baño. Vomitó. Se limpió. Se sentó en el inodoro. Se quedó ahí. Jabari la encontró ahí. Se paró en la puerta del baño. La miró.

—No te va a dejar ir.

—Lo sé.

—Te va a buscar.

—Lo sé.

Jabari se apoyó en el marco de la puerta. La cicatriz le brillaba bajo la luz del ventilador.

—Yo voy con vos.

—No podés.

—Yo voy.

—No tenés papeles.

—Yo voy.

Beatrice se levantó del inodoro. Se lavó las manos. Se lavó la cara. Se miró en el espejo cuarteado. La cara flaca. La panza redonda. Los ojos oscuros.

—Está bien —dijo—. Vení.

Jabari no sonrió. No la abrazó. No dijo nada. Le agarró la mano. Se la apretó. Una vez. Fuerte. Y la soltó. La gallina muerta de Thabo estaba en la mesa. Beatrice la agarró. La puso en la heladera que funcionaba a medias. La heladera hacía un ruido como un viejo que respira dormido. Adentro había mijo, ácido fólico y la gallina. Esa noche, Jabari la cogió. La cogió distinto.

No despacio como la última vez. No con devoción. La cogió con algo que era urgencia y rabia y necesidad toda mezclada. Le sacó la camisa. Le sacó el sostén. Las tetas le saltaron libres, más grandes que antes, con los pezones oscuros y duros. Jabari se las agarró. Se las apretó. Fuerte. Le chupó los pezones como si le sacara algo. Beatrice le agarró la cabeza. Le dolía. Le gustaba que le doliera.

Le bajó la bombacha. Le abrió las piernas. Le metió la boca en la concha. La chupó con una furia que no era placer. Era hambre. La chupó como si se la quisiera comer. Le metió la lengua adentro, la sacó, le mordió el clítoris. No fuerte. Lo suficiente para que Beatrice gritara.

—Jabari— No respondió.

Le metió dos dedos. La cogió con los dedos mientras le chupaba el clítoris. Beatrice se vino rápido. Se vino con un gemido que le salió del pecho, de la panza, de la concha, todo al mismo tiempo. Jabari se sacó el pantalón. La pija le salió parada, larga, oscura, con la cabeza brillante de preseminal. Se la frotó en la concha. La mojó. Se la metió de golpe. Beatrice dio un grito.

No de dolor. De lleno. De plena. La pija de Jabari le llegaba al fondo y el fondo le dolía pero le gustaba y le daba rabia que le gustara. Jabari la cogió rápido. Fuerte. Con las manos en las caderas de Beatrice, clavándole los dedos en la carne. Las tetas le saltaban. Jabari le agarró una y le apretó el pezón. Fuerte. Beatrice le agarró la mano. Se la apretó más.

—Más fuerte —dijo ella.

Jabari le apretó más. Le torció el pezón. Beatrice sintió un dolor que le bajó del pezón a la concha y le apretó la pija de Jabari y Jabari acabó. Adentro. Siempre adentro. Le dio seis empujones finales que la deslizaron en la cama y le llenó la concha de leche. Se quedó arriba de ella. Pesado. La pija blanda adentro. La cara en el cuello de ella. Le respiró en la oreja.

Le respiraba caliente y rápido.

—Es mío —murmuró—. Es mío.

Beatrice cerró los ojos. Thabo había dicho lo mismo. Mío. Los dos decían mío. Los dos creían mío. Los dos le acababan adentro y le decían mío y le ponían la mano en la panza y le decían que no se iba. No era de nadie. Era de ella. El hijo era de ella. Pero no dijo nada. Dejó que Jabari le respirara en la oreja y le dijera mío y le dejara la pija adentro y la llenara de leche que ya no necesitaba porque ya estaba preñada pero que le gustaba sentir porque le gustaba sentir las cosas llenas.

Capítulo 19: La decisión no decide nada

Cuatro meses después. Beatrice estaba en el hospital de Zinder. El hospital era un edificio de bloques de cemento con pintura descascarada verde y un techo de chapa que lo convertía en un horno. La sala de espera eran tres sillas de plástico blanco y un cartel con la foto de un mosquito. No había mosquitero. No había mosquitos. Había moscas. Docteur Ibrahim la revisó. La camilla era de cuero agrietado con manchas de yodo viejo.

Ibrahim le puso el gel frío en la panza que ya era una pelota de básquet. Le pasó el ecógrafo. El ecógrafo era un aparato viejo con una pantalla verde que mostraba formas blancas y grises que podían ser un bebé o un saco de papas. Ibrahim señaló la pantalla.

—Ahí.

El corazón. Beatrice miró. Una mancha blanca que parpadeaba. Parpadeaba rápido. Como un pajarito. Como algo que no tiene tiempo para nada porque está muy ocupado estando vivo.

—Late —dijo Ibrahim.

—Lo veo.

No dijo "late" como Jabari que preguntaba "late?". Dijo "lo veo". Porque veía. La mancha blanca parpadeando en una pantalla verde en un hospital que era un horno en Zinder, Níger. Ibrahim midió. Calculó. Se rascó la barbilla.

—Todo está normal.

El bebé está bien posicionado. Podés parir acá o en Niamey.

—¿Y si paro acá?

—Tenemos todo lo que hace falta.

Para un parto normal. Beatrice pensó en "normal". Normal era parir en un hospital con pintura descascarada verde. Normal era parir con un doctor que tenía un ecógrafo con pantalla verde. Normal era parir a tres horas de tu casa por camino de tierra. Normal era esto. En Níger, esto era normal. Salió del hospital. Jabari la esperaba afuera, sentado en la misma moto de Thabo que le había prestado.

O que le había dado. No sabía cuál. Después del sábado en que Thabo vino con la gallina y los paños, algo se había roto entre padre e hijo pero algo también se había recompuesto mal, como un hueso que se suelda torcido. Thabo no volvió a coger con Beatrice. Thabo venía los martes, dejaba comida en la mesa, le tocaba la panza, se iba. No hablaba. No cogía. Traía cosas.

Gallinas, mijo, paños, aceite de karité. Las cosas que un hombre de Kouré trae a una mujer preñada. Jabari le había dicho a Beatrice que Thabo y él habían hablado. No mucho. Thabo le había dicho algo en hausa. Jabari no lo quiso traducir. Beatrice no insistió. Lo que fuera que Thabo le había dicho, había servido para que padre e hijo dejaran de pegarse y empezaran a coexistir como dos animales en la misma jaula que ya no se muerden pero que se vigilan.

Subió a la moto. Se agarró de la cintura de Jabari. La panza le apoyaba en la espalda de él. Jabari la sintió. Le puso la mano encima. Se la dejó ahí mientras manejaba.

—¿Todo bien? —gritó Jabari por encima del ruido de la moto.

—Sí.

El corazón late. Jabari no respondió. Le apretó la mano en la panza. Manejó. El camino de vuelta era tres horas de tierra roja y pozos y polvo que les pegaba en la cara y les secaba la boca. Beatrice se agarró fuerte. La panza le rebotaba con cada pozo. El hijo le daba vueltas adentro como un pez en una bolsa de agua. A mitad de camino, Jabari paró la moto.

Se bajó. La ayudó a bajarse. La hizo sentarse en la sombra de un baobab que era tan grande que parecía un paraguas plantado en la tierra. Beatrice se sentó. Le dolía la espalda. Le dolían los pies. Le dolía todo. Siete meses de embarazo en el Sahel. Sin aire acondicionado. Sin baño. Sin nada que una mujer de veintiséis años en Lyon tendría. Jabari se sentó al lado. Le puso la mano en la panza.

El hijo le pateó. Le pegó una patada a la mano de Jabari. Fuerte. Jabari sintió el golpe. Se le llenó la cara de algo que no era sonrisa pero que se le parecía.

—Es fuerte.

—Como su padre —dijo Beatrice.

No sabía de qué padre hablaba. No importaba. Jabari la miró. Se agachó. Le puso la boca en la panza. Le habló al hijo. Le habló en hausa. Beatrice no entendió. Entendió una palabra que sonaba como "bana" y que Jabari le había dicho antes que significaba padre, y otra que sonaba como "na" que significaba mío, y nada más. Jabari se levantó. Le agarró la cara. La besó. La besó con la boca que sabía a polvo y a mijo y a sudor.

Le metió la lengua. Beatrice la chupó. Le agarró la cabeza. Le agarró los rulos cortos y apretados y le tiró del pelo.

—Te quiero —dijo Jabari.

—Lo sé.

No dijo "te quiero" de vuelta. No podía. No era que no sintiera nada. Sentía demasiado. Sentía algo que le apretaba el pecho y le tapaba la garganta y le daba ganas de vomitar que no eran las del embarazo. Pero no podía decirlo. No sabía cómo. No había aprendido. En dos años en Níger, no había aprendido a decir "te quiero" a un hombre de veintitrés años que la quería con una fuerza que la asustaba.

—Nos vamos —dijo ella.

Subieron a la moto. Arrancó. Les escupió humo azul en la cara. Se fueron por el camino de tierra roja, con la panza de Beatrice apoyada en la espalda de Jabari y el sol pegándoles en la nuca y el polvo cubriéndolos como una segunda piel. En la aldea, vieron a Thabo. Estaba parado en la entrada de su casa, con la camisa abierta y los pies descalzos en la tierra.

Los vio pasar en la moto. No hizo un gesto. No levantó la mano. No gritó. Se quedó parado como un poste en la tierra, mirando la moto que se alejaba con su hijo y su mujer y el hijo que podía ser suyo. Beatrice lo miró hasta que la distancia lo hizo chico. Después dejó de mirar.

Capítulo 20: Lo que nace no pregunta

Ocho meses. Beatrice parió un martes. No en el hospital de Zinder. En el camper. Las contracciones le agarraron a las cuatro de la madrugada. Fuertes. Como si alguien le agarrara la panza con dos manos y se la quisiera arrancar. Se despertó gritando. Jabari se levantó de un salto. La miró. No entendía. Después entendió.

—¿Ahora?

—AHORA.

No había tiempo. El hospital estaba a tres horas. Las contracciones venían cada dos minutos. El hijo no iba a esperar. Jabari corrió a la aldea. Volvió con Amina. Amina entró al camper sin decir nada. Miró a Beatrice. Le puso la mano en la panza. Le abrió las piernas. Le miró la concha. Le metió dos dedos. Sintió la cabeza.

—Es ahora —dijo.

Beatrice quiso reírse. Amina que no hablaba cuando había que parir. Amina que había parido dieciséis veces. Amina que le había tocado la panza en la cerca del santuario y le había preguntado cuántas semanas y que ahora le estaba abriendo las piernas en la cama del camper. Las contracciones le pegaban como olas. Cada una más fuerte. Beatrice apretaba los dientes. Apretaba las manos. Jabari le agarró una mano.

Se la apretó. Beatrice le clavó las uñas. Le sacó sangre.

—Empujá —dijo Amina—. Empujá.

Empujó. Empujó con todo. Empujó como si le fueran a sacar algo que no quería dar. Empujó con la panza, con la concha, con los ojos, con la boca. Gritó. Gritó algo que no era palabra, que era sonido puro, animal, que salía del fondo del fondo. La cabeza salió. Amina la agarró. Le sacó el cordón del cuello. Le giró los hombros. El cuerpo salió. Resbaló como un pez mojado.

Amina lo agarró con las dos manos. Lo levantó. Era un varón. Negro. Negro como Thabo. Negro como Jabari. Negro como la tierra de Kouré. Con los puños cerrados y la cara arrugada como una pasa y los ojos cerrados y los pulmones que se llenaron de aire y el llanto que le salió como un rugido que hizo temblar el camper. Jabari lo miró. Amina lo miró. Beatrice lo miró.

Amina lo puso en el pecho de Beatrice. El bebé se agarró al pezón. Solo. Sin que nadie le enseñara. Abrió la boca y buscó y encontró y chupó. Beatrice sintió el tirón. Le subió del pezón al cerebro y le bajó al útero y le apretó y le sacó una cosa que no era leche todavía pero que el bebé chupaba igual. Jabari se sentó en el piso. Se cubrió la cara.

Lloraba. Lloraba sin ruido, con los hombros que le saltaban y las manos que le tapaban la cara y la cicatriz del brazo que le brillaba en la luz del ventilador. Amina cortó el cordón con un cuchillo. El mismo cuchillo de pelar mangos que Jabari había tirado en la mesa aquella tarde. Lo hirvió. Lo enfrió. Lo limpió. Cortó. Amarró. Todo sin decir nada. Con la eficiencia de veintiocho partos.

—Un varón —dijo Amina—. Es lindo.

Era lindo. Era una cosa arrugada y negra y gritona y era lindo. Beatrice lo miró. Le tocó la cara. Le tocó los dedos. Los dedos eran chiquitos y largos. Como los de Jabari. O como los de Thabo. No sabía. No importaba. Era suyo. Amina se fue. Se limpió las manos en el vestido. Salió del camper. Caminó descalza por la tierra roja de la madrugada. No se dio vuelta.

Jabari se levantó del piso. Se acercó. Miró al bebé. Le tocó la cabeza. La cabeza era suave, con la fontanela que le latía como un corazoncito debajo de la piel.

—¿Cómo lo vas a llamar?

Beatrice no había pensado en el nombre. Nueve meses sin pensar en el nombre. Nueve meses de ácido fólico y vómitos y panza y paños azules y no había pensado en el nombre.

—Thierry —dijo.

Jabari no reaccionó. No sabía qué era Thierry. Era un nombre francés. Un nombre de su madre. El nombre del padre de la madre de Beatrice, que murió cuando ella tenía doce y que era la única persona que le había dicho "te quiero" antes de Jabari. Thierry. Un nombre francés para un niño negro nacido en un camper en Kouré, Níger, de una madre veterinaria y un padre que podía ser un hombre de cincuenta y siete años o su hijo de veintitrés.

Thierry chupó el pezón. Se durmió. Beatrice lo cargó. Pesaba poco. Pesaba lo que pesa una vida que empieza. A las nueve de la mañana, Thabo apareció. No en la moto. Caminando. Caminando despacio por el sendero de tierra, con la camisa abierta y los pies descalzos y algo en la mano. Una cesta. Una cesta de mimbre con huevos y un paño rojo. Entró al camper. Vio al bebé.

Vio a Jabari. Vio a Beatrice con el niño en el pecho. No dijo nada. Puso la cesta en la mesa. Se acercó a la cama. Se agachó. Le puso la mano en la cabeza del bebé. La mano enorme que le cubría toda la cabeza. Le tocó la fontanela. Le sintió el latido.

—Es un varón —dijo.

—Sí.

Thabo no preguntó de quién era. No le importaba. Le puso la mano en la cabeza del bebé y la dejó ahí. Jabari estaba parado al lado de la cama. Los dos hombres. El padre y el hijo. El abuelo y el padre. O el padre y el hermano. Lo que fueran. Lo que el bebé fuera de cada uno. Thabo se levantó. Miró a Jabari. Jabari lo miró. Los dos se miraron con una cosa que no era odio ni amor ni nada que tuviera nombre.

Era algo que existía entre dos hombres que habían cogido a la misma mujer y que habían peleado por ella y que la habían visto parir y que ahora estaban parados en un camper chico mirando a un bebé que dormía. Thabo asintió. Una vez. Con la cabeza enorme. Jabari asintió. Una vez. Con la cabeza más chica. Era todo lo que iban a hacer. No iban a abrazarse. No iban a llorar.

No iban a decirse nada. Se iban a mirar y a asentir y a saber que lo que había pasado había pasado y que lo que venía era futuro. Un futuro, eso sí, incierto, pero todo lo futuro era incierto en un país donde casi 50 niños de 100 sufren desnutrición o 110 de cada 1000 mueren antes de los cinco años. Beatrice sabia eso, ahora también era parte de su vida, pero ya lo sabía, como lo sabia cada francés, como lo sabia cada habitante del mundo.

Dios no atendía en el mostrador del África profundo. Thabo se fue. Caminó despacio por el sendero de tierra. No se dio vuelta. Beatrice cargó a Thierry. Lo puso en el paño azul con bordados rojos. Se lo ató a la espalda, como hacían las mujeres de la aldea. Se paró en la puerta del camper. La sabana se extendía hasta donde el ojo llegaba. Tierra roja, acacias, cielo blanco de calor.

Las jirafas se movían despacio en la distancia. Simone y Marguerite. Madre e hija. Marguerite ya no se caía. Corría entre las patas de su madre con un desparpajo que parecía alegría pero que no era alegría. Era instinto. Era la vida que sigue. Beatrice se tocó la panza. Desinflada. Blanda. Vacía. El bebé en su espalda. El paño azul. El calor del sol que ya le pegaba en la cara.

No sabía qué iba a hacer. No sabía si se iba a quedar. No sabía si iba a volver a Lyon. No sabía si iba a mandarle un mensaje a su madre. No sabía si iba a decirle la verdad a Martine. No sabía si iba a llamar a Julien. No sabía nada. Pero sabía algo. Sabía que el bebé en su espalda pesaba poco y chupaba fuerte y que los dos hombres que lo habían hecho posible estaban en la aldea, uno en su casa con Amina y varios hijos, otro en el escalón del camper esperando que ella le abriera la puerta.

Salió al sol. Cerró la puerta del camper. Caminó hacia las jirafas con el bebé en la espalda y los pies descalzos en la tierra caliente y el paño azul que Thabo había comprado en Zinder y los huevos que Thabo había traído y la cicatriz de Jabari en el aire y hijos vivos de Amina en la memoria y todos muertos en la tierra. Caminó. La sabana no juzgó.

La esperaba la vida. La vida real, la que no se escribe, la que no se cuenta, la que solo resta vivir. Camino… Beatrice camino…

Fin

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