Dos negros y la francesa, capítulo 3
Parte 3: La carne germinó en tierra que no pertenece a nadie
Capítulo 11: Siete semanas y un vómito
El vómito la agarró a las seis de la mañana. Beatrice salió despintada del camper en bombacha y sostén, se agachó detrás de la rueda trasera y largó todo el arroz con pescado que Jabari le había calentado la noche anterior. El arroz salía entero, medio digerido, con trozos de pescado seco que olían peor afuera que adentro. El calor del amanecer ya pegaba cruel. La tierra color ladrillo le manchaba las rodillas.
Se limpió la boca con el antebrazo. Se quedó en cuclillas mirando el charco de vómito y pensó que era la primera vez en su vida que examinaba un vómito con ojo clínico. Veterinaria. Bióloga. Mujer preñada de siete semanas en medio del Sahel sin un médico a menos de tres horas por camino de tierra. Siete semanas. Contó las pastillas de ácido fólico. El frasco naranja que le dio Ibrahim tenía sesenta.
Quedaban cincuenta y tres. Siete días tomando una por día. Siete semanas de embarazo, una semana de saberlo, y ningún plan. Ningún puto plan. Se rio. Fue una risa corta, agria, que le rasguñó la garganta. Se acordó de Julien, que estaba en Tahití estudiando corales o lo que fuera que hicieran los biólogos marinos cuando te dejaban por irte a vivir entre jirafas en Níger. Julien con su delantal de laboratorio y sus manos limpias y su idea del amor que era compartir un departamento en París y discutir sobre el reciclaje.
La última vez que hablaron por mensaje fue hacía cuatro meses. Él le mandó una foto de un coral brain muerto. Ella le respondió con una foto de una jirafa. Ninguno de los dos era bueno para despedirse. Se levantó. Las rodillas le dolían. Siete semanas y ya le dolían las rodillas, lo cual no tenía sentido médico pero tenía sentido absoluto si uno consideraba que llevaba semanas cogiendo con dos hombres que la partían al medio cada noche.
Adentro del camper, el calor era un horno. El ventilador pequeño que Martine mandó desde Lyon funcionaba a medias, haciendo un ruido de cojín roto, girando despacio como si también él tuviera náuseas. Beatrice se sentó en la cama, abrió el frasco de ácido fólico, se tragó una pastilla con agua tibia del bidón. El agua sabía a plástico viejo. Afuera, la sabana empezaba su día. Las jirafas de la reserva se movían despacio entre los acacias.
Simone, la madre reciente, estaba con Marguerite, la cría nacida hacía dos semanas. Marguerite era un palo de dos metros con patas que no terminaban de entender cómo funcionaban. Se caía, se levantaba, se caía otra vez. Simone la empujaba con el hocico. No había ternura en el gesto. Era mecánico, instintivo, exacto. La jirafa no se preguntaba si era buena madre. No se preguntaba si quería ser madre. Simplemente lo era.
Beatrice las observó desde la ventana del camper con la mano en el bajo vientre. Aún no había nada. Ni panza, ni bulto, nada que delatara lo que crecía adentro. Pero ella lo sentía. No como algo mágico ni poético. Lo sentía como una tensión, un peso que no estaba antes, como cuando uno se acuerda que tiene algo en el bolsillo y lo toca cada cinco minutos para comprobar que sigue ahí.
Thabo llegaba los martes a las nueve. Eran las ocho y diez. Tenía tiempo. Se duchó con la manguera del exterior. El agua salía tibia, casi caliente, y el jabón era el mismo que usaba para todo: lavarse el cuerpo, lavar la ropa, lavar los platos. Un jabón azul que compraba en el mercado de Kouré que olía a nada. Se puso una camisa amplia, de los hombres, una de las que Jabari dejaba tirada en el camper.
Le quedaba enorme. Le cubría hasta media muslo. No se puso sostén. Los pezones se le marcaban pero hacía un calor del carajo y a Thabo no le iba a importar porque a Thabo lo único que le importaba era entrarle. A las nueve en punto, la sombra de Thabo apareció cortando la luz del sol frente al camper. Era enorme. Thabo medía un metro noventa y pico y pesaba lo que pesa un armario ropero lleno de cosas.
Su sombra entró al camper antes que él.
—Bonjour —dijo Beatrice.
Thabo no respondió. Nunca respondía al saludo. Entraba, la miraba, y a los tres minutos ya le tenía una mano adentro de la bombacha. Hoy fue distinto. Hoy se sentó en la silla plegable que crujía bajo su peso y la miró. Solo la miró. Beatrice sintió que le daba algo. No miedo. Otra cosa. Una incomodidad que le picaba en el estómago, diferente a las náuseas.
—¿Qué pasa? —preguntó.
Thabo negó con la cabeza. Se rascó la barbilla. Tenía la barba de tres días, gris en algunos lados, negra en otros. Las manos eran enormes. Manos de trabajar la tierra y de agarrar mujeres como quien agarra un melón en el mercado.
—¿Has comido? —preguntó.
Era la primera vez que Thabo le preguntaba si había comido. En meses de coger los martes y jueves, nunca le había preguntado nada que no fuera dónde quería que la cogiera o si le dolía.
—Oui —mintió Beatrice.
Había vomitado todo lo que tenía en el estómago. Thabo asintió despacio. Se quedó mirándola un rato más. Beatrice pensó que iba a decir algo. Que iba a preguntar. Que iba a hacer lo que ella temía: ponerle la mano en la panza y decirle lo que ya sabía. No lo hizo. Se levantó, se acercó a ella, le agarró la cara con una mano. La mano le cubría la mandíbula entera, desde la oreja hasta el mentón.
La besó. Thabo no besaba. Thabo entraba, cogía, acababa, se iba. Hoy la besó. Tenía los labios secos y ásperos, y la lengua era grande y calienta, y le entró en la boca como todo lo que Thabo hacía: sin pedir permiso, sin sutileza, sin ningún tipo de técnica. Pero la besó. Beatrice abrió la boca y lo dejó. La lengua de Thabo le llenaba la boca y le empujaba contra los dientes y ella chupó, chupó porque era lo único que podía hacer, y sintió que se le humedecían la bombacha.
Odiaba eso. Odiaba que el cuerpo le respondiera antes que la cabeza. Thabo le levantó la camisa enorme y le agarró las tetas. Las agarró de abajo, como pesándolas, y le pasó el pulgar por los pezones que se le pusieron duros de inmediato. Estaban más sensibles. Todo estaba más sensible. La piel, los pezones, la concha. Siete semanas de embarazo y su cuerpo era un cable pelado. Thabo le bajó las bombacha de un tirón.
No le sacó la camisa. La camisa quedó ahí, enorme, cubriéndole medio cuerpo, y abajo estaba desnuda. Thabo se sentó en la silla y se bajó el pantalón. La pija le salió parada, gruesa, oscura, con las venas marcadas. Era enorme. Cada vez que la veía, Beatrice pensaba lo mismo: no debería entrar, y entraba, y le gustaba que entrara. Se sentó arriba. No había preámbulo. No los había nunca con Thabo.
Ella agarró la pija y se la guio hacia la concha. Estaba mojada, mojada de verdad, no de lubricante de farmacia porque no había farmacia. Se la metió de a poco. La cabeza le abrió la concha y sintió ese dolor bueno que era casi placer, ese estirón que la hacía aguantar la respiración.
—Putain —dijo.
Thabo no entendía francés pero entendía eso. Putain era la palabra que ella decía cuando le entraba. Agarró las caderas de Beatrice con las dos manos y la bajó de golpe. Toda adentro. Beatrice dio un gemido que le salió del pecho, no de la garganta. La pija de Thabo le pegaba contra el fondo y el fondo le dolía pero le gustaba y eso la ponía furiosa consigo misma.
Se movió. Thabo la dejaba moverse pero a los dos minutos se cansó de esperar. La agarró de la cintura y la empezó a levantar y bajar, usándola, manejándola como un objeto. Las tetas le saltaban adentro de la camisa. Thabo le metió una mano por la camisa y le agarró una teta. Le apretó el pezón. Fuerte. Beatrice gritó. No de dolor puro. De eso y de otra cosa que no tenía nombre.
Thabo la cogió así, levantándola y bajándola, durante quince minutos. Quince minutos que para Thabo eran una eternidad porque normalmente acababa en menos. Pero hoy no acababa. Hoy la cogía despacio, la sacaba casi entera, la metía de nuevo hasta el fondo. La miraba a la cara. Beatrice no podía sostenerle la mirada. Cerró los ojos. Entonces Thabo hizo lo que ella temía. Le puso la mano en el bajo vientre.
Adonde la pija entraba, adonde el hijo crecía, adonde todo se juntaba. Le puso la mano plana, abierta, y la presionó. No fuerte. Despacio. Y siguió cogiéndola. Beatrice abrió los ojos. Thabo la miraba. No con lujuria. No con hambre. Con algo que ella no le había visto nunca. Thabo la miraba con una cosa seria que le ocupaba toda la cara. Siguió cogiéndola con la mano en la panza.
Beatrice sintió que se venía. No quería. No quería venirse con la mano de Thabo en el lugar donde el hijo crecía. Pero se vino. Se vino con un grito que sonó como disculpa y placer y miedo todo mezclado. La concha se le apretó alrededor de la pija de Thabo y él acabó también. Adentro. Siempre adentro. Le dio tres empujones finales, duros, que la levantaron de la silla, y le llenó la concha de leche.
Se quedaron quietos. Thabo adentro, blando ya, la mano aún en la panza. El calor del camper era insoportable. El sudor les mezclaba los olores. Thabo olía a tierra, a trabajo, a hombre que no se baña con jabón de olor. Thabo sacó la mano. Se la pasó por la cara. Se limpió el sudor. No dijo nada. Se vistió y se fue sin decir una palabra. Beatrice se quedó sentada en la silla, con la concha goteando leche de Thabo, mirando el piso de chapa caliente del camper.
Fue al baño. Se sentó en el inodoro. Dejó que la leche saliera. Orinó. Se limpió con papel. Y entonces lloró. Lloró agarrándose las rodillas, sentada en un inodoro que no tenía tapa, en un camper que era su casa, en medio de Níger, embarazada de no sabe quién, con la concha llena de leche de un hombre que le había puesto la mano en la panza sin decir nada.
No lloró mucho. Dos minutos. Se limpió la cara con la misma camisa de Jabari que tenía puesta. Se enjuagó la boca. Se tragó el resto del ácido fólico del día. Afuera, Marguerite la jirafa intentaba correr y se cayó de boca en la tierra roja.
Capítulo 12: El perro de fierro
Jabari empezó a dormir en los escalones del camper. No adentro. Afuera. En el primer escalón de metal que quemaba de día y congelaba de noche, con una manta que olía a cabra que había agarrado del depósito de herramientas. Se acostaba cuando Beatrice se dormía y se levantaba antes de que ella abriera los ojos. Ella lo sabía porque una mañana lo vio a las cuatro de la madrugada, cuando salió a vomitar, sentado en el escalón con las piernas estiradas y la cabeza apoyada en la baranda, mirando la sabana oscura.
—¿Qué haces aquí?
Jabari giró la cabeza. La miró con los ojos chicos de sueño.
—Cuido.
Cuidando. La estaba cuidando. Como un perro. Un perro de fierro que se sentaba en la puerta y no se movía.
—No hace falta que…— —Si, dijo él.
Necesito. Beatrice no discutió. Le dio una almohada del camper. Jabari la tomó sin decir gracias. Se la puso en la cabeza y cerró los ojos. Desde el día que le contó del embarazo, Jabari había cambiado. No mucho. No de golpe. Como cambia la sabana: despacio, en cosas pequeñas que sumadas eran otra cosa. Le traía agua limpia del pozo cada mañana. Le pelaba mangos cuando encontraba. Le frotaba los pies cuando se le hinchaban al atardecer, que era algo nuevo, los pies hinchados, algo que Google le dijo que era normal pero que Google no explicaba cómo se sentía: como tener dos panes rellenos donde antes tenía tobillos.
También la cogía distinto. Esa noche, la noche del martes en que Thabo le había puesto la mano en la panza, Jabari llegó al camper a las once. Beatrice ya estaba acostada, en bombacha y nada más, con las piernas abiertas porque el calor no permitía otra postura. Él entró despacio. Se sentó en la cama. Le puso la mano en la frente.
—¿Estas caliente?
—Terriblemente caliente.
Jabari sonrió. Esa sonrisa que era toda dientes blancos y ojos cerrados. Se sacó la remera. El cuerpo era fibroso, largo, con los músculos marcados pero sin volumen, como un atleta de fondo. Tenía una cicatriz en el costado izquierdo que Beatrice nunca le preguntó de qué era. Se acostó al lado de ella. No la tocó. Se quedó mirando la sabana, esa puta mancha de semen con forma de África que no salía.
—¿Ha venido hoy?, preguntó.
No hacía falta aclarar quién. Thabo venía los martes. Jabari lo sabía. Siempre lo supo.
—Oui.
—¿Vio algo?
Beatrice respiró. Le dolía el estómago. No las náuseas. Otra cosa.
—Puso su mano en mi estómago.
Jabari giró la cabeza. La miró. No dijo nada por un rato. Beatrice podía verle la mandíbula apretada, el músculo que le saltaba debajo de la oreja.
—Lo sabe.
—No.
No lo sabe.
—Lo sabe, Beatrice.
Mi padre conoce esa sensación. Jabari hablaba del bajo vientre de las mujeres embarazadas. Del lugar exacto donde Thabo había puesto la mano. Del instinto de un hombre que había preñado mujeres veintiocho veces. Veintiocho. Ese número le daba vueltas en la cabeza como una mosca que no se quería ir.
—No lo sabe con certeza.
—No necesita certeza.
Beatrice cerró los ojos. Jabari le agarró la mano. No se la apretó. La agarró y la dejó ahí, como quien agarra una cosa que puede romperse.
—No se lo diré, Jabari.
Todavía no. Pero lo adivinará.
—Lo sé.
Se quedaron quietos. El ventilador hacía su ruido de cojín roto. Afuera, un insecto que Beatrice nunca pudo identificar cantaba una sola nota, una y otra vez, como un reloj roto. Jabari le soltó la mano. Le tocó la cara. Le pasó el pulgar por la mejilla, por la mandíbula, por el cuello. Le tocó la concha por encima de la bombacha. Despacio. Sin agarrar. Sin apretar. Le tocó el pezón y el pezón se le puso duro y Beatrice sintió que se le escapaba un quejido.
Jabari le bajó la bombacha. Despacio. Se la bajó hasta los tobillos y se la sacó. Le abrió las piernas. Beatrice dejó. Le puso la boca en la concha. Jabari la chupaba distinto a Thabo. Thabo no chupaba. Thabo entraba. Jabari la chupaba con la lengua de punta, despacio, de abajo para arriba, parándose en el clítoris y girando despacio, despacio, despacio. Beatrice le agarró la cabeza. Le agarró los rulos cortos y apretados y le empujó la cara contra la concha.
Jabari la chupó más fuerte. Le metió la lengua adentro, la sacó, la metió, la sacó, y le metió un dedo despacio mientras la chupaba.
—Jabari, necesito esto.
A ti— No dijo más. No hacía falta. Él la conocía. Sabía cuándo estaba cerca. Le metió el dedo más profundo y curvó la yema hacia arriba, tocando ese punto que la volvía loca, y la chupó más rápido. Beatrice se vino en la boca de Jabari con las piernas temblando y la mano apretándole la cabeza. Jabari se limpió la boca con el dorso de la mano. Se sacó el pantalón.
La pija le salió parada, larga, oscura, más fina que la de su padre pero más larga. Le puso la punta en la entrada de la concha. La mojó. No entró.
—Quiero mirarte, cuando te cojo", dijo.
Beatrice abrió los ojos. Jabari la miraba desde arriba. Le agarró las piernas y se las puso en los hombros. La dobló. La concha le quedó abierta, expuesta, goteando. Jabari se la metió despacio. Centímetro por centímetro. Beatrice sentía cada centímetro. La concha le abrazaba la pija y no quería soltarla. Cuando estuvo adentro, Jabari se inclinó. La dobló más. Le pegó la boca en la boca. Le cogió despacio, con la pija entrando y saliendo despacio, con la lengua en la boca de ella, con las manos en las tetas de ella, con el cuerpo entero encima del cuerpo de ella.
No era como con Thabo. Con Thabo era animal. Con Jabari era otra cosa. Jabari le cogía como si le rezara. Como si cada empujón fuera una promesa.
—Te quiero, dijo.
La boca pegada a la de ella. Beatrice no respondió. Cerró los ojos. Lo dejó cogerla. Lo dejó meterla y sacarla despacio, despacio, y la concha le sonaba húmeda cada vez que la pija entraba. Jabari le soltó una teta y le puso la mano en la panza. No como Thabo. Thabo la había presionado. Jabari la acarició. Despacio. Con la yema de los dedos. Como si tocara algo frágil.
Beatrice sintió que se llenaba los ojos de lágrimas. No de placer. De otra cosa que no tenía nombre y no quería tener nombre.
—Jabari, Rápido, dijo.
Por favor. Él la cogió más rápido. Más fuerte. La pija le entraba hasta el fondo y los huevos le pegaban contra el culo. Beatrice le agarró los brazos. Le clavó las uñas. Jabari acabó dentro de ella con un gemido largo que sonó como su nombre. Le dio cinco empujones, duros, rápidos, y le llenó la concha de leche. Se quedó adentro. Blando. Pesado. Con la mano en la panza.
No se salió. Se quedaron así, pegados, sudando, respirando.
—Es mi hijo, susurró Jabari.
Es mío. Beatrice no dijo nada. No sabía si era suyo. No sabía si era de Thabo. No sabía nada. Lo único que sabía era que la mano de Jabari en la panza le daba una cosa que no quería sentir. Se durmieron así. Él adentro. Ella con las piernas abiertas. El ventilador girando despacio. Afuera, la sabana oscura y los insectos y nada más. A las cuatro de la mañana, Beatrice salió a vomitar.
Jabari estaba en el escalón. No la miró. Le alcanzó un bidón de agua limpia. Ella se enjuagó la boca. Se sentó al lado de él en el escalón que quemaba de día y helaba de noche. No hablaron. Miraron la sabana. En algún lugar, lejos, un chacal ladró una vez y se calló.
Capítulo 13: El paño del mercado
El jueves, Thabo llegó con un paño. Beatrice lo vio llegar desde lejos, caminando por el sendero de tierra que unía la aldea de Kouré con la reserva. Venía con la camisa abierta, el pantalón que le quedaba corto, y en la mano algo rectangular, algo envuelto en plástico. Caminaba con esa forma de caminar que tenía Thabo, que era más bien un desplazamiento de masa, como un camión que avanza despacio pero que si te agarra te aplasta.
Entró al camper. No la miró. Puso el paño envuelto en la mesa plegable. Se sentó en la silla que crujía. Se rascó las manos. Beatrice miró el paño. No lo tocó.
—¿Qué es esto?
Thabo se encogió de hombros. Un encogimiento enorme, de hombre enorme.
—Por el bebé.
Beatrice sintió que el aire le faltaba. No le faltaba. Era una sensación, algo que le pasaba cuando el cuerpo sabía algo antes que la cabeza. Se agarró del borde de la mesa. Thabo la miró. La cara de Thabo no expresaba mucho. Era una cara ancha, con la nariz chata, los ojos oscuros hundidos, la frente con pliegues profundos. Pero hoy había algo. Una cosa que le movía la boca, una cosa que podía ser vergüenza u orgullo o las dos juntas.
—Ya lo sabes — dijo Beatrice.
No era pregunta. Thabo asintió. Despacio. Con la cabeza enorme que pesaba como un melón.
—Conozco esta cara.
Se la vi tanto a Amina. A tantas. Conozco esa cara. Beatrice se sentó en la cama. Las piernas le temblaban. No de miedo. De otra cosa. De algo que le pasaba entre el estómago y la garganta, como un nudo que subía y bajaba.
—¿Desde cuándo?
—Dos semanas.
Quizá más. Dos semanas. Thabo sabía desde hacía dos semanas. Desde antes de que ella fuera al hospital. Desde antes del test de sangre. Thabo sabía porque había preñado mujeres veintiocho veces y conocía "esa cara". La cara de preñada. La cara que tenía que ver con los pezones más oscuros, con la piel más aceitosa, con los vómitos que se escuchan a través de las paredes de chapa de un camper.
—Jabari no te dijo nada, dijo.
—Jabari es un niño.
No dice nada porque tiene miedo. Thabo se levantó. Se acercó a ella. Le puso la mano en la cabeza. Le agarró el pelo, suave, y se lo tiró despacio para que ella mirara arriba. La miró desde arriba con esos ojos hundidos que no parpadeaban.
—¿Es mío?
Beatrice abrió la boca. La cerró. La abrió otra vez.
—No lo sé.
Thabo la soltó. Se alejó un paso. Miró el paño en la mesa. Lo desenvolvió. Era un paño de algodón, color azul, con bordados de hilo rojo en los bordes. Del mercado de Zinder, a tres horas. Un paño para envolver bebés. Para cargarlos en la espalda. De los que usaban las mujeres de la aldea.
—Por eso, dijo Thabo.
Esto es para después. Beatrice miró el paño. Azul con bordados rojos. Un paño para un bebé que todavía era un grupo de células en una panza que no se veía. Un paño comprado por un hombre de cincuenta y siete años que tenía veintiocho hijos. Thabo se acercó. Le agarró las tetas. Por encima de la camisa. Las agarró de abajo, como pesándolas. Le apretó los pezones. Beatrice respiró fuerte.
—Son más pesadas, dijo.
Como pasa siempre. Le sacó la camisa. Le abrió el sostén. Las tetas le cayeron libres, grandes, con los pezones oscuros y prominentes. Thabo se agachó y le chupó un pezón. Lo chupó despacio, con la boca enorme cubriéndolo todo, y Beatrice sintió un calambre que le bajó de la teta a la concha. Le chupó el otro. Los alternaba. Con la mano le apretaba la teta que no chupaba.
Beatrice le agarró la cabeza. La cabeza de Thabo era enorme entre sus manos.
—Hazlo, dijo.
Thabo la miró. No entendió.
—Yo.
Ahora. Él entendió. La acostó en la cama. Le bajó las bombachas. Le abrió las piernas. Le miró la concha. La concha estaba mojada, con los pelos castaños que ella se rapaba de vez en cuando pero que últimamente no se rapaba porque no tenía con quién y no le importaba. Thabo no le importaba. Thabo la miró con esa cosa sin nombre en la cara y le metió la lengua.
Una vez. De abajo para arriba. Sabía a salado. Se acostó encima. La pija le tocó la entrada de la concha. Le frotó la cabeza arriba y abajo, mojándola. Beatrice levantó la cadera. Thabo le entró despacio. Hoy despacio. No la partió como otras veces. La llenó despacio, centímetro por centímetro, y cuando estuvo adentro, se quedó quieto. Beatrice lo sintió. Lo sintió todo. La pija de Thabo adentro, enorme, llenándola, pegándole al fondo.
El peso de Thabo encima. El olor de Thabo, que era a tierra y a trabajo y a algo dulzón que era el sudor africano de un hombre que no usa desodorante. Las manos de Thabo en las tetas, apretando, pesando. Thabo la cogió. Despacio al principio. Con empujones largos que la hacían deslizar sobre la cama. La cama crujió. Thabo le agarró las caderas y la cogió más rápido.
Las tetas le saltaban. Thabo le puso la mano en la panza otra vez. La presionó. No fuerte. La presionó como quien toca algo que le pertenece.
—Es mío, Es mío.
Beatrice no lo corrigió. No dijo "no sé". No dijo "puede ser de Jabari". No dijo nada. Dejó que Thabo la cogiera y le dijera que era suyo y le pusiera la mano en la panza y la presionara. Se vino. Se vino fuerte, con la concha apretándole la pija a Thabo como un puño, y Thabo acabó adentro. Siempre adentro. Le dio cuatro empujones finales que la levantaron de la cama y le grito algo en Hausa que ella no entendió.
Se quedó arriba de ella. Pesado. Inmenso. Ella no podía respirar. No lo empujó. Thabo le puso la cara en el cuello. Le respiró en la oreja. Su respiración era caliente y lenta.
—No te vayas, dijo.
No te vayas. Beatrice pensó en Lyon, en Martine, en la ONG, en su madre que creía que estaba en Lyon, en Julien en Tahití, en el ácido fólico, en el paño azul con bordados rojos, en Jabari en el escalón, en Marguerite la jirafa que se caía y se levantaba.
—¡No! — dijo ella.
—No me voy— Thabo se levantó.
Se vistió. Agarró el frasco de ácido fólico de la mesa. Lo miró. Lo dejó. Se fue. Beatrice se quedó acostada. Miró el paño azul. Miró el frasco naranja. Le puso la mano en la panza. No había nada. Pero había algo.
Capítulo 14: Lo que Amina
sabe Amina llegó el sábado. Beatrice la vio desde lejos, caminando por el sendero de tierra con un bidón de agua en la cabeza y otro en la mano. Amina caminaba con la soltura de alguien que ha cargado agua toda su vida, el cuerpo erguido, los pies descalzos en la tierra caliente, el vestido color tierra que le cubría desde los hombros hasta los tobillos. Era más baja que Thabo, más baja que Jabari, más baja que Beatrice.
Tenía el cuerpo de alguien que ha parido muchas veces: ancha de caderas, blanda del medio, con los pechos caídos pero firmes, como dos frutas pesadas que ya no buscan la luz. Beatrice estaba revisando a Marguerite cuando Amina apareció en la cerca del santuario. La jirafa bebé la miró con sus ojos enormes, del tamaño de pelotas de tenis, y se escondió detrás de Simone. Hasta las jirafas sabían cuando algo venía mal.
—Bonjour, Amina.
Amina no respondió al saludo. Se paró. Dejó el bidón de la mano en el piso. El de la cabeza lo bajó con un movimiento fluido, sin manos, como si el bidón fuera parte de su cuerpo. Se quedó parada mirando a Beatrice con los ojos de un animal que ve a otro animal en su territorio. Beatrice la conocía de lejos. La había visto en la aldea, en las reuniones, en el mercado.
Nunca habían hablado más de tres frases. Amina hablaba Hausa y algo de francés. Lo suficiente para lo que necesitaba decir.
—Thabo — dijo Amina —No está con nosotros —. No era pregunta.
Era constatación. Thabo no estaba en casa. Thabo estaba aquí, o había estado aquí, o estaba viniendo aquí. Amina lo sabía. Lo sabía desde hacía meses probablemente. Las mujeres de Kouré sabían todo. Sabían cuando un hombre cogía afuera porque los hombres eran malos para esconder y las mujeres eran buenas para ver.
—Viene a trabajar aquí — dijo Beatrice.
Amina se rio. Fue una risa corta, sin alegría, que le sacudió los hombros y le movió los pechos bajo el vestido. Una risa que decía "no me trates de idiota".
—Trabaja, Si — repitió Amina.
Se acercó. Caminó despacio, con los pies descalzos en la tierra, y se paró frente a Beatrice. Era más baja por media cabeza. Miró para arriba. Le miró la cara, el cuello, las tetas que se le marcaban bajo la camisa, la panza que no se veía pero que Amina no necesitaba ver. Le puso la mano en la panza. Beatrice se quedó quieta. No la empujó. No le dijo que no.
Se quedó quieta como se queda quieta uno cuando un perro desconocido le huele la mano. Amina le tocó la panza como quien toca un libro ya leído. Sin sorpresa. Sin ternura. Con la eficiencia de quien ha tocado su propia panza veintiocho veces y sabe qué busca. Le presionó el bajo vientre, despacio, con los dedos abiertos.
—¿Cuánto? preguntó Amina.
—¿Quieres saberlo?
—¿Cuántas semanas pasaron?
— Repitió Amira Beatrice trago saliva.
La boca se le llenó de algo amargo. Sintió que podía vomitarle a Amina en la cara y que Amina no se movería. —casi once. Amina asintió. Le sacó la mano de la panza. Se la limpió en el vestido, como quien se limpia después de tocar algo que no le pertenece.
—¿Thabo lo sabe?
—Si.
—¿Jabari?
—También.
Amina miró la sabana. Las jirafas se movían despacio. Simone le lamía la cabeza a Marguerite. El sol les pegaba en los lomos manchados. Amina las miró como quien mira cosas que no le interesan.
—Yo, dieciséis — dijo. — siete vivos — Siete vivos de dieciséis, nueve muertos.
Amina había incubado nueve hijos que no llegaron. En la aldea, sin médico, sin hospital, sin nada. nueve habían pagado el abandono de un continente violado. Beatrice sintió que le daban ganas de llorar. No lloró. Amina no estaba llorando. Si Amina no lloraba, ella no iba a llorar.
—No te va a dejar — dijo Amina.
Beatrice no sabía si era amenaza o consuelo. Amina le dio la espalda. Agarró el bidón. Se lo puso en la cabeza. Se fue caminando por el sendero de tierra, descalza, con el vestido color tierra que se confundía con la tierra. No se dio vuelta. Jabari apareció cuando Amina ya era un punto en el sendero. Venía corriendo desde el depósito de herramientas, con la camisa abierta y el sudor en la cara.
Se paró al lado de Beatrice. Miró a su madre que se alejaba.
—¿Qué dijo?
Beatrice no respondió. Miró el punto en el sendero que era Amina hasta que el punto desapareció.
—Me tocó la barriga — dijo Jabari cerró los ojos.
Los abrió. Cerró los puños. Los abrió.
—Va a hablar.
—No.
No va a hablar.
—¿Cómo lo sabes?
—Porque no habló durante doce embarazos de otras.
¿Por qué iba a hablar ahora? Jabari no respondió. Le agarró la mano. Se la apretó. La mano de Jabari era más chica que la de Thabo, más seca, con callos en las palmas de trabajar la tierra. Le apretó la mano como un chico que no sabe qué hacer. Marguerite la jirafa se cayó otra vez. Simone la empujó con el hocico. Se levantó.
Capítulo 15: El tiempo que viene
Thabo no vino el martes. Beatrice lo esperó a las nueve, sentada en el escalón del camper, con un mango que Jabari le había pelado y que no podía comer porque le daba náuseas. Las nueve pasaron. Las nueve y media. Las diez. El sendero de tierra estaba vacío. Jabari no vino esa noche. Beatrice lo esperó hasta las once, acostada en la cama, con la ventana abierta y el ventilador girando.
Las once. Las once y media. Las doce. Los escalones del camper estaban vacíos. Se quedó sola. Sola como no había estado desde que llegó a Níger hacía dos años. Sola con el ventilador y la mancha de humedad en el techo y el paño azul con bordados rojos en la mesa y el frasco de ácido fólico y el vómito que le subía y bajaba en la garganta. Sola.
Se levantó a las cuatro de la mañana. Salió a vomitar al escalón. No había nadie para alcanzarle agua. Se limpió la boca con el brazo. Se sentó en el escalón que helaba de madrugada y miró la sabana oscura. Pensó en su madre. Su madre que creía que estaba en Lyon, en un laboratorio, en un departamento con calefacción. Su madre que le mandaba mensajes los domingos preguntándole si comía bien.
Su madre que no sabía que su hija estaba embarazada de un hombre de cincuenta y siete años o de su hijo de veintitrés, en un camper en medio del Sahel, cogiendo con los dos, sin pastillas, sin doctor, sin plan. Pensó en Julien. Julien que estaba en Tahití con sus corales y su delantal y su idea del amor que era ordenada y limpia. Julien que le había dicho una vez, la última noche en París, que no entendía por qué necesitaba irse a África.
Que los animales no iban a agradecerle. Que era una pérdida de tiempo. Pensó en Amina. En la mano de Amina en su panza. En siete vivos de dieciséis. En los nueve que no pudieron. Pensó en Thabo. En la pija enorme de Thabo entrándole. En la mano de Thabo en la panza. En el paño azul. En "Es mío". En "No te vas". Pensó en Jabari. En la boca de Jabari en la concha.
En "je t'aime". En "c'est mon fils". En el escalón vacío. Pensó en el grupo de células que le crecía en la panza. Siete semanas. Ocho ya, quizás. Un grupo de células que no sabía que su padre podía ser un abuelo. Un grupo de células que no sabía que su madre era una francesa de veintiséis años que vomitaba detrás de un camper en Níger. Se sentó en el escalón.
El cielo empezaba a aclararse. La sabana se fue dibujando despacio, los acacias primero, después la tierra roja, después las jirafas que dormían paradas. Simone tenía la cabeza apoyada en el lomo de Marguerite. Madre e hija. Una cosa enorme durmiendo contra una cosa chiquita. Beatrice fue a verlas. Caminó descalza en la tierra fría de la madrugada. Se acercó a la cerca. Simone abrió un ojo. La miró. No hizo nada.
Marguerite seguía dormida. Tenía las patas dobladas debajo del cuerpo, como un perro. Beatrice se puso la mano en la panza. En su propia panza. Aún no había nada. Pero estaba. No sabía si quería ese hijo. No sabía si lo quería de Thabo o de Jabari o de nadie. No sabía si se iba a quedar. No sabía si iba a volver a Lyon, a París, a Tahití. No sabía si iba a parir en un hospital a tres horas por camino de tierra o en el camper con Jabari sosteniéndole la mano.
No sabía nada. Pero estaba ahí. En el escalón que helaba de madrugada, con la mano en la panza, mirando una jirafa madre y una jirafa hija dormir contra el cielo que se aclaraba. Volvió al camper. Se sentó en la cama. Tomó el ácido fólico. Miró el paño azul con bordados rojos. Lo agarró. Se lo puso en la panza. El paño olía a mercado, a especias, a telas nuevas.
Olía a algo que venía. A las seis de la mañana, alguien tocó la puerta del camper. Beatrice abrió. Jabari estaba parado. Tenía los ojos rojos. La camisa arrugada. Un tajo en el brazo izquierdo que no estaba ahí antes.
—¿Qué pasó?
Jabari no respondió. La miró. Le miró la panza. Le miró la mano que sostenía el paño azul.
—Él lo sabe — dijo — Sabe que puede ser mío —. Beatrice dejó la puerta abierta.
Jabari entró. Se sentó en la cama. Se cubrió la cara con las manos. Beatrice se sentó al lado de él. No le tocó. No le dijo nada. Se quedaron sentados en la cama del camper, con el ventilador girando despacio, con el paño azul en la mesa, con el sol que empezaba a pegar en las paredes de chapa. Jabari poso las manos de la cara. La miró.
—Dijo que eras suya.
Que el bebé era suyo.
—Y tú, ¿qué has dicho?
Jabari se rascó el tajo del brazo. Sangre seca. No mucha.
—Le dije que te quiero.
Beatrice cerró los ojos. Los abrió.
—¿Y después?
Jabari se rascó el tajo otra vez. No respondió. Eso era respuesta suficiente. Thabo le había pegado. O le había empujado. O algo. Padre e hijo, por una francesa de veintiséis años que vomitaba detrás de un camper y cogía con los dos y no sabía de quién era el hijo que le crecía en la panza. Beatrice agarró el paño azul. Lo dobló. Lo puso en la mesa.
—Quédate aquí —le pidió.
— Hoy.
Quédate aquí —. Jabari se acostó en la cama. Se acostó de costado, con la cara hacia la pared. Beatrice se acostó al lado de él. Le puso la mano en el hombro. Jabari le agarró la mano. Se la apretó. No cogieron. No hablaron. Se quedaron acostados en la cama del camper, uno contra el otro, respirando, mientras afuera la sabana empezaba a quemar y las jirafas se movían despacio entre los acacias y el sol les pegaba en los lomos manchados y Marguerite corría y se caía y se levantaba y Simone la empujaba con el hocico y no había ternura, solo instinto, solo la vida que seguía.
El ventilador giraba despacio. La mancha en la sabana seguía siendo África. El frasco de ácido fólico seguía con el mismo naranja. El paño azul seguía en la mesa sin dejar de ser azul. Algo crecía. Adentro y afuera. Beatrice apretó la mano de Jabari. Jabari no la soltó. Continuará…
Continúa en Dos negros y la francesa, capítulo 4
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