Aseos
Mi primera vez fue hace unos veinte años. Teníamos un congreso nacional en nuestra localidad, y la dirección había elegido uno de los mejores hoteles disponibles. Recuerdo que coincidíamos con otro congreso, esta vez de empresas de artículos de limpieza, y que ponían el audio demasiado alto durante sus presentaciones. La planta VIP, donde procedíamos con las reuniones de alto nivel, también la compartíamos con otra compañía tecnológica, que celebraba allí una especie de mini junta de accionistas.
Aquel día me había quedado en la planta VIP preparando la reunión de la tarde y tenía prisa, porque llegaba tarde al restaurante donde habíamos quedado para comer. El ascensor tardaba en llegar y, rodeado por aquel silencio que contrastaba con la actividad de la mañana, me di cuenta de que necesitaba orinar. Fui al aseo sin cruzarme con nadie y me planté delante de uno de los urinarios. Mientras me bajaba la bragueta, entró un caballero de mediana edad, bien trajeado, con corbata y zapatos de piel.
Apenas recuerdo su aspecto, tan solo su bigote, una expresión amable y unos andares decididos. Debía de ser uno de los ejecutivos de la tecnológica, porque su cara no me resultaba del todo desconocida. Cuando empecé a orinar, mi sexto sentido me hizo volver la mirada hacia él. Se estaba lavando las manos, pero me observaba fijamente a través del espejo. No aparté la mirada, aunque empecé a ponerme nervioso sin saber muy bien por qué.
En cuanto se secó las manos, se acercó al urinario que estaba a mi lado y empezó a orinar. Volvió a mirarme, esta vez descaradamente. Lo miré también y me hizo un gesto inequívoco. Me tensé, pensando en una respuesta amable pero rotunda. Sin embargo, el hombre no esperó. Me cogió el pene, rozándome las manos. Me sorprendió no sentir repulsión. También me sorprendió la confianza que me transmitía aquel elegante desconocido que acababa de tocarme.
Mientras esperaba unos segundos antes de decirle que no me interesaba aquello, terminé de mear y él se manchó los dedos. Al hombre no pareció importarle y continuó acariciándome con cuidado, provocando una erección inmediata. Para entonces, él también había terminado de orinar. Yo nunca había estado tan excitado. Jamás había tenido sexo en un lugar público, y mucho menos con otro hombre. El miedo de encontrarme tan expuesto me puso a mil, pero también contribuía a ello su soltura manejando un pene ajeno.
Su respiración entrecortada mostraba que ansiaba tanto como yo el inevitable desenlace. Aún puedo sentir sus largos dedos, adornados con aquellos anillos dorados, y cómo olía de su perfume. También recuerdo que mantenía la otra mano ocupada en su pene también erecto, sin prisa, como si se estuviera reservando. Se me escapó un pequeño jadeo y el hombre cambió de mano, aumentando el ritmo y acercando su rostro al mío.
No le avisé de que estaba a punto de correrme, pero, cuando ocurrió, fue él quien gimió. Bajó el ritmo lentamente, sin soltarme hasta que la flacidez fue más que evidente. Entonces llevó su mano mojada con mi esperma a su pene, para, ahora sí, empezar a masturbarse. Le di un tímido “gracias” y él respondió con un simple “um”. Mientras me limpiaba en el lavabo, él entró en uno de los cubículos.
Al pasar de camino a la salida pude oír los chasquidos rápidos de su paja. Mientras caminaba por el pasillo de vuelta al ascensor, fui consciente de que mis pasos quedaban amortiguados por la moqueta y comprendí el riesgo que habíamos corrido. No obstante, me sentía muy bien. Mejor que nunca.
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