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La primera vez de Alex, capítulo 2

Arbea Vatario Sexo Oral 4 min de lectura 567 lecturas 24 de septiembre de 2026
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ALEX GORDON La semana pasada Mark y yo fuimos de copas. No había ningún plan en marcha, solo salir a beber algo, bailar y desconectar de la rutina. La noche avanzaba entre tragos y risas cuando coincidimos con varias compañeras de la universidad que andaban por el mismo sitio. Nos sumamos al grupo, y entre la música alta y las rondas de alcohol, terminamos bebiendo y bailando todos juntos como en los viejos tiempos.

Hacia las tantas, cuando el cansancio empezó a asomar y una de ellas soltó que pensaba retirarse a descansar, lancé rápido el anzuelo. Sin pensarlo demasiado, me ofrecí cual caballero de brillante armadura a acompañarla a su casa. Ella me miró con una sonrisa cómplice y aceptó encantada. Salimos a la calle con el frescor de la madrugada pegándonos en la cara, dejando atrás el ruido sordo del local y el calor de la pista de baile.

No vivía demasiado lejos, así que decidimos ir andando. Dimos un paseo de lo más agradable, charlando de tonterías y rozándonos los hombros casi sin querer con cada paso. Al llegar al portal de su edificio comprobamos que la calle estaba completamente desierta; no se veía a nadie por los alrededores, ni un alma a lo lejos. Ese silencio repentino y la penumbra de la entrada crearon el escenario perfecto, así que me decidí a intentar algo.

La acerqué hacia mí, la besé y nos pusimos a morrear con ganas desde el primer segundo, porque ella colaboró con muchísimas ganas, respondiendo a cada movimiento con una intensidad que me encendió todavía más. Cuando nos separamos un momento para respirar un poco y recuperar el aliento, la miré con socarronería y le solté si no creía que el caballero valiente merecía una recompensa por haber acompañado a la dama a su castillo.

Ella soltó una risita cómplice y respondió sin cortarse un pelo que cualquier caballero con un culo tan atractivo como el mío merecía una recompensa a la altura de las circunstancias. La broma dio paso a la acción de inmediato. Me hizo pasar al interior del portal y se apresuró a apagar las luces automáticas para que no se nos viese desde la calle. En la oscuridad casi total, envueltos en el olor a edificio antiguo y con los nervios a flor de piel, nos morreamos otra vez con más fuerza.

Me acarició el culo por encima de la tela del pantalón y, viendo que aquello iba en serio, me metió las manos directamente por dentro para tocarme sin barreras. Me lo sobó con ganas, recorriendo cada rincón, incluido el canalillo, apretando con firmeza. En mitad de los besos, cortó el contacto un segundo para señalar con picardía que era mejor hacerlo sin obstáculos. Me desabrochó los pantalones con soltura y me los bajó despacio hasta los tobillos, llevándose también el slip en el mismo movimiento.

Mi enorme verga quedó al aire por completo, tiesa y enhiesta en la penumbra. La dejé totalmente alucinada; se quedó un instante mirando el volumen y la planta porque, según me admitió con la mirada, nunca había visto una tan grande en persona. Sin dejarme tiempo a mediar palabra, la empujé suavemente hacia abajo y se la metió en la boca de golpe. Tiene una boca grande y generosa, perfecta para que le entrase toda sin agobios ni estrecheces.

Se la follé con ganas, marcando el ritmo, mientras ella me sujetaba y me acariciaba las nalgas con las dos manos. No se limitó en absoluto a dejar que simplemente le follase la boca, sino que colaboró de forma muy activa, moviendo la cabeza con compás. Su larga lengua juguetona me proporcionó un placer tremendo que me recorría toda la espina dorsal. La penetré con más ganas aún, dejándome llevar por el momento, y acabé explotando con fuerza en su garganta tras la mejor mamada que me han hecho en la vida.

Se la tragó entera y sin problemas, tragando con ansias pese a la enorme cantidad de semen que salió disparada de mi polla. Nunca en toda mi vida me había corrido tanto ni con tanta intensidad. Lo mejor de todo es que mi verga no perdió ni un ápice de su erección tras el esfuerzo. Aún caliente y con la respiración acelerada, le pedí directamente si le apetecía probar el sexo anal.

Se mostró conforme, asintiendo con una mezcla de deseo y complicidad. Sin embargo, justo cuando íbamos a dar el siguiente paso, un ruido en la calle nos cortó el rollo de golpe. Tuvimos el tiempo justo, con el corazón en un puño, para subirme los pantalones, medio adecentarnos y darnos un beso rápido antes de despedirnos.

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