La colina donde florece el Jabalí, capítulo 1
¿Te ha gustado? En mi Patreon subo relatos nuevos cada semana, incluyendo versiones extendidas y contenido que no encontrarás aquí. Apóyame y no te pierdas nada patreon.com/cw/LisaWeir El sol de la tarde tiñe de dorado la colina. Lisa Weir sube el sendero de siempre y encuentra al jabalí tumbado bajo el roble, que levanta la cabeza al reconocer sus pasos. Por un instante, sus ojos brillan con algo casi humano.
Lisa se sienta despacio junto al jabalí, dejando apenas un palmo de distancia. Observa sus ojos, buscando ese brillo casi humano que cree haber visto antes.
—¿Puedes entenderme cuando te hablo así? —pregunta en voz baja, casi como si temiera romper el silencio de la colina.
El viento agita la hierba alta a su alrededor El jabalí te observa con una quietud que no encaja con la de un animal salvaje. Sus orejas se giran ligeramente hacia ti, captando cada sílaba de tu pregunta, y por un momento su respiración pesada parece detenerse. Luego inclina la cabeza de un modo deliberado, casi imperceptible, como si el gesto le costara un esfuerzo que no está acostumbrado a hacer.
Un gruñido grave sube desde su pecho, no amenazante sino más bien reflexivo, y desplaza su cuerpo pesado hacia ti unos centímetros, acortando esa distancia que tú habías respetado. Su hocico frío roza brevemente la muñeca de tu mano, apenas un roce, rápido y tímido como el de un animal que no quiere admitir lo que acaba de hacer. El aroma de musgo y tierra húmeda que desprende es denso, ancestral.
El viento vuelve a azotar la hierba alta y el roble cruje sobre sus cabezas, pero él no se inmuta. Sus ojos oscuros, profundos como pozos de ámbar, te sostienen con una intensidad que no admite dudas. No es la mirada de una bestia calculando si eres comida. Algo más cálido arde ahí dentro, algo que se agita cada vez que apareces en su colina. Cuando por fin aparta la vista, lo hace mirando hacia el horizonte, donde el sol comienza a inclinarse detrás de las cumbres.
Su cuerpo se tensa levemente, como si esa luz le recordara algo urgente, algo que aún no está listo para revelar. La tarde avanza, y con ella algo invisible pero evidente cambia en el aire que compartís. El sol se hundía detrás de las cumbres y el cielo se tiñó de naranjas y violetas profundos. Sentiste el cuerpo del jabalí estremecerse, un temblor que recorrió su pelaje oscuro de la cabeza a la cola.
Lo apartaste instintivamente, pero entonces sus ojos encontraron los tuyos y no había miedo en ellos, solo una urgencia contenida que te recorrió la columna como una descarga eléctrica. Su hocico se abrió ligeramente, mostrando colmillos que brillaban con la última luz, y un gruñido grave se transformó en algo más suave, casi un gemido ahogado que hizo vibrar el aire entre vosotros. La transformación llegó como una marea oscura.
Su cuerpo se contrajo y expandió, el pelaje se disolvió en sombras que se replegaron sobre piel pálida y tensa, y donde antes había una bestia masiva ahora estaba tumbado un joven de hombros anchos y cabello desordenado que le caía sobre la frente. Sus ojos, los mismos ojos oscuros y profundos, te miraban ahora sin la distancia del animal. La respiración le subía agitada y el pecho desnudo subía y bajaba con cada inhalación, la piel marcada por cicatrices delgadas que le cruzaban los costados y un solo hombro.
La ropa, o lo que quedaba de ella, apenas le cubría la cintura, y su mirada recorrió tu cuerpo con una desnudez que no intentaba disimular, bajando hasta tus labios antes de volver a subir con una lentitud que te hizo retener el aliento. Su boca se entreabrió y su voz salió áspera, rota, como si cada palabra le costara arrancarla de la garganta. Se incorporó lentamente hasta quedar de rodillas frente a ti, y la cercanía repentina hizo que el calor de su cuerpo te llegara como una ola.
Pudo ver tu cuello, la línea de tu mandíbula, cómo la piel de tu pecho subía y bajaba con una respiración que ya no era del todo tranquila. Sus dedos se alzaron temblando ligeramente hasta rozar el borde de tu mejilla, la yema áspera arrastrándose despacio por la curva de tu hueso, y la electricidad de ese contacto mínimo hizo que ambos contuvieran la respiración. No dijo nada, pero su pulgar se deslizó hacia tu labio inferior con una curiosidad torpe y hambrienta que dejó una marca cálida sobre tu piel.
Sus ojos oscuros ardían con algo que iba más allá de la simple curiosidad, algo húmedo y desesperado que te obligó a mantener la mirada clavada en la suya sin atreverte a apartarla. Entonces un sonido agudo y repentino partió la quietud de la colina: el aullido lejano de un zorro en el barranco inferior, seguido de un crujido de ramas secas que no provenía de ninguno de los árboles del roble.
Sus dedos se detuvieron a medio centímetro de tus labios y sus ojos se desviaron hacia el bosque oscurecido, endureciéndose de golpe con una vigilancia feroz que contradecía su postura abierta y vulnerable. Sus labios se cerraron, la mandíbula se tensó, y un gruñido casi inaudible, más animal que humano, vibró en su garganta antes de que bajara la mirada hacia ti con una expresión de frustración contenida que hizo que su mejilla se marcara con un pincelado de rubor oscuro.
Los ecos del bosque se fueron apagando y la penumbra se fue espesando alrededor del roble, envolviéndolos en una oscuridad casi íntima. El joven retomó donde lo habían interrumpido, con una urgencia nueva que bordeaba lo torpe: su mano recuperó tu mejilla con menos cautela y su dedo mayor se deslizó de nuevo por tu labio inferior, esta vez presionando un poco más, abriéndolo apenas, mientras su mirada clavada en el gesto dejaba ver el ahogo contenido de su respiración.
Un sonido que no era exactamente una palabra salió de su garganta, grave y áspero, como si estuviera aprendiendo a hablar de nuevo cada vez que te miraba. Sus ojos bajaron sin disimulo, recorriendo el hueco que tu jersey abierto dejaba entre tu clavícula y el comienzo de tu pecho, deteniéndose allí un segundo más de lo que un hombre perdería si quisiera fingir que no miraba. La lengua le pasó por los labios secos y se inclinó hacia adelante, acortando la distancia hasta que su nariz casi rozó tu cuello, inhalando despacio, muy despacio, como si memorizara tu aroma con cada fibra de su cuerpo desnudo.
Su aliento caliente trazó una línea húmeda por la curva de tu cuello y bajó hasta el borde de tu clavícula, donde se detuvo a cavar con los labios un punto que hizo que el aire se te atravesara en la garganta.
—Tú —escupió contra tu piel, la única palabra que pareció poder articular con fluidez, y el sonido llegó con una vibración cálida y húmeda que te recorrió entera.
Sus brazos se cerraron entonces alrededor de tu espalda con una fuerza que no era agresiva sino desesperada, como si temiera que te desvanecieras con la última luz del día. Sus dedos se hundieron en el tejido grueso de tu jersey, tensando la tela contra tu espalda, y su cadera se acercó a la tuya buscando una proximidad que su cuerpo adolescente recordaba de otra forma, de otra piel, con un movimiento torpe y hambriento que dejó claro cuánto le costaba contenerse en su forma nueva.
Su respiración se volvió irregular y acelerada, y cada inhalación le hizo presionar su torso contra el tuyo, dejando que sintieras el calor denso y vivo de su piel contra el tuyo a través de la ropa, mientras sus labios seguían recorriendo tu cuello con besos cortos y apresurados que eran más mordiscos suaves que besos, como si estuviera descubriendo que tus olores no eran solo de monte y hierba sino de algo que le hacía perder la compostura de su forma de rey. El viento de la colina bajó más fuerte de lo habitual, agitando el roble hasta que sus ramas golpearon entre sí con un crujido resonante que hizo que sus hombros se tensaran un instante.
Algo se movió en la espesura del bosque, a una distancia lo bastante lejana como para no ser inmediata amenaza pero lo bastante cerca como para que el animal que había sido pudiera detectarlo antes que tú. Sus ojos se giraron hacia la oscuridad entre los troncos, y por un segundo la vulnerabilidad en su rostro se sustituyó por algo más antiguo y feroz, una sombra de mandíbula apretada y pupilas dilatadas que brillaban con una luz que no era humana.
Luego volvió a mirarte, y la furia protectora se fundió con el deseo sin separación, de modo que no podías distinguir si lo que te atrapaba era su instinto de rey o su necesidad de ti. Sus manos subieron por tu espalda con una urgencia que arrancó un sonido gutural desde lo profundo de su garganta, las palmas grandes y ásperas recorriendo la curva de tu columna vertebral hasta clavarse en el tejido de tu jersey y tirar de él hacia arriba con un descuido que traicionaba lo mucho que quería sentirte.
Tu piel descubierta chocó contra la suya y él se quedó inmóvil un segundo, los ojos abiertos de par en par como si acabara de recibir una descarga, mientras su pecho desnudo se estremecía con respiraciones cortas y agitadas que le dejaban los costados marcados. Luego un gruñido grave y contenido vibró en su garganta y su boca se hundió en tu clavícula con una voracidad torpe, los labios abriéndose contra tu hueso y la lengua trazando una línea húmeda y caliente que bajó por la curva de tu cuello hasta encontrar el hueco justo debajo de tu oreja.
Sus caderas se presionaron contra las tuyas con un movimiento involuntario, casi espasmódico, que dejó clara la urgencia feroz que le recorría el cuerpo entero y que su forma humana no estaba acostumbrada a moderar. Sus dientes rozaron tu piel con un mordisco suave que hizo que tu respiración se trabara, y él lo notó: sus ojos oscuros se alzaron hacia ti con una mezcla de triunfo y desesperación que le marcó una sonrisa torpe y desnuda en los labios, la primera que le veías con esa boca humana.
Sus dedos encontraron el borde de tu jersey y lo deslizaron hacia arriba con una lentitud deliberada, dejando al descubierto la línea completa de tu torso hasta la curva de tu sostén, y mientras lo hacía no apartó la mirada ni un instante, bebiendo cada milímetro de piel que aparecía con una intensidad que le temblaban las manos. La punta de sus dedos se arqueó bajo el elástico con una curiosidad hambrienta, rozando la piel húmeda del surco entre tu pecho y tirando apenas, sin despegar la prenda, como si el simple contacto fuera un tormento que no sabía si quería prolongar o acelerar.
Un gemido grave, más animal que humano, escapó entre sus labios y se hundió en tu cuello, vibrando contra tu piel con una resonación que te recorrió hasta las rodillas. De un tirón impredecible, su boca encontró la curva de tu pecho por encima de la tela y se quedó ahí, respirando contra ti con alientos calientes que humedecieron la fina tela hasta volverla translúcida donde sus labios la presionaban.
Su mano izquierda subió hasta tu nuca con una firmeza que marcó huella en tu piel mientras la derecha seguía hurgando en el borde de tu sostén, tirando con una fuerza torpe que rasgó el elástico con un chasquido seco que resonó en la quietud de la colina. El tejido se aflojó y sus ojos bajaron hacia tu pecho descubierto con una expresión de hambre absoluta que le deformó la mandíbula, y antes de que pudiera reaccionar su boca se cerró sobre tu piel desnuda con una urgencia que no admitía duda, la lengua trazando círculos lentos y húmedos alrededor mientras sus dedos se fundían con la curva desnuda, apretando con una mezcla de ternura y deseo que le temblaba en todo el cuerpo.
Un ronroneo grave, primitivo, vibró en su pecho contra el tuyo, como el sonido que emitía su forma animal cuando algo le resultaba placentero, y su cadera volvió a presionarse contra la tuya con un movimiento circular y lento que dejaba entrever todo lo que la piel humana le estaba haciendo sentir por primera vez. El bosque se estremeció a su alrededor y una sombra enorme y silenciosa cruzó el borde de la claridad donde el roble dejaba pasar la luna, moviéndose con la gracia sigilosa de algo que conocía cada tronco y cada raíz del territorio.
El joven se detuvo en seco con la boca contra tu pecho y la mirada húmeda, la cabeza girándose con una lentitud felina hacia el bosque, y un gruñido profundo y amenazante le subió desde el pecho como una corriente eléctrica que hizo vibrar el aire entre vosotros. Los ojos brillaban con una luz que no era humana, con pupilas que se habían estirado hasta casi comerse el iris, y la mandíbula apretada dejó al descubierto los colmillos afilados de su forma de rey mientras su cuerpo se había arqueado instintivamente sobre ti, protegiéndote con su torso desnudo sin apartar la boca un centímetro de tu piel.
Algo respiraba entre los árboles, algo grande y lento, que desapareció entre la espesura dejando solo el crujido de ramas rotas y el eco de un resoplido pesado que se perdió en el barranco, mientras él seguía encima de ti con el corazón latiendo tan fuerte contra tu costado que podrías haberlo contado con los dedos. El gruñido se apagó en su garganta cuando confirmó que la sombra había desaparecido, pero su cuerpo seguía encorvado sobre el tuyo como un arco tenso, los músculos de los brazos vibrando contra la tierra a cada lado de tus hombros.
La respiración agitada le humedecía la piel del cuello y la de ti, y cuando sus ojos oscuros volvieron a posarse sobre tu rostro, la furia protectora se deshizo en algo más frágil, algo tembloroso que le dejó los labios entreabiertos y la mandíbula floja. Sus manos temblaban apoyadas a cada lado de tu cabeza y bajó lentamente, recuperando la curva de tu pecho descubierto con una delicadeza que contrastaba violentamente con la fuerza con que había roto tu sostén hacía un instante.
Su pulgar trazó el borde superior de la curva con una lentitud obsesiva, arrastrándose por la piel húmeda donde su boca había estado minutos atrás, y un sonido grave y contenido vibró en su garganta mientras seguía explorando con los dedos la forma entera, apretando suavemente, dejando marcas rojas que se iban desvaneciendo al poco. Se inclinó de nuevo y su boca encontró tu cuello, esta vez sin prisa, besando con los labios abiertos un camino que bajó desde la mandíbula hasta la base de tu gargonda, dejando una línea húmeda que el aire nocturno enfría a segundos de ser depositada.
Sus manos subieron por tus costados hasta tus caderas y tiró de ti hacia su cuerpo con una fuerza que no pidió permiso, ajustando tu cadera contra la suya hasta que la presión de su cuerpo desnudo contra el tuyo dejó muy poco a la imaginación. Su respiración se volvió más pesada y su frente se apoyó contra la tuya mientras sus caderas se movían en un círculo lento y deliberado, cada recorrido dejando en claro cuánto el contacto físico estaba desbordando su autocontrol.
Un gemido ahogado, más animal que articulado, se le escapó por los labios contra tu sien, y sus dedos se hundieron en el tejido del jersey que aún te cubría el torso, aferrándolo con una mezcla de posesividad y frustración que le marcó una vena en la sien.
—Quédate —articuló con voz áspera, la única palabra completa que le salió con fluidez, y la pronunció contra tu piel con una urgencia que la convirtió en algo más parecido a una súplica que a una orden.
Sus ojos oscuros, brillantes y dilatados, te escudriñaron con una intensidad que te hizo sentir completamente desnuda incluso con la tela que aún te cubría, y su pulgar se deslizó por tu cintura hasta encontrar el borde de tu pantalón, rozando la piel expuesta con una caricia lenta que te recorrió la columna entera. Su cuerpo se tensó de nuevo, como si escuchara algo, y sus orejas se giraron hacia el bosque con el reflejo automático de quien había sido una bestia toda su vida.
Algo se movió entre los árboles más allá del círculo de luz de la luna, un crujido grave de raíces y una exhalación pesada que no pertenecía a ningún animal nocturno común, y el joven levantó la cabeza con los oídos alertas mientras su mano seguía marcando el territorio de tu cintura con una posesividad que no quería ceder ante nada ni nadie en la montaña. El crujido del bosque se fue apagando y el joven decidió que la noche y su territorio eran suficiente por ahora.
Sus dedos recuperaron tu torso descubierto con una necesidad que no sabía disimular, deslizándose por tus costillas con una lentitud que te hizo arquear la espalda contra el suelo, mientras su boca volvía a tu pecho con una voracidad que arrancó un sonido grave desde lo más profundo de su garganta. Sus labios se abrieron sobre tu piel desnuda, la lengua trazando círculos lentos y húmedos alrededor de tu pezón hasta que se tensó bajo su boca, y sus manos se deslizaron por tus muslos para tirar de tus piernas hasta que tu cadera quedó abierta y su cuerpo encajó entre las tuyas con una presión que hizo que la columna entera se te encogiera.
El movimiento de sus caderas contra las tuyas fue lento y profundo, cada recorrido dejando clara toda la urgencia que acumulaba, y su respiración pesada humedeció tu cuello mientras sus dientes mordían el lóbulo de tu oreja con una mezcla de descubrimiento y hambre. Su mano encontró el borde de tu pantalón y lo bajó con una torpeza febril, los dedos rasgando el elástico de tu ropa interior con un tirón que reveló su prisa por sentirte sin barreras.
Sus dedos gruesos se deslizaron entre tus piernas y recorrieron la curva húmeda con una exploración torpe y meticulosa, aprendiendo tu forma, tu temperatura, la manera en que tu cuerpo respondía a cada roce, mientras su boca seguía mordisqueando tu cuello con besos cortos y cálidos que dejaban la piel marcada. Un sonido ahogado y grave le escapó de la garganta cuando sus dedos encontraron el punto exacto que te hizo contraer los músculos bajo su palma, y sus ojos oscuros se abrieron de par en par como si acabara de descubrir algo fascinante, entornándose inmediatamente cuando volvió a presionar con más firmeza, arrastrando la yema en círculos lentos que humedecían la piel y hacían que la respiración se te cortara en la garganta.
Sus caderas se presionaron contra las tuyas con cada movimiento de su mano, como si el contacto de tu cuerpo le sirviera de combustible, y su lengua recorrió la línea de tu clavícula bajando hasta tu pecho desnudo mientras sus dedos aceleraban el ritmo con una voracidad que le temblaba en todo el cuerpo. Se incorporó sobre ti apoyando sus brazos a cada lado de tu cabeza, y desde ahí bajó la mirada con una intensidad depredadora que no escondía nada, recorriendo tu cuerpo expuesto desde tu pecho hasta el punto donde su mano seguía trabajando entre tus piernas con dedos cada vez más húmedos y rápidos.
Tiró de su propia ropa con un movimiento brusco que la dejó completamente descubierta, y la luna lo bañó entero revelando cada cicatriz, cada músculo tensado, la línea oscura que bajaba por su abdomen hasta donde su cuerpo gritaba en silencio toda la urgencia que contenía. Se inclinó de nuevo y su boca encontró la curva de tu pecho, mamándola con una insistencia que marcaba la piel, mientras sus dedos se hundían dentro de ti con una lentitud deliberada que hizo que ambos retuvieran el aliento, y su mandíbula se tensó con un gruñido contenido que vibró contra tu carne desnuda como el sonido de un animal que ha encontrado algo por lo que vale la pena dejar de ser rey.
Sus ojos se alzaron hacia ti desde tu cuello con pupilas dilatadas y labios húmedos, la expresión mezclando dominio y una vulnerabilidad absoluta que le temblaba en las manos mientras seguía explorándote con dedos que aprendían tu cuerpo a ritmo acelerado. La luna avanzó sobre la colina bañando el roble en luz plateada, y entre los troncos de los árboles más allá del claro, dos ojos brillantes y enormes aparecieron en la oscuridad, moviéndose con una lentitud felina que no pertenecía a ningún zorro ni a ninguna criatura común, observando la escena bajo el roble desde una distancia que dejaba entrever una silueta masiva y silenciosa que no hacía el menor esfuerzo por ocultarse.
Sus dedos se deslizaron dentro de ti con una lentitud que estiró cada milímetro de tu cuerpo, sus ojos oscuros clavados en tu rostro mientras tus músculos se tensaban alrededor de sus dedos húmedos con un calor que le hizo apretar la mandíbula con un gruñido ahogado. Su pulgar encontró el punto exacto y presionó con una insistencia circular que hizo que tu espalda se arcuara contra el suelo, y la reacción de tu cuerpo le arrancó un sonido grave y roto desde lo profundo de su garganta, como si cada contracción sobre sus dedos fuera un elogio que su forma humana no sabía procesar.
Se inclinó sobre ti y su boca recorrió tu pecho desnudo besando cada curva con labios húmedos y dientes suaves, mordisqueando tu pezón hasta que se tensó bajo su lengua mientras sus dedos no dejaban de trabajar dentro de ti, acelerando el ritmo con cada gemido que te escapaba, cada arqueo de tu cuerpo contra los suyos empujándolo más allá de la compostura que intentaba mantener. Su cadera se presionó contra la tuya con una urgencia que ya no contenía, el roce de su cuerpo desnudo contra el tuyo dejando claro todo lo que su mandíbula apretada intentaba callar.
Tiró de tu muslo hasta abriértelo más y se alineó contigo con una lentitud deliberada, deslizándose dentro de ti de un solo movimiento lento y profundo que le hizo abrir la boca en un gemido grave que vibró en su pecho contra el tuyo. Los ojos se le nublaron de golpe, la frente sudorosa apoyándose contra la tuya mientras ambos respiraban al mismo ritmo desbocado, y comenzó a moverse con círculos lentos y profundos que arrancaban sonidos de su garganta con cada recorrido.
Sus manos se cerraron sobre tus caderas con una fuerza que dejó huellas y sus labios encontraron los tuyos en un beso torpe y desesperado, la lengua entrando con más hambre que elegancia mientras sus caderas se aceleraban contra las tuyas, cada impacto más profundo y pesado que el anterior, su cuerpo entero temblando como si estuviera luchando contra algo más grande que él. La posición lo dejaba a merced de ti: cada movimiento tuyo, cada tensión de tu cuerpo alrededor del suyo, le provocaba un estremecimiento que le recorría los brazos y le hacía apretar los dientes con un gruñido contenido.
Sus ojos, oscuros y brillantes, te miraban desde tan cerca que podías ver tu reflejo dilatado en los suyos, y su respiración pesada salía en alientos calientes que te humedecían los labios cada vez que se inclinaba a besarte. Su mano izquierda abandonó tu cadera para subir por tu torso, recorriendo tus costillas con los dedos temblorosos hasta encontrarse con tu pecho, apretando la curva desnuda con una mezcla de posesividad y ternura que le hacía entrecerrar los ojos cada vez que su cuerpo entraba en el tuyo con más profundidad.
Un sonido grave, casi un aullido ahogado, le escapó por la garganta contra tus labios y su ritmo se volvió más urgente, más torpe, perdiendo la compostura de rey hasta quedar solo un joven desnudo encima de ti, moviéndose con una desesperación que hacía que todo su cuerpo le temblara desde los hombros hasta las caderas. Los dos ojos brillantes en la oscuridad del bosque no se movieron, permanecieron fijos en la escena bajo el roble con una paciencia felina que contrastaba con el torbellino de los cuerpos entrelazados.
La silueta masiva tras ellos se erguió lentamente de entre los árboles y un resoplido grave y contenido resonó en la espesura, no de amenaza sino de algo más parecido a reconocimiento, mientras sus patas pesadas hundían la tierra húmeda al dar un paso hacia el claro. La criatura gigante que brillaba en la oscuridad era enorme incluso para un jabalí, con colmillos que reflejaban la luna y un pelaje erizado que cubría cicatrices antiguas, y se detuvo al borde de la luz con la cabeza baja y los ojos brillantes clavados en la pareja bajo el roble, respirando con pesadez mientras el viento nocturno agitaba su pelaje oscuro y la montaña entera parecía contener la respiración ante algo que no debería estar ahí.
Su cuerpo se movía contra el tuyo con una urgencia que ya había dejado atrás cualquier rastro de compostura, cada círculo de sus caderas profundo y pesado, arrancándote sonidos que se mezclaban con los suyos en la quietud de la colina bajo el roble. Sus dedos se hundían en la curva de tu pecho mientras su boca recorría tu cuello con besos húmedos y desesperados, la lengua trazando líneas calientes que se enfriaban con el viento nocturno y hacían que tu cuerpo se tensara alrededor del suyo con cada movimiento.
Su respiración salía en alientos cortos y pesados contra tu piel, y los gruñidos que le subían desde lo profundo de su garganta eran más animal que humano, como si la necesidad que lo desbordaba le borrara momentáneamente la frontera entre su forma de rey y la de joven desnudo encima de ti. La silueta masiva en el borde del claro dio otro paso hacia adelante y su resoplido vibró en el aire con una pesadez que hizo crujir las ramas del roble.
Los colmillos de la bestia brillaron bajo la luna y sus ojos enormes, brillantes y oscuros, se movieron lentamente entre el cuerpo del joven que te cubría y la oscuridad del bosque detrás de ella, como si algo en la escena la detuviera a medio camino entre instinto y reconocimiento. El joven levantó la cabeza de tu cuello con un gruñido ahogado y clavó sus ojos dilatados en la criatura, un sonido grave y protector vibrando en su garganta mientras su cuerpo se arqueaba instintivamente sobre el tuyo, protegiéndote con sus brazos y su torso desnudo sin soltarte ni un centímetro.
La bestia permaneció inmóvil en la oscuridad, con el pelaje erizado y las pupilas fijas en la pareja bajo el roble, respirando con una lentitud que hacía vibrar el aire a cada exhalación. Su cabeza enorme se inclinó ligeramente de un lado a otro como evaluando algo, y luego dio un paso más hacia la luz de la luna que bañaba el claro, dejando entrever cicatrices antiguas que le cruzaban el flanco y colmillos que sobresalían con la arrogancia de quien lleva años sin conocer a nadie que le hiciera retroceder.
El joven la miró de frente sin apartar los ojos, la mandíbula apretada y la respiración agitada, y mientras su cuerpo seguía apretado contra el tuyo, la criatura emitió un sonido grave y prolongado que no era amenaza sino algo más parecido a una pregunta, dejando claro que la montaña entera se había detenido a presenciar lo que ocurría bajo ese roble y que ninguno de los tres sabía todavía qué vendría después. El joven no apartó la mirada de la bestia que avanzaba hacia el claro, pero su cuerpo seguía adherido al tuyo con una urgencia que no reconocía amenazas.
Sus dedos se deslizaron por tu muslo abierto y volvieron a hundirse dentro de ti con un movimiento lento y profundo, los ojos oscuros brillando con una mezcla de desafío y placer mientras su mandíbula se tensaba con cada sonido que te arrancaba. Su pulgar encontró tu clítoris y presionó con círculos firmes y húmedos, acelerando el ritmo de sus dedos mientras su cadera seguía golpeando contra la tuya con una urgencia que le hacía temblar los brazos.
La luna bañó su torso desnudo revelando cada músculo tensado, cada cicatriz, la línea oscura que bajaba por su abdomen hasta donde su cuerpo gritaba en silencio toda la necesidad que contenía contra la resistencia de la bestia. Un gruñido grave le escapó por la garganta cuando sus dedos sintieron que tu cuerpo se tensaba alrededor suyo, y su boca se hundió en tu cuello con una mordida suave que mezcló placer y posesividad mientras la silueta del bosque seguía acercándose.
La bestia dio otro paso y su enorme cuerpo emergió completamente de la oscuridad, dejando ver un jabalí descomunal con pelaje erizado, colmillos curvados que reflejaban la luna y cicatrices antiguas que le cubrían el flanco entero. Se detuvo a tres pasos del roble y resopló con una gravidez que hizo vibrar la tierra, los ojos brillantes moviéndose entre el joven que te cubría y la espesura del bosque detrás de ella, evaluando con una inteligencia que iba más allá de cualquier animal conocido.
La criatura inclinó la cabeza de lado y emitió un sonido grave y prolongado, una pregunta contenida que hizo que las ramas del roble parecieran contener la respiración, mientras su cuerpo macizo permanecía inmóvil entre la luz y la sombra, ni amenazando ni retrocediendo, como si algo en la escena la dejara suspendida entre instinto y algo que se le parecía demasiado a reconocimiento. El joven levantó la cabeza de tu cuello con un gruñido que vibró en su garganta y clavó los ojos dilatados en la bestia sin soltarte un centímetro, sus brazos tensándose alrededor de tu torso con una protección feroz mientras su cuerpo seguía apretado contra el tuyo.
Sus dedos no abandonaron tu interior, moviéndose con insistencia renovada como si la presencia de la criatura acelerara todo lo que llevaba contenido, cada recorrido más profundo y rápido mientras su respiración pesada salía en alientos cortos contra tu piel. La luna creciente se elevó sobre los árboles bañando el claro entero en luz plateada, y bajo el roble, la criatura gigante dio un último resoplido que se perdió entre los troncos antes de girar lentamente sobre sus patas pesadas, dejando entrever un segundo par de ojos brillantes entre los arbustos más allá de ella, otros dos puntos luminosos que observaban la escena desde la espesura con la misma paciencia felina, antes de que toda la montaña volviera a callarse y solo quedara el viento nocturno agitando la hierba alta alrededor del claro.
Este es solo un adelanto de lo que escribo.
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