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Hogwarts después de la Guerra, capítulo 4: Té y sexo

Sonador81 Hetero: General 17 min de lectura 849 lecturas 24 de septiembre de 2026
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DISCLAIMER: La serie entera se encuadraría como bisexual, pero cambiaré la categoría según el capítulo. Que lo disfrutéis :)Capítulo 4 — Té Harry se vistió sin encender la lámpara. Ron dormía boca abajo, un brazo en el hueco donde él había estado, la boca abierta contra la almohada. Cruzó hasta el lavabo pisando donde el suelo no sonaba. El cepillo de Ron seguía junto al suyo. Harry fue a trabajar por primera vez con sensación de plenitud y felicidad.

No era la euforia nerviosa del primer día ni el alivio de haber sobrevivido a algo: era otra cosa, más quieta, más profunda. Caminaba por los pasillos de la Torre Sur con la túnica bien puesta y el pelo aún húmedo del lavabo, y por dentro llevaba un calor que no tenía nada que ver con el septiembre del castillo. Las clases pasaron con una ligereza que le sorprendió. Los alumnos seguían siendo alumnos —inquietos, ruidosos, a veces insolentes—, pero Harry ya no caminaba entre ellos como un forastero con cicatriz.

Algo en su pecho se había asentado. Cuando terminó una de sus clases, fue a una pequeña cafetería improvisada para los no alumnos: un rincón del ala oeste reconvertido en mesas bajas, tazas que se rellenaban solas y el olor a té y pan tostado que se filtraba entre las piedras. Allí se encontró a Hermione. Estaba sentada junto a una ventana estrecha, con una carpeta abierta y el ceño ligeramente fruncido, como si el té y el trabajo pudieran coexistir en el mismo gesto.

Al verlo, la cara se le abrió. Harry se acercó, y se sentaron en un rincón a hablar, lejos del murmullo de un par de profesores y de una bruja del Ministerio que leía el Profeta con expresión ofendida. Harry se dejó caer en la silla... y no pudo evitarlo: al apoyar el peso, una punzada familiar le cruzó el cuerpo. Hermione no pudo ignorar que Harry hizo un gesto de molestia al sentarse.

Hermione se le quedó mirando, sosteniendo su taza de té con ambas manos, sin decir nada. Los ojos marrones fijos, la boca quieta, esa forma suya de esperar a que la verdad se cansara de esconderse.

—¿Qué? —dijo Harry.

—Lo habéis hecho —dijo ella pendiente de su reacción.

Harry no pudo negarlo pero tampoco quiso confirmarlo. El calor le subió al cuello. Apartó la mirada un segundo, hacia la ventana, hacia cualquier sitio que no fueran aquellos ojos que lo habían leído desde los once años.

—¡Lo habéis hecho! —dijo Hermione, fascinada—. Vas a contarme cada detalle.

—Ron se quedó.

Trajo el cepillo. Esta madrugada me desperté y ya estaba contra mí. Y yo seguí. ¿Contenta? Hermione no lo interrumpió. Bebía a sorbos pequeños y apretaba un poco más la taza, como si el calor del barro le ayudara a no sonreír demasiado pronto. Le tembló apenas una ceja. Cruzó una pierna sobre la otra, despacio.

—Hasta el final.

Harry no contestó.

—Maldita sea, si no estuviera tan liada, Harry, te arrastraría al baño ahora mismo —dijo ella cerrando las piernas intensamente—. Odio habérmelo perdido.

—Surgió así.

Hermione bajó la voz y tapó el membrete con la mano. La bruja del Ministerio pasaba una hoja del Profeta.

—Hay una norma de después de la guerra —dijo—. Si un hipogrifo vive junto a un colegio, hay que registrarlo.

La dueña firma, y el animal acaba atado o se lo llevan a una reserva.

—¿Ha hecho algo?

—Nada.

Come, vuela y se inclina cuando le parece. El prado linda con el terreno del colegio, y ahora ese prado cuenta. Si no firma ella, el papel lo firmo yo. Y eso es peor. Dejó la mano un momento sobre la hoja. Luego apartó el asunto, como quien cierra un cajón.

—Yo sé cómo surgirá la próxima vez.

Por cierto, me he enterado de quién va a ser el nuevo profesor de Herbología. Harry parpadeó. El nombre se le formó en la cabeza como una posibilidad que no se había atrevido a desear en voz alta.

—¡No!

¿En serio?

—Sí —dijo ella bebiendo de su té con una sonrisa—. Neville Longbottom.

—¡Nev vuelve a Hogwarts! —exclamó Harry.

La palabra le salió más alta de lo que pretendía. Una de las mesas cercanas levantó la vista. Harry bajó la voz de inmediato, pero la sonrisa no se le fue de la cara. Cada viejo rostro amigo hacía del nuevo Hogwarts algo más cercano al hogar que fue. Neville en los invernaderos, con las manos en la tierra, con esa paciencia suya que siempre había sido más fuerte de lo que el mundo le reconocía... sí.

Eso encajaba y sanaba un poco más el mapa.

—Estamos en esa edad en la que, al igual que nosotros, nuestros compis de promoción que se quieran dedicar a eso, escogen Hogwarts como destino —dijo ella—. Sospecho que veremos más caras conocidas.

Harry chocó su taza con la de Hermione. El barro sonó corto y seco, una celebración mínima entre dos supervivientes con horario laboral.

—Todavía estoy procesando que Ron te haya dado por culo —dijo ella, cruda, riendo y negando con la cabeza.

—Ron ha sido un porculero toda su vida.

Ambos rieron discretamente, mirando a su alrededor. Nadie prestaba atención a dos adultos riendo en un rincón. Por una vez, eso estaba bien.

—¿Y entonces... qué tal? —dijo ella.

Harry se encogió de hombros.

—Al principio un poco raro.

Incómodo, incluso. Luego, mejor de lo que pensaba. Y al mismo tiempo, sé que mejoraría mucho más con la práctica.

—Ya verás que sí.

¿Y Ron también...?

—Él solo hizo de activo.

Pero no se va a escapar, ya te lo digo yo.

—Y yo lo veré —dijo Hermione levantando una ceja con mueca traviesa.

Miró el reloj y cerró la carpeta.

—Ven al prado.

No pienso escribir el informe hasta que hayas visto al animal. Dejaron las tazas en la mesa. Ella se llevó la carpeta contra el pecho y Harry la siguió. El camino bajaba por detrás de los invernaderos. Fuera, el aire era más fresco que en el ala oeste. A Harry el ardor del amanecer se le quedó en el cuerpo, callado, mientras andaban. Hermione no sacó la varita. La llevaba en la manga.

El prado lindaba con el terreno del colegio. Lo cerraba una valla baja, de esas que un hipogrifo salta si le da la gana. La dueña esperaba en la cancela, la capa bien cerrada, las manos en el poste. No saludó. Detrás de ella, el animal escarbaba. Al ver la túnica de Hermione alzó la cabeza y la miró fijo, sin apartar el ojo.

—No pienso firmar —dijo la mujer.

—Ya lo sé —dijo Hermione—. Aun así tengo que leérselo.

Apoyó la carpeta en el poste y leyó el formulario sin adornarlo: el registro, el animal atado, y la reserva si el colegio lo pedía. No alzó la voz, ni tampoco la suavizó. Harry se quedó un paso por detrás, sin acercarse. El hipogrifo no lo miró. Cuando Hermione terminó, sostuvo la mirada del animal y se inclinó. El hipogrifo no le devolvió la reverencia. Dobló las patas delanteras delante de la dueña, despacio, y allí se quedó.

Al papel no lo miró. Hermione se incorporó con la pluma ya en la mano. Podía escribir el nombre de la mujer y dar el expediente por cerrado esa misma tarde. La dueña lo sabía. Se le habían puesto blancos los nudillos en el poste. En el margen, con letra menuda, escribió «pendiente». Cerró la carpeta.

—Hoy no firmo yo —dijo—. Y sin mi firma, hoy no se lo llevan.

La dueña soltó el poste. No dio las gracias. El hipogrifo siguió inclinado ante ella. Volvieron cuesta arriba sin hablar. Se oía el viento en la hierba y, más atrás, un ala que se acomodaba. En el ala oeste, la bruja del Ministerio ya no estaba. El Profeta había quedado abierto, y las tazas seguían en la mesa, llenas, porque se llenaban solas. Hermione se sentó con la carpeta en el regazo.

—¿Y si te vienes esta noche, después de las clases? —dijo Harry—. Y vemos qué sucede.

—Imposible —lamentó—. Tengo que escribirle al Ministerio por qué no la obligué a firmar.

Si lo dejo para mañana, el expediente lo cierra otro, y ese otro sí la obligará. Otro día, Harry.

—Una pena —dijo Harry con una sonrisa maliciosa—. Me acordé de que te encantaba el doble juego con tus juguetes.

Esta noche hubieras tenido dos juguetes… de carne y hueso. Hermione le miró apretando una sonrisa con los ojos entrecerrados. El té humedecía aún el borde de la taza. Un rizo le caía sobre la sien, y Harry pensó, no por primera vez, que aquella mujer podía destrozarlo con una sola frase y luego recomponerlo con la siguiente.

—Tú también eres malo, Harry Potter —dijo ella como se suelta un cumplido.

—Aprendí de la mejor —dijo él guiñándole un ojo.

—Y sigo siendo la mejor —dijo ella, dejando el té sobre la mesa.

Comprobó la hora en el reloj de pared, y pareció tomar una decisión. Miró a Harry más erguida y seria, con un solo atisbo de sonrisa en la comisura de su labio—. Voy a ir a los servicios, señor Potter —añadió, exagerando el tono de profesora—. Le quiero allí en tres minutos. Harry tragó saliva viéndola alejarse entre las mesas, la carpeta bajo el brazo y el paso de quien ya ha decidido lo que viene.

Contó los segundos uno a uno. Entre las piernas, la presión se volvió una presencia impertinente y caliente, e intentó atajarla con la cabeza: un horario, un pasillo, el nombre de un alumno. La cabeza le devolvió la curva de la boca de Hermione al decir señor Potter. Cuando el murmullo del ala oeste volvió a ser solo té y páginas, y le pareció que ya nadie iba a fijarse en un profesor que se levanta, salió.

Cruzó hasta el cuarto de baño del personal con las manos demasiado conscientes de sí mismas. En la bifurcación, el de mujeres quedaba en silencio. Del de hombres llegó un siseo breve.

—Aquí —escuchó susurrar a Hermione.

Qué lista. Entre el profesorado y los destinos del Ministerio había menos hombres, y a media tarde el cuarto de baño de ellos quedaba todavía más vacío. Un refugio elegido con la misma precisión con la que ella cerraba una carpeta. Empujó la puerta. Le salió al encuentro el olor a jabón y a piedra húmeda. En algún sitio goteaba un grifo, paciente, y la luz, alta y escasa, dejaba los cubículos en penumbra.

Hermione sostenía abierta la puerta de uno. La sonrisa era de malicia pura, más intimidante ahora —adulta, segura— que cualquiera de las que recordaba de cuando eran alumnos. Harry entró. Ella ya se había desnudado. La ropa colgaba de la percha: túnica, blusa, la ropa interior doblada encima con un orden que desmentía la prisa. A un palmo, desnuda, olía todavía a té y a piel calentada por el camino.

Harry cerró el pestillo, y el clic resonó en la porcelana. Hermione lo empujó con suavidad contra la puerta y pegó el cuerpo al suyo: los pechos contra la camisa, el vientre desnudo buscándole a través de la ropa, los muslos alineados con los de él. Tela y piel. Él vestido, ella no. Se le secó la boca. Hermione lo miró a los ojos, todo lo cerca que podían estar.

Esta vez sonreía sin malicia, como si fueran dos estudiantes de un último curso imaginario, uno en el que nunca hubiera existido el Señor Tenebroso y el único examen pendiente fuera aprenderse la cara del otro.

—Creo que ya te dije que tienes unos ojos preciosos —dijo ella, sinceramente perdida en ellos.

—Los tuyos también los son.

Hermione empezó besándolo suavemente, a lo que él correspondió al momento. Primero los labios, lentos, reconociéndose: el sabor del té, el borde húmedo, la respiración de ella entrando en la suya. Luego la lengua, sin prisa y sin brusquedad. Se demoró en el interior del labio y en el hueco bajo la lengua. Harry le apoyó las manos en la cintura, y el calor de la piel le subió por las palmas y se le instaló en el pecho.

—Tendrás una novia afortunada —dijo Hermione al separarse de su amigo—. Y no lo digo para animarte.

Besas con una atención que no te había visto usar en nada que no fuera un hechizo. El aliento le quedó en los labios, tibio, todavía dulce. Harry sonrió, y con un movimiento rápido cambió el sitio de los dos. La espalda de Hermione quedó pegada a la puerta. El frío de la madera le arrancó un estremecimiento que él sintió en los pezones, duros contra su camisa. Harry le ocupó la boca mientras las manos de ella lo desvestían y le aflojaban el pantalón, que cedió y le cayó a las rodillas con el peso de la tela.

El aire del cuarto de baño le golpeó el miembro, ya tieso, y un hilo de líquido preseminal se le enfrió en el glande un instante antes de que el vientre de Hermione volviera a cerrarle el paso. La boca dejó la mejilla. Sal, el perfume leve del pelo. En el cuello el pulso le golpeó la lengua y se le olvidó seguir: las manos ya estaban en los pechos, sosteniéndolos, y el peso le llenó las palmas de una forma que no coincidía con lo imaginado.

Los pezones se le pusieron duros contra los pulgares. Harry no se movió. El suspiro de Hermione le rozó la sien, largo, con la cara vuelta y los ojos cerrados. El esternón le supo a la misma sal. Más abajo, el abdomen dio un sobresalto bajo la boca y Harry tuvo que agarrarse a las caderas. Arrodillarse en la piedra le cortó el calor de golpe; la tela del pantalón no amortiguaba nada.

A esa altura ya no olía a té. Acercó la boca a su sexo. Quiso ir despacio y la lengua se le adelantó. Resbaló, rectificó, y al insistir los labios internos se le pegaron, calientes, difíciles de separar. El sabor le ocupó la boca entera antes de que pudiera distinguirlo. Solo entonces dio con el clítoris, hinchado, y lo notó con la lengua antes de ver cómo acomodarse. Lo succionó.

Cerró los labios alrededor. La cadera de Hermione contestó sin avisar. Hermione se mordió la muñeca de una mano para no gritar, mientras su otra mano le apretaba la cabeza contra la entrepierna. Los dedos se le hundieron en el pelo y lo retuvieron ahí. Harry le subió las palmas por detrás de los muslos —el músculo temblaba, fino— hasta cerrarlas en las nalgas. La atrajo hacia sí y las apretó con cuidado, separándola apenas, lo justo para llegar más hondo: el borde de la entrada, que se contraía al roce, y otra vez el clítoris, ya sin tregua.

El sonido era húmedo, contenido por las paredes y obsceno de tan cerca. Ella movió la cadera en un círculo mínimo, frotándose contra su boca y mojándole toda la barbilla. La respiración de Hermione se agitó cada vez más, y sus dedos fueron crispándose en su cuero cabelludo, hasta que la respiración de ella quebró. Harry tuvo que aguantar la suya, porque ella le aplastó la cara contra el sexo, la muñeca hundida entre los dientes, y ahogó un gemido largo mientras la lengua le seguía castigando el clítoris.

El temblor le nació en los muslos y le subió al vientre. La humedad aumentó de golpe, espesa, y le resbaló hasta el cuello, mientras ella se estremecía. Cuando consideró que seguir sería demasiado —el orgasmo ya la atravesaba, y las rodillas no iban a sostenerla—, remontó con la boca el mismo camino: el abdomen, el valle entre los pechos, la garganta donde el pulso seguía disparado. Las manos la sostenían por la cintura y por una nalga.

Aquello todavía le recorría el cuerpo en sacudidas cortas, y cada una le apretaba los dedos en la carne.

—Por Merlín, Harry —dijo Hermione aún con los ojos cerrados—, ahora entiendo a Ron.

Me quedé corto sobre tu boca. Él apoyó la frente en el hombro de ella, recuperando el aire que le había faltado.

—Acabo de cumplir uno de mis sueños de estudiante —dijo Harry con una sonrisa ebria y brillante por los fluidos de Hermione.

—Y a mí aún me queda media hora para cumplir uno de los míos —dijo ella.

Hermione agarró a Harry por los hombros con firmeza, lo hizo retroceder —el pantalón le trababa las rodillas— y lo sentó en el retrete. La porcelana estaba fría. El contacto le devolvió el ardor del amanecer, nítido, y ese ardor se sumó a la excitación. Su miembro se balanceaba erguido, inflamado, oscuro en la punta, y el líquido preseminal le goteaba en un hilo lento hasta el pubis. Su amiga le sostuvo la mirada y se sentó sobre él con lentitud.

Harry vio el glande separar los labios hinchados, brillantes de su propia boca, y sintió la entrada recibirlo: caliente, ceñida, resbaladiza hasta el exceso y, aun así, estrecha de una forma que les vació los pulmones a los dos. Centímetro a centímetro, Hermione bajó. Soltaron el aire al mismo tiempo, un solo suspiro, hasta que estuvo completamente sentada, ensartada, las nalgas contra sus muslos. Hacía mucho que Harry no sentía el abrazo de una mujer alrededor de su miembro.

A pesar de todo aquel flujo, Hermione lo envolvía y lo presionaba con una fuerza viva que no se parecía a ningún recuerdo: las paredes le latían, lo medían, se cerraban en la base. Por instinto, Harry levantó la cadera unos centímetros, y el glande se le hundió más. Hermione apretó hacia abajo otro tanto y balanceó la suya, un roce corto que le puso el clítoris —todavía sensible— contra el pubis de él.

La mano derecha de Harry le apretó el culo, blando y firme a la vez. La izquierda le recorrió el costado y la espalda: la columna, el omóplato, el sudor fino que ya le nacía en la cintura. La mirada fue subiendo con las manos. Se detuvo en cada tramo y en cada forma —el vientre contrayéndose al respirar, los pechos acompañando el balanceo, la boca entreabierta— hasta llegar a los ojos de ella.

—Eres…

—Harry negó con la cabeza, sin aire ni palabras.

Hermione agradeció el piropo no dicho con una sonrisa que le llegó a los ojos, y empezó a mover la cadera de atrás hacia adelante. Cada ida lo dejaba casi en la punta, cada vuelta se lo tragaba hasta el fondo, y el choque de los dos cuerpos era un golpe sordo, mojado, que intentaban no dejar crecer. Ella ahogó los gemidos en la boca de él, y Harry se encontró allí con el sabor de su sexo, todavía húmedo, ya sin rastro de la taza.

Una mano de Hermione se le hundió tras la cabeza y lo atrajo hacia sí. La otra le amasaba el pecho, el pulgar en el pezón a través de la camisa abierta. La rodilla de Hermione topó con el tabique y el vaivén largo dejó de caber. Siguió en golpes cortos y hondos, el clítoris pegado al pubis de él. Ya no le ahogaba el gemido en la boca, sino que se le escapaba, roto, contra los dientes.

Harry sintió el sexo cerrarse de pronto, fuerte, y otra vez, y otra. No pudo con el asalto a todos sus sentidos a la vez.

—Hermione, me voy a…

—Quédate dentro —dijo ella, contra su boca—. Tomo precauciones.

Aquellas palabras rompieron la presa. Harry se vino a borbotones dentro de Hermione. Cada chorro llegó con un caderazo fuerte y hondo. Los gemidos de los dos se confundieron. Sintió cómo lo recibía: las paredes cerrándose aún más con cada descarga, el calor mezclándose, un hilo creciente que desbordaba por donde estaban unidos y le resbalaba por el escroto. Siguió embistiendo mientras se vaciaba, hasta que los chorros se volvieron latidos y los latidos, quietud.

Temblaron uno contra el otro. Un rizo se le había pegado a la sien. Hermione le buscó la boca, los besos cortos de quien vuelve, y con unos instantes de miradas tuvieron conversaciones enteras. Todo bien. El castillo podía seguir al otro lado de la puerta. Una puerta lejana se cerró, y Hermione se sobresaltó.

—¡La carpeta! —dijo, y le dio un beso rápido—. Tengo que escribir por qué no la obligué.

Hoy no será, pero descuida, tendremos esa noche en tu dormitorio. Se levantó. El semen le resbaló por el muslo. Lo limpió con papel, deprisa, y se vistió en el orden en que había colgado la ropa. Harry seguía con el pantalón en las rodillas, contemplando su belleza aún un poco embobado. Salió primera. Harry esperó a que el pasillo se callara, se subió el pantalón y volvió al ala oeste.

La taza de Hermione seguía junto a la ventana. La carpeta, no.

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