Enzo y tres viejos putos
El parpadeo de las luces del tablero del coche de marca recortaba la silueta de Rebeca mientras avanzaba por la rambla de Montevideo bajo la sudestada de agosto. En el asiento del acompañante, Cristina sostenía con sus dedos amarillentos por la nicotina un fardo grueso de billetes nuevos de cien dólares, termosellados con el sello del banco Santander. Eran diez mil dólares limpios, una suma muy elevada cobrada por adelantado en el subsuelo de la importadora de la calle Piedras.
El negocio, diagramado por la fría mente contable de la secretaria y los contactos de alta gama de Rebeca, había encontrado su cliente perfecto: tres homosexuales maduros de la colectividad, hombres de casi setenta años, socios de bufetes corporativos y financistas de Pocitos, que pagaban fortunas en el mercado clandestino por un peón rural dócil, limpio y de lomo duro que no hiciera preguntas. Enzo iba en el asiento trasero, inmóvil, con los ojos claros fijos en el asfalto húmedo y la mandíbula completamente endurecida por los químicos y la paranoia de la gran ciudad.
Su soberbia rústica de peón de campo, aquella que había arrastrado con impunidad por las sábanas de lino de la Parada 11, se había congelado ante el olor de la transacción. Esta vez no venía a ser el semental de las matronas; venía a ocupar el lugar exacto del descarte, el rol netamente pasivo de un objeto de canje cuyo lomo pertenecía temporalmente a la chequera de los señores de la costa.
El búnker era un piso alto frente a la Plaza Gomensoro, un apartamento de techos elevados que olía a madera de cedro, tabaco premium y al amoníaco con el que los dueños intentaban tapar el tufo a encierro de los cuartos vacíos. Los tres veteranos esperaban de pie, vestidos con batas de seda oscura y sosteniendo vasos de whisky escocés de malta pura con una parsimonia aristocrática. No hubo saludos civiles.
Rebeca dejó caer la llave de bronce sobre la mesa de arrimo con un golpe metálico que sonó a inventario aduanero, mientras Cristina se acomodaba los lentes de armazón grueso en el rincón del living, encendiendo un Nevada para oficiar de tasadora clínica del matadero biológico que estaba por ejecutarse.
—Ahí lo tienen, nenes…
Carne limpia de Tacuarembó —siseó Rebeca con una sonrisa afilada, guardándose el fajo del Santander en la cartera de marca—. Miren qué hombros tiene... Gánense cada dólar que nos costó traerlo del interior.La sumisión de Enzo comenzó sin rodeos refinados en el colchón del dormitorio principal. Los tres homosexuales maduros se le fueron encima con la frialdad de los que ejecutan un contrato de fusión empresarial, despojándolo de la campera inflable y del vaquero gastado de un tirón seco.
El pibe del campo se quedó boca abajo, completamente de rodillas y con el culo apuntando hacia arriba sobre el colchón hundido, con la abundante musculatura de sus lomos tensada por el nervio y el sudor frío que empezaba a brotarle. Las manazas de los veteranos, pulcras y enjoyadas con anillos de sello, lo laquearon de caderas con la fuerza de una prensa, obligándolo a morder la almohada húmeda mientras le abrían el ano con una brutalidad mecánica, uno de ellos le chupó el culo con su espesa lengua para lubricar la entrada del culo del chico La penetración anal múltiple fue un golpe seco, despiadado y desalmado.
Enzo recibió el impacto profundo y sucesivo de las pijas duras y venosas de los viejos, que se turnaban para romperle el culo sin la menor delicadeza. Sentía cómo el orgullo del peón de campo quedaba destrozado, desgarrado por la carne vieja que se abría paso entre los elásticos de la cama que chillaban contra el piso de parqué plastificado. Un quejido de dolor y humillación pura se le ahogó en la garganta en cada embestida, asumiendo su rol pasivo con una docilidad zoológica dictada por el peso muerto de los billetes que reposaban en el living.
Desde la puerta, Rebeca y Cristina se desternillaban de risa en la penumbra, relamiéndose los labios delgados de puro morbo, celebrando la degradación total de esa juventud rural que ahora servía de trapo de limpiar bujías para la resaca fina de la Ciudad Vieja.El remate final se precipitó cuando los tres veteranos alcanzaron la inminencia del clímax. Con un tirón bruto del pelo corto, obligaron a Enzo a ponerse de rodillas en el flexiplast frío, con la cabeza hacia atrás, rodeado por las batas de seda que se abrían en la penumbra.
El estallido fue un banquete espeso de fluidos: los tres maduros cada uno a su tiempo eyacularon directamente la cara de Enzo desdelas mejillas, la frente, los párpados y la boca abierta, dejándole la jeta pegoteada de esperma denso mezclado con el sudor agrio de la jornada. Inmediatamente después, arrastrados por un desvío libidinal que no conocía frenos morales, los viejos abrieron los esfínteres y liberaron una marea caliente de meadas; un chorro de orina ácida y espumosa que inundó los ojos enrojecidos, los labios y el cuello de Enzo, escurriéndosele en una cascada hirviente por el pecho fibroso hasta alcanzar el piso manchado.
Enzo quebró por completo. El pibe empezó a llorar en silencio, con las lágrimas calientes mezclándose con el semen, la meada y la roña del parqué, con el cuerpo temblando por el colapso de su masculinidad rural, reducido a un desecho biológico de la gran ciudad. Al ver las lágrimas y la humillación total del muchacho, la lascivia de las dos matronas estalló. Rebeca y Cristina comenzaron a desvestirse con frenesí, arrojando el tapado de piel sintética, la falda sastre y las túnicas al piso de madera, exponiendo sus cincuenta y siete años y la abundancia de su carne madura y canosa bajo la luz dicroica.
Completamente desnudas, chorreando su propia lubricación de voyeurs psicopáticas, las dos viejas se incorporaron de cabeza a la orgía, arrodillándose en el fango junto a Enzo y los tres homosexuales maduros. Rebeca se pegó a la espalda del pibe lloroso, obligándolo a tragar los fluidos de su entrepierna, mientras Cristina agarraba una de las pijas goteantes de los veteranos, metiéndosela en la boca con su respiración asmática, uniendo a los cinco cuerpos en una marea espesa de semen, orina caca y sudor.
La alta burguesía y las clases parasitarias de esta ciudad sufren de una impotencia moral espantosa, una castración civil tan profunda que necesitan licuar sus imperios financieros y arrodillar la juventud limpia del campo bajo la supuración múltiple de la carne vieja para sentir que están vivas. Se desternillaban de risa en la cama deshecha, completamente borrachos y duros por la cocaína, saboreando el amargor del whisky mezclado con el hedor espeso de la sodomía y la humillación, consagrados para siempre en la porquería sagrada de Montevideo.
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