El pequeño Nicolás ha cumplido seis años hace pocas semanas.
Vive con su abuela en el barrio alto de la ciudad, al que a veces no llega ni
el agua y en el que a menudo faltan muchas otras cosas. Forman una pareja extrema.
Ella, la abuela Pilar, debió de nacer con el carácter avinagrado
o se volvió así a base de ser siempre zarandeada por la vida. Quién
sabe. Tampoco le ayuda nada su indumentaria, siempre de color negro, ni ese moño
tirante colocado en lo alto de la coronilla como una provocación. ¿Lo
hará para parecer más alta?
Nicolás, en cambio, es alegre y risueño, un poco pequeño
para su edad, eso sí. Quizá si su dieta fuese más variada...
Tiene la mirada limpia y unas enormes ganas de vivir, de disfrutar de lo poco
que se le ofrece.
¡Que cómo se entienden? Ahí está el quid. Se llama
Pinto y funciona, sin él pretenderlo, como un árbitro entre dos
polos opuestos. Es un perro callejero, sin raza, con poca prestancia y temperamento
triste. A Pinto lo encontró la abuela Pilar junto al contenedor de las
basuras, como un desecho más, apaleado y lacerado, a punto de estirar
la pata. Se apiadó de él a su manera y se lo llevó a casa.
Sólo hasta que se curara. Pero se ha quedado para siempre. Esa necesidad
de cariño que el animal reclama a gritos despierta la ternura en el pequeño
Nicolás y en la abuela Pilar, haciendo que se encuentren a mitad de camino,
en esa tierra de nadie que constituyen los sentimientos espontáneos.
Pero hay días en que se huele algo raro en el aire, como si el ambiente
estuviese electrizado. Entonces, no es extraño oír a la abuela
Pilar quejarse del perro:
-¡Quita de aquí este animal sarnoso! –dice en voz alta, sin
dirigirse a nadie en particular.
Nicolás, que sabe que su abuela no lo dice en serio, llama a Pinto y
se lo lleva a la calle hasta que la vieja deja de renegar y se le olvida que
el perro le molesta.
-Vamos, Pinto –le dice el pequeño-. Acompáñame a
dar una vuelta en bici.
Nicolás coge la bicicleta roja que está en el fondo del portal,
atada con una cadena a la tubería del agua y se escapa hasta el vertedero
de basuras, seguido de Pinto, que va tras él sin cambiar nunca el gesto
de murria. A Nicolás le gusta aquel sitio lleno de desperdicios al que
a veces alguien prende fuego aquí y allá y de donde se alzan una
especie de fumarolas que extienden el hedor por toda la planicie. ¡Quién
sabe por qué tiene esa preferencia tan poco habitual!
Sólo va allí cuando la abuela se enfada y empieza a gritar.
Tan vez porque sabe que nadie va a buscarles en semejante lugar ni a él
ni a Pinto. Nicolás, desde su corta edad, intuye que si la abuela pierde
el control, puede pasar cualquier cosa. Y no quiere arriesgarse. No tiene a
nadie más.
Nicolás no ha conocido a sus padres, sólo a la abuela, y cada
vez que ha preguntado por ellos, la respuesta ha sido tajante:
-Están muertos –ningún detalle, ni un gesto para suavizar
la terrible realidad.
Sólo la foto ajada que la abuela guarda en el cajón de los pañuelos,
al fondo, debajo de un montón de baratijas. En la foto, hay una mujer
joven, guapa, de mirada pícara. Su madre, según le dijo un día
de pasada la abuela Pilar, sin más puntualizaciones. Y él no se
atrevió a insistir. De su padre, ni rastro, como si fuera un fantas